Fragmento:
No hay mejor forma de decirlo. Nadie se fija ya en lo que acecha a ras de suelo—tampoco lo hacía yo. Hasta esa noche. Desde la base del cedro, dos ojos acuosos y verdemarittimos me buscaron; eran tan grandes y húmedos como lágrimas y tan quietos como perlas sumergidas. No tenían pupilas. Solo estaban allí, urdiendo su atención sobre mí. Me paré. Bajé la música del móvil.
Duración: 08:42
Si paso el oído sobre la corteza húmeda, lo oigo: el crujido de una lengua antigua, delgada como las venas invisibles que llevan vida dentro de toda ciudad. Madrid, año 2023, en el otoño que nunca termina. Vuelvo cada noche por la Avenida de los Chopos para acortar camino, sabiendo lo que acecha tras los setos, entre los vitrales de hojarasca y los troncos malheridos por el tráfico incesante. A los veintisiete, después de tres mudanzas, dos despidos y un divorcio, los lugares de paso son mis anclas.
El lunes, cerca de medianoche, la ciudad respiraba un aire denso a lluvia futura y hojarasca aplastada. Pasé junto a la clínica veterinaria cerrada, sentí el desfallecimiento de un charco; las farolas titilaban, y en la acera estrecha, bajo el cedro viejo, se oía el rasgueo de algo trenzado en la brisa. Al principio pensé en ratas, gatos callejeros, o algún indigente buscando refugio en los portales. Pero entonces, algo me miró.
No hay mejor forma de decirlo. Nadie se fija ya en lo que acecha a ras de suelo—tampoco lo hacía yo. Hasta esa noche. Desde la base del cedro, dos ojos acuosos y verdemarittimos me buscaron; eran tan grandes y húmedos como lágrimas y tan quietos como perlas sumergidas. No tenían pupilas. Solo estaban allí, urdiendo su atención sobre mí. Me paré. Bajé la música del móvil.
Por un instante, todo se hizo chapoteo. Oí susurros, casi audibles. Mi espejo interior—ese juicio de la infancia que te dice “corre, huye”, como si aún pudieras salvarte—me aconsejaba que caminara más rápido. Pero algo en la voz susurrada me atraía, como se siente uno atraído al canturreo lejano de la niñez, cuando crees que los adultos saben más de lo que dicen.
¿Cómo te llamas?
Sentí esa pregunta debajo de mi piel, allí donde el vello se eriza. No la oía, la sentía en mis huesos. Como cuando una corriente fría te roza el estómago.
—Clara —murmuré, contra mi mejor juicio.
Un movimiento imposible: ramas y hojarasca que no debían moverse, arcilla y raíces girando como si el suelo se desabrochara. Algo se elevó dentro de ese hueco verdinegro bajo el cedro, dibujando líneas de musgo. Vi la silueta: parecía un niño pequeño, o una anciana encorvada; los contornos cambiaban con las luces de la farola, ondulaban como humo.
Quiero un favor, Clara.
No era una amenaza. Supe al instante que no era una súplica, sino la simple declaración de alguien (¿algo?) que podría obtenerlo de todos modos. Un favor. Algo a cambio de nada o quizás de todo.
—¿Qué quieres?
Recogió su forma con el viento y la hojarasca. Noté que algunos pájaros nocturnos cesaron su canto.
Déjame entrar en tu casa, solo por una noche. Lo recordarás como un sueño.
Me reí. Pensé en historias antiguas últimamente de moda en podcasts: pactos, tratos con seres del otro lado. Pero la risa no sonó ni convencida ni incrédula; sonaba…inquieta.
—¿Por qué yo?
Porque tus raíces están a la intemperie. Porque eres de quienes buscan sombra al mediodía.
Traté de alejarme; mis pies no reaccionaron. Me quedé mirando esas perlas insomnes, sentí el viento girar a mi alrededor, vértices de hojas que danzaban a destiempo. La farola detrás de mí zumbó.
Déjame quedarme, y yo cuidaré tus sueños.
—¿Y si digo que no? —Pregunté.
Entonces el asfalto, el cemento, la piel de la ciudad será tu única compañía. Sentirás la mordedura de la sequía bajo el lecho. ¡Deja que entre!
Un nudo de miedo me tensó la voz. Acordé. No fue explícito: no di la mano, ni pronuncié palabras rituales, pero sentí el contrato sellado dentro de la carne y dije: “Sí. Una noche.”
Nada más. El ser regresó al cedro, el viento se calmó. Crucé la avenida corriendo.
En casa me duché doblemente, arrastrando el agua fría por los hombros y la espalda. Me autoinsulté durante minutos ante el espejo. Habría podido escribirlo todo en un foro anónimo de Internet y recibir diagnósticos desde el estrés post-separación hasta un inicio de esquizofrenia, o un brote influenciado por la reciente popularidad de los podcast de terror. Sin embargo, cuando me metí en la cama, el pensamiento repetía en mi cabeza: “Solo una noche”.
Soñé. Soñé un jardín sin aceras, con árboles tan antiguos que sus raíces tejían túneles por donde fluían arroyos de estrellas fundidas. Caminé descalza sobre musgo, sin miedo. Cantaban los árboles en idioma líquido y ajado; los susurros se convertían en coros. Me bañé en luces transversales, sentí la tibieza de una noche perpetua donde el tiempo no rompe las cosas, donde todo es espera y germinación.
Al despertar, la sensación de haber perdido algo me ahogó la garganta. Miré la ventana: un gavilán gris picoteaba en la barandilla, ajeno a mi vida. Lavé la cara, me vestí, bajé al portal, movida por una urgencia inesperada. Sentía que debía volver al cedro.
Caminé hasta la clínica. El cedro parecía más alto, más antiguo. No vi los ojos. No sentí la presencia. Me arrodillé en la tierra húmeda, notando la textura de las hojas, sintiendo la soledad de todo lo que vive a medias entre asfalto y savia. Rompí a llorar, sin razón concreta. Solo lloré por mí, por mis raíces expuestas, por la historia que se escribía más allá de la vista de los paseantes.
Esa tarde llamé a mi ex pareja. La conversación fue breve, casi triste: ambos reconocimos en las pausas que el daño estaba hecho. Visité a mi madre; cocinamos sin decir mucho. Fui más amable con mi jefe, ignorando por primera vez la inercia de la ira. Todo era igual, pero distinto.
Días después, supe que algo había cambiado en el cedro. La vecina del primero, una mujer vieja de manos terrosas y ojos de olivo, me detuvo mientras salía con la basura.
—Lo has conocido, ¿verdad? —preguntó sin rodeos.
No fingí incomprensión. Asentí. Sentí un rubor salvaje en el cuello.
—No es malo —dijo, tomando mi muñeca con fuerza inesperada—. Pero hay que aprender a pedir a cambio.
—¿A cambio de qué? —solté, a punto de zafarme.
—De la vigilia. De saber que cada noche puede ser el lugar de un pacto. Cuídate, Clara.
Me dejó ir. Caminé varias veces más cerca del cedro; a veces bajo la luna, otras a la hora azul de la tarde. Cada vez, sentía el eco de la vieja promesa recogida en la corteza.
Mes a mes, noté cambios: en los sueños, el jardín retornaba, pero las raíces gritaban mi nombre; a mis plantas en casa, repentinamente, les brotaba vida aún sin sol directo; la música de los transeúntes se mezclaba en mi oído con trinos y fetidez de bosque. Una tarde, al abrir el armario, encontré una ramita seca dentro de una bota. La tiré. Al día siguiente, otra apareció bajo la almohada.
Comencé a leer sobre pactos. Bosques y ciudades, el cruce de líneas entre lo salvaje y lo domesticado. Noté cómo algunas personas evitaban el cedro; otros, como yo, empezaban a dejar ofrendas discretas en el pie del tronco: una manzana, una cinta, flores secas. Nadie hablaba de ello, pero cada noche el lugar era diferente. Más vivo. Más expectante.
El invierno llegó, pero el cedro nunca perdió del todo las hojas. Una madrugada, con la luna estanqueando las aceras, recibí una llamada inusual. Era mi madre, susurrando palabras sin mucho sentido:
—¿Has oído cantar a los árboles, Clara? Hay que escuchar, aunque duela.
Colgué inquieta. Salí en bata al balcón. El aire olía a tierra volteada y dulzón de resina herida. Sentí un vértigo antiguo en la boca del estómago. Tomé las llaves y salí.
A mitad de camino, junto al cedro, la noche era más densa. Una figura se materializó: no tenía ojos ahora, sino la huella de su ausencia. Los contornos, vaporosos, extendían raíces al suelo. Esta vez, supe hablarle de otro modo.
—¿Qué buscas ahora?
Esta vez la respuesta fue un roce de viento:
Quiero que cuides el paso. Que no dejes que la piedra venza al musgo.
Supe lo que significaba: me pedía mediación. Que vigilara el cruce entre lo asfalto y lo verde. No “por una noche”, sino por el tiempo que permaneciera vulnerable al mundo.
Dije que sí. Sabía que, a cambio, los sueños me pensarían, que la frontera entre ciudad y bosque sería siempre un lugar de cuidado y riesgo.
El cedro quedó tras de mí, oscuro pero expectante. Yo regresé sabiendo que, en el más puro de los silencios urbanos, los ecos antiguos jamás se apagan. Caminé entre sombra, raíz y alquitrán sintiéndome finalmente – aunque solo por instantes – hogar.
FIN
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