Portada del relato Luces sobre la Carretera
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Fragmento:


El más viejo, o eso intuí por su porte y el rumor grave que desprendía, alzó un brazo compuesto de ramas secas y cortezas milenarias. De su boca, si es que la tenía, brotó una voz que era viento atravesando ruinas.

Duración: 09:36

Luces sobre la Carretera
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Texto de ajuste de pausa.

Desde el decimocuarto piso del Edificio Mirador, la ciudad parecía otro mundo. Siempre me ha gustado alinear mi vida con los ciclos nocturnos y, desde esa altura, el crepúsculo se convertía en escenario; un océano de techos y valles de hormigón, sobre el que el sol poniente desparramaba un incendio lento y brutal. Cielos de escarlata teñidos por la polución y los sueños rotos de media humanidad.

Debajo, las calles bullían con las prisas del regreso, reflejando en charcos y lunas rotas la geometría irreal de la ciudad. Yo observaba todo aquello como una criatura intersticial, perteneciente tanto al hormigón como al rumor de raíces ocultas bajo la civilización. En realidad, llevaba años atrapada entre dos realidades que se odiaban y necesitaban a partes iguales.

Era el Solsticio de Primavera, una fecha agridulce para quienes, como yo, conocían las cosas que acechan más allá de las luminarias de neón. Mi nombre, aunque lo oculto incluso de mi reflejo, es Olwen. Y lo que tengo de inusual no es solo mi estampa de mujer nórdica perdida en una urbe ibérica, sino la sangre que me late desde ancestros antiguos, marcando mi destino con rugosos secretos.

Me preparaba para mi vigilia cuando noté el primer cambio. En vez del flujo habitual de automóviles encendiendo sus faros, un súbito silencio se derramó desde el horizonte. Fue como si alguien hubiera vaciado la ciudad de sonidos y, en su lugar, un crepitar leve, como de hojas encendidas o carne abrasada, comenzó a envolverlo todo. Salí a la terraza. Al principio pensé, absurdamente, en una tormenta roja. El cielo entero ardía, no por el sol, sino por lenguas líquidas de fuego suspendidas en oleadas sobre las azoteas.

Lo vi entonces: columnas de humo trazaban senderos imposibles entre antenas y chimeneas, como marcas de guerra. Y entre ellas, destellos de verde: sombras que se deslizaban, pisando un suelo invisible por encima del asfalto.

Ladridos que no eran de perro. Aullidos que florecían en los cruces. Durante un instante no supe si estaba observando el colapso de la realidad o mi propio derrumbe. Hasta que una de las figuras verdes se apartó de la corriente de fuego, caminó como danzando por encima del vacío, y se detuvo frente a mí. No por capricho: fue como si me saludara desde el otro lado del cristal, un reconocimiento doloroso.

Sin saber por qué, bajé corriendo las escaleras. Había aprendido que a veces, para encontrar el sentido a las cosas, hay que sumergirse en la confusión. El vestíbulo olía a humedad y al aroma ácido de los cítricos vencidos. En la calle ya no había nadie, ni tráfico, ni sonidos familiares. Solo el resplandor de las lenguas de fuego y la persistencia verdosa, imposible de enfocar, que se movía entre los semáforos varados.

Caminé, instintivamente, hacia el parque central, el único fragmento de selva primigenia que la ciudad había dejado sobrevivir. "Allí estarán", pensé. Los había sentido muchas veces antes, en madrugadas de neblinas densas o durante tormentas donde las raíces suspiraban.

Pero ahora no era como antes. A cada paso, el aire chisporroteaba contra mi piel. No de calor, sino de electricidad. Hice una mueca cuando una chispa me saltó al antebrazo. No dejó marca, sin embargo sentí algo circular: la punzada de un vínculo, como si al tocarme, algo hubiera afirmado mi pertenencia.

Al llegar al parque, la escena detuvo mi corazón. El fuego del cielo gravitaba, suspendido sobre las copas de los castaños y los viejos abetos, y los Espíritus del Bosque —así los llamé, porque no había otra palabra— danzaban en su periferia. No eran siluetas completas: se insinuaban como segmentos de ramas, trozos de musgo ambulante y piedras cubiertas de líquenes borrosos. Sus ojos, sin embargo, estaban allí: fractales de luz esmeralda, insondables y llenos de memoria.

El más viejo, o eso intuí por su porte y el rumor grave que desprendía, alzó un brazo compuesto de ramas secas y cortezas milenarias. De su boca, si es que la tenía, brotó una voz que era viento atravesando ruinas.

—Has regresado —proclamó.

No eran palabras. Era la forma que tenían las viejas cosas de entenderse, y supe que yo también podía responderlas. Mi linaje, el secreto que arrastré siempre como una carga y una bendición.

—Nunca me fui —susurré—. Pero algo ha cambiado, y lo siento como el aliento de una bestia sobre mi cuello.

El fuego del cielo descendía lentamente, como esperando la respuesta del bosque. Había una tregua inestable, el eco de un pacto ancestral que yo debía recordar. Los espíritus se desplazaban a mi alrededor; uno me rozó el hombro, y sentí el frescor húmedo de una sombra primaveral.

—¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? —pregunté.

El anciano de ramas extendió una mano hacia las llamas.

—Todo se cierra —respondió la voz compuesta—. La ciudad se ha extendido demasiado. El bosque retrocede, pero nuestros mundos se tocan aquí, bajo estos cielos de fuego. La balanza exige tributo, y los portales solo se abren durante el Solsticio.

El humo se espesaba arriba, y me costaba respirar. Alguien, o algo, había forzado aquello. Y pensé en los rumores: el distrito Oriental desalojado tras un derrumbe improbable, el agua del río que cambiaba de sabor desde hacía semanas… Sí, había signos. Y yo había decidido ignorarlos, mezquina o cobarde, convencida de que el mundo podía esperar.

Un crujido cortó el aire. El fuego comenzó a caer en filamentos, meciéndose como serpientes de lava. Una gota quemó el asfalto y se tragó un trozo de banco del parque. Corrí para atrapar a uno de los espíritus menores; lo sentí tan frágil como una ardilla recién nacida, palpó mi brazo con dedos de hiedra y suspiró.

—Ayúdanos —dijo.

—¿Qué puedo hacer yo? —protesté, aunque ya lo sabía. Había leído los textos ocultos, los diarios de mi abuela, y recordaba la frase: “El guardián de dos umbrales sostiene la llave y el precio”.

El anciano se me acercó tanto que su fragancia me llenó de visiones: noches de ciervos cruzando claros, la furia de lluvias sin nombre, raíces ocultas bajo cementerios.

—Debes elegir— rugió, y el fuego bajó otro peldaño.

La elección nunca fue fácil: abrir el canal y dejar al bosque invadir, o cerrarlo y presenciar su extinción lenta, acompañada por la victoria absoluta de la ciudad. Ninguna opción era inocua. Cerré los ojos, buscando dentro de mí la memoria de mis ancestros. Un peso gráfico, la certeza de que ambos mundos dependían no solo de la hostilidad, sino del equilibrio, cobró forma.

Había otra opción, una que nadie contemplaba porque exigía demasiado: entregarse. Dar parte de uno mismo para calmar la furia del cielo y aplacar la nostalgia del bosque. Era el precio que mi estirpe siempre pagó para encarnar el nexo.

—Lo haré —prometí.

Y en ese instante, el tiempo se fracturó. El cielo y el parque se fusionaron en un vórtice de luces enloquecidas. La corte de espíritus entonó una letanía perdida, y sentí como sus ramajes y musgos se entrelazaban bajo mi piel. Mi vida, hecha de horas digitales y rutina de oficina, se resquebrajó para dejar paso al torrente antiguo de leyendas.

El fuego entró en mí. No quemaba, pero marcaba cada célula con runas inmutables. Vi en un destello las primeras invasiones, los bosques talados para levantar calles, los pactos sellados con sangre y fuego para que las raíces nunca murieran del todo. Era el precio de la coexistencia: ceder vida a cambio de tregua.

Y yo me convertí en vínculo. Mañana, nadie recordaría la explosión de fuego en el cielo. Los periódicos, a lo sumo, hablarían de una “anomalía atmosférica”. Pero los espíritus del bosque, invisibles desde las cornisas, me mirarían y sabrían que seguía siendo el puente andante. No una salvadora ni un monstruo, sino una señal viva de que ningún mundo sobrevive solo.

El primer amanecer tras mi sacrificio fue inusual. El aire tenía un regusto más dulce, las aceras exhalaban vapor de tierra mojada, y algún gato se detenía frente a mí, como reconociendo a una criatura cambiada. Con el tiempo aprendí a soportar esa doble visión: ver raíces bajo el asfalto y cielos ardiendo sobre la rutina, saber que mi destino era vigilar el eterno vaivén, intervenir de vez en cuando, negociar silencios y limosnas entre los extremos de la realidad.

Nunca volví a hablar con los humanos de lo ocurrido. Pero en las noches siguientes, cuando el último rayo naranja tocaba la cristalera de mi piso, y oía el crujir suave de ramas en el parque, sonreía. Sabía que la tregua seguía, y que, al menos hasta el próximo Solsticio, los cielos de fuego y los espíritus del bosque mantenían su pacto en mi piel.

Al cabo de un año regresé al mismo lugar, al banco casi destruido que hoy era un islote de helechos frescos. El anciano de ramas emergió, igual que entonces, y sus ojos se fundieron con los míos. No hubo palabras: solo una inclinación de cabeza, el reconocimiento de dos mundos coincidiendo, por un instante, y la certeza de que, en su lucha interminable, siempre habría guardianes abandonados entre el fuego y la raíz.

Así terminó aquella noche, y comenzaron otras cien, mil, incontables, en las que aprendí a vivir sobre la línea invisible donde confluyen los espíritus y los incendios, los recuerdos de la selva y las pesadillas de la modernidad. Y aunque nunca dejé de anhelar la paz de lo sencillo, al mirar el cielo y las copas, entendí mi propósito: ser testigo de lo inenarrable, mediadora de lo imposible, y eco permanente de un mundo que no quiere morir ni dejar de arder.

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