La ciudad de Catriam, horadada de canales y tejados curvos, se extendía como una joya insomne bajo la luz implacable de la luna. Corrimos, riendo y jadeando, por las escaleras gastadas de la Calle de las Cintas. Las sombras de las linternas se escurrían entre los alféizares, y en cada esquina sentía el roce eléctrico de tu mano, cosiéndome a la noche. El festival de la Luna Nueva sólo acababa para los sensatos, esos que dudan de los pactos susurrados. Nosotros, Livanna y yo, estábamos lejos de serlo.
Nos quedamos sin aire en la baranda de una azotea, inclinados sobre la niebla amarilla. De abajo llegaba la música péndula de los organillos y el humo de las antorchas. Pero arriba era solo nuestro el mundo, interrumpido apenas por el pulso de mi propio corazón. Tus ojos, dorados como el último verano, buscaban la ciudad y sus misterios, y luego los míos. Era el instante donde todo podía ser dicho, o nada.
“Shair,” dijiste, en voz baja, mi nombre convertido en promesa o maldición, aún no lo sé. “¿Tienes miedo?”
Pensé en mentir, pero era el tipo de noche donde la verdad brilla y las mentiras no caminan. “No de esto,” respondí. “Pero sí de lo que sigue después.”
Te reíste, un sonido grave y trenzado de nostalgia. Los rumores decían que Livanna era hija de duques, o de demonios. Que tenía en la sangre la nota final de un embrujo antiguo. Pero nunca nadie decía que podía amar. Nadie salvo yo, por cabezota, por idiota brillante.
“Entonces no sigas,” susurraste, con la voz hincando el umbral entre mandato y ruego. Pero no sabías lo que yo sabía: que nadie habían cruzado jamás el puente del Olvido juntos. Que siempre uno se marchaba antes del alba.
Percibí —en ese modo que sólo llega justo antes del desastre— una presencia más allá del balcón. Un crujido leve, la brisa que arrastra más que olor a jazmín. Te tomé de la muñeca. “No podemos quedarnos.”
“¿Por qué—?” iniciaste, justo cuando una sombra rasgó el aire y el tiempo se detuvo.
El dios caído de Catriam era un viejo conocido de los insomnes y los pecadores. De día, su estatua mellada presidía la Plaza de los Huesos, oveja negra entre los mercaderes. De noche, los borrachos clamaban por su intervención, y los amantes pedían clemencia. Pero, se decía, sólo respondía a los juramentos verdaderos.
El dios no tenía rostro en las historias; algunos decían que era bello, otros que era la devastación hecha carne. Para mí, en aquel momento, fue el escalofrío que me obligó a cubrirte con mi cuerpo.
La sombra circundó la baranda, tomando forma de túnica y vacío. Oí su voz en la médula, amasada de ceniza y deseo.
—Hay una deuda, corazón cálido —dijo aquella nada—. Una promesa robada en la madrugada anterior.
Livanna, con una calma que sólo los verdaderamente temerarios conocen, se irguió y enfrentó la sombra. “La deuda es mía. No suya. Déjalo marchar.”
Por primera vez, sentí un miedo gastado en la boca. No era por la divinidad rota, ni por el peligro. Era porque todo, en Catriam, tenía su precio, y el amor era siempre demasiado caro.
“¿Por qué?” pregunté, apenas un hilo de voz, porque era lo único que podía ofrecer.
El dios caído, con su boca de niebla, respondió por ti. —Tú, Shair: ¿la amas? ¿Eres capaz de tomar el peso de su promesa como propio, sabiendo que el precio será tu nombre, tu vida, o ambos?
Vi tus ojos, vi cómo el filo de mi destino giraba en tus labios entreabiertos. Y decidí, sin héroes ni martirios, sólo con la verdad: “Sí.”
El dios hizo un giro de dedos intangibles, como un prestidigitador aburrido. —El puente del Olvido espera. Cruzad juntos, si lo deseáis. Pero recordad: sólo quienes han entregado algo irrecuperable pueden encontrar el camino de regreso.
Llena de una valentía que me era extraña, me colgaste del brazo. “Si muero, será contigo,” susurraste.
Descendimos de la azotea hacia el borde de la ciudad donde el puente del Olvido se curvaba sobre el canal silencioso. No estaba en los mapas, ni hablaban de él los poetas. Era un secreto de los relojes sin manecillas, una de esas cosas que existen sólo para quienes cargan un miedo precioso.
Bajo nuestros pies, las piedras exhalaban recuerdos. Vi mi infancia bailando entre los intersticios. Vi los años gastados soñando con futuros distintos a este, años que ahora sabían a poco. Juntos, avanzamos. El agua del canal reflejaba el cielo, el desfile de nuestros dobles, dos espectros buscando sentido.
En el centro del puente aguardaba el dios caído. Su túnica susurraba historias de amantes separados, reyes malditos y poetas silenciosos. —Para cruzar, debéis ofrecer algo —dijo, y las palabras pesaron tanto como libros sin escribir—. Un regalo, o una traición. Una verdad, o el olvido de ella.
Livanna habló primero, con esa audacia que era suya. —Dadme su dolor. Dame todo lo que lo hiere, para que él no tema nunca más. Ese es mi precio.
Me quedé helado. El amor, pensaba, era el beso robado, la risa compartida. No el dolor de cargar la carga de otro. Pero vi que para ella, lo era todo: el ansia de luchar por mi paz, o por mi ruina.
“Eso no—” comencé, y el dios me cortó con un ademán.
—¿Y tú, Shair? ¿Qué ofreces?
Miré a Livanna, los ojos de oro que ya sabían más de mí que yo mismo. No podía dejar su ofrecimiento intacto, ni entregarla a la sombra a cambio de mi alivio. ¿Qué era mío que pudiera ofrecer? Pensé en mi nombre, mi pasión, mi verdad más honda.
Entonces lo supe. “Te ofrezco mi miedo,” dije. “El miedo de perderla, el miedo de amar demasiado fuerte. Que sea tuyo, oh dios sin nombre. Pero déjanos el amor intacto.”
El dios sonrió —o eso creí entrever en el remolino de rostros—. Contuvo ambos sacrificios en una mano fantasma, y el aire olió a sal y a promesa antigua. La luna, ya vencida por las nubes, desapareció tras la bruma.
—Tened cuidado con lo que dejáis —dijo el dios, desvaneciéndose—. Porque lo que se entrega aquí no regresa jamás.
Y el puente se abrió ante nosotros, revelando una escalera que descendía al otro lado, al Catriam que duerme, la ciudad detrás del velo. Bajamos de la mano, tus dedos tan vivos que el presente era inabarcable. Sentía menos miedo —mi miedo robado por el dios—, y tú, Livanna, llevabas en los ojos una tristeza inmaculada, ligera, como quien carga a la vez su propio dolor y el de otro.
Los días siguientes fueron dulces, agrios. El amor, depurado por la noche del puente, era como vino inmaculado, fuerte, exigente. No podía temer perderte, y esa ausencia de miedo agudizaba el placer y el riesgo. Tú, sin embargo, a veces apartabas la mirada, y yo veía que las sombras de mis propias heridas se anidaban ahora en tu abrazo.
“¿Lo harías de nuevo?” me preguntaste una mañana, entre las sábanas. El sol nos pintaba de oro y ceniza.
“No lo sé,” respondí, porque la verdad era más preciosa aún que el amor, y ahora se sentía pesada.
El festival terminó, y Catriam retomó su ritmo de ciudad traicionada por la memoria. Paseábamos por los mismos tejados, las mismas callejas, pero algo en nosotros —algo depositado en el puente del Olvido— había cambiado por siempre. La pasión era más hambrienta, más peligrosa. El amor no era menos, sino más: se alimentaba del sacrificio, de la ausencia de miedo y la presencia creciente del dolor compartido.
No creas que fue fácil. No hay historias fáciles en Catriam. Hubo noches en que despertaba y veía las lágrimas brillar en tus mejillas, sueños donde cargabas mi antiguo miedo y lo transformabas en un filo silencioso. Nos convertimos en espejos uno del otro, reflejando las partes rotas, las añoranzas y las promesas no cumplidas.
Y, sin embargo, el amor resistía. Nos enseñamos a besarnos en los límites del recuerdo y del deseo, a hablar con palabras que curan y otras que hieren menos. Aprendí a vivir sin miedo de perderte, pero también a añorar ese filo: el amor sin miedo es una bestia amable, pero exige cuidado, ternura y trabajo constante.
Una noche, bajo la luna, volvimos al puente del Olvido. No para cruzarlo, sino para dejar una flor blanca, símbolo de lo perdido y lo hallado. En ese instante, cuando las sombras del dios caído nos observaron, sentí que habíamos pagado el precio exacto: no menos, no más.
“Nadie escribió este final,” musitaste, entrelazando tus dedos con los míos, “y sin embargo, es perfecto.”
Quizá sea cierto: en Catriam, el amor es siempre un trato con el destino, una cuerda floja sobre el canal de lo irremediable. Pero, noche a noche, elegimos mirarnos y decir sí a pesar de todo.
Y eso basta. Aun bajo los ojos hambrientos de los dioses caídos, aun sabiendo que el precio está pagado para siempre.
Nos fuimos de la mano, livianos y tristes, y el puente, por una vez, no nos robó nada más.
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