Portada del relato El Oráculo de las Mareas
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Fragmento:


“Escuchad bien, habitantes de Orentil, pues en la noche de las lunas gemelas la verdad será dolorosa y cálida como el filo de una hoz fresca.“ Cerró los ojos. Las lunas se fundían en un sol pequeño y cruel sobre él; un níveo resplandor tejía formas tras sus párpados. Se forzó a pronunciar las palabras que surgían de lo profundo:

Duración: 08:56

El Oráculo de las Mareas
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Texto de ajuste de pausa.

El bazar de la ciudad de Orentil siempre pulsaba con un ritmo propio cuando las lunas gemelas se asomaban a la noche: dos esferas plateadas, una tenazmente brillante, la otra oscurecida por un sutil velo brumoso. Decían los comerciantes más ancianos del bazar que, bajo ese doble fulgor, nadie podía mentir sin que la verdad acabara surgiendo después, como burbujas trazando sendas en el agua negra de la ría. Pero para los profetas errantes, almas desgastadas y de paso, las noches de las lunas gemelas eran algo más: un tiempo de visiones y presagios, un baile de verdades incómodas que llegaban cargadas de sangre y esperanza.

Larn et Havis llegó a Orentil justo en la cúspide de la confluencia lunar, arrastrando una túnica polvorienta y un bastón nudoso martillado con hierro pálido. Nadie en la ciudad le reconoció, aunque algunos, inconscientemente, apartaron la mirada de sus ojos: eran ojos que parecían posar el peso del juicio en quien los cruzaba. La noche estaba fresca, y la brisa que descendía de las colinas traía el ulular deshilachado de los pájaros crepusculares. Larn et Havis se detuvo frente al templo de Loryade, esa diosa menor cuyo altar era una ruina perpetuamente reparada. Encendidas por las lunas gemelas, las piedras antiguas del templo relucían con una pátina platina.

En la puerta, una figura cubierta con una capa granate bloqueaba el paso. Era Barma, la guardiana de sueños, encargada de mantener alejados a los mendigos y fanáticos. Larn levantó la mano en señal de saludo y exhaló suavemente. “Profeta errante,” musitó Barma, “las centinelas han tenido pesadillas desde el anochecer.”

“No hay pesadilla sin profecía, Barma,” respondió él. “Solo sueños ignorados.”

Barma le dejó pasar. Dentro, las pocas velas ardiendo se consumían deprisa, pues los acólitos temían gastar el sebo durante las noches dobles. Larn pasó las manos por el aire, reconociendo las hebras casi invisibles de magia rezagada que flotaban sobre el altar. Las lunas incidían a través de una grieta del tejado, fundiéndose en un charco de luz gemela sobre el mármol.

Atraída por el aleteo de su manto, una joven acólita, Melthis, se acercó, temblorosa. “¿Eres tú quien trae las palabras esta vez?” Sus ojos reflejaban las lunas. “Hay quienes han soñado contigo. Con un viajero que camina entre los pliegues de la visión.”

Larn asintió. “No soy quien decide qué ven ustedes. Solo camino los sueños para arrojarles las migajas de su propio futuro.”

Una sombra cruzó el fondo del templo: un anciano de barba sucia y vieja coraza; portaba un cuenco casi vacío. “Dános la profecía, Larn et Havis,” exigió. “Díganos cuándo terminarán los tiempos de incertidumbre, cuándo la ciudad encontrará su redención o caída.”

El profeta no respondió de inmediato. Dejó que su vista recorriera los frescos semiderruidos. “No sabéis lo que pedís,” dijo al fin, suavemente. “La visión llega como una marea, y puede arrastrar a quien no sepa nadar sus corrientes.” Y, pese a ello, se encaminó hacia el altar, despojándose de la capa, quedándose con la túnica gruesa y polvorienta.

Se arrodilló. Al hacerlo, las sombras en la sala se arremolinaron, remecidas por un viento que solo él parecía sentir. Su voz, cuando surgió, era la de alguien hablando para que las paredes del mundo la engulleran y la devolvieran aumentada.

“Escuchad bien, habitantes de Orentil, pues en la noche de las lunas gemelas la verdad será dolorosa y cálida como el filo de una hoz fresca.“ Cerró los ojos. Las lunas se fundían en un sol pequeño y cruel sobre él; un níveo resplandor tejía formas tras sus párpados. Se forzó a pronunciar las palabras que surgían de lo profundo:

“Cuando el rostro velado bese la piedra que sangra,

cuando las dos madres del cielo se encuentren

y de su unión surjan hijos sin nombre,

no habrá resguardo para los fieles

ni clemencia para los que esperan expiación.

El río que cruza Orentil cambiará su cauce,

y en sus aguas se ahogarán los recuerdos,

mientras los vivos caminarán sobre sueños muertos.”

Los presentes se estremecieron. Melthis se hincó de rodillas a su vez, aunque no estoy segura de si rezaba o se protegía de lo que acababa de escuchar. Barma entró, portando una lámpara de aceite con mano firme: en toda su vida de guardiana había oído cientos de profecías, pero el tono de Larn, su certeza y la cadencia inexorable de cada sílaba, hería más que cualquier plaga.

No pasó mucho antes de que las murmuraciones recorrieran la ciudad. Orentil, tan diversa y orgullosa, tan dividida en sus linajes y heridas antiguas, encontró pronto en las palabras del profeta el punto focal de sus conflictos. Un partido de comerciantes deseó aprovechar la profecía: asustar a la plebe, legitimar nuevas exacciones y rezos. Unos pocos artistas la recitaron en tabernas oscuras, entre risas forzadas. Las matronas de la rivera, sin embargo, consultaron a las viejas tejedoras, quienes les recordaron que las palabras de los errantes suelen tener dientes invisibles.

Pero es en los días y noches que siguieron, bajo la vigilancia implacable de las lunas gemelas, cuando el presagio comenzó a materializarse.

La piedra que “sangra”, la Gran Placa Roja en el centro de la plaza de los fundadores, al amanecer apareció cubierta de una savia oscura, gruesa y aromática como la resina más cara. Nadie pudo explicar por qué. Las gentes despertaban sobresaltadas por sueños de hijos sin rostro, y algunos de los más viejos recordaron historias de antiguas pestes que desplazaron a razas enteras cuando las lunas cruzaban el cenit.

Larn et Havis siguió viviendo en las sombras del templo, rehusando la hospitalidad de los ricos. Vagaba de noche por los callejones, mojando los pies en el riachuelo que bordeaba la ciudad. Fue una de esas madrugadas cuando encontró a Melthis sentada junto al agua, atenta al desfile de antorchas en la otra orilla.

“¿Temes lo que has visto venir?” preguntó el profeta.

La joven negó con suavidad. “No temo a la visión, sino a nuestra respuesta. La ciudad está cambiando demasiado deprisa, y todos buscan a quién culpar, o en quién depositar redención.”

El profeta sonrió, una sonrisa triste. “Las lunas no otorgan soluciones, sino iluminación. La construcción o la ruina son prerrogativa de los hombres y las mujeres. Nosotros tan solo iluminamos el camino, pero no forzamos los pasos.”

“Pero, ¿por qué los que caminan las visiones nunca se detienen? ¿Por qué seguir si cada ciudad parece hundirse en su propia desdicha tras la llegada de uno de ustedes?”

Larn meditó un instante. “¿Conoces la leyenda de los profetas errantes? No somos bienvenidos en ningún lugar. Somos testigos: llevamos la carga de la visión porque sobrevivimos al primer naufragio. Cada ciudad es ocasión para advertir… o para redimir nuestras culpas, aun sabiendo que el ciclo es eterno.”

Aquella noche, mientras las lunas cernerían sobre Orentil como entrelazados heraldos, Melthis decidió abandonar el templo junto al profeta. Sabía que los sueños ya no la dejarían en paz y sentía el ineludible impulso de perseguir una verdad más amplia que las viejas profecías.

La ciudad amaneció envuelta en escarcha incluso en lo alto de las almenas. El río, inquieto, había desbordado parte de su cauce y anegado las casas más antiguas. Los rumores de la huida de Melthis y Larn se mezclaban con historias de qué podían significar los “hijos sin nombre”; algunas madres pálidas acudieron a buscar consejo en las casas de parteras, otras a reforzar las puertas y ventanas.

Pero más allá del miedo, un cambio callado comenzaba a surgir en Orentil. Sin Melthis y sin la guía indirecta pero serena de Larn, algunos se atrevieron por fin a preguntarse si el sentido de la profecía estaba en el temor, o en el reconocimiento de sus propias posibilidades. Jóvenes poetas comenzaron a desafiar a los centinelas y escribieron versos en los muros glaciales de la ciudad con tinte de dulzura, invocando la unión de las lunas para significar pactos nuevos.

En la tercera noche después de la profecía, el río comenzó a retroceder, y los recuerdos ahogados, como prometió el profeta, surgieron: viejos papeles, amuletos, incluso el cadáver de un antiguo magistrado cuyo juicio dividió a la ciudad décadas atrás. El hallazgo de aquel cuerpo fue interpretado de formas opuestas: para algunos, la ciudad quedaba finalmente purificada; para otros, solo era la primera de muchas revelaciones que les despojarían de su pasado.

Bajo un nuevo ciclo de lunas gemelas, lejos de Orentil, Larn y Melthis se detuvieron en un claro, rodeados por encinas blancas. La joven se giró hacia él. “¿Y si solo fuimos piezas de una revelación más grande, y nunca podremos entenderla de verdad?”

Larn apoyó la mano en su hombro, mirando juntos a las lunas. “Es posible. Pero en cada ciudad, en cada revelación, alguna verdad florece y algunas vidas tienen una oportunidad distinta. La profecía es el río y nuestra tarea es recordarles que, aunque las aguas aneguen su pasado, siempre pueden decidir el curso del siguiente cauce.”

Así, envueltos en la luz palpitante y dual de las lunas, siguieron andando, sabiendo que cada paso de sus pies errantes sembraba semillas de incertidumbre y posibilidad; y que siempre habría otra ciudad, otra visión — otro espejo en el que las lunas gemelas pudieran reflejar la vacilante esperanza de las gentes.

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