Fragmento:
Hay una grieta, casi invisible, donde la Calle Novena tuerce y se pierde bajo el rechinar de los rieles del subterráneo. De día, la grieta es apenas un tropiezo en el pavimento; a la luz de los faroles anaranjados, parece una boca abierta salmodiando nombres olvidados. Nadie lo notó durante años salvo los gatos —y Hernán, que había aprendido a vivir entre lo espeso del mundo y lo delgado de las fronteras.
Duración: 08:20
Hay una grieta, casi invisible, donde la Calle Novena tuerce y se pierde bajo el rechinar de los rieles del subterráneo. De día, la grieta es apenas un tropiezo en el pavimento; a la luz de los faroles anaranjados, parece una boca abierta salmodiando nombres olvidados. Nadie lo notó durante años salvo los gatos —y Hernán, que había aprendido a vivir entre lo espeso del mundo y lo delgado de las fronteras.
Hernán era lo que su abuela habría llamado "mirador de lunas": uno que ve más allá del brillo de los cristales del tren y las fachadas de concreto. Esa noche, mientras el cielo destilaba agua y las luces de neón dibujaban la ciudad como un hechizo, Hernán sintió que la grieta latía. Había bebido una copa, tal vez dos, en el bar de la esquina, y caminaba a casa con el abrigo empapado y los pensamientos como piedras en los bolsillos.
El reloj de la estación marcaba las tres, números mecánicos cayendo en círculos. Era la hora en la que las brujas barrian los andenes digitales y los fantasmas hurgaban los cajeros automáticos. En la grieta, una niebla espesa palpitaba, con destellos azulados como escamas de algún animal prehistórico extraviado en el concreto.
Hernán se detuvo. Una voz, ronca, reptó desde la abertura: “Ya era hora.”
La reacción esperable hubiera sido huir, cruzar al otro lado de la acera y adentrarse en la fila anónima de sombrillas negras, pero Hernán no era uno más. Él cargaba el cansancio de sus propios fantasmas, y la voz que usaba la grieta vibró en algún lugar entre las costillas, donde se almacena el miedo antiguo.
—¿Quién eres? —preguntó, frotándose las manos, el vaho como exhalación de bestia en el aire frío.
Un ojo, redondo y ácido como un limón, lo observaba desde dentro. No era el ojo de una criatura humana ni de animal de ciudad. Era húmedo, palpitante, inscrito en anillos verdes y marrón. La grieta, ahora, parecía abierta al infinito.
—Fuiste marcado —ronroneó la voz dentro—. Tienes la llave.
Hernán rebuscó en sus bolsillos, por costumbre más que por convicción. Encontró solo migas y papeles: un boleto de metro gastado, un mechón de cabello que no recordaba haber guardado. La voz susurró:
—No. La llevas en la sangre.
Un relámpago hendió el cielo y la estación tembló hasta el último de sus cerrojos. Hernán, que había nacido en la ciudad y nunca la había dejado, sintió algo moverse en sus venas. Recordó a su abuela, que murmuraba conchavos en la puerta de la casa, que dejaba dos monedas en el umbral para espantar a los espectros del hambre.
El ojo lo contempló con compasión forzada.
—Si no entras tú, entrarán otros. Y creeme, no vas a querer a los otros.
Hernán, con una resignación que era casi alivio, se agachó. La grieta aspiró y el pavimento cedió bajo sus pies, líquido y frío como la lengua de un reptil gigantesco. Cayó, no con el peso de un cuerpo sino con la ligereza de un sueño recurrente.
Al otro lado, no había oscuridad completa sino una umbrosidad salpicada de luces eléctricas, suspendidas como luciérnagas sobre ríos de asfalto. La ciudad, al otro lado de la grieta, era más vieja y más joven que la que conocía. Los edificios se alzaban como columnas arcaicas revestidas de anuncios interactivos, y los autos zumbaban sobre vías de oro bruñido. Pero todo aquí tenía un resplandor más filoso, como si la realidad caminara sobre cuchillas.
En la acera, una mujer vendía talismanes detrás de un carrito de hot-dogs. Sus ojos eran de azabache, y el humo de la carne debía de ser incienso. Lo observó acercarse como si esperara una contraseña.
—¿Es tu primera vez, verdad? —preguntó. Su voz era áspera, pero no hostil.
Hernán asintió, incapaz de encontrar el tono correcto. La mujer le entregó una pequeña piedra negra, lisa, cálida al tacto.
—Por si quieres encontrar el camino de regreso —susurró.
Dice la memoria de la ciudad que estos fragmentos de obsidiana son los ojos que arrancaron a los dioses menores cuando se ocultaron en los subterráneos, temiendo al olvido. Hernán sintió la calidez de la piedra colarse por la palma y, súbitamente, supo hacia dónde caminar.
Las criaturas del otro lado obedecían una lógica distinta. Aquí, los vagabundos no pedían monedas, sino segundos de tu tiempo; los policías patrullaban buscando presagios, y los mendigos recogían palabras caídas para alimentar predicciones de mal augurio.
Atravesó un parque en penumbra cuyos árboles susurraban canciones de cuna en dialectos extintos. Un grupo de niños jugaba a la rayuela sobre círculos tallados en el cemento, y cada vez que brincaban, cambiaban de edad y de rostro. Uno de ellos se le acercó, con una máscara tejida de sombras:
—Si encuentras al guardián, dile que ya no quedan caramelos.
La frase quedó colgando entre ambos, pesada de significado, pero Hernán no sabía qué hacer con ella. La ciudad que recorría era como un sueño viscoso. Los relojes marchaban hacia atrás. Las farolas desprendían polillas eléctricas.
Finalmente, la piedra en su mano vibró. Una puerta bajo un muro cubierto de carteles antiguos se abrió. Al otro lado, un hombre enorme lendo el periódico. Su cara se componía de decenas de aparatos electrónicos fundidos —un ojo USB, un oído de transistor, una boca de bocina vieja.
Hernán se plantó ante él, farfullando: —Me dijeron que buscara al guardián.
El hombre-faro no alzó la vista. Su voz, sin embargo, sonó a sinfonía metálica:
—Las fronteras están rotas otra vez. Hay criaturas esperando para cruzar. Nosotros elegimos a uno para repararlas. Eres tú, porque llevas la sangre y la llave.
—¿Llave de qué? —preguntó Hernán, aunque algo en su pecho ardía con la respuesta.
—Llave para cerrar, o abrir, según decidas. Pero ninguna elección es gratuita aquí. Si cierras, la otra ciudad desaparece de tu memoria. Si abres, los tuyos nunca duermen en paz. Escoge.
Hernán vio los ojos del guardián: en su fondo, se multiplicaban versiones posibles de sí mismo; podía distinguir una versión suya vagando como sombra entre estas calles, otra trabajando una vida gris en el mundo conocido.
El peso de la piedra ardía en la palma. Recordó su infancia repasando los linderos del barrio, la voz de su abuela susurrando bendiciones cuando pasaban ambulancias. Evocó su propia soledad, esa presencia constante de sentirse entre dos aguas, nunca del todo aquí ni allá.
—¿Qué hay del niño y los caramelos? —inquirió, sin saber si buscaba demorar la decisión.
El guardián esbozó una sonrisa en sus facciones ensambladas.
—Hasta los juegos tienen precio. Si olvidas, los niños ya no estarán, ni sus juegos. Si abres, otros vendrán a buscar dulces y ya no serán inocentes.
En ese instante, por la puerta se deslizó la niebla azulada de la grieta. Las voces de afuera aullaron, un eco que replicaba la ciudad en múltiples escalas. Y Hernán supo, con una claridad dolorosa, que ambos mundos dependían de las grietas, de los ojos que ven entre dos luces.
Avanzó un paso hacia el guardián. Cerró la mano sobre la piedra. Todo lo que era humano en él anhelaba regresar, olvidar, dormir en la mediocridad sin fronteras. Pero la sangre traía un canto, una promesa de algo más hondo.
—No puedo dejar de mirar —susurró, y eligió.
La piedra estalló en su mano, absorbiendo el eco de las calles, de los niños-jugadores y los andenes colmados de presagios. Por un segundo, las dos ciudades confluyeron: se vieron reflejadas una a otra en la superficie deshecha de la noche.
A la mañana siguiente, en la Calle Novena, la grieta ya no estaba. Los gatos dormían sobre los capós calientes y nadie recordaba haber oído voces entre el pavimento. Hernán, al mirarse en los cristales del metro, notó que su reflejo parpadeaba, como si aún bailara en la franja tenue donde terminan los sueños y comienza la vigilia.
Al cruzar la acera, una niña le ofreció un caramelo azul. Hernán lo aceptó, sonriendo. El sabor era exactamente el de su infancia, mezclado con un matiz desconocido, como promesa de cruce y retorno, de que aún, en la ciudad, bajo la piel de lo cotidiano, laten las grietas donde los mundos se asoman, esperando ser vistos.
Esa noche, cuando la niebla volvió a bajar, Hernán supo que nunca olvidaría. Y, tal vez, tampoco dormiría del todo nunca más.
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