Portada del relato El eco de las luces distantes
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Fragmento:


—Busco respuestas, no más acertijos —le espeté.

Duración: 09:01

El eco de las luces distantes
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Texto de ajuste de pausa.

Una vez, mi ciudad estuvo contenida en sí misma. En ese entonces, las únicas cosas que cambiaban de lugar eran las luces, las sombras y los vehículos que rugían bajo la lluvia incesante. Ahora, han surgido grietas por las que se filtra lo improbable. La ciudad se pliega, se recombina, y a veces, en noches muy tranquilas, parece que es posible caminar de una memoria a otra, de una hora perdida a una esperanza aún sin nacer.

Mi trabajo era sencillo: encontrar objetos para coleccionistas exóticos. Últimamente, sin embargo, mis empleadores pedían cosas cada vez más peculiares. Relojes que avanzaban en sentido antihorario, diarios escritos en tinta que cambiaba de idioma, fotografías de calles que nunca había visto pero que, de alguna manera, sentía familiares. Poco a poco, empecé a notar, entre esas rarezas, un patrón inquietante: todos esos objetos vibraban suavemente cuando se acercaban a ciertos puntos de la ciudad, lugares en los que el aire tenía un peso distinto, como cargado de electricidad aún no liberada.

Fue durante uno de esos encargos que vi por primera vez a una de las llamadas Caminantes. Era una noche despejada, el cielo tan negro que las farolas parecían flotar en una niebla ámbar. La vi en la plaza junto a la catedral vieja. No era posible confundirla con nadie más: llevaba una gabardina azul oscuro (inyectada de relieves plateados que titilaban levemente como reflejos lunares) y caminaba sin prisa, sus pasos silentes, aunque yo sentía un retumbar en mis huesos con cada uno de ellos.

Me escondí tras la esquina y observé. Ella extendió los brazos, y por un instante el aire se onduló sobre el empedrado. Un trazo de luz se elevó del suelo, ascendiendo como una escalinata hecha de estrellas rotas. Caminó por ella con toda la naturalidad del mundo, perdiéndose entre las nubes artificiales de la ciudad. Miré mis manos temblorosas y sentí que mis pies, por un instante fugaz, éramos capaces de flotar tras ella.

Todo esto era inquietante, sí. Pero lo que de verdad me obsesionó fue su mirada antes de desaparecer: me observó, y supe con claridad absoluta que ella ya me conocía. No aquí, tal vez no ahora, pero sí en algún otro tiempo, en algún otro cruce de caminos invisibles.

Semanas después, empecé a oír rumores. Gente con cicatrices en los antebrazos que no recordaban haberse hecho, relojeros ciegos que parecían saber la hora exacta en la que morirían, mujeres que hablaban con la voz entrecortada de recuerdos no vividos. Todos decían lo mismo: algo estaba devorando el ayer. Tenía la sensación de que si no averiguaba pronto a qué nos enfrentábamos, algo esencial —la textura de mi vida, quizás— se rompería irremediablemente.

Esa convicción me llevó a la librería de las escaleras imposibles, donde los libros parecían susurrar entre sí cuando uno entraba en la penumbra. El dueño, un anciano de tez cenicienta y manos tatuadas con fragmentos de mapas celestes, me miró de arriba abajo al entrar.

—Busco respuestas, no más acertijos —le espeté.

El anciano sonrió, y durante un segundo su boca pareció partirle el rostro en dos, en el parpadeo de una segunda luna tras su cabeza.

—Nada aquí es lo que buscas, pero puedes llevarte una pregunta nueva. ¿Has visto ya la siguiente versión de ti mismo?

Me giré sobre los talones, frustrado.

Sin embargo, algo me empujó de vuelta. En la estantería más alejada, entre lomos de cuero agrietado, descubrí un libro pulsante, sujeto por una cadena delgada de plata. "Crónica del Paso Luz", rezaba su cubierta. Al tocarlo, sentí un mareo repentino. Las palabras flotaban y giraban ante mis ojos, ordenándose en frases apenas aprehensibles:

Los caminos que surcan el firmamento no son sólo rutas para quienes caminan entre nubes y vértigos. Son ventanas, grietas y heridas en la tela de lo Real. Sólo los marcados pueden atravesarlas. Pero cada salto deja una huella y, si el viajero no devuelve lo robado al tiempo, algo propio pagará como tributo.

El anciano volvió a mi lado, ya sin sonrisa.

—Estás en ellos. Y más atrás de lo que crees, joven.

Quise preguntarle a qué se refería, pero la campanilla tintineó tras de mí; la Caminante con la gabardina azul ya estaba allí. Se situó a medio metro y extendió la mano.

—Ven conmigo, —su voz era un eco frío y familiar. Sabía mi nombre. Lo pronunció como si ya lo hubiera hecho mil veces,— Si no comprendemos el precio pronto, ninguno de nosotros recordará nunca quién fue.

Atravesamos la puerta trasera de la librería y el mundo se disolvió, como si hubiésemos atravesado una cortina de humo denso. Caminamos sobre un pavimento que no pertenecía a ninguna calle que conociera. Era cristal oscuro, surcado por líneas plateadas; bajo nosotros relámpagos mudos recorrían la distancia, y arriba, en la calzada elevada, se sucedían momentos de mi propia vida: yo riendo bajo la lluvia de una primavera temprana, yo peleando con mi madre adolescente, yo desmoronándome ante el silencio absoluto del hospital cuando me dijeron que Marta había muerto.

Cada paso despertaba recuerdos, y era como si caminar por aquel sendero me despojara poco a poco de todo lo que me ataba al presente.

—¿Dónde estamos? —pregunté, la voz reducida a un susurro.

—Entre, y fuera. Caminos celestiales, los llaman poetas; para nosotros, son sólo opciones entre los escombros. —La Caminante no sonreía, pero había ternura en la manera en la que miraba mis versiones pasadas y futuras.

—¿Quién eres? ¿Por qué me traes aquí?

No respondió. Continuó andando y sólo agregó:

—Mira.

Lo hice: en la curva siguiente, aparecieron figuras moviéndose a contraluz, cada una portando una suerte de lámpara encendida en lo alto. Algunos caminaban solos; otros, en pareja, tomados de la mano. En sus rostros podía distinguir la desolación y un brillo ansioso, hambriento, como si buscaban algo perdido entre los pliegues del aire.

Ella me indicó con una inclinación de cabeza que nos uniéramos al grupo. Lo hicimos. Uno de los viajeros se giró y, al enfrentar su rostro, sentí una oleada de vértigo: era Marta, o alguien lo suficientemente parecida como para llamarse igual.

—Has venido tarde —dijo, su voz la de un sueño olvidado.

Quise abrazarla, advertirle que hacía años que la lloraba. Quise confesar que aún tenía conversaciones completas con su voz en mi cabeza. Pero ella sólo tocó la palmilla de mi mano, y el contacto me llenó de extrañas imágenes: esta Marta no era únicamente de mi pasado, sino de muchas posibilidades no recorridas. Hubo vidas en las que nunca la conocí, otras en las que morimos juntos, algunas donde la salvé. En todas, éramos extranjeros, caminando paralelo al filo de lo no-realizado.

Algo crujió en el cielo. Un resquicio se abría en el pavimento: de allí emergieron ráfagas de aire helado, y con ellas, figuras oscuras y gigantes, sin rostro. Yo sentí deseos de huir, pero los Viajeros formaron un círculo y la Caminante, con voz solemne, entonó palabras antiguas:

—Lo que se roba ha de devolverse, y lo que se olvida encuentra siempre su lugar.

Comprendí entonces el tributo: cada viaje a través de estos caminos tomaba una parte esencial de cada uno. Un recuerdo, un sentimiento, algo pequeño y vital. Si tomabas sin devolver, las ausencias se acumulaban hasta tragarte. Eso era lo que acechaba a mi mundo: demasiados viajeros que no querían dejar nada atrás.

Me vi obligado a decidir. ¿Qué podía devolver yo? ¿Qué recuerdo podía dejar para cerrar aquello? Fue Marta quien lo susurró:

—Suelta el dolor. Déjame ir, en todas las versiones.

Era insoportable. Pero en ese instante, entendí: sólo si soltaba el peso de mi duelo desaparecerían las grietas en mi vida. Sólo así dejaría de perderme, de vivir a medias en todas las ramificaciones del tiempo.

Cerré los ojos y dejé caer el recuerdo de nuestro último adiós. Sentí el hueco inmediato, una ligereza casi insoportable. Escuché las voces del resto, también renunciando a algo: una mujer dejó el primer beso de un amor que no sobrevivió; un anciano, la certeza de la fecha de su muerte; un niño, la última conversación con su mejor amigo. Cada tributo era agridulce, necesario.

Las figuras oscuras retrocedieron, disolviéndose en lluvia y polvo de estrellas ajadas. El pavimento se reensambló bajo nuestros pies, sólido y sereno.

Retorné a la librería, a la penumbra cálida, solo esta vez. Afuera, la llovizna caía constante; la ciudad ya no parecía a punto de desmoronarse. El anciano me observaba sin hablar. Podía oír la música lejana de la plaza, las voces cotidianas que, por fin, no se confundían con las de los fantasmas del tiempo.

Supe sin ninguna duda que algún día volvería a encontrar esos caminos, que seguirían existiendo allá donde la memoria y el deseo colisionan. Pero también supe que esta vez, de verdad, estaría preparado para el precio.

Porque ahora, por fin, sabía el valor de volver a casa.

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