Fragmento:
Para quienes me reconocen en este tiempo, me llaman Helia. Es un nombre asignado, comprado legalmente cuando llegó la prohibición de Portar el Nombre Sin Herencia. En cualquier estación de policía nadie vería otra cosa que a una mujer de rostro estrecho y cabello pálido, envuelta en una bufanda demasiado gruesa para el clima de primavera que jamás llega a este barrio. Y, sin embargo, la máscara es porosa. Detrás de la tela, en los huesos, en las fibras que entumecen más allá de la carne, reside lo que soy: un héroe antiguo, uno de los últimos de hielo.
Duración: 08:49
***
Me encontraba allí de nuevo, sobre el asfalto que resplandecía bajo la luz azulada de los anuncios, mientras la nevada persistente restallaba contra los coches abandonados. La ciudad era una fosforescencia blanca y fría, los callejones respiraban vapor, y sólo yo parecía sentir la presencia de las cosas que se arrastraban bajo los bancos de hielo viejo, de las cosas que alguna vez tuvieron nombre y ahora sobrevivían tan sólo como susurros.
Para quienes me reconocen en este tiempo, me llaman Helia. Es un nombre asignado, comprado legalmente cuando llegó la prohibición de Portar el Nombre Sin Herencia. En cualquier estación de policía nadie vería otra cosa que a una mujer de rostro estrecho y cabello pálido, envuelta en una bufanda demasiado gruesa para el clima de primavera que jamás llega a este barrio. Y, sin embargo, la máscara es porosa. Detrás de la tela, en los huesos, en las fibras que entumecen más allá de la carne, reside lo que soy: un héroe antiguo, uno de los últimos de hielo.
No los de los cuentos, por supuesto. No los que fundaron ciudades. Sino de los otros, los que sobrevivieron a su propia extinción.
Esta noche era igual, y aún así, distinta. Notabas el crujido bajo los pies; no era el hielo, era la tensión, la inminencia. Habíamos sentido el temblor todo el día entre los informantes de la calle - los niños que miran el frío y el miedo directamente y a causa de eso, ven más allá. Decían que algo se había roto en la vieja central eléctrica, en el extremo norte de Jardín Gris, y que el humo no era humo, sino la sombra de una corona perdida. Cuando la noche fue lo suficientemente densa, me abrí camino hacia allá.
Los Héroes de Hielo, como mejor puedo explicarlo, existimos entre dos derrotas. En la infancia éramos puros, fríos como el relámpago que parte la escarcha. Luego el mundo nos roe, la historia nos olvida y sólo quedamos en la periferia, los suburbios de la memoria. Eramos seis, siete, tal vez nueve - los números no cuentan entre los que no pueden dejar huellas. Los Reyes Oscuros no son, como algunos imaginan, tiranos de torres y grilletes. Son peores; son los dueños del olvido, los agricultores del miedo cotidiano, los patrocinadores de la tediosa tiranía de la costumbre. Pasean entre nosotros, a veces con traje, a veces tan sólo un destello de ansiedad en el rabillo del ojo.
La central eléctrica es un cuchillo plantado en el lodo. Hay zarcillos de escarcha en las verjas, y junto a la entrada lateral una forma encorvada recoge el polvo con la mano. Me acerco con cuidado, el hielo no cruje bajo mis botas, pero el vaho deja turbio el aire. El hombre me mira, los ojos como agujeros. Bajo la capucha podría tener cualquier rostro, y esa es la mejor pista: los agentes de los Reyes Oscuros no tienen forma, sólo la que la ciudad les presta.
—¿Estás perdida? —pregunta. Su voz chisporrotea.
—No.
—Aquí sólo pasan los nombres quebrados.
Muevo la bufanda. Un amuleto de flecha rota reposa sobre mi clavícula. Se estremece.
—¿Eres uno de los antiguos? —su voz cambia, resbala en el dialecto del frío verdadero, el que sólo hablamos en el duermevela entre la realidad y el sueño.
Le respondo en ese idioma, una negación ceremoniosa que dice: "No soy nada, no soy nadie, pero no me iré." El hombre sonríe. Las encías negras, la lengua como una lombriz de carbón.
—Hoy el rey no tiene rostro. Ven.
Dentro, la oscuridad es total, sólo los semáforos rotos en el fondo parpadean como faros bajo el hielo. Percibo las demás presencias, undulantes y pesadas, apretadas contra los pilares con la desesperanza de los condenados. Reconozco a Greta, su sombra larguísima sobre el hormigón; fue heroína —antes de perder sus dedos— y trabaja ahora con los camiones de sal, una ironía que la humilla día a día. Jura y juro que jamás cruzaremos palabra sobre lo que fuimos.
Cerca de la turbina central, una figura encapuchada se yergue sobre una multitud de empleados inmóviles. El aire arde con la tensión de lo no dicho: en sus manos brilla una energía indistinta, no es chispa ni calor, sino la promesa de apagar el núcleo de cada cosa.
El Rey Oscuro se manifiesta por la voz; suave, masculina, resonante como una canción de cuna demasiado lenta.
—Los que recuerdan nombres están convocados. Salid adelante.
Uno de los empleados, una mujer con el mono de la compañía —Ingrid, mi memoria me arrastra hacia tiempos de azoteas y promesas rotas— da un paso. Sus labios tiemblan. Recita un nombre, el suyo, o no; es objeto transformado:
—Soy Lirianna, hija de Nieve y Agua Silente.
El Rey asiente. La mano baja. Donde Ingrid estuvo, sólo queda una mota de escarcha flotando a mitad de la nada. El silencio es absoluto. No es la muerte; es el borrado, la cancelación.
Es en este instante cuando siento la cuchilla del miedo; afilada, íntima. Los Reyes Oscuros siguen la lógica de los contratos: ofrecer oportunidad de sobrevivir a cambio de olvidar, y en casos de desobediencia, convertirnos en lo que da más pavor: ausencias.
No me toca. Su mirada gira como una tramontana, choca en mi escudo interior. Reconoce el frío ancestral; siente la grieta donde encajo. Algo en su voz muestra una fisura.
—¿Tú? Helia, ¿verdad? De las últimas. ¿Vendrás a mi lado?
—Prefiero el frío, la condena, la niebla de mi propia respiración —digo.
Ríe, y la central eléctrica tiembla. Hay un vértigo de vacío que casi absorbe todas las luces. Habla para todos nosotros, pero también se dirige sólo a mí:
—Es tan dulce no recordar. Te ofrezco mi sombra. Cambia tu escarcha por olvido. Serás inmortal, porque nadie podrá nombrarte ni temerte.
Recuerdo una noche, catorce años atrás, cuando el hielo era aún joven y nosotros éramos un escuadrón de justicieros desaforados. Recuerdo la primera vez que matamos a un Rey Oscuro; el hedor, los huecos que dejaron en las sillas del bar. Después, el invierno se hizo permanente.
—Hay un error en tu propuesta —le respondo. Olvidar es otra jaula, más cálida, quizá, pero igual de opresiva.
—¿No extrañas el beso del polvo solar? ¿La ternura de la ignorancia?
—Prefiero las cicatrices. Prefiero las heridas abiertas a la comodidad del vacío.
El Rey hace un gesto, la multitud se pliega como una ola, y siento las memorias ajenas escurrirse por las grietas en el cemento. El truco es ése: hacernos testigos, para que nuestra culpa brille blanca como cal en la fachada de cada día.
Alzo la flecha rota, la antigua insignia de nuestra hermandad. Greta asiente y rompe la suya. Hay un estallido de escarcha, una ráfaga de aire de otro mundo. Los héroes de hielo nunca hemos sido fuertes; sólo persistentes, testarudos. No traemos milagros, sino pequeños sabotajes: una grieta aquí, un eco allá. Al hacerlo, plantamos semillas de duda incluso en los anhelos petrificados del Rey.
La fuga es caótica. Nos lanzamos sobre la multitud enmutecida, gritamos nombres que ya nadie recuerda salvo nosotros: “Varael”, “Yster”, “Morphaen”. Cada nombre es un candil contra la tiniebla, cada grito una promesa de que algo nos sobrevivirá, aunque sólo sea el temblor residual.
El Rey me alcanza. Una mano negra apresa mi muñeca, íntima como un amor fallido.
—Nadie recordará lo que has hecho. Nadie sabrá que perdiste.
Respondo en el idioma antiguo, el del hielo, y cada palabra deja su huella en la escarcha del suelo:
—Todo recuerdo es una traición, pero prefiero la traición a la nada.
Y tiro de él, lo arrastro hacia el exterior, hacia el río helado donde antaño dormían los nombres grandes, los que fundaron las estaciones de tren y las avenidas. Greta y los demás sostienen la grieta. Bajo la piel de la ciudad, la nieve ondea como una bandera robada.
La mano del Rey se disuelve en vapor oscuro. Su voz queda diluida, anchita: “Volveré cuando olvides.”
Al final sólo quedamos nosotros, los héroes de hielo, jadeantes a la orilla de la ciudad, contemplando las luces titilantes y las estelas de humo. Nadie nos aplaude. Nadie nos canta.
Caminamos, nos perdemos, soñamos, con la única certeza de que resistir —como el hielo bajo el sol ajeno— es a veces la única forma de reinar sobre uno mismo.
Y esta es la ciudad. Olvidada y helada. Cargada de nombres por venir, y de reyes cuyo poder es no dejarnos olvidar lo que somos.
Cuando llegue la primavera —si llega—, nosotros tampoco estaremos. Pero mientras oscurezca y nieve en las rendijas, mientras los nombres rocen el oído de cualquier niño que huya del amanecer, seguirán oyendo nuestra historia. Puesto que recordar, aunque duela, es todo el fuego que nos queda.
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