Portada del relato El Pabellón de los Sueños Perdidos
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Fragmento:


—¿Dónde estamos? —preguntó él, intentando sonar indiferente.

Duración: 08:34

El Pabellón de los Sueños Perdidos
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Texto de ajuste de pausa.

El viento olía a humo y savia, y el mundo parecía mucho más viejo esa noche. La ciudad de Feronia dormía bajo un sombrero de niebla, iluminada morosamente por farolas de cobre que apenas lograban espantar la creciente oscuridad. Tras los cristales empañados de "Las Travesías de Orfeo", la última taberna antes de que los caminos se fundieran en el bosque, Leandros apuró una copa de vino negro mientras fingía no escuchar las historias del hombre de los dientes de hierro. Nadie sabía su verdadero nombre. Entre los parroquianos se susurraba que una vez había sido humano, aunque eso correspondía a una época tan olvidada como los días antes de la guerra de los Tres Días, cuando las piedras aún cantaban bajo la lluvia.

Leandros había recorrido muchos sitios, desde el mercado azul de Caprossa hasta la Catedral del Viento en la frontera con los yermos de sal, pero ninguna carretera lo había llevado tan cerca del miedo como aquella noche. El reloj de la taberna daba las once y veintitrés, esa rara hora en la que el tiempo se retuerce y las cosas imposibles atisban entre los pliegues de la realidad. Las sombras detrás de la barra empezaron a acortarse —el tipo de fenómeno que solo tiene una explicación sobrenatural— y los ojos de algunos clientes, aunque fingían cansancio, parecían clavados en la misma idea: hoy sería una noche de portentos o de tragedia.

Fue entonces cuando entró la mujer envuelta en un manto de esquirlas plateadas. No caminaba, sino que sus pies apenas rozaban las baldosas. Cuando se quitó la capucha, su rostro recordó al de una estatua rota recogida de un lecho marino: belleza en ruinas, extraña, chisporroteando con la promesa de secretos impronunciables. Su cabello era gris, no por vejez, sino como si el tiempo mismo lo hubiera tocado mientras dormía. No dijo su nombre. Miró al hombre de los dientes de hierro y susurró:

—Necesito un viajero. Uno que no crea en imposibles.

La frase se deslizó por la taberna como una serpiente curiosa. Leandros sintió que algo se tensaba en su estómago. El hombre de los dientes de hierro la contempló largo rato, extrajo de un bolsillo un dado de ámbar tallado con signos antiguos y lo hizo rodar por la mesa. Cayó mostrando una cara que ninguno de los presentes pudo reconocer, y entonces el hombre sonrió, o al menos simuló hacerlo.

—Él te llevará —dijo, señalando a Leandros—. Bajo su caminar la carretera se abrirá.

Antes de que Leandros pudiera protestar, la mujer le ofreció el reverso de su mano. En su palma reposaba una pequeña piedra de río, negra y suave.

—¿Sabes qué es esto?

Leandros negó mientras recogía la piedra, notando que estaba tan fría como la noche.

—Es un voto de fe —explicó la mujer—. Y una llave. Cuando acepte, la puerta se abrirá sola.

Salieron de la taberna bajo la mirada alerta de los demás. Los adoquines húmedos no devolvieron sus pasos. En cuanto cruzaron la bocacalle, el aire cambió. Olía a lilas y a hueso quemado. Al principio, Leandros pensó que era una broma demasiado elaborada, un truco de iniciados para probar a los recién llegados, pero a medida que avanzaban, la carretera se transformó. Bajo sus pies, el empedrado tembló y se volvió liso como el espejo del Gran Lago. Los árboles, al principio comunes, se arquearon sobre sus cabezas en dominios deformados, cada hoja refractando una tenue luz interior, como si latieran en un idioma vegetal e inalcanzable.

Caminaban en silencio. La mujer, que aún no había revelado su nombre, no parecía prestar atención al cambio de paisaje. A veces murmuraba palabras en una lengua antigua, y Leandros sentía que los sonidos tropezaban con su memoria como piedras caídas desde lo alto. Estaba a punto de hablar —cualquier cosa valía para romper el silencio— cuando la mujer se detuvo frente a una verja de hierro retorcido, tan negra como la piedra que guardaba en el bolsillo.

—¿Dónde estamos? —preguntó él, intentando sonar indiferente.

—En el borde —contestó ella—. Más allá de aquí, el mundo viejo se derrama sobre el nuevo, como la tinta en el agua.

—¿Por qué yo?

—Porque solo los que no temen perderse pueden encontrar la verdad.

La verja chirrió al abrirse, expulsando una bocanada súbita de aire frío. Más allá, un jardín extensísimo se desplegaba, bañado en una niebla azulada. El suelo era de mármol ahumado, y las flores, de un blanco sobrenatural, abrían y cerraban sus pétalos en sincronía, como si respondieran a una canción inaudible. La mujer le indicó avanzar. Leandros la siguió, tragando el miedo con dificultad.

—Debes llevarme hasta el Pabellón de los Sueños Perdidos —dijo ella—. Allí reposa lo que he buscado toda mi vida.

Al avanzar por los senderos angostos, Leandros sintió que el tiempo se desperezaba a su alrededor. Perdió la cuenta de las horas y empezó a preguntarse cuánto llevaba ahí. A veces, una figura cruzaba el camino, envuelta en ropajes rojos, pero nunca parecía notarlos. Las flores susurraban nombres al paso, nombres que dolían y curaban en la misma exhalación.

Llegaron a un lago sin bordes. En el centro flotaba una construcción imposible, hecha de cristal y bronce. Cúpulas y arcadas brillaban bajo la niebla sin color. Un puente levitaba sobre el agua, nadando hacia la entrada como la garganta abierta de una bestia prehistórica. La mujer colocó la piedra negra sobre el primer travesaño y el puente pareció solidificarse.

Mientras cruzaban, Leandros preguntó:

—¿Qué hay en ese pabellón que sea tan valioso?

La mujer no respondió de inmediato. Llegaron a la puerta, sobre la que estaba escrito con letras de mercurio fundido: "Aquí duermen los sueños que el mundo temió recordar”.

—Durante siglos —dijo ella, finalmente—, he vagado buscando mi propio recuerdo. Perdí mi nombre ante el Espejo de Azufre y Nieve; ahora solo deseo encontrarlo, aunque duela.

Entraron. El lugar era más grande por dentro que por fuera. Corredores colgaban en el aire en ángulos irrazonables, y de cada uno salía un murmullo, un eco. Cada sala contenía escenas —personas que alternaban entre risas y sollozos, habitaciones que se vaciaban y llenaban en un eterno parpadeo, fragmentos de vidas posibles e imposibles.

—Los sueños olvidados nunca mueren —explicó la mujer—. Solo buscan un portador.

Cruzaron salones y bibliotecas de sombra, pasaron por puentes de aliento y escaleras de fuego refractado. Cada vez que Leandros miraba atrás, la puerta de entrada parecía alejarse. Finalmente, llegaron a una sala circular, donde una figura estaba inmóvil bajo una cúpula de humo blanco. Era ella, más joven, más luminosa, con su verdadero rostro intacto.

La mujer se arrodilló y lloró. Lloró con una fuerza monstruosa, y con cada lágrima, la figura fue tornándose tangible. Leandros sentía ganas de huir. El aire vibraba con todos los nombres que no había pronunciado desde su infancia.

La mujer habló con voz bifurcada:

—Si deseo recordar, debo aceptar el precio. En este lugar, la memoria duele como un cuchillo.

El doble volvió su mirada vacía hacia Leandros.

—¿Tú qué has perdido?

Leandros buscó en su mente. Era imposible recordar. Pensó en su madre, a la que no veía desde hacía años. En su amado Astion, ahogado en el río de la frontera. Pensó en el rostro de su propio yo, antes de los viajes y las huidas.

—No lo sé —susurró—. Tal vez haya perdido todo menos la capacidad de seguir buscando.

La figura roja se acercó y lo tocó en la frente. Durante un segundo, Leandros vio todos sus recuerdos extendidos ante él como cartas de tarot: todas las derrotas, todas las pequeñas alegrías. Y supo —con una certeza dolorosa— que aquello era su mayor tesoro, perdido y encontrado a la vez.

La mujer despertó. Ahora tenía un nombre, aunque él no pudo recordarlo al salir del pabellón. El aire era más frío. La carretera los devolvió a la ciudad antes de que amaneciera. Cuando Leandros entró en la taberna para apurar el último vino antes del alba, el hombre de los dientes de hierro lo saludó sin palabras.

Al fondo, la mujer de las esquirlas ya no estaba. Había dejado sobre la mesa la piedra negra, que ahora pesaba el doble y quemaba al tacto.

Leandros pensó en lo que había visto, en lo que había sentido, en el extraño hueco que quedaba tras un recuerdo recuperado y vuelto a perder. Comprendió que todos los viajeros tienen un límite, y todos buscan, aunque lo ignoren, su propio Pabellón de Sueños Perdidos.

Al salir, la niebla se levantó y la ciudad de Feronia pareció respirar con alivio. Leandros se perdió en la oscuridad, con un nombre en los labios y una piedra en el bolsillo, dispuesto —por primera vez— a no tener miedo al recordar.

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