Fragmento:
A Anira siempre le había gustado perderse, aunque no siempre había sido por voluntad propia. Su infancia estuvo marcada por travesías ilegales tras la arboleda que rodeaba su aldea en la periferia, allí donde los abetos y los olmos antiguos crecían tan enlazados que la luz del día era apenas rumor. Los adultos de Melos guardaban historias sombrías de los Bosques Eternos, y por eso los temían. Pero Anira solo sentía una paz impía cuando cruzaba el límite invisible de la civilización hacia ese abismo verde donde el tiempo parecía latir en un compás pausado y eterno, distinto al agitado pulso del mundo humano.
Duración: 08:20
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A Anira siempre le había gustado perderse, aunque no siempre había sido por voluntad propia. Su infancia estuvo marcada por travesías ilegales tras la arboleda que rodeaba su aldea en la periferia, allí donde los abetos y los olmos antiguos crecían tan enlazados que la luz del día era apenas rumor. Los adultos de Melos guardaban historias sombrías de los Bosques Eternos, y por eso los temían. Pero Anira solo sentía una paz impía cuando cruzaba el límite invisible de la civilización hacia ese abismo verde donde el tiempo parecía latir en un compás pausado y eterno, distinto al agitado pulso del mundo humano.
No era cosa de locura, sino destino, afirmaba la vieja Halima, quien a veces le tejía historias al oído, entrelazadas de advertencias y de encantamiento. “Hay cosas que buscan permanecer, y otras que buscan encontrarse”, solía decir, acariciando las arrugas del tiempo en su frente. “Cuidado con lo que buscas en el bosque. A veces lo que hallas fue hecho para ti mucho antes de nacer.” La advertencia no impidió a Anira internarse una vez más aquella madrugada, armada con una antorcha, cuchillo, y el corazón crispado de un presentimiento inexplicable.
Esa noche, los árboles parecían aún más altos, el follaje aún más espeso, como si crecieran y respiraran alrededor suyo, obedientes a leyes tan antiguas como el primer suspiro de la luna. Caminó durante horas, dejando atrás el murmullo de la aldea hasta que el único sonido era su propio aliento y el ocasional crujido de ramas húmedas bajo sus botas.
Lo que entendió entonces fue que no caminaba hacia nada; era llevada. Cada vez que dudaba y pensaba en regresar, algún rastro—una flor azul incandescente, una piedra de amatista oculta entre líquenes, el relincho lejano de una criatura invisible—la guiaba hacia adelante. No recordaba cómo ni cuándo la antorcha se apagó ni cuándo, exactamente, se volvió consciente de la música.
No era música de instrumentos, sino una melodía susurrada en el aire, como una corriente de agua o el zumbido de miles de insectos formando una sola nota infinita. Siguiendo ese canto, los límites entre ella y el bosque se desdibujaron. Cada hoja tocada era una caricia, cada raíz expuesta, un recordatorio de que había una trama viva bajo sus pies.
Entre las sombras, lo primero que distinguió fue el resplandor: una bioluminiscencia iridiscente, diferente a todas las luciérnagas conocidas. El claro emergió de improviso, un círculo perfecto donde no crecía más que hierba y pequeñas flores profundamente carmesíes. Y en el centro del claro, con el perfil volteado a la luna y las manos desnudas extendidas al cielo, estaba alguien.
No era humano, aunque tampoco enteramente extraño. Sus rasgos eran demasiado definidos, la piel del color de la madera recién tallada, los ojos tan negros y líquidos como la noche saltada por la tormenta. Sus cabellos fluían como un río de líquenes; la presencia era el equilibrio entre el peligro y la fascinación. Cuando ese ser—él, supo la palabra instantáneamente—la vio, su rostro se iluminó de una emoción insondable, que era a la vez temor y deseo, duda y urgencia.
—No deberías haber venido —dijo, y la voz le tembló como una lira tañida por el viento.
—No fui yo quien eligió venir —respondió Anira, repitiendo lo que apenas unas horas antes había aprendido.
El silencio se condensó, espeso. Entonces, el extraño le tendió la mano; Anira dudó un momento, antes de rodear con la suya esos largos y finos dedos, que ardían, inverosímilmente, con una calidez solar. Al toque, un torrente de imágenes la inundó: bosques creciendo donde antes solo hubo rocas, parejas entrelazadas en espirales de corteza y savia, despedidas húmedas bajo lluvias interminables. Supo su nombre, aunque no podía pronunciarlo. Supo, además, que él también había esperado su llegada desde antes de la antesala de sus sueños.
—Los siglos aquí no son como en tu mundo, Anira —murmuró el silvano, como si recitara el fin de un conjuro largamente ensayado—. Y amar es perderse para siempre en la noche del otro.
Su pecho retumbaba de miedo y anhelo. Durante un instante, Anira dudó. Su vida antes del bosque, su madre, la promesa de una casa alguna vez propia, de viejos amigos y días normales, todo eso parecía irrelevante y trivial. Frente a ella, la eternidad era un ofrecimiento tan dulce y aterrador como besar un abismo.
—¿Por qué yo? —susurró.
El silvano, que en otro tiempo había sido llamado Firan, bajó la mirada. —Porque la eternidad es demasiado larga para estar solo, y tú llenas los silencios que ni siquiera el bosque podía callar.
El claro parecía encogerse; los árboles giraban hacia ellos, atentos, antiguos espectadores celebrando una ceremonia larga y profética. Firan le indicó que se sentara junto a él. Había una cicatriz rosada que le cruzaba la muñeca, apenas disimulada por la luz tornasolada. Anira la rozó, y por un segundo, recordó el sabor de la sangre de una batalla que nunca había librado.
—¿Qué eres? —preguntó, temerosa de la respuesta.
—Soy guardián y prisionero a la vez. Este bosque no olvida, ni de día ni de noche. Nosotros—los silvanos, los antiguos hijos de la primera semilla—somos parte del pacto que mantiene a la eternidad despierta. Pero el costo es el tiempo: nuestro amor es un ciclo que todo lo consume. La humana que acepte quedarse debe abandonar su memoria, entregarse al ciclo. Solo así los bosques permanecen. Sin nosotros, no quedan canciones ni raíces.
La confesión fue una caricia y una amenaza. Anira lo miró, vio la súplica y el miedo en sus pupilas líquidas.
—¿Siempre es así? —dijo—. ¿No hay alternativa?
Firan asintió, la voz apenas un sollozo. —Alguna vez lo hubo. Una vez, una mortal amó a uno de los míos y regresó; pero arrasó su corazón sobre la tierra estéril y desde entonces, el bosque la llora en cada crepúsculo.
Ambos guardaron silencio. La canción del bosque parecía apagarse, apretando el aire entre sus pechos.
Anira no supo si fue el deseo o el terror al olvido lo que la hizo tomar la decisión. O quizás, pensó, ambas cosas: el amor, verdadero y absoluto, solo podía existir allí donde el sacrificio era tan grande como un dios oscuro y secreto exigiendo tributo. Se inclinó, besó a Firan bajo la mirada líquida de la luna. El beso era savia y esquirlas de hielo, era hambre y años y niebla, era adiós y comienzo.
Durante un instante, Anira vio su vida pasar, sintió el temblor de la tierra debajo, la promesa de noches eternas y el crecimiento lento y seguro de raíces frescas bajo su piel. Su memoria se fragmentó: la mano de su madre, el olor del pan al amanecer, la risa de Halima. También esas cosas se iban, pero brotaba algo nuevo, una certeza hecha de lluvia, madera y deseo que no era más pequeña que todos los recuerdos juntos, sino su destino cumpliéndose al fin.
El claro desapareció como su último pensamiento humano. En su lugar, vibraba ahora la memoria del bosque, implacable, incontenible, viva en cada célula de su sangre nueva. Firan la tomó de la mano, y en ese instante, ella supo que era ambas cosas: perdida y encontrada, humana y silvana, raíz y hoja, hambre y saciedad.
Los Bosques Eternos celebraron el sacramento, y el tiempo, una vez más, giró sobre sí mismo, trayendo lo que fue a lo que siempre será.
Era el precio y la recompensa: entregar todo para ganar el amor que retumba, hoja a hoja, en la canción interminable de la noche.
Anira ya no recordaba Melos, pero tampoco necesitaba hacerlo. Era el susurro en el musgo, el temblor bajo el álamo, y el beso que cada noche, largamente, fervorosamente, Firan volvía a buscar entre raíces, lunas y la promesa de un amor que ni los bosques ni el olvido podrían ya sepultar.
Así, en cada plenilunio, la pareja baila bajo la sombra de ailantos de jade y ramas profundas donde el pasado y el presente son solo palabras que las hojas dejan llevarse; y la eternidad—a veces—sabe a un beso robado cuando el resto del mundo duerme, ignorante de que en el abrazo de lo verde, alguien eligió perderse para siempre para encontrarse, acaso por vez primera.
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