Las primeras luces de neón caían sobre la calzada como faldas de lamé olvidadas por una rubia apresurada. Era miércoles en la ciudad doble, esa donde los puentes se cruzan dos veces, una para los hombres y otra para sombras que prefieren evitar las farolas. Julian Kindrey, que alguna vez fue conocido por invocar tormentas menores de tercer orden, caminaba ahora al ritmo de aquel lento jazz eléctrico propio de los corazones apaleados. La gabardina hendida de polvo azul y papeles rotos, el sombrero ladeado como para escuchar a los muertos —todo en él gritaba, de algún modo sordo y desganado, que había dejado de creer en casi todo.
El trabajo en la agencia de Ojos y Lenguas —“se observa cualquier cosa, se calla lo esencial”— no era lo que prometía en la carta de bienvenidos del decano Dapherd. La mayoría de la clientela pedía trivialidades: ubicar mascotas, indagar amantes, desenredar nombres en muebles heredados. Pero esa noche, mientras bajaba por la Calle de los Faroles Caídos, pensaba en la presencia puntual, alienada y olorosa a cardamomo de una cliente nueva. Se llamaba Sra. Rotth, y traía entre manos una caja de madera viva, forrada en fetiche y miedo, cuyo contenido se resistía a ser nombrado incluso bajo amenaza de intereses compuestos.
El encargo era claro: encontrar el espejo de Doldrath, último fragmento de la proyección que el gremio llamaba “prisma liminar”, objeto de paso entre la realidad nuestra y la otra, esa donde los colores pesan y los ruidos huelen a hierro y olvido. Solo bajo ciertas alineaciones —y, sospechaba Kindrey, con un guiño de la fortuna— podía uno acceder a lo que la cofradía denominaba “la segunda trama”, el tapiz entre bastidores de la ciudad. El espejo había desaparecido hacía casi dos generaciones. Algunos decían que fue robado por los baudelerianos, una cábala de poetas carnívoros; otros, que fue tragado por la boca del Metro Central, cuando la última inundación arrancó quince nombres del registro cívico. Julian no creía en las versiones oficiales, ni siquiera cuando él mismo las inventaba.
Llegó a su despacho justo antes de que la lluvia reanudara la guerra perdida contra el techo; la ciudad se dibujaba en los cristales como una enorme criatura salpicada de cirios y manchones de hollín. El aire olía a cera gastada y ozono. Había cartas sin abrir sobre el escritorio, un par de fotografías en blanco y negro de hombres sin rostro (clientes de la memoria Condicional), y bajo la lámpara, el cuaderno donde solía escribir aquellos nombres que no se atrevería a pronunciar en sueños.
A las nueve y diez, justo cuando el péndulo del reloj comenzó su insomnio, ella apareció. Sra. Rotth caminaba como si los tacones tallasen el significado de la noche en el mármol. Rondaba los sesenta y muchos, pero en sus ojeras vivían todas las insomnes de la ciudad. Se sentó sin pedir permiso, depositó la caja sobre la mesa, se ajustó el pañuelo de anémonas y dijo:
—¿Sabe usted cuánto pesa un recuerdo, señor Kindrey?
—Eso depende del recuerdo —respondió, sin apartar los ojos de la caja—. Algunos leí que flotan.
—Este arde.
La viuda resopló. Había en su rostro los rastros de una belleza tan antigua como peligrosa, como si hubiese sobrevivido al primer fuego. Explicó hacia dónde se dirigía el espejo, con quién, y con qué intención. Habló de puertas sin marco, de habitaciones extrañas en la Avenida Polisombra, de ritos que no requieren testigos. “El espejo es una membrana”, concluyó, “alguien está a punto de atravesarla, y no me gusta quién es ni lo que busca”.
Julian Kindrey asintió y miró de reojo la caja. No tenía cerraduras, ni heridas; parecía húmeda al tacto, como si gotease savia. De su interior escapaba un frío muy leve, casi una nostalgia, y en la superficie bailaban letras ilegibles, entre trazo y amenaza.
—¿Puedo abrirla?
La viuda negó y sus ojos parecían dos relámpagos añiles hundidos en tormenta:
—Solo cuando lo encuentre.
***
Kindrey partió luego de la medianoche. Pocos lugares abren en las entrañas del viejo barrio Ojobravo, pero todos venden lo mismo: silencio, recuerdos en salmuera y café de raíces. En la trastienda de los Relojeros, el tiempo se vendía por gramos. Un anciano mudo le cambió dos minutos propios por diez ajenos —suficientes, pensó Julian, para navegar por el Mercado de lo Encontrado sin que la nostalgia lo alcanzase.
Lo primero al llegar fue aspirar el aire; sabía a mercurio y a tromba marina. Las calles se deformaban entre toldos que gemían y rostros de piedra que vigilaban desde alcantarillas rotas. Allí se supone que todo puede hallarse: amuletos para olvidar, versos de persuasión menor, contratos con la materia y con el sueño. Caminando entre vapores, Kindrey se topó con una mesa; tras ella, una joven con visera roja le sonreía con media boca:
—Buscas lo que no fue hecho para encontrarse, ¿no, Ojos Kindrey?
La voz era familiar, estremecedoramente familiar. En la trastienda, los rumores eran moneda de curso. Respondió con igual tono:
—Dame una pista, Simara, y no te quedes con la mitad en la lengua.
La muchacha colocó tres objetos sobre la mesa: una llave torcida, una moneda que rotaba sola y un naipe sin número. El naipe comenzó a deslizarse hasta sobresalir como una lengua de enigma fuera de la mesa.
—El que busca la membrana debe mirar bajo los puentes. Doldrath no dejó su reflejo en tierra firme.
Julian pagó con un deseo gastado. Sintió el cosquilleo de la llave en la palma: fría, como un secreto recién desenterrado.
***
El puente de la calle Ferrossolía era un doble umbral: arriba, jugaban niños espectrales lanzando piedras al río; abajo, bajo el arco musgoso, la realidad se diluía en una tulpa. Julian descendió, farol en mano. El aire era denso; cada paso parecía encoger el pecho. Allí, la noche no era la de la ciudad, sino otra mucho más antigua.
Tal vez fue la humedad, tal vez el murmullo de voces extinguidas, pero sintió vértigo. A mitad del túnel, la llave comenzó a vibrar. La apoyó en la piedra: brotó una línea fosforescente, que marcaba un óvalo, una puerta. La empujó, cerrando los ojos.
Del otro lado, no era sencillo distinguir la trama: colores superpuestos, geometrías imposibles. Ante él, un muro de humedad y reflejos. Y allí… en la penumbra, una figura. No humana, y sin embargo parecida. Un niño, tal vez, calvo y sin dientes, con los ojos como discos de obsidiana. Sostenía en sus manos el espejo.
De inmediato, Kindrey reverenció, como enseñan los viejos magos cuando cruzan la frontera con los custodios.
—No deseo pelear —musitó—. Solo recuperar lo que fue robado.
El niño sonrió sin boca. La voz vino de todas partes y ninguna:
—Este espejo no fue robado, Ojos. Fue escondido. Del hombre que quiere el poder de mirar más allá de lo que mira.
Una brisa helada rozó el rostro de Julian, y el niño —la criatura— tendió el espejo. En la superficie, rostros se desplazaban como peces. Entre ellos, vislumbró, un momento apenas, el suyo propio. Tembló.
—¿Sabes lo que pierdes al recuperarlo? —preguntó la criatura.
El mago pensó en la viuda, en la caja sin cicatrices, en todas las noches en que la ciudad pareció doblarse como el papel de una carta leída en llanto.
—Pierdo la ignorancia —dijo finalmente—. Y el derecho a soñar a ciegas con mi ciudad.
Por un instante, el puente pareció ceder bajo sus pies. El niño le rozó la mano; le entregó el espejo. Al tocarlo, el frío le mordió hasta los huesos. Salió del umbral con la memoria empapada de reflejos.
***
Ya de regreso, un trance febril se apoderó de Julian. Desde su despacho, vigiló la ciudad tras los cristales mojados. Pensó en todo lo vivido bajo los puentes, en el precio demasiado alto de ver lo invisible.
La Sra. Rotth recibió el espejo y le mostró, por fin, el interior de la caja: un retrato antiguo, una casa doble, un corazón diseccionado en dos planos simultáneos. Julian lo entendió entonces. El espejo era todo lo que separaba a la humana de la sombra, al deseo del desgaste. Algunos recuerdos solo pueden ser custodiados; poseerlos es insoportable.
La viuda le pagó con una moneda que ardía en la palma, y una advertencia itinerante:
—No mirarás lo que no puedas devolver al agua.
Cuando cerró la puerta, Julian Kindrey supo, en lo más profundo, que esa ciudad no era solo suya, ni siquiera suya en tercer registro notarial. Había cruzado la membrana, y la membrana lo veía ahora a él.
En la penumbra, encendió la última luz eléctrica y se sirvió el último café. Afuera, la lluvia insistía, lavando poco a poco los nombres de los vivos, y en algún sitio, bajo el puente, otro niño sin dientes tal vez sostenía ya otro espejo, dispuesto a reflejar la última mentira del mundo.
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