Portada del relato El Pozo de las Sombras Susurrantes
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Fragmento:


Mi linterna titilaba mientras recorría los pasillos de ébano del palacio de Valtoris. No era la primera vez que me internaba en los recovecos prohibidos, pero el frío de esa noche pesaba distinto, casi como si el aire reconociera el paso de mi pecho agitado, la desesperación que me empujaba. Había muchas clases de amor; yo conocía dos: el que arde en la sangre y el que te roba el aliento cuando crees que no hay salvación.

Duración: 07:31

El Pozo de las Sombras Susurrantes
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Texto de ajuste de pausa.

Algunos sinsabores merecen ser contados; otras veces las bocas tiemblan y callan. Me llamo Ileth, y esta historia pertenece a la noche más larga, la de mi rendición y mi victoria. Antes de contarla, no imaginé que los dioses de los viejos susurros podían reír tan fuerte a costa de una mortal.

Mi linterna titilaba mientras recorría los pasillos de ébano del palacio de Valtoris. No era la primera vez que me internaba en los recovecos prohibidos, pero el frío de esa noche pesaba distinto, casi como si el aire reconociera el paso de mi pecho agitado, la desesperación que me empujaba. Había muchas clases de amor; yo conocía dos: el que arde en la sangre y el que te roba el aliento cuando crees que no hay salvación.

Cayó sobre mí una sombra más densa; no era un miedo razonable, ni siquiera un presagio, sino la presencia de él. Draven, el Tejedor de Destinos, Señor de Sombras. Nadie pronunciaba su verdadero nombre sin encender una vela negra y dejar una gota de su sangre en el tazón de ónix, costumbre de esclavos silenciosos.

Pero yo nunca había creído que un destino sellado no pudiera abrirse con uñas y voluntad. Y esa noche, debía rogarle su bendición. O peor: confesar un crimen y entregarle los pedazos de mi corazón envueltos en una mentira.

Me atreví a llamar a su puerta, la última en la galería de estatuas mutiladas. Cuando se abrió, el halo de la estancia succionó la escasa luz, volviéndome transparente por un instante.

—Ileth. —Su voz era la memoria de un relámpago apagándose—. ¿Tanto deseas perderte?

No respondí de inmediato. La dignidad y el miedo luchaban en mi garganta. Allí, en la sala de espejos quebrados, Draven estaba envuelto en capas de sombras vivas, pero sus ojos, plateados, me diseccionaron con una ternura que encendía todos los fuegos de la culpa.

—Necesito tu ayuda.

No pidió explicaciones, ni se movió. Sentía que a cada parpadeo el suelo se poblaba de raíces enredándose en mis tobillos.

—Sabes lo que cuesta un favor mío —susurró, acariciando el mármol de una mesa como si bendijera carne.

—Sé lo que podría perder —admití, el pecho a punto de estallar—. Pero… no lo que deseo encontrar.

Guardó silencio, sosteniendo ese filo invisible entre nosotros. No podía negar lo que ambos sabíamos: desde la primera noche que lo vi devorar la sombra de un hombre cruel, había nacido en mí una semilla salvaje. El odio y la fascinación, parientes lejanos del amor.

Draven se alzó, la capa de sombras lamiendo sus talones.

—Cuéntame, Ileth. Más allá de pactos, más allá de tu miedo. ¿Por qué viniste?

Las palabras me abandonaron, sólo quedó la confesión cruel:

—He robado el Velo de Carminia.

El silencio se congeló aún más. Nadie robaba el Velo sin sellar su propia tumba. Reliquia de amantes prohibidas y mortales suplicantes, el Velo era la cuerda entre el deseo y la destrucción.

—¿Lo tienes contigo? —preguntó Draven. Y esa vez, su voz era el cuchillo exacto para abrirme en canal.

Saqué la seda envuelta en mi capa. Un trozo de niebla teñida de rojo oscuro, palpitando de secretos.

—Me lo arrebataron antes de poder devolvértelo —reconocí, la vergüenza mellando cada palabra.

No esperaba consuelo. Pero Draven rozó el Velo, y una chispa de la tela danzó entre nosotros, como una luciérnaga enamorada del fuego.

—Podrías haber huido —murmuró.

—Ya estoy perdida, desde que aprendí a mirarte —repliqué, más desnuda que en cualquier lecho.

La confesión no lo sorprendió, aunque en sus ojos apareció esa dualidad atroz: el monstruo insaciable y el hombre roto. Se acercó, y la sala osciló levemente, como el soplo de un vendaval. Sentí el roce de su aliento antes de verlo a escasos centímetros.

—¿Sabes, Ileth, cuán insaciables somos los condenados? —Dejó la frase colgando, y sus dedos rozaron mi muñeca.

Allí, supiste cómo la magia y el deseo nacen de la misma fiebre: la necesidad de redención.

Sin pensarlo, busqué su boca. Olía a tormenta y madera antigua; sabía a toda la vida que me había negado. En sus labios, mi culpa se volvió súplica, mi deseo, plegaria.

La magia del Velo creció entre nosotros; sentí la seda encalamañarse a mi piel, urdir con hilos invisibles una nueva promesa. Cuando los labios de Draven se despegaron de los míos, me sostuvo la mirada.

—Para salvarte, deberé atarme a ti. El precio es mi condena —dictaminó. No una pregunta, sino un juramento.

—Decídelo tú —susurré—. Pero si es el fin… deja que lo elija sabiendo lo que pierdo.

Draven extendió el Velo sobre nosotros y selló mi nombre con un beso en la frente. Perdí la noción del tiempo. Vimos la memoria de todas las sombras que habíamos dejado atrás: amantes huidos, padres caídos, promesas mancilladas. Compartimos la desnudez de la verdad, sin máscaras ni juramentos vacíos.

La magia nos fusionó en un lazo irrompible, pero distinto de cualquier otro vínculo. No era posesión, tampoco sacrificio. Era una tregua feroz en mitad de la guerra más antigua.

Al salir el sol sobre Valtoris, los cazadores de la reina golpearon las puertas del salón. Draven se alzó, ya no oculto entre sombras, sino expuesto, orgulloso y pálido. Yo sentí que sus manos sostenían mi espíritu, invisible pero tangible.

—No temas, Ileth. Ningún destino es invulnerable —dijo solo para mí.

Salimos juntos a enfrentarlos, aunque la condena era inminente. En presencia de la corte, susurré mi confesión, y él selló mi delito con su nombre.

Quienes presenciaron aquel sacrificio vieron el milagro: la desesperada fuerza que solo el amor sin máscara puede encender. La reina, ante la verdad desnuda, no pudo entender lo que vio. En sus ojos vi celos y espanto en igual medida.

—¿Morirás por ella, Tejedor de Destinos? —gruñó la reina, la envidia vestida de oro y púrpura.

Draven no vaciló.

—Moriría mil ochocientas veces. Pero prefiero vivir una; esta, en la que ella ha elegido salvarme a mí —dijo, y el Velo titiló entre nuestras manos, una trenza de luz.

La corte murmuró. Había amor y había poder, pero nunca habían visto ambos en la misma balanza.

Ese día, Valtoris cambió. La reina, humillada, trató de anular nuestro pacto. Pero la magia agarró hondo, y por cada hechizo que intentó, la fuerza del Velo aumentaba. No sabían que habíamos hecho un nuevo juramento, uno que tejía nuestras sombras hasta el amanecer de los días por venir.

Así sobrevivimos a la condena. Draven dejó atrás su trono de soledad y yo mi vida de penumbras. Y aunque el amor no es redención en sí mismo, fue la cuerda que nos sacó del pozo. Ni el más hábil de los mortales, ni el dios más cruel, pudo deshacer el tejido de deseo y destino que nos envolvía.

Por las noches compartimos nuestra historia en la sala de espejos. Seguimos huyendo, perseguidos por quienes temen al amor más que al poder, pero ni el miedo ni el cansancio lograron separarnos.

Un día, quizás el último, el Velo de Carminia se deshará entre nuestros dedos. Pero hasta entonces, Draven y yo permanecemos juntos, desafiando la condena con cada latido, recordando que incluso las sombras más densas pueden cobijar la luz más firme cuando dos corazones deciden arder juntos, aun cuando el mundo entero preferiría verlos apagados.

Quizás sea cierto que el amor comienza con una confesión y termina con un sacrificio. Lo importante, descubrí, es quién carga el precio… y con quién decides pagarlo.

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