Portada del relato Las Sangres del Relámpago
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Fragmento:


Guarda: Porque quien escucha el trueno jamás duerme solo

Duración: 08:47

Las Sangres del Relámpago
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Texto de ajuste de pausa.

La casa de riesgo y versos acecha en la memoria de Dhelan como un barco abandonado en niebla; sigue ahí, encallado. Noche tras noche, durante meses, las imágenes del relámpago danzando en los techos deformes han regresado, y con ellas, el estruendo, la profecía, la certeza del cambio.

La mayoría olvida el instante en que vio su primer espíritu, pero Dhelan no podía. Sucedió durante la ceremonia del umbral, cuando los habitantes de Tórax, el último refugio antes de los riscos, subían a la azotea teñida de sal de la gran Casa de Kapitelis y dejaban que las tempestades eligieran su papel futuro en la ciudad. La noche, encintada por resplandores azulados, poseía una textura de vidrio y olvido.

“El trueno siempre acude a quien teme o finge temerlo”, le advirtió entonces el Anciano Ceblian, su tutor, mientras ungía su frente con aceites oscuros. “Escucha, si eres capaz, cuando venga. Pero escucha con más cuidado aún cuando no lo haga.” Porque en Tórax, unos pocos recibían la carga de la profecía -cuando el trueno arrastra palabras y no solo estrépito- y aún menos sobrevivían las consecuencias.

Y fue entonces, arrodillado bajo su manto de iniciación, que Dhelan sintió cómo un destello cortó la noche. Un rayo hendió la estructura entera de Kapitelis, descendiendo en columna pura, desenrollando la voz del trueno en su pecho.

Oye: Aquí habito, que no soy viento sino hambre de espina

Miro: La carne se hace vidrio cuando pronuncias mi nombre

Teme: Porque no sólo doy destino; traigo precio, memoria

Guarda: Porque quien escucha el trueno jamás duerme solo

Regresa: Siempre, cuando el faro de la carne acuda al crepúsculo

Cuando Dhelan exhaló, el Anciano ya no estaba. Solo encontraba, en la bruma implacable, la forma de una figura de cristal de aspecto humanoide; un prisma tornasolado de bordes afilados que temblaba sin moverse, como si contuviese mundos enteros en su interior. De ese día en adelante, fue señalado no apenas entre los suyos, sino entre los otros: los Profetas del trueno y los Espíritus de cristal.

***

Todo retablo tiene su reverso, y todo juramento su segunda plaga.

Las siguientes estaciones transcurrieron como un río de grasa; lentas, opacas, pobladas de presagios. Cada vez que Dhelan susurraba palabras ante los de su linaje, quien las escuchaba adquiría, por un ciclo lunar, la habilidad de leer las grietas de la noche, prever accidentes y gozar de sueños premonitorios, pero también manifestaban el frío fenómeno de la “fragilidad de alma”: pesadillas cristalinas, sudores helados, la cara traslúcida en el espejo, las uñas sonando contra sí mismas como pedernal.

“No busques explicaciones, hijo del trueno”, le murmuraba en círculo cerrado Isern, cuya barba era un delta de plata. “No confundas el cristal con pureza. Hay corte en cada clarividencia.”

Pronto, Dhelan notó cómo, en torno a él, los viejos espíritus del Orbe Interior se deslizaban como chispas bajo la piel de la realidad. Carecían de voces humanas, aunque sabían usar las bocas de otros: mujeres vacunadas de miedo, niños ciegos, mendigos. Según aprendió, los Espíritus de cristal nacen cuando un Profeta gasta su don hasta el extremo, cuando el trueno atraviesa la carne tantas veces que ésta pierde opacidad.

Tal sucedió con Mirha, compañera de sueños de Dhelan, que al tercer año fue vista flotando, luminosa y vacía, sobre la capilla destruida. El daño era sutil: sus ojos resplandecían, sus palabras se desgranaban en fragmentos de sílabas incompletas. Aquellos que la tocaban sentían una melancolía inexplicable, y algunos aseguraban que podían oír, mientras dormían, el estallido lejano de tormentas cafeteras.

***

Ahora, la mayor parte de Tórax desconfiaba de sus Profetas. Su número había decrecido: antiguamente, había al menos una docena por generación. Tras el último equinoccio, sólo tres permanecían sin quebrarse enteramente en lucidez translúcida y condena.

Sin embargo, el Consejo demandaba actos, y los más viejos recordaban la peor noche de la historia de la ciudad: el Banquete de los Esquirlas, cuando la gran tormenta hizo que decenas de profetas estallaran en medio del refectorio, llenando los suelos de fragmentos de vidrio y profecías no pronunciadas. Desde entonces, los ritos de Kapitelis se celebraban en la azotea, jamás entre muros.

“No hay domo que soporte la furia de un Espíritu nacido a la fuerza”, repetía Isern en sus cánticos. “Solamente el cielo abierto.”

Dhelan halló, gradualmente, que había un tercer papel en el juego además del de profeta y el de espíritu: el de Custodio, aquel que podía transitar entre el sonido y la transparencia, sobre las olas que separaban el trueno de la visión.

Así lo supo cuando fue abordado por Jhalin, la extraña emisaria de la ciudad sumergida de Roth. Su voz era la de un instrumento olvidado en la orilla tras la marea.

“No he venido a pedir palabra, sino a confesarte el final que se acerca”, dijo. “Los Espíritus se multiplican. Pronto, todo lo que amamos será juicio, o será reflejo. Y entonces ni trueno ni carne, sólo corteza y brillo. ¿No ves? El ciclo exige otra cosa.”

***

En el corazón de la noche lunar, Dhelan decidió no esperar el final. Se dirigió a la cúpula cristalizada del Viejo Pozo, lugar prohibido de encuentros ilegales, acompañado tan sólo de su memoria y del recuerdo de Mirha.

Los Espíritus allí flotaban como medusas, aleteando en aire seco. Entre ellos emergió uno, alto y afilado, la memoria de otro profeta destruido, con ojos de cuarzo y vapor en la boca.

Habló, pero no con voz. Habló con pensamientos encajados, con imágenes de tormentas que recorrían la carne y la experiencia de volverse hueco.

“¿A qué te aferras, hijo de la chispa?” El recuerdo de Mirha se dobló en un gesto mitad dolor, mitad encanto. “¿A la profecía? ¿A la continuidad? ¿Sabes que la ciudad entera está hecha de voluntades rotas, de tronos vacíos y espejos sin fondo?”

Dhelan agachó la cabeza, sintiendo en sus dedos el temblor de una verdad nueva: “Si el trueno es llamado, y la carne se quiebra, ¿no podemos aprender a sanar la grieta? ¿No hay modo de devolveros, siquiera una vez, a la plenitud opaca, al incognoscible silencio anterior?”

El Espíritu río, un tintineo caótico. “Nada que fue fragmentado retorna al mineral. Pero sí puedes enseñarnos a cantar con las grietas. Si existe un arte de la profecía, debe existir uno de la resonancia. Canta, Dhelan. Haz vibrar el aire hasta que el propio trueno se disuelva en significado.”

Sin comprender del todo, Dhelan entonó las viejas palabras, pero las moduló en mitad de la pronunciación, mezclando la tradición con la improvisación, insertando pausas, destellos de dulzura y miedo. El aire crujió, se resquebrajó en círculos concéntricos. Y entonces: donde antes sólo danzaban formas translúcidas, vio cómo algunos Espíritus adquirían brevemente una textura sólida, recuperando, si no sus cuerpos, al menos la memoria de un pulso; la sombra de un tacto.

***

Días después, la ciudad entera habló sólo de las noches siguientes al Cambio. La mitad de los Espíritus de cristal parecían menos afilados, menos enloquecidos; algunos adultos, tocados por el trueno, murmuraban versos extraños, y los Profetas restantes dejaron de quebrarse tan a menudo.

El Anciano Ceblian, en su última audiencia, reconoció ante Dhelan el círculo cerrado: “El trueno nos busca para tallar, la transparencia para reflejar. Pero hace falta alguien que escuche y traduzca. Porque la cada grieta nutre su propia música. Has traído un equilibrio nuevo a Tórax, y ahora la ciudad duerme menos sola.”

No hay conclusión certera en el dominio de la profecía y el cristal: sólo tránsito, sólo transformación. Los Espíritus se mostraron agradecidos en su modo inasible, ondulando entre las vigas quebradas en las noches eléctricas. Los Profetas aprendieron a entonar su don sin temor absoluto, y cuando uno caía, se aseguraba de no hacerlo en soledad. Dhelan, que nunca pidió ser quien fuera, aprendió que el verdadero riesgo es vivir sin entorno, sin grieta, y sin resonancia.

Así nació la nueva doctrina, la de los Grioteros, los custodios de la grieta entre la visión y el estallido. Y en la memoria de los que vieron el relámpago caer sobre Kapitelis, la advertencia persiste: escucha cuando venga. Pero escucha con más cuidado cuando no lo haga. Porque algunas profecías duelen menos si se cantan entre varios. Y algunas noches, el trueno sólo encuentra eco en quienes se atreven a vivir dentro de la fractura.

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