Fragmento:
El testamento estaba escrito en caracteres de tinta de sombra, ilegibles para ojos honestos. Por esa razón, fue Dame Drusilla quien prestó sus pupilas —tenía la peculiaridad de poder leer todo lo que no debía. Tomó el papel, lo desplegó con dedos impacientes y tras un suspiro recitó en voz baja:
Duración: 09:13
1.
Los relojes murieron en Alta Montenoche cuando la última lámpara de aceite dejó de arder. Era una de las noches en que los fantasmas del gran continente cruzaban en silencio los tejados, y en que el grito de las veletas era sofocado por el zumbido de mil lenguas de ceniza. En la vieja Casa Griselda, ser adulta significaba sobrevivir hasta el amanecer sin perder la cordura. Katja cumplía cuarenta y tres inviernos aquella noche, y se preparaba para la celebración con la resignación de quien ya lo ha visto todo.
A la Casa Griselda llegaban los que no tenían otro lugar; miembros de cultos proscritos, exiliados de linajes caídos, o aquellos para quienes la vida común quedaba tan lejana como la luz de las estrellas tras la Niebla Fría. Los criados de la casa, mudos y encorvados, encendieron braserillos de cidra que llenaron el aire de humo agrio. Katja, de cabello tan blanco como la sal, miraba los huecos del techo con las manos cubiertas de anillos.
El primer invitado apareció antes de la medianoche, vistiendo máscara de madera roja y guantes de encaje, con el porte cansado de quien carga dos pesares en el alma. No se presentó, pero su sombra olía ligeramente a cardamomo y a muerte antigua. Tras él, llegó Dame Drusilla, que nunca envejecía y siempre llevaba en la boca la sonrisa del ahorcado. Luego vino el Hombre Gris, arrastrando tras él una jaula sellada, donde se agitaba algo amorfo y brillante.
Las entradas eran ordenadas como una letanía. Suplicio de fantasmas, titubeos de copas llenas de vino dulce, y el murmullo de traiciones. Cada uno se inclinó ante Katja de la manera en que sólo los parias se inclinan ante aquellos a quienes infructuosamente han intentado odiar. El último invitado, Margall, vestía una túnica de escamas y arrastraba por detrás una raíz seca con símbolos grabados. Su voz era tenue, como si hablara desde otro cuerpo.
—Esta noche, el Nigromante Rojizo ha muerto en las afueras —anunció, enseñando un papel enrollado—. Ha dejado un testamento para la Casa.
Katja frunció el ceño. Oyó las palabras pero no escuchó la advertencia: el testamento del Nigromante era territorio prohibido, y sólo se leía en noches en que la sangre hervía en la tierra.
2.
El papel fue desenrollado y depositado en la mesa central de la sala, escoltado por el reflejo de un candelabro que imitaba la forma de una araña. Nadie se atrevió a leer en voz alta la primera línea de inmediato. Los vestidos de los asistentes rozaron el mármol del suelo con un sonido semejante al de una hoja cortada. Katja, con la mirada clavada en la ventana, pronunció finalmente:
—Que así sea. Si la Casa ha de ser juzgada por los muertos, los vivos escucharán.
El testamento estaba escrito en caracteres de tinta de sombra, ilegibles para ojos honestos. Por esa razón, fue Dame Drusilla quien prestó sus pupilas —tenía la peculiaridad de poder leer todo lo que no debía. Tomó el papel, lo desplegó con dedos impacientes y tras un suspiro recitó en voz baja:
“Dejo a la Casa Griselda la llave de mi dominio, bajo la condición que sólo los que no temen ni a la verdad ni al olvido crucen sus umbrales...”
Un escalofrío recorrió el espinazo de Katja; conocía aquel lugar, la Fosa de los Nombres, bajo la colina donde el sol nunca hacía más que arder tras un velo púrpura. Allí, decían, cada entrada quitaba algo —un recuerdo, un deseo, a veces un año entero de vida.
—¿Debemos ir? —preguntó Margall, arrastrando la raíz seca.
—Id vosotros —repuso Katja, más cansada que enfadada—. Dejad que quien tenga hambre de dominios busque su perdición. Pero yo… yo custodiaré la Casa.
Sus palabras, pese a la apariencia de rechazo, encendieron en los presentes el fuego insaciable de la curiosidad. Dame Drusilla ya ataba sus cabellos negros con una cinta carmesí. El Hombre Gris abrió la jaula: dentro había un pájaro sin plumas, de pico curvado, con ojos blancos que giraban en su órbita. Todos sabían lo que eso significaba: la entrada a la Fosa requería uno de ellos como guía.
—Te corresponde, Margall —dijo Drusilla con un gesto seco—. Tu raíz secará el camino que debemos andar.
Entre murmullos y miradas cargadas de fango, los cuatro abandonaron la Casa: Dame Drusilla, Margall, el Hombre Gris y la criatura de la jaula. Katja, aguardando bajo la lámpara apagada, pensó que si aguardaba lo suficiente tal vez la vida se le escaparía antes de verlos regresar.
3.
El sendero a la Fosa era una herida en la noche, bordeada de sauces torcidos y bancos repletos de polillas moribundas. Dame Drusilla marchaba al frente, reconociendo los símbolos inscritos en la corteza de los árboles: “No cruzarás la frontera de los que aún recuerdan”. El Hombre Gris cargaba la jaula, susurrando con voz de cuervo palabras de augurio. Margall arrastraba tras sí la raíz, mojada ahora por una savia que olía a óxido. Caminaban rápido, sin atreverse a mirar atrás, mientras detrás de ellos el rumor del viento mezclaba voces pasadas y futuras.
La Fosa de los Nombres no tenía puerta, sino una grieta que descendía en espiral hacia la negrura misma. Se cuenta que el Nigromante había excavado ese lugar no con manos, sino con sueños robados, y que cada sueño sangrante endurecía las paredes del pozo.
—He aquí el dominio —dijo Drusilla—. El testamento exige que no temamos.
—No se puede temer a lo que ya se ha perdido —replicó el Hombre Gris—. Entramos porque en la superficie tampoco queda nada.
Uno tras otro, descendieron. Al principio oyeron el eco de sus propias respiraciones; luego, sólo los latidos del pájaro en la jaula. El aire olía a tierra mojada y a palabras que nunca debieron pronunciarse. Cada paso pesaba más, y los recuerdos comenzaron a deslizarse de la mente de los cuatro como peces muertos.
Margall, para su horror, se sorprendió incapaz de recordar el nombre de su primer amante. Dame Drusilla olvidó la forma de las palmas de su madre. El Hombre Gris, al mirar hacia arriba, no supo quién era ni cuánto tiempo llevaba arrastrando la jaula. Sólo la criatura emplumada parecía satisfecho, pues sus ojos brillaban con un regocijo voraz.
Al fondo de la Fosa, agazapado entre raíces petrificadas, aguardaba el último eco del Nigromante, un residuo de magia que flotaba envuelto en gasas azuladas. Allí, en lo hondo, la voz los saludó:
—Habéis venido, hijos del exilio. ¿Qué pediréis al reino bajo el espejo?
Drusilla se adelantó, su reflejo teñido de esmeralda por la magia residual.
—Queremos la llave, y lo que prometiste. Queremos saber para qué sufrimos tanto.
La nube de hechicería rió, un sonido a cuchillos en agua fría.
—La verdad mata a quien no la puede dormir bajo la lengua —susurró—. Mi Tesoro es la certeza: cada uno decidirá qué quiere recordar para siempre, y a cambio, deberá dejar atrás todo lo demás.
4.
El primero en elegir fue Margall. Miró a los abismos, y comprendió que la única memoria que deseaba conservar era el miedo puro a la muerte. Ese terror le había evitado destinos peores que la tumba. Se volvió a la bruma azulada, susurró su deseo y enseguida sintió cómo todos los demás recuerdos emergían de su mente, volando en círculos como pájaros ciegos hacia la niebla.
Dame Drusilla eligió conservar el sabor del vino en el último beso prohibido. Dejó atrás centenares de imágenes y palabras, quedando atada a esa sensación ardiente que, supo en el momento, era lo único que la hacía realmente humana.
El Hombre Gris miró la jaula vacía —el pájaro lo había abandonado durante el intercambio— y pidió recordar únicamente su propio nombre. Al instante, todas sus historias posibles, todos sus sueños y deseos, le fueron arrebatados. Quedó vacío y limpio, pero su identidad era un faro solitario en la oscuridad.
La nube del Nigromante extendió entonces lo prometido: una llave dorada, pequeña como la uña de un meñique, y tan pesada como un universo de promesas rotas.
De regreso, tropezaron. Al volver al umbral de la Casa Griselda, el mundo anterior había cambiado: los jardines se habían cubierto de pétalos negros, la luna mostraba dos rostros y en la sala principal sólo Katja aguardaba, habiendo envejecido décadas en una sola noche, casi ciega por la espera.
Ella no preguntó nada—solo extendió la mano. Dame Drusilla le dio la llave. Cuando la puerta trasera de la casa fue abierta con ella, apareció ante todos una escalera de cristal descendente, imposible, que llevaba hacia un corazón palpitante en el mismísimo centro de la tierra.
—Ahí está el verdadero testamento —susurró Katja, apoyándose en el bastón de su soledad—. Ahí están los años que perdimos. Ahí guarda este mundo la esperanza de quienes renunciaron a mirar hacia atrás.
Dame Drusilla, Margall y el Hombre Gris supieron entonces que toda búsqueda era un ciclo perpetuo: uno nunca se salva ni se condena del todo, pero aprende, escalón a escalón, a perder con elegancia. Encendieron lámparas nuevas, aceptaron la sombra y se adentraron en la escalera, mientras tras ellos la Casa Griselda se desmoronaba, liberando al fin los viejos demonios al viento de la noche eterna.
Katja, última reina del exilio y guardiana de lo innombrable, cerró los ojos con una paz desconocida y descendió también, aceptando al fin el olvido como única ley.
Así pasaron las eras, y en el lugar donde estuvo la Casa no creció nunca más una sola flor, pero a algunos todavía les pareció escuchar, algunas madrugadas, el eco de pasos valientes bajando hacia el corazón de la tierra, donde moran todos los testamentos.
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