Portada del relato Ecos de la Tormenta
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Nadja giró la copa de cristal entre sus dedos y fijó en él una mirada febril.

Duración: 08:54

Ecos de la Tormenta
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Se decía que la ciudad de Veregrin presentía las tormentas antes que el cielo. Las callejuelas susurraban con pies invisibles y en la torre del campanario, los cuervos llegaban días antes de que los relámpagos se abrieran paso por la bóveda insondable de la noche. Era verano y, pese a los vientos cálidos, la electricidad contenida vibraba en la piedra: era como si algo, algo antiguo, esperase su momento para despertar.

Thorian Knell conocía el sabor de la electricidad, el tacto metálico de una atmósfera impregnada de presagios. Durante años, había huido de sí mismo, de su linaje y de la marca que ocultaba en el antebrazo, hecha de curvas y aristas fosforescentes. No era un símbolo cualquiera; era una runa de Anakir, trazada con la sangre de un relámpago robado, la reliquia de una orden que habría preferido olvidar para siempre.

Esa noche, cuando los quioscos plegaron sus toldos y la plaza central quedó regada de los borrachos que dormían abrazados a sus propias penas, Thorian caminó entre el tumulto. No buscaba nada en concreto, solo huir del olor acre que desprendía su propia piel cada vez que la electricidad se arremolinaba cerca. Inútil: los cuchicheos del trueno jamás duermen, y menos para quienes han aprendido a escuchar.

En la posada del "Cuervo Roído", donde el humo del tabaco se mezclaba con el perfume exquisito de las mentiras, esperaba una figura envuelta en una capa negra ribeteada con hilos plateados. Bajó la capucha cuando Thorian entró y los dos se miraron sabiendo que el reencuentro no era casual.

- Has venido, Thorian, -dijo la mujer, su voz baja como el retumbar de una tormenta lejana.

- Se rumorea que Veregrin será testigo de una nueva sequía, Nadja. Los dioses deben estar ocupados en otra parte.

La bruja sonrió, mostrando la comisura ensombrecida por una cicatriz de rayos. Nada en ella parecía humano, si no fuera por el leve temblor de sus uñas azules sobre la madera desgastada de la mesa.

- Los dioses no están ocupados. Han sido despertados por algo que tú y yo conocemos bien, -replicó ella-. Las runas, Thorian. Los ecos de lo que dejaste atrás.

El pasado, supo él entonces, era como la tormenta: podía retrasarse, podía bifurcarse, pero jamás desaparecía del todo. Thorian se sentó frente a ella y permitió al silencio sentarse junto a ellos, como un tercer infeliz comensal.

- ¿Las runas de Anakir? Creí que nadie más las recordaría.

- Los magos oscuros han aprendido a desenterrar tumbas antiguas. Reunidos en el Páramo de Ilaur, han convocado vientos extraños. Ni siquiera el Consejo de la Luz se atreve a acercarse.

Thorian se apoyó en el respaldo, la cicatriz de su antebrazo pulsando como si el corazón mismo del trueno habitara en su cuerpo.

- El Consejo teme más a los vivos que a los muertos.

Nadja giró la copa de cristal entre sus dedos y fijó en él una mirada febril.

- Esta noche, el relámpago no pide permiso.

***

Veregrin dormía cuando los heraldos de la tormenta atravesaron el velo del mundo y los recintos sagrados. Los magos oscuros, envueltos en túnicas que parecían absorber la luz, extendían una alfombra de corpúsculos eléctricos que chisporroteaban al rozar el empedrado. Entre ellos, la figura del Archimago Dhalian se imponía, ojos como carbones encendidos en la penumbra.

El ritual era sencillo, antiguo, casi elegante: una línea de runas en espiral que partía desde el altar de la plaza y se extendía hasta el umbral de los Siete Templos Exánimes. El aire vibró; la piedra retorció y escupió fragmentos de energía que se elevaron en volutas, hendiendo el cielo nocturno. Aquellos que dormían despertaron gritando, presas de pesadillas colectivas tejidas por el eco de los versos prohibidos.

Thorian y Nadja avanzaban entre la muchedumbre como dos sombras irritadas, con la piel ardiendo al contacto de la magia desatada. Nadja murmuró un conjuro de protección y la luz se curvó entorno a sus formas, desdibujándolos a los ojos de los mortales y de los cazadores de almas.

- Debemos llegar al altar antes de la medianoche -susurró Nadja, sus ojos fijos en los zarcillos de neón que danzaban sobre los adoquines.

- No hay vuelta atrás, ¿verdad? -preguntó Thorian, ya sabiendo la respuesta.

Nadja negó con la cabeza. Su respiración era la de quien ha visto demasiados amaneceres teñidos de sangre.

- Si las runas se completan, sus almas absorberán el poder de la tormenta y Veregrin será un campo de ceniza. No puedo permitirlo. No puedo perderte a ti.

Thorian tragó saliva y las palabras se le atragantaron. Fue la primera vez en años que sintió miedo auténtico, pues sabía que en su carne yacía la llave que aquellos magos ansiaban: la última runa de Anakir, oculta bajo su piel, resonando al compás del trueno.

***

El altar era un pozo de mármol negro, tan antiguo como la propia ciudad. Los magos oscuros trazaban curvas imposibles en el aire; el relámpago descendía y ascendía, en un dúo frenético orquestado por el Archimago Dhalian. Sus labios pronunciaban palabras de un idioma anterior al dolor.

- Thorian Knell, sal de entre las sombras –proclamó Dhalian, su voz multiplicada por el eco de cien tormentas–. Sabemos que portas la última marca. Une tu poder al nuestro y conocerás el rostro verdadero del relámpago.

Nadja lanzó un grito, una maldición hecha aire. Un rayo le rozó el pecho y cayó de rodillas, la sangre brotando a borbotones. Thorian, sin pensarlo, se interpuso entre ella y la vorágine mágica.

- Basta –rugió–. Si ese es el precio… que así sea. Pero no tocaréis a nadie más.

El Archimago sonrió. Un destello se reflejó en sus dientes, blancos y perfectos como cuchillas. Alzó la mano y, con un simple gesto, el pozo de mármol brilló con un azul iridiscente. Las runas despertaron al unísono y una sinfonía de truenos descendió del firmamento.

El dolor fue absoluto. Thorian cayó de rodillas, la piel de su antebrazo reventando en una llamarada dorada. Las runas –hermosas, temibles, perfectas– se extendieron sobre su cuerpo, crepitando, abriéndose como los pétalos de una flor maldita.

"Nunca fuiste mío," pensó, viendo cómo la sangre serpenteaba hacia el mármol, dibujando arabescos brillantes sobre la piedra.

La tormenta rugió y el altar se cubrió de una neblina violeta. Las figuras de los magos oscuros comenzaron a absorber la energía, las caras deformándose a medida que el poder del trueno los sobrecogía y empezaba a mutar su carne. Nadja se arrastró hasta Thorian, murmurando las palabras de un hechizo que sólo los desesperados conocen.

- Déjame llevar el peso, Thorian, comparte el rayo conmigo...

Pero la runa era egoísta, y la tormenta tampoco ignoraba las leyes del sacrificio. Thorian tomó la mano ensangrentada de Nadja y, en ese instante, su secreto se consumó: abrió el canal de la runa, dejó que la electricidad lo desgarrara desde dentro y, con un alarido, arrojó el vendaval de energía contra el altar.

El relámpago descendió convertido en bestia salvaje. Los magos oscuros cayeron como espigas abatidas por la hoz invisible. Solo Dhalian, entre carcajadas que parecían romper la propia lógica del mundo, resistió.

- ¡Inútil! –tronó–. Solo alimentas el ciclo. La tormenta siempre necesita un portador.

Thorian, exhausto y bañado en sudor, asintió con amarga aceptación. Tomó lo que restaba del poder y lo invocó hacia su propio corazón. Sabía que el precio sería la vida, pero aun así, prefería ser ceniza antes de permitir que Veregrin ardiera a la locura de los magos oscuros.

La ciudad retumbó. El altar explotó en una lluvia de fragmentos y la energía de las runas se dispersó, buscando un nuevo refugio. Nadja, apenas consciente, abrazó a Thorian mientras el destello final convertía la noche en un día sin esperanzas.

Cuando la neblina se disipó, la plaza estaba vacía. Ni rastro de los magos, ni del altar, ni siquiera del mármol que una vez había contenido el poder del trueno. Solo Nadja yacía en el suelo, su cabello cubierto de cenizas, abrazando el cuerpo ya frío de Thorian.

***

Los rumores llenaron Veregrin en los días siguientes. Había quienes juraron haber visto el fantasma de un hombre envuelto en relámpagos patrullando los tejados al anochecer; otros rezaban a estatuas caídas, pidiendo clemencia a dioses agotados por siglos de abandono.

Nadja, la bruja de las uñas azules, habitó desde entonces la frontera del recuerdo y el olvido, custodiando el lugar en que la runa de Anakir fue sepultada en carne y tormenta. Algunos dicen que en los días previos a una gran lluvia, se la ve encendiendo velas sobre la plaza, murmurando nombres que no pertenecen a este mundo.

El ciclo no se rompería jamás. Pero mientras existiera entre los vivos alguien dispuesto a cargar con el dolor del trueno, Veregrin dormiría una noche más en silencio, ajena a los susurros de sus piedras antiguas.

En el eco lejano del relámpago, la ciudad supo que el sacrificio es a veces la única magia verdadera.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.