Portada del relato El pacto de la Espina Negra
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Fragmento:


Retirándose de la escena, Hadrien caminó hacia el Palacio de Los Arcos, cuyas bóvedas ocultaban los registos más antiguos de la Orden del Carbón. Allí la esperaba el Gran Guardián Anselm, un hombre cuyo respeto por la ley solo era igualado por su ritual de romperla cuando nadie miraba. Anselm la recibió ceñudo en una cámara repleta de humo azul.

Duración: 08:31

El pacto de la Espina Negra
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando las campanas de Erlith resonaron en la noche saturada de ceniza, Hadrien supo que el pacto había sido roto. Se despertó en su humilde lecho, bañada la frente de sudores fríos, y escuchó el eco metálico arrastrarse por las callejuelas como un rastro de sangre invisible. Desde hacía años temía esa señal, el golpeteo insistente de los bronces, significando que algún idiota o, peor, un desesperado había osado hurgar en la tumba de las promesas muertas.

La Ciudad de Piedra era un lugar de costumbres viejas, pero ninguna tan antigua ni tan respetada como la leyenda de la Espina Negra. Decían que, al final de cada siglo, la magia que sostenía los cimientos de la ciudad reclamaba a aquel que la hubiese quebrantado. Y, a pesar de la reticencia a creer en cuentos de brujas, nadie se atrevía a mirar con desdén a las campanas. Hadrien se enfundó la capa, oscura y pesada, prensada con runas de protección grabadas por su madre en noches de desesperación, y descendió a la sombra.

Las calles estaban desiertas, salvo por los centinelas de la Orden del Carbón, que portaban sus armas con el empaque de quienes creen en dioses y saben, en secreto, que los dioses los detestan. Ella caminó con paso rápido, escudriñando el aire: aún no se percibía el hedor a óxido y magia corrompida, pero no tardaría. Era una noche de secretos ajustados sobre sí mismos, retorcidos en nudos de deseo y miedo; y Hadrien, tejedora de secretos, estaba determinada a llegar primero al corazón del problema.

Volvió la esquina del Mercado de los Lamentos y vio la niebla endurecerse entre los adoquines. Un hombre, vestido con el gris de los cargos menores, yacía en el suelo, una herida negra como la medianoche atravesándole el pecho. De la sangre derramada surgían pequeños brotes —espinas brillando como ónice bajo la luz de la farola—. Era la marca del Juramentado, un fragmento de promesa deshecha manifestada en carne y magia. Hadrien se arrodilló a su lado, inspeccionando la herida con manos firmes.

—¿Qué has hecho? —susurró, sin esperar respuesta.

Los ojos del hombre se abrieron de golpe, revelando irises surcadas por motas carmesí, la mirada de alguien ya atravesando el velo. Agarró la muñeca de Hadrien con fuerza inesperada, una garra de fracaso.

—La raíz… busca la raíz —dijo, temblando—. Él regresó, Hadrien. No tenías razón. Nadie puede contenerlo eternamente.

La sangre se cuajó en la comisura de sus labios. Con el último esfuerzo, el hombre lanzó a Hadrien una llave, pesada como un remordimiento. Ella la guardó, cerrando los dedos en torno al frío metal, y se levantó. Ya no quedaba tiempo; la llamada de la Espina Negra había sido aceptada y la ciudad temblaba al borde del juicio.

Retirándose de la escena, Hadrien caminó hacia el Palacio de Los Arcos, cuyas bóvedas ocultaban los registos más antiguos de la Orden del Carbón. Allí la esperaba el Gran Guardián Anselm, un hombre cuyo respeto por la ley solo era igualado por su ritual de romperla cuando nadie miraba. Anselm la recibió ceñudo en una cámara repleta de humo azul.

—El muerto de la plaza era tu informante, ¿verdad? —inquirió sin preámbulo—. Dime, Hadrien, ¿crees saber lo que se aproxima?

Ella dejó caer la llave sobre la mesa; el sonido metálico resonó por el aposento como el anuncio de una tormenta.

—El Juramentado ha despertado —dijo, las palabras tan duras como el suelo bajo sus pies—. Una promesa de sangre, rota hace siglos por la ciudad misma. El ciclo se cierra, Anselm, a menos que logremos encontrar la raíz de la corrupción.

Su interlocutor asintió lentamente, el cansancio marcando profundas líneas en su rostro.

—En los anales se habla de una raíz negra, sí. Pero muchos creen que fue un símbolo, no una cosa real.

Hadrien sonrió sin alegría.

—Una ciudad edificada sobre cadáveres de traiciones no puede burlarse del simbolismo.

El Viejo Anselm accedió a una estantería oculta, extrayendo un tomo envuelto en cadenas incisas con grabados prohibidos. El libro tembló al ser abierto, y de sus páginas se alzó un olor a tierra removida y ceniza fría. Ahí estaba el relato: el Pacto de la Espina Negra, un acuerdo sellado entre los fundadores de la ciudad y un ente más viejo que el mismo tiempo humano. A cambio de supervivencia y prosperidad, cada cien años se ofrecería un portador de promesas rotas, alguien que hubiese defraudado no solo a otro, sino a la esencia misma de la confianza.

—¿Sabes lo que ocurrirá si no damos un portador? —preguntó Anselm.

—Sí —contestó Hadrien—. Entonces la ciudad misma sangrará. Se tragará a inocentes y culpables. Erlith quedará cubierta por las raíces negras hasta que solo queden sombras y tierra infértil.

El Guardián cerró el libro con violencia.

—No pienso sacrificar a nadie más a esa maldición.

Hadrien lo miró, entonces, con una especie de compasión amarga.

—No es sacrificio si el elegido ya ha roto un juramento fundamental, Anselm. Es… consecuencia.

Afuera, la lluvia comenzó a martillar los vitrales con furia. La clave estaba en la llave. Hadrien la analizó: un símbolo grabado de dos serpientes entrelazadas. El mismo emblema que decoraba la cripta bajo la Cárcel de los Impuros.

Horas después, descendieron juntos por la escalera en espiral, los pies retumbando en la piedra húmeda. El aire se volvía más denso, cargado del inevitable perfume de los huesos y la magia en descomposición. Frente a la puerta acorazada, Hadrien introdujo la llave. Un clic, luego el giro incómodo del hierro cediendo tras siglos de abandono. El portal se abrió y el hedor de la corrupción los golpeó como una ola caliente.

Allí, en el centro de un círculo de sellos rotos, estaba la raíz: una masa de madera negra, pulsante, enferma, entrelazada con restos de huesos y trozos de jade. El Juramentado les esperaba, su forma humana apenas memoria; sus ojos, vacíos.

—¿Por qué has de volver cada siglo? —exigió Anselm, la espada desenvainada.

La voz del Juramentado era como una docena de piedras arrastrándose.

—Porque me hicisteis promesa y me negasteis perdón —dijo—. Traicionasteis no solo a mí, sino a todo lo que podría haber nacido sano aquí. Cada vez que un juramento se rompe, crezco. Cada mentira, cada voto violado, me alimenta.

Hadrien tembló, no de miedo sino de comprensión. Se acercó, sacando de su pecho la medalla de la Orden, símbolo de su propio juramento. La sostuvo entre los dedos, el metal brillando con lágrimas de luz prestada.

—¿Qué sucede si alguien se responsabiliza? —preguntó—. Si no busca redención, sino simplemente se acepta culpable.

La esencia del Juramentado osciló, como si dudase. En esos momentos, el verdadero terror de Hadrien fue entender que ninguna respuesta sería fácil.

—La raíz solo acepta verdad —susurró el ente—. Dame tu confesión, Hadrien Malet, y la ciudad verá un ciclo sin sangre, por una generación más.

Ella pensó en sus promesas rotas: una a su madre, otra a la infancia de su hermano muerto, incontables a los camaradas caídos en conflictos silenciosos. Cada memoria era un corte. Sintió vértigo, pero avanzó un paso hacia la raíz. Apoyó la mano sobre la madera viva: le devolvió un frío doloroso.

—Confieso mi traición —dijo, con voz apenas rota—. He mentido cuando mi silencio habría salvado a otros. He temido cuando debería haber guiado. He permitido que el pecado de la ciudad se convierta en mi propia excusa. Tomo sobre mí el peso del ciclo, sabiendo que ni redención ni perdón lo seguirán.

Un suspiro recorrió la cripta. La raíz vibró y, de uno de sus extremos, brotó una flor negra. El Juramentado se inclinó, reverencial, y en su rostro por un instante cruzó algo parecido a la paz.

—La ciudad vive —anunció.

El dolor se apoderó de Hadrien. Cayó de rodillas, la visión llenándose de manchas escarlatas. Supo que, al contrario que tantas historias, su sacrificio no traería gloria ni renombre. Solo permitiría que la rueda girase un ciclo más.

Anselm cayó a su lado, sujetándola mientras la vida se deslizaba.

—¿Qué has hecho? —murmuró.

Ella sonrió, apenas un suspiro.

—No era redención lo que buscaba —dijo—. Solo justicia.

Cuando el sol surgió al amanecer, la niebla negra se disipó de las calles de Erlith. Pero en las profundidades, una nueva flor crecía en la raíz, testigo de la última promesa cumplida entre las tinieblas y la carne.

La ciudad estaría a salvo… por ahora.

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