El humo se retorcía entre las ramas secas del olmo, tejiendo figuras que solo los desesperados podían ver. Bajo su sombra retorcida, antes de la última nevada, aún era posible robarle secretos al crepúsculo—si sabías las palabras correctas.
Varka, envuelta en su capa de piel de lobo, aguardaba junto al tronco, donde siglos atrás los antepasados plantaron el árbol para sellar los juramentos de sangre. Sus manos, curtidas y fuertes por la escarcha, apretaban el canto de hueso de la corneta, aún tibio del último sacrificio. Los aldeanos la creían una paria—y no erraban. Pero no conocían el resto de la historia: que era la hija de un pacto roto, nacida de una noche de luna herrumbrosa y juramentos susurrados al oído de una bestia antigua.
El frío era un personaje adicional, omnipresente y cruel. El cielo, manchado de las últimas brasas del día, destilaba su luz entre las nubes, iluminando apenas el círculo de piedras antiguas. Varka miró de soslayo la esfera de ámbar colgando de su cuello, en cuyo interior se agitaba una sombra atrapanieblas. La esfera era herencia de su madre, junto con el legado de no conocer paz jamás.
Ella aguardaba. Se había refugiado en la promesa más peligrosa: la que hacía uno consigo mismo cuando ya no podía soportar la carga del pasado. Hoy, bajo el viejo olmo, buscaría la redención o sellaría su condena bajo piedras y raíces.
Un murmullo surgió entre los matorrales, sigiloso como zorro. Varka tensó el cuerpo. No esperaba visitantes a estas horas, mucho menos otro ladrón de secretos. Pero el bosque rara vez concedía la cortesía de la soledad.
De entre las sombras emergió una figura: Lys, vestido con los colores polvorientos de los caminos y una sonrisa incorrecta para esas tierras. Lys, con las manos manchadas de promesas incumplidas—y los ojos aún anhelantes detrás de todos los fracasos compartidos.
—Esperaba que vinieras —dijo Varka, midiendo cada sílaba.
—No vine por ti. Vine por lo que escondes —respondió Lys, la voz baja para no despertar a las cosas que dormían bajo la corteza del mundo.
Hubo un silencio, profundo como las aguas quietas y tanto o más peligroso. Varka soltó la corneta y apartó el cabello del cuello, dejando que la esfera captara la luz del crepúsculo. Lys retrocedió, prudentemente, pero demasiado tarde: el pacto entre ambos era más antiguo que las advertencias de las madres y más rotundo que cualquier bendición.
—Sabes lo que esto significa —dijo ella. Sopló despacio sobre el ámbar. Un halo de fuego pálido y espeso flotó en el aire, lamiendo la piel de ambos con promesas de retribución.
Lys tragó saliva. Un cuervo graznó a sus espaldas, inquieto.
—¿Aún quieres seguir? —preguntó Varka.
—Sabes que sí —contesto, voz tensa—. Ninguno de los dos ha olvidado lo que nos espera si no cumplimos. Y yo... no quiero perderlo todo.
Varka sonrió. Había en Lys algo del niño que fue, del ladrón que robaba manzanas y besos. También, en sus palabras, la amargura supurante de los que le debían más a los muertos que a los vivos.
De la esfera brotaron figuras diminutas, apenas luces o sombras que vibraban con las palabras no pronunciadas. El aire alrededor se espesó, el sonido del bosque devorado por un zumbido bajo, como de aguas profundas. Varka cerró los ojos y escuchó el antiguo cántico, el de las brujas que danzaron desnudas bajo el primer eclipsado.
Cuando los abrió, Lys la miraba con el miedo obediente de quien ya cedió su voluntad.
—El precio... —musitó él.
—Siempre hay precio —murmuró ella, avanzando. Su aliento era vapor, pero su corazón latía con el ritmo del trueno.
Recordó la noche de la tragedia. Su madre, la gran bruja Dalia, rodeada de sangre y de bestias convocadas, rezando para sellar el poder del olmo en el ámbar. Aquella misma noche en la que Lys, aún niño, la ayudó a cargar los cuerpos antes de que el fuego borrara los rastros del crimen.
El precio había sido compartido. Y el pago se exigiría esta noche, tal y como dictaban las runas grabadas en la madera: sangre, memoria y algo imposible de devolver.
—Debes mirarlo —dijo Varka a Lys, ofreciéndole la esfera.
Él extendió la mano y la tocó, tembloroso. La luz se reflejó en sus pupilas; un brillo ámbar recorrió sus venas. Un hilo invisible los ató: dentro del ámbar, Lys vio su reflejo multiplicado, distorsionado por todos sus fracasos. Miró y miró, mientras los siglos giraban alrededor de ellos.
De pronto, el olmo gimió, las ramas crujieron como huesos a punto de romperse, y la esfera brilló con la intensidad de un sol de invierno. Lys gritó, cayendo de rodillas, pero no soltó la esfera. Sus huesos temblaron, la sangre se agolpó en sus oídos. Vio de nuevo las noches de hambre, la risa de su madre antes de que el río la reclamara, el relámpago que partió la iglesia donde juró nunca regresar.
Varka lo sostuvo. "Así se paga", pensó. Así se purga el pecado enseñado de padres a hijos, inseparable como la sombra tras un cuerpo al atardecer.
Cuando el último eco se disipó, Lys alzó la mirada. Aún temblaba, pero sus ojos lucían limpios, huecos, saqueados de todo lo que una vez anheló.
—¿Y ahora? —preguntó, voz quebrada.
—Ahora te quedas —dijo Varka. Y entendió: la esfera exigía un nuevo guardián, alguien cuya memoria y sufrimiento nutrieran nuevamente la magia rota del pacto. El precio era el recuerdo; la recompensa, el olvido, el reposo. Una muerte viviente bajo el olmo para custodiar los secretos que ni los dioses se atreven a oír.
Pero Varka no era como su madre. Todavía quedaba en ella una pizca de voluntad que no cedía ante el mandato de las ruinas.
Miró a Lys, figura arrodillada con el alma vaciada, y susurró una última palabra, antigua y poderosa. Una grieta se abrió bajo los pies de ambos; raíces se retorcieron, engullendo a Lys en un abrazo cruel y maternal. Varka giró la esfera entre los dedos y, contra toda lógica, la arrojó lejos, rompiendo el ciclo.
El ámbar reventó en una explosión leve, liberando una nube de mariposas negras, que se dispersaron entre los árboles. En la distancia, aulló una bestia—la Señora de los Pactos, traicionada una vez más.
El olmo tembló. Varka, por primera vez en años, se permitió sollozar. Había terminado el ciclo, pero sellaba su condena. Su sangre sería llamada por la tierra, su memoria barrida por la escarcha, pero al menos Lys sería libre, aunque despojado de todo salvo el anhelo sin nombre.
El mundo siguió girando. Los aldeanos, ignorantes de la magia bajo sus pies, despertaron al día siguiente sin sueños. Una cicatriz reciente marcaba la tierra junto al olmo. Ni cuerpo, ni esfera—sólo la promesa de que nada es gratuito y todo llega para exigir su deuda.
Varka se alejó aquella mañana, sin mirar atrás. Caminó hacia el frío azul de las montañas, dejando el pasado en manos del bosque y el futuro en las del vacío.
En algún lugar, bajo las raíces del olmo, se oyó un suspiro: la gratitud tibia de las cosas liberadas, el rugido silente de lo que nunca será nombre ni canto.
Y en el susurro del viento, acaso, un fragmento del cuento llegó a oídos de otra hija nacida de una promesa rota, ávida de redención y capaz de desafiar el final de todas las cosas.
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