Portada del relato La posada del Sol Cansado
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Fragmento:


No había más que cuatro personas en la posada aquella noche, sin contar a la anciana posadera, que parecía tan vieja y hastiada como el mobiliario, con los ojos reluciendo tras una maraña de cabellos canosos. Cada uno de los otros viajeros eran, en sí mismos, pequeños mundos de secretos.

Duración: 08:48

La posada del Sol Cansado
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Texto de ajuste de pausa.

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La noche era densa y hambrienta en el camino a Dwarmsleigh, como si mil años de secretas lamentaciones se hubieran acumulado en el aire. El carruaje de Tyrell se movía con el dejarse morir de la madera vieja, cada eje resonando a promesas rotas, y la niebla era, a ratos, tan espesa que los faroles parecían pequeños insectos perdiéndose entre las plumas de los fantasmas. Tyrell tenía mucha experiencia, pero nunca le gustó esa ruta.

Había historias sobre la carretera entre Dwarmsleigh y Morthill, historias que incluso los viajeros más temerarios susurraban sólo cuando la bebida rebasaba la prudencia. Decían que la posada del Sol Cansado, donde los viajeros solían detenerse “sólo un rato”, era más antigua que la propia carretera y que había caminado, como un animal herido, al borde de los sueños de docenas de generaciones. Nadie podía recordar cuándo la construyeron; otros decían que, de hecho, la posada había sido esculpida de un sueño colectivo y que a veces, si uno se quedaba demasiado tiempo, al salir despertaba en un mundo que aún no reconocía del todo.

Tyrell era comerciante, y un comerciante debe desconfiar de anécdotas. Aun así, cuando, pasado el ocaso, vio la luz cálida, inmóvil y tan prometedora como la leche caliente en la puerta del Sol Cansado, no pudo resistirse. Le dolían las manos, le temblaban los músculos de las piernas, y su mente, siempre calculadora, le aseguraba que un poco de respiro sólo podría ayudarle. Una tormenta le perseguía. La entrada rugía con el vaho de la madera vieja y, cuando empujó la puerta, el crepitar del hogar le abrazó los huesos con una ternura casi maternal.

No había más que cuatro personas en la posada aquella noche, sin contar a la anciana posadera, que parecía tan vieja y hastiada como el mobiliario, con los ojos reluciendo tras una maraña de cabellos canosos. Cada uno de los otros viajeros eran, en sí mismos, pequeños mundos de secretos.

En la esquina central, un hombre vestido con piel de lobo —el pelo matizado de grises y marrones, mudándose por el cansancio de los años— hablaba con la voz grave de un juez y con los ojos de un niño perdido. A su lado, una mujer de piel de bronce y manos delgadas hilaba el aire como si trenzara hilos invisibles. Había un tercero, un anciano con cicatrices que dibujaban mapas en su rostro, y la última era una joven con la mirada pérdida, como si hubiera olvidado parte de su nombre.

Tyrell eligió una mesa junto a la ventana, pidiendo algo caliente. La sopa le supo a recuerdos de un hogar que nunca había tenido, y la cerveza tenía el amargor apaciguado del lúpulo bien hecho. Había, en el ambiente, un murmullo que sólo reconoció gradualmente: el sonido de palabras no pronunciadas, de historias aún no contadas. Los visitantes hablaban asombrosamente poco, pero el silencio parecía más denso que la niebla exterior.

La posadera, quien se llamaba madre Elmira cuando le preguntaban, le sonrió con dientes irregulares, ofreciendo el menú (tiempo y memoria, según la pizarra, que también tenía precios en monedas normales). Había un perfume de leña y ruinas en el aire.

"Aquí se pagan otras cosas, si las tienes", le susurró, y luego desapareció tras la barra con la destreza de una sombra largamente practicada.

La tormenta rugía, y el reloj del salón marcaba las horas al revés, pero nadie parecía inquieto. Tyrell, más por necesidad que por valor, decidió adaptarse: se acercó a la mesa del hombre con piel de lobo.

"¿Larga travesía?" preguntó, bebiendo un trago.

"Tan larga como las mentiras, no más", respondió el hombre. "¿Tú por qué viajas, forastero?"

"Comercio", mintió Tyrell. Pero el hombre ya sonreía, como si supiera la verdad de todos los viajeros.

La joven le observaba de reojo. Cuando los otros callaron, fue ella quien habló, aunque no dirigía sus palabras a nadie en particular, como si fluyeran de una herida.

"Dicen que aquí vienen quienes han perdido el camino y encuentran rutas imposibles. Pero nadie habla de lo que dejan atrás. Yo… yo recuerdo poco del mundo antes de este salón."

"Eso puede ser favorecedor", dijo la hilandera, que tejía una bufanda con los filamentos del humo de la chimenea. "A veces recordar demasiado ensucia la vista."

Las llamas lanzaron sombras contra las paredes de la posada, una y otra vez, y Tyrell sintió que el tiempo se movía en círculos, arrastrándole hacia un centro invisible. Empezó a notar que ni los retratos en el muro ni los objetos sobre los estantes eran los mismos cada vez que los miraba. Cuando intentó beber otro sorbo, su copa contenía un licor con aroma a lamentos. Por un instante vio reflejado en la superficie un rostro que no era el suyo, luego parpadeó y se desvaneció.

"No es la bebida, forastero", murmuró el anciano de los mapas. "Es la casa. Ella recuenta, orienta, recalcula. Puedes navegar las habitaciones como si fueran mares, pero solo llegarás si sabes qué buscas. Y si no lo sabes… bueno, a veces es mejor así."

La posadera apareció de pronto. "He preparado vuestras habitaciones. Es una noche cargada de viento y cosas peores. Ningún viajero debe quedarse en las salas demasiado tiempo." Su voz, suave y firme, susurraba siglos de costumbre.

Tyrell caminó tras ella, subiendo la escalera que crujía bajo sus pies. Había cuadros en las paredes, todos mostrando puertas, cada una diferente. Hay una superstición antigua: nunca mires un cuadro dos veces. Tyrell no lo supo hasta que notó que tras su espalda uno de los marcos vibraba ligeramente, como si algo dentro intentara salir.

La habitación no tenía ventanas pero sí una luna pintada en el techo. La cama olía a lavanda y promesas. Había un libro en la mesilla, cubierto de polvo. Cuando Tyrell lo abrió, las páginas estuvieron en blanco excepto la última, donde leyó su nombre garabateado junto a una fecha próxima. Jadeó y, sin desvestirse, se dejó caer en la cama, el corazón tamborileando canciones de infancia.

En sueños, la posada le habló. Soñó con pasillos infinitos, escaleras que giraban más allá de las leyes de la arquitectura, puertas que abrían hacia otros sueños, otras vidas. Veía versiones de sí mismo: joven mercenario, anciano mendigo, niño risueño. En todos, viajaba —siempre por encima de una tierra movediza, honda como una boca sin fondo.

Se despertó al alba, aunque apenas distinguió el sol tras la neblina. Los otros viajeros se reunían en el salón, todos un poco más pálidos, un poco más sabios que la noche anterior. La anciana Elmira servía pan caliente y manzanas asadas como si alguien le hubiera contado un chiste privado.

La joven que parecía perdida le miró, esta vez con algo cercano a una súplica.

"¿Tú recuerdas el mundo fuera de aquí?"

"Sí", respondió.

"Entonces, cuando cruces la puerta, hazlo con los ojos abiertos. Lleva contigo todo lo que puedas y no mires atrás. Aquí, las ausencias se alimentan de las dudas."

El día fue avanzando, y Tyrell sintió un tirón en el centro del pecho. Sacó cuentas de las promesas que no había cumplido: un padre al que nunca volvió a visitar, una amante que había dejado esperando bajo la lluvia, un hijo nunca reconocido. En ese instante supo que la posada del Sol Cansado era un umbral, sí, pero uno de reconciliación con lo perdido. Lo comprendió porque, mientras desayunaban, el hombre de piel de lobo recuperaba parcialmente un recuerdo (supo que era un niño antes de ser juez, y que antes de eso fue un lobo), la hilandera halló un nudo secreto en su labor y pareció llorar, y el anciano de los mapas dejó caer una lágrima sobre el pan, quizás por un continente olvidado.

Ventiscas afuera, sol dentro, y los viajeros listos para marchar. Tyrell miró a Elmira. "¿Y si nadie recuerda cómo llegar aquí después?"

La posadera, con una sonrisa a la vez triste y cómplice: "Nadie llega por casualidad, igual que nadie olvida por completo. La posada será donde deba ser, como siempre."

Con pasos medidos, Tyrell salió de la posada. La niebla se apartó para dejarle pasar. Caminó con los ojos muy abiertos, recordando cada acento, cada fragmento de la noche y de sí mismo. Sabía que, de algún modo, llevaba consigo una brújula nueva, y que más allá de la niebla, la vida se ramificaba, prestándole al fin la posibilidad de cumplir nuevas promesas.

Al girarse por última vez, Tyrell buscó con la mirada la posada, pero solo quedaba el camino, un resto de pan caliente en su bolsa y el eco de una historia escuchada al margen del mundo: allí donde los viajeros pierden y encuentran, a partes iguales, porciones de su destino.

Y allá, en la carretera anegada de promesas, supo que el Sol Cansado nunca descansaría del todo, ni lo harían aquellos que, por un breve respiro, aprendían a recordar el mundo desde la herida y la esperanza.

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