Portada del relato Puertas al Crepúsculo
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Fragmento:


Pero el plano comenzó, lenta y obstinadamente, a ceder. Cada línea parecía interceptar un rumor de alcantarillas, de pasajes subterráneos y de puertas fundidas con la piedra vieja. Iris notó un patrón. En los cimientos de la ciudad antigua —bajo plazas donde ya no bailan los abuelos, tras muros donde la humedad tizna leyendas— había entradas selladas, escaleras que descendían a la nada.

Duración: 09:16

Puertas al Crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

El humo de la ciudad se disolvía torpemente con la promesa de lluvia. Bajo el cielo de neón, la urbe parecía girar sobre sí misma: avenidas que terminaban en parques oscuros, pasadizos devorados por la herrumbre del tiempo, callejones donde la luz era apenas una presencia sospechosa. Cualquier caminante distraído podía caer en la emboscada de la noche; algunos tomaban caminos equivocados y descubrían, sin comprender, que había lugares donde la ciudad se devoraba a sí misma. Laberintos. Un rumor en las tabernas y estaciones de policía: el que entra, no sale.

La superstición es poco probable en una ciudad moderna. Pero todo cambió cuando Iris, detective privada, recibió aquella llamada a las tres de la madrugada. Nadie sensato trabaja a tales horas —al menos no en estas cosas. Pero el tono de voz de la cliente, y la promesa ilícita de un buen pago, la arrastraron al caso como la marea succiona un náufrago.

***

Llegó a la dirección acordada, un edificio olvidado en la frontera de dos barrios. Una fachada como la de tantas otras, pero una grieta recorría la piedra desde el portón hasta la cornisa, y en las ventanas rotas el viento sonaba como risas ahogadas. Mientras subía, notó el ascensor colapsado, grafitis sombríos, y un ascenso de putrefacción, más imaginado que sentido.

Su clienta la esperaba bajo un fluorescente moribundo. Vestía ropas oscuras, sin joyas, pero su postura sugería a alguien acostumbrada a mandar. Se presentó como Lidia.

—Suficiente con que sepa mi nombre, Iris. Mi hermano, Samuel, desapareció hace una semana. Fue visto por última vez en el distrito de las cervecerías, bordeando la medianoche.

—¿Ya fue a la policía?

—Piensan que se marchó. Según ellos, los adultos tienen derecho a perderse. Pero no es así. Antes de irse, me envió esto —le tendió un papel arrugado.

Iris lo desdobló: era un plano, garabateado a mano. Reconoció los bulevares principales, pero el resto parecía una maraña de pasadizos y líneas entrecruzadas, calles que no recordaba, zócalos partidos por una red de túneles. Un dibujo tribal, una amenaza y una invitación. En la esquina, una frase: “A medianoche abren los caminos. Hay una puerta bajo la ciudad.”

Lidia le sostuvo la mirada con una intensidad pocas veces vista.

—Debo saber qué le ocurrió. La policía, incluso sus propios amigos, han dejado de buscar.

—Tal vez crea que sólo quiso desaparecer.

—No prestaría para esto —replicó, señalando el plano—. Samuel tenía fijación con los mitos urbanos. Sabía de… laberintos ocultos. Decía que los viejos cimientos esconden cosas.

—Nada que la administración municipal no haya catalogado —replicó Iris, más por costumbre que por convicción.

—¿Está segura?

La duda prendió en ella como una brasa. Tomó el encargo sin promesas.

***

Los primeros días fueron un desfile de silencios: vecinos que no recordaban haber visto a Samuel, empleados en bares sudorosos que sólo sabían que “dejó de aparecer”, alguna camarera que lo señalaba con un “esos chicos raros siempre se meten donde no deben”.

Pero el plano comenzó, lenta y obstinadamente, a ceder. Cada línea parecía interceptar un rumor de alcantarillas, de pasajes subterráneos y de puertas fundidas con la piedra vieja. Iris notó un patrón. En los cimientos de la ciudad antigua —bajo plazas donde ya no bailan los abuelos, tras muros donde la humedad tizna leyendas— había entradas selladas, escaleras que descendían a la nada.

Una noche tomó el reaparecido plano y lo comparó con registros de obras abandonadas. Había coincidencias: los mismos nombres truncos, las mismas líneas rotas. Incapaz de resistir la corriente que la arrastraba, llevó una linterna y su pistola, y se perdió bajo la ciudad.

***

Las escaleras chirriaban bajo su peso. El silencio era antinatural, un sepulcro de ecos que tragaba hasta su respiración. El aire apestaba a sulfuro y excrementos de rata. A medida que avanzaba, el plano parecía cambiar; lo que arriba era sólo intuición, allí abajo era geometría voraz: pasos torcidos, giros que regresaban sobre sí, puertas herrumbrosas que abrían a pasillos cubiertos de moho.

Encontró, finalmente, una compuerta diferente. No era obra de ingenieros modernos: en su superficie estaban grabados motivos intrincados, símbolos que sugerían más que decían, ángulos imposibles que mareaban si los miraba demasiado. Recordó media docena de leyendas: de túneles que giran sobre sí hasta desorientar al más firme, de sombras que caminan cuando no las ves.

Empujó. El metal cedió.

***

Del otro lado no había oscuridad plena, sino un crepúsculo húmedo y perpetuo. El espacio parecía mayor que el subsuelo de la ciudad, como si el suelo mismo estuviera inflado por una presencia. Pilares retorcidos sostenían galerías imposibles, y la humedad formaba charcos donde la luz de su linterna se retorcía y partía en docenas de reflejos.

Avanzó horas, tal vez días, imposible medir el tiempo en esa penumbra. Cada pocos pasos llegaba a encrucijadas que el plano de Samuel apenas insinuaba. Empezó a oír cosas: murmullos agrietados como risas, pasos arrastrados que se desvanecían antes de volverse amenaza, respiraciones contenidas. Su pulso martillaba la sien; la boca amarga por la sed y el miedo.

Por momentos creyó ver a Samuel: la sombra de un joven detenido junto a un pilar, una figura agachada tomando notas en una libreta. Siempre, cuando se acercaba, la imagen se disolvía. Se detuvo para orientarse, pero el plano ya no tenía sentido. Lo había perdido hacía horas, o tal vez años.

Y sin embargo, había una brújula de otro tipo: los susurros crecían en una dirección, como si algo grande se removiera al fondo de ese abismo. Iris, empujada por una mezcla de pánico y necesidad, avanzó hacia donde la voz invisible cantaba en la lengua de la piedra.

***

Sucedió sin advertencia. Abrió una puerta olvidada al fondo de un corredor. Al otro lado no había construcción humana. Era un claro, pero no al aire libre: una cámara donde la arquitectura se inclinaba hasta formar un escenario imposible, los muros eran huesos y la tierra era niebla.

Allí, en el centro, aguardaba Samuel.

No era como en las fotos entregadas por Lidia. Estaba envejecido por el asombro, el pelo alborotado y los ojos —¡los ojos!— agrandados por la fiebre. Junto a él, un círculo de símbolos grabados con sangre y polvo antiguo.

—Iris —murmuró, como quien pronuncia una plegaria.

—Samuel, tu hermana me envió. Vamos, volvamos —se acercó, con la torpeza de quien no confía en sus propios sentidos.

Él negó, lentamente.

—No puedo regresar. No lo entiendes. Aquí… aquí abajo todo es distinto. Los caminos son ellos mismos, vivos —señaló el círculo—. Han estado aquí por siglos, esperando. Alimentándose de los que buscan.

—Samuel, tienes que salir. Estas… cosas, te están destrozando la mente.

Él sonrió, resquebrajado.

—He visto lo que nadie arriba cree. He entendido: el laberinto no es sólo calles o paredes. Es deseo. Es memoria. Cada uno que baja busca algo, ¿no? Redención, olvido, respuestas. Y cada uno se queda, un poco más, hasta que ya no puede recordar qué era eso tan valioso.

Iris lo tomó del brazo. Su carne estaba fría y dura.

—No me dejes aquí, Iris. No te pierdas.

Ella vaciló. Miró alrededor, ese claro sin tiempo. “No te pierdas.” Por primera vez, la urgencia la poseyó no por Samuel, sino por sí misma. Retrocedió, a tientas, y entonces el círculo relampagueó, proyectando sobre los muros las historias de decenas, cientos, de errantes atrapados: algunos rezaban, otros lloraban, alguno parecía haber encontrado un goce pervertido en su encierro.

Susurrando plegarias, Iris escapó. Corría: tenía que encontrar la puerta, cualquier indicio de hogar. Pero los corredores cambiaban a cada momento; cada giro era una palabra olvidada, cada sombra la promesa de otro extravío.

***

No sabe cuánto tiempo estuvo abajo. Tal vez días, tal vez años enterrados en minutos. Cuando finalmente emergió rompió un portón de hierro, topando con la brisa repentina de una madrugada lluviosa. La ciudad la recibió con neones aún parpadeantes, la vida cotidiana retorcida en el ciclo de siempre.

Caminó hasta un teléfono público y llamó a Lidia.

—Lo siento. A tu hermano lo perdimos.

Colgó antes de escuchar el sollozo. Nunca contó lo que vio ahí abajo. Odiaba admitirlo, pero sabía que volvería. No por Samuel, ni por el caso. Sino porque sentía el tirón de la piedra, la llamada de las voces a medianoche, murmurando su nombre.

Dicen que la ciudad crece sobre sí misma, que sus laberintos nunca terminan. Ahora Iris sabe que, de tanto buscar salidas, algún día uno se convierte en el propio laberinto del que nadie puede escapar. Y en el hueco de su memoria, la puerta sigue esperando, entre sueños, a la próxima medianoche.

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