Portada del relato Hijos de la Penumbra
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Fragmento:


Todos los trabajadores del lugar parecían intercambiables, casi idénticos salvo por el hecho de que jamás levantaban la mirada de sus manos, ni siquiera al intercambiar saludos entre ellos. Javier era diferente: un hombre de cincuenta, piel acuchillada por el tiempo, pero con ojos vidriosos e impenetrables. Se notaba incómodo, y cada vez que pasaba junto a un ventanuco cubierto con mantas, parecía presionar su capa de grasa nerviosamente, como si esperara que algo llegara desde allí.

Duración: 09:51

Hijos de la Penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

Hay noches en las que la niebla baja sobre las calles de la ciudad vieja como una mortaja viscosa, poblada de secretos y sutiles presencias. En tal noche, cuando mis pasos resonaban huecos sobre los adoquines húmedos, aprendí que el mundo que habitamos cruza a veces con otro, trastocado y violento, donde las reglas se escriben con la saliva del miedo y la sangre de los caídos. Yo era todavía un abogado sin demasiadas sombras ni cicatrices, con el desdén de quien no ha tropezado con lo imposible. Años después, aún me estremezco si alguien pronuncia la palabra "Rey", y no tardo en buscar en los rostros ajenos el vacío de identidad de quienes han cedido más de lo que jamás tuvieron.

Mi historia comienza —y aún no sé si terminó— en un pleito menor. El distrito de Tercio había visto mejor suerte: fábricas vacías, cafés clausurados y vecindarios donde las ventanas nunca se abrían de noche. Representaba a un casero exánime contra una banda que ocupaba un sótano, y mis investigaciones me arrastraron hasta el local de Javier, un supuesto taller de tapicería que funcionaba por la madrugada. El hedor a moho y colas me daba la bienvenida, en ráfagas que, una noche, se enmascararon con un perfume más oscuro —el presagio de algo sobrenatural.

Todos los trabajadores del lugar parecían intercambiables, casi idénticos salvo por el hecho de que jamás levantaban la mirada de sus manos, ni siquiera al intercambiar saludos entre ellos. Javier era diferente: un hombre de cincuenta, piel acuchillada por el tiempo, pero con ojos vidriosos e impenetrables. Se notaba incómodo, y cada vez que pasaba junto a un ventanuco cubierto con mantas, parecía presionar su capa de grasa nerviosamente, como si esperara que algo llegara desde allí.

Aquella noche, lo encontré en el fondo, al filo de una crisis: “Se están acercando”, murmuró más para sí que para mí, “El ciclo se acorta y todo lo que tenemos son repeticiones”. La frase no me pareció tan extraña: Terminología de los desesperados, pensé. Contesté con frases rituales —códigos legales y fechas límite. Y después, fuera del local, lucubraba sobre la mediocridad humana. Sólo al ver el reflejo de una silueta, sin rasgos, recortada en el vaho de un escaparate, sentí que la ciudad reía a mis espaldas.

Esa noche, un sueño me abordó. Caminaba por una avenida inversa, donde los semáforos daban la espalda a la calzada y los edificios lloraban gotas de alquitrán. Un grupo esperaba en una plaza: siluetas ataviadas con corona, pero sin rostro, sólo piel lisa y opaca, y sobre sus hombros colgaban capas hechas de jirones de culpas humanas tejidas apretadamente. Me señalaban en silencio y, cuando quise gritar, supe que también me faltaba la boca.

Desperté tembloroso, con la luz grisácea del alba filtrándose entre las persianas. No pude sacudirme el sueño y, de algún modo, supe que no era una pesadilla común. Elegí no regresar a Tercio los días siguientes, ni responder llamadas de Javier. Pero la ciudad notaba mi distancia, y me devolvía presagios: carteles arrancados que parecían dibujar coronas, charcos que reflejaban algo de más entre las cabezas apresuradas de los viandantes.

Volví al taller cuando la presión laboral se hizo insoportable. Allí, Javier ya no estaba; en su lugar, una mujer de rostro inexpresivo administraba el lugar. Su mirada era cóncava, vacía, y a cada paso que daba hacia la trastienda, el aire se volvía más denso y gélido. Cuando recalqué mi nombre y mis derechos, ella sólo ladeó una cabeza demasiado quieta y respondió: “No se le debe nada. Ya fue recogido.” ¿Recogido? Salí de allí sintiendo la invisible fricción de dedos en mi nuca.

Aquella noche los sueños volvieron. Los Reyes sin rostro desfilaban, tan etéreos como el miedo, seguidos por una multitud de sombras gemebundas. Uno se paró frente a mí; en la carne pulida de su cara, una grieta se formó y me invitó a mirar dentro. Vi calles conocidas, sucias, y oficios mediocres; vi a Javier sujetando un papel con mi nombre y —lo supe con certeza— su ruina era mi destino. El Rey me susurró, sin boca, “Tomarás lo que se te debe”.

Desperté con palabras nuevas en la memoria, promesas que no recordaba haber hecho. Tomé un taxi errabundo al centro de la ciudad, a los alrededores del antiguo teatro La Mercury, donde, en mi sueño, vi a los Reyes desfilar. Era una estructura devorada por el hollín y la lluvia ácida, sellada según el ayuntamiento, pero algunos tablones cedieron a la presión de mis hombros hambrientos de respuestas.

El escenario estaba cubierto de polvo y velas extintas. Pero los asientos de la platea estaban ocupados: docenas de figuras sentadas, todas con el rostro tapado por la carne lisa y húmeda del anonimato. Sólo sus trajes variaban; algunos llevaban capas, otros vestían uniformes, uno incluso lucía la ropa de un mendigo. En la penumbra, entre la expectación y el silencio, intuí que ellos esperaban el inicio de una función.

Al encontrarme en el palco, una de las figuras se levantó. Empezó a caminar hacia mí, cada paso dilatando el espacio a su alrededor. Sin querer retrocedí; percibía un vacío en el aire, como si la figura absorbiera toda identidad cercana. Entendí que era jefe entre los suyos, un Sumo de los Reyes sin rostro, aunque sólo sus gestos reconociera.

Su voz era como el roce de papel seco: “¿Por qué has llegado aquí? La ciudad sólo recuerda a los que son recordados, y el olvido, entre nosotros, es la corona más pesada”. La historia acudió a mi boca, como si deseara desangrarse en confesión: cómo, en un pleito banal, Javier había aceptado un “pago” especial, que le ofrecieron personales sin rostro, a cambio de sus recuerdos, y cómo desde entonces había sido devorado por la ciudad misma, sus cuentas, su nombre, sus vínculos.

“Somos los Gobernantes del Olvido,” prosiguió el Sumo, “Hermandades de quienes pagan con identidad, de quienes desean reinar sobre aquello que no pueden reconocer.” Sentí una lasitud invencible. Reflexioné sobre el anonimato del poder, sobre políticos cuya cara nadie recuerda, sobre empresarios sin rastro en la memoria colectiva —y comprendí que la urbe está llena de sus siervos, y de posibles Reyes, ayunos de rostro, llenos de hambre.

“¿Y yo? ¿Por qué sigo viéndolos?” A mi lado, una figura de pequeña estatura—una niña, tal vez—tomó mi mano. No tenía rostro, pero sus dedos temblaban. “Porque aún tienes nombre y deuda. Y porque aquellos que ven a los Reyes corren el riesgo de ceñirse su corona”.

No supe cuánto tiempo estuve en aquel teatro o si alguna de las palabras pronunciadas fue real. Cuando abrí los ojos, y la mañana acuchilló mi retina, estaba tumbado en la acera sucia frente al La Mercury. Un policía me sacudía con el palo, llamándome por un apodo viejo de la infancia, uno que no había oído en años. Por instinto, supe: cada vez que alguien olvida mi nombre, los Reyes sin rostro ganan terreno.

Intenté volver a mi vida, pero ésta se había destilado en sombras. Mi reflejo era menos nítido; las voces a mi alrededor a menudo titubeaban al nombrarme; papeles importantes se extraviaron. Una noche, en la vieja cantina de Fidelio, escuché que una mafiosa local había caído: no la encontraron muerta, sino extrañamente intacta —lo inquietante fue que nadie podía describirle el rostro.

Las semanas siguientes, una paranoia aguda infectó Tercio: los vecinos empezaron a decir que la mafia local era una invención inútil, que nunca hubo taller, que Javier no era ni nombre ni apellido. Todos los que recordaban lo anterior desarrollaban compulsiones: taparse la cara frente a los espejos, usar capuchas en interiores, dejar notas con su nombre y fecha de nacimiento por toda la casa. Penitencias cotidianas para proteger la identidad, barreras mezquinas ante la marea de olvido.

Un atardecer, regresé al teatro. Ya no buscaba respuestas, sino inmunidad. Quise hacer una ofrenda, alguna memoria preciosa que drenarme para quedar a salvo. El escenario estaba vacío, pero en el suelo había una hoja de papel. Reconocí mi letra—era una confesión, un documento legal inconcluso del caso de Javier, con su nombre y el mío reflejados en tinta desteñida.

Un ruido de pasos. Tras de mí, una de las figuras: sólo una capa y una corona de lata, y la ausencia absoluta de rasgos. Me tendió la mano. “¿Cedes a la ciudad lo que recuerdas?” Y entonces, en el filo de mi desesperación, supe que sólo a costa de mi propia esencia podía desenterrar a Javier y disolver el círculo.

“No,” respondí, “pero acepto el conocimiento de ustedes. Dejaré que mi rostro desaparezca para verme a mí mismo sin él”.

La figura asintió y se acercó. Sentí una brisa húmeda, el tacto de lo inerte, y un dolor sordo bajo la piel, como si algo me arrancara, tirando suave pero inexorablemente. Cuando todo terminó, ni siquiera el terror acudió; sólo un vacío placentero, la paz que siente un cuadro borrado.

Hoy habito la ciudad de otro modo. Mis clientes se confunden si escuchan mi nombre, los camareros olvidan mi pedido. Extiendo mi anonimato como una cortesía, observando a los incautos que pelean por dejar huella. A veces, paso junto a otros como yo, sentimos el temblor inconfesable del reconocimiento —somos los herederos de las esquinas sin historia.

Y en las noches en que la niebla osa recordarme, camino sin apuro hasta el teatro, donde los otros Reyes esperan. Entre nosotros no hay conversación, sólo miradas suaves de carne muda, y la satisfacción honda de no cargar ya con el peso brutal de un rostro ante la ciudad.

La ciudad devora a los memorables, pero a sus Reyes sin rostro les concede la eternidad del olvido. Yo soy ya uno de ellos, y ahora entiendo: no hay destino más perverso que el de ser recordado.

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