Portada del relato La Ciudad de los Portales
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Fragmento:


Salí al callejón trasero por una puerta escondida junto a los baños. Las sombras se arremolinaron a mis pies, reconociendo la estela de mi poder. Al fondo, una figura esperaba: negra, alta, con los ojos refulgentes en un fluorescente azul.

Duración: 09:15

La Ciudad de los Portales
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Texto de ajuste de pausa.

El bajo de la música electrónica retumbaba en el antiguo edificio industrial reconvertido en club nocturno. Las luces de neón rosado se mezclaban con zarcillos de niebla púrpura que parecían más reales de lo que la mayoría de los clientes alcanzaba a notar. El cartel afuera del local rezaba simplemente: “CRUCE”.

Yo reparaba en los detalles; era parte de mi trabajo. Quizá también parte de mi condena. Me sumergí en la pista, caminando entre cuerpos sudorosos que se movían al ritmo irregular del DJ. Saltaban destellos de magia entre algunos de ellos: un parpadeo dorado en el borde de un ojo, un tatuaje que serpenteó por la piel de un hombre, las sombras que bailaban a contraluz dibujando figuras imposibles. Vivir en Nueva York implicaba convivir con lo extraño, pero desde el año pasado lo extraño se había vuelto normal.

Mientras cruzaba hacia la barra, el camarero, un orco con piercings de metales extraños y una sonrisa devastadora, me hizo una seña. Me detuve a su lado.

—Te ves cansado, Ezra —me dijo, rellenando un vaso con whisky del bueno—. Otro portal, ¿eh?

No tenía sentido negar. El último portal había surgido como una grieta en un callejón en Chinatown y emitía un hedor a sándalo podrido mezclado con electricidad. Me había adentrado, como siempre, siguiendo la llamada de los fragmentos de poder que mi línea de sangre permitía percibir. La otra noche, casi quedo atrapado en una dimensión de sombras líquidas, con el eco del propio miedo persiguiéndome.

—Sí, otro portal —respondí, bebiendo de un trago—. Y cada vez aparecen más cerca de la superficie. El equilibrio se está inclinando, Kane.

Kane asintió con gravedad. Nadie que trabajara en el subsuelo de Nueva York —tanto literal como metafóricamente— podía ignorar la creciente ola de portales. Al principio, habían surgido en lugares ocultos: sótanos abandonados, túneles olvidados del metro, edificios tapiados de Harlem. Ahora se abrían incluso en la Quinta Avenida, ante la mirada atónita de turistas y magos por igual.

Me aparté de la barra, sintiendo el flujo de energía mágica girar a mi alrededor. Como si la ciudad misma murmurara secretos en mi oído, la esencia del portal más cercano me susurraba: en algún punto bajo la superficie, una puerta se abría y cerraba al compás de una respiración lejana.

La música subió de intensidad cuando la DJ se dejó poseer por una melodía que retumbó incluso en mis costillas. Tenía que actuar antes de que la magia del portal se derramara en la realidad y destrozara otro trozo de ciudad.

Salí al callejón trasero por una puerta escondida junto a los baños. Las sombras se arremolinaron a mis pies, reconociendo la estela de mi poder. Al fondo, una figura esperaba: negra, alta, con los ojos refulgentes en un fluorescente azul.

—Esperaba que vinieras —dijo la figura—. No eres el único rastreador en la ciudad, Ezra.

El modo en que pronunció mi nombre encendió una alarma en mi pecho. No reconocí la voz, pero el aura de la figura era inconfundible: un mago de sangre antigua, hambriento de poder.

—Esto no te concierne, —repliqué—. Lárgate antes de que los portales se traguen lo poco que queda de tu cordura.

Su risa fue un rumor helado.

—Oh, Ezra, tú sabes tan bien como yo que la cordura apenas es un accesorio en esta ciudad. Lo que sí importa es el poder. ¿No has sentido el cambio? Cada noche los portales son más fáciles de abrir… si sabes cómo. O si tienes a quién sacrificar.

El vacío entre nosotros se llenó de una energía vibrante. No podía dejar que este mago, quienquiera que fuese, manipulara el portal sin control.

Tomé el cuchillo de sombra, tatuado en mi antebrazo. Un simple toque desbloqueó el hechizo y el arma emergió como una prolongación de mi propia voluntad. La hoja era fría y ligera, hecha de materia oscura arrancada de un rincón olvidado de algún mundo limítrofe.

La figura se adelantó, alzando la mano. Un círculo de símbolos giró en el aire: antiguo, oscuro, pulsando como un corazón malsano. Reconocí la escritura: himnuliano, lengua traída a la Tierra a través de portales arcanos hace siglos.

No hubo tiempo para más palabras. Su energía me golpeó como una ola: un puño de relámpagos etéricos que intentaron cerrarse en torno a mi cuello. Me lancé a un lado, rodando por el suelo sucio, y sentí cómo el aire se rizaba en torno a mí, impregnándose de ozono y miedo.

No basta con ser fuerte, tienes que ser astuto. Recordé las lecciones de mi abuela, la última gran hechicera de Harlem. Apoyé la palma izquierda en el suelo y murmuré una palabra en el idioma de las víboras: “Nalhess”.

El suelo vibró y una red de raíces ilusorias emergió, envolviendo los pies de la figura oscura. Aproveché su tambaleo y lancé el cuchillo. La hoja no fue a su corazón, sino al centro de su círculo arcano: un golpe preciso, entrenado en cientos de cacerías previas.

El círculo se fragmentó en un estallido de luz violácea y la figura soltó un grito desgarrador. Pero en vez de caer, el mago se disolvió en humo, dejando una estela de risas y juramentos.

Me levanté jadeando y miré a mi alrededor. Del asfalto se abría, apenas visible, el contorno borroso de un portal: una grieta que pulsaba con un azul enfermizo. Acerqué la mano y sentí el tirón: promesas de poder, amenazas de locura. La ciudad nunca dormía, y ahora se desmoronaba en dimensiones paralelas.

Sabía lo que tenía que hacer. El único método seguro para sellar un portal era una vieja tradición de la magia urbana: un trueque, un pedazo de vida por otro. Saqué un cristal pequeño de mi bolsillo —lo llevé siempre encima, después de perder a Marla en uno de esos portales—. Pronuncié la fórmula, entrelazando mi sangre en la piedra, sintiendo el dolor y las raíces del sacrificio.

La grieta pareció resistirse, chillando en una frecuencia que sólo los magos reconocen. Pero yo insistí, y al final, como un animal derrotado, el portal se cerró en un suspiro, con un destello final de luz azul. Guardé el cristal opaco: una nueva grieta en mi alma, otro precio pagado.

Regresé al club, sólo para descubrir que la calma era temporaria. Los clientes aún bailaban, ignorantes del peligro que había rozado sus vidas. Busqué a Kane, queriendo sentir su presencia terrenal como un ancla, pero otro mensaje urgente me esperaba: una llamada perdida de Lucía.

Lucía no era una maga como yo; compartía el don, pero también un legado diferente. Su trabajo: trazar un mapa secreto de los portales emergentes en la ciudad, descifrando los patrones antes de que colapsaran los límites de la realidad. Su mensaje vibraba en mi teléfono:

“Ezra, encontramos algo en Penn Station. Es grande. Ven solo.”

Salí de CRUCE con el corazón acelerado. El aire exterior hacía contraste con la atmósfera densa del club y el olor de la magia artificial; era frío, punzante, como una advertencia. Tomé el metro hasta Penn Station, vigilando que nadie me siguiera. La ciudad era un tejido de rutas invisibles, de lealtades y traiciones escritas con tinta de sangre y miedo.

Cuando llegué, Lucía me esperaba en un andén solitario, resguardada bajo la débil luz de un letrero publicitario. Su cabello castaño olía a humo y su abrigo estaba manchado de energía etérea.

—Hay algo diferente aquí —me dijo sin preámbulo—. El portal… no sólo se está abriendo, se está extendiendo. Parece… consciente. Está buscando un anfitrión, Ezra. Nos está llamando.

Apreté los labios. Todo en mi interior gritaba que saliéramos corriendo, que abandonáramos esta ciudad maldita y la dejáramos pudrirse bajo su propia locura mágica. Pero la responsabilidad nos ataba. Yo, con mis pecados, y Lucía con la esperanza ciega.

Descendimos juntos por un acceso restringido, saltando una barrera oxidada, entre ecos de los viejos trenes fantasmas que circulaban por túneles que ya nadie recordaba. Allí, bajo el pulso rítmico de la ciudad, se abría un tajo en la realidad. No era una grieta vulgar, sino una herida dorada y palpitante, con venas de luz que se extendían en todas direcciones.

Lucía me tomó la mano. Yo no podía mostrarle el miedo, aunque ella sabía leerlo en mis ojos.

—¿La cerramos juntos? —susurró.

Asentí. Juntos, trazamos los símbolos en el aire, entrelazamos nuestros poderes, nuestras historias y nuestros miedos. Sentí el peso de la ciudad sobre nosotros, los susurros de los portales, las sombras de los magos caídos, y la esperanza torpe de que quizá, con suficiente sacrificio, podríamos mantener el caos a raya un día más.

El portal bramó mientras lo sellábamos, reclamando nuestra energía, nuestros recuerdos robados, nuestras cicatrices. Cuando por fin se cerró, quedamos abrazados en la oscuridad, temblando, sintiéndonos más vivos —y más exhaustos— que nunca.

Salimos del túnel mientras la ciudad, ajena a todo, seguía vibrando allá arriba en neón, música y olvido. Y mientras caminábamos hacia la superficie, me prometí algo: mientras las puertas sigan abriéndose entre los mundos, yo estaré allí para cerrarlas. Así sea pagando el precio una y otra vez, entre luces de neón y magia en el subsuelo.

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