Lhalar era una ciudad de luz envuelta en una tiniebla que ningún fuego, ni siquiera el eléctrico, lograba llegar a disipar. Suspendida a cientos de metros sobre un mar de neblina fosforescente, la urbe despertaba cada jornada con los primeros tintineos del gran reloj ornitóptero, el casco metálico de cuyo mecanismo se adivinaba a través de invisibles brumas, siempre distante e inalcanzable.
En la terraza de la posada de la Roca Inclinada, Veyran, que alguna vez fue maestro de geometrías míticas y, según sus propios recuerdos, también ladrón ocasional de visiones ajenas, observaba el lento declinar de los haces de luz canalizados por las torres reflejantes. Pequeños relámpagos dorados cruzaban la superficie de la niebla, donde, decían, dormían los antiguos dioses soñadores. Nadie afirmaba saber si habían muerto, si soñar era todo lo que un dios podía hacer, o si la diferencia importaba.
Veyran escuchó el crujido de piel de guante sobre metal. Nira, la joven conjuradora, llegaba con paso seguro. Sus botas, recubiertas de una aleación de kobar y nácar, convertían el contacto con el suelo en apenas un susurro. Uno que, en el silencio expectante previo al anochecer, resonaba igual que un trueno.
—Maestro —dijo ella, y su voz portaba una urgencia nacida de algo más que respeto.— No te he llamado maestro en tres ciclos. Debe de ser importante, lo que traes —murmuró Veyran sin apartar la mirada del horizonte, donde la luna más cercana, Thil, se desvanecía tras los cristales de la alta torre del Consejo.
Nira tendió una pequeña esfera esculpida en basalto traslúcido. Los vientos recogían en su superficie imágenes fugaces: manos entrelazadas, constelaciones caídas, puertas abiertas y cerradas con violencia. Era una visión comprimida. Artesanía prohibida fuera de la órbita central.
—Esta noche cruzarán el Velo —susurró Nira—. Hay que estar preparados.
Veyran presionó la esfera contra su frente, dejando que la magia codificada se disolviese a través de su piel. Su mente se ensanchó: percibió fragmentos de la ciudad, la sensación de un millón de vidas entrelazadas, cada una a punto de quebrarse. Y en el fondo, arrastrándose con paciencia insospechada, los Contempladores: seres que el tiempo había convertido en mitología, pero que regresaban cuando el tejido entre los mundos se debilitaba.
La última vez que los Contempladores cruzaron el Velo, la ciudad vecina de Halyn fue devorada en un solo soplo de tiempo. Las historias hablaban de gritos que retrocedían a través de las generaciones, ecos invertidos que contaminaban los sueños de los vivos. Veyran sintió el peso de esa historia hervir en su garganta.
—¿Por qué aquí, ahora? —gruñó.
Nira se encogió de hombros, aunque sus ojos, azules como la orilla de una tormenta, mostraban miedo.
—Dices que la casualidad es la forma en que el destino se disfraza de error —le recordó.
—La sabiduría se vuelve vicio en boca ajena —Veyran respondió, más por costumbre que por desdén. Pero el apremio no era menor: la posibilidad de otra extinción, de perder los misterios de Lhalar bajo la piel helada de los Contempladores, hacía temblar su mano.
Bajaron juntos por la escalera de caracol, entrelazando en silencio sus pensamientos. La magia de Lhalar era una cuestión de geometría, de ángulos calculados y líneas inscritas en el aire, tan finas que solo los bien entrenados podían detectarlas. A ras de suelo, en la Calle del Espejo Sur, la gente ya empezaba a cerrar sus tratos, a sellar con urgencia puertas y quicios tallados en hueso de sintauro, las protecciones más antiguas de la ciudad.
El Consejo los aguardaba en la cámara central. Siete lugares ocupados, cada consejero iluminado por linternas de fuego líquido. El más anciano, Imanor, lucía una capa tejida con hilos de la propia niebla; las vapores la consumían y reformaban en cada respiración.
—Es cierto —la voz del anciano parecía venir tanto de sus labios como de algún punto elevado sobre los presentes—. La visión llegó también a nosotros. Hemos consultado los caleidoscopios del Tiempo Dormido: los Contempladores cruzan en la medianoche.
Wharil, el encargado de los dispositivos canónicos, golpeó suavemente la mesa.
—La última vez sellamos la ciudad durante tres días —su temblor de inseguridad era palpable—. Pero eso fue antes de... antes de la fractura en el Tramo del Relámpago.
Nadie miró a Veyran, pero todos pensaron en él. Un accidente, decían algunos. Una traición, murmuraban otros. Veyran lo recordaba como ambos.
—¿Qué propones? —preguntó Imanor, aunque su voz carecía de esperanza.
—Un círculo. No uno de sellado, sino de invitación —la respuesta de Veyran erizó la piel de todos—. Si van a cruzar, que sea aquí. Entre nosotros. Pero bajo términos que podamos controlar.
Silencio, y luego risas nerviosas. Pedir a la amnesia que le narre su propia historia. Dejar que los devoradores hablen y no devoren parecía blasfemia. Nira, sin embargo, articuló con claridad:
—Él puede. Yo seré su ancla.
Había leído sobre ese procedimiento: dos magos abren un círculo mayor, uno navega en la corriente y el otro queda, literalmente, clavado a la realidad para evitar que ambos se pierdan. Prohibido desde que los anclajes fallaron y drenaron la columna de Luz Dorada de Lhalar hace generaciones.
A medianoche, la ciudad crepitaba en cada esquina, esperando. Veyran y Nira trazaron sobre la Plaza Menor los diagramas. Eran patrones incomprensibles para los no iniciados: un dodecaedro implosionando sobre sí mismo, dobleces y extrusiones delineadas con polvo de ópalo y sangre envejecida. Cada línea transformaba la luz de las farolas, estirándola como hilos translúcidos hacia lo alto. El Velo, la frontera invisible del sueño, vibraba en el aire, volviéndolo casi sólido, opaco, pastoso en sabor y tacto.
—Listo —murmuró Nira mientras sellaba el último segmento con una sílaba de un idioma que nadie, ni siquiera ella, comprendía.
Veyran se sentó en el centro, poseído por una calma forzada. Era la segunda vez en su larga vida que invocaba un contacto así. La primera vez fue para salvar a su hermana. Fracasó. Ahora, era toda la ciudad la que pendía de ese hilo de esperanza renuente.
Cantó, como le habían enseñado los bibliotecarios mudos, una secuencia de notas que arrastraban la vibración de su espíritu hacia el núcleo del círculo. La realidad se desdobló hacia los lados, revelando figuras que solo existían si uno cerraba los ojos y olvidaba todo lo aprendido sobre la simetría.
Los Contempladores emergieron del Velo no como monstruos, sino como ecos: conglomerados de preguntas nunca respondidas, de apetitos nunca satisfechos. Sus rostros se componían de fragmentos de rostros humanos, todos conocidos por Veyran de algún modo: la sonrisa de su maestro caído, los rizos de su antigua amante, hasta el propio reflejo de Veyran, desmembrado en más líneas de las que conocía el espacio.
—¿Qué buscas, conjurador? —interrogó el más alto, su voz hecha de viento.
—Un pacto —respondió Veyran—. Que toméis lo que exigís, pero no de la carne. De los recuerdos. Olvidadnos, y podremos sobrevivir.
Los Contempladores se detuvieron, la ciudad tembló bajo su mirada abstracta. Cada instante, sintió Veyran, era una eternidad empujándose hacia él. No hablaron con palabras: el acuerdo llegó como una invasión de imágenes. Veyran vio vacíos en su mente, estantes de la biblioteca interior desapareciendo. Un rostro que debía pertenecer a su madre, ya impreciso. Unos minutos de infancia, pulidos fuera de la existencia.
Nira, como ancla, gritó mientras la energía la atravesaba y la convertía en cuerda entre el mundo y la nada. Todo el dolor de la memoria le fue entregado de golpe, una vida entera despidiéndose. Veyran lloró, aunque no recordaba el porqué.
Entonces, la marea retrocedió. El Velo sanó su herida. Los Contempladores desaparecieron, y la ciudad exhaló de nuevo.
La mañana trajo un silencio expectante y pesado. La gente recordaba menos: anécdotas borrosas, nombres olvidados, una sensación incómoda de pérdida. Pero la ciudad vivía. Nira, pálida, apoyaba la cabeza en el regazo de Veyran. El círculo grabado en la piedra se desvanecía bajo la luz implacable del sol nuevo.
—¿Qué hemos dado? —susurró Nira, exhausta.
—Lo suficiente para que Lhalar sueñe otro día. Lo justo para que el olvido aún permita amor, miedo y esperanza.
Quizás, pensó Veyran, alguna vez recordaría lo que había perdido. Por ahora, debía vivir con la salvación incompleta que había logrado obtener: cada día un poco más vacío, pero también un poco más real, bajo el mismo cielo de bruma y luz dorada.
Mirando al horizonte, mientras nuevas imágenes se formaban entre la niebla, entendió el precio de vivir en el umbral: la certeza de que, si el olvido es el costo de la supervivencia, al menos queda el consuelo de que alguien, en algún lugar, siempre soñará con lo que fuimos.
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