La estación parecía respirar. Cada conducto con su propio ritmo, los motores un pulso sordo resonando en las tripas oxidadas del satélite. El Dr. Karel Rybacki se ajustó el visor, contemplando la vasta llanura de arena rosada más allá del ventanal. El planeta Rovanar, esférico, bello y letal, se extendía bajo la órbita de la estación Arkelaus, cubierta de tormentas estáticas que chisporroteaban en lejanos relámpagos.
Las historias de Rovanar eran muchas. Decían que la arena estaba maldita, que los nativos la temían y los colonos, ebrios de esperanza, solo encontraban desolación. Rybacki, sin embargo, no era supersticioso. Era un hechicero pragmático. ¿Se puede llamar así a un hombre de ciencia? Sí, cuando la ciencia manipula la materia de formas que bordean la magia.
Karel aguardaba a su visitante nocturno: el sargento Briut, de la Guardia Estelar. Él, como todos, hablaba poco y creía aún menos en los sueños e historias que llameaban entre los trabajadores aborrecidos que poblaban la estación.
Briut llegó, abriendo la compuerta con el garbo de los que conocen su propio valor. El uniforme de cuero sintético crujió cuando se sentó. Era corpulento, barbudo, de ojos astutos y ceja partida.
—¿Lo tienes? —preguntó sin preliminares.
Karel asintió y depositó el artefacto sobre la mesa. Era, en apariencia, una esfera de arena opalescente, recia y pulsante, como si latiera en sintonía con Arkelaus.
—No durará mucho —advirtió el científico—. Tras unas horas es letal para todo organismo viviente en un radio de cincuenta metros.
—Te pagan por armar bombas, no por dar sermones, hechicero. —Briut tomó la esfera y bajó la voz—. ¿Has oído las últimas? Otro equipo perdido… Parece que el Pozo de Luz se tragó a todos.
El Pozo de Luz. Qué nombre impreciso para una fisura en la superficie de Rovanar, invisible a simple vista y más profunda que la imaginación humana. Científicos, mineros y soldados se organizaban en equipos para descender a ese abismo y volvían, cuando volvían, mudos y con la mirada clavada en el infinito.
Karel reprimió un escalofrío y miró el reloj. El amanecer rojo pronto teñiría el ala este de la estación. Unos pocos comenzaban a moverse. La misión de Briut y su pelotón estaba cerca.
—¿Por qué insisten en bajar ahí? —preguntó Karel suavemente—. Hay tecnología primigenia soterrada. Y algo más. Una voluntad.
Briut escupió sobre el suelo. —Tus “voluntades” no asustan a los míos. Nosotros bajamos por órdenes. Y algunos sólo quieren oro negro. Otros escapan de sí mismos.
El soldado se retiró con la esfera. Karel pensó, una vez más, en la futilidad de intentar proteger a los necios de sí mismos. Sabían perfectamente lo que arriesgaban.
Quedó solo en el laboratorio, rodeado de crisoles, filamentos, aromas acre de química pesada. El aire, sin embargo, olía a salmuera y ceniza. Sentía, agudo, el zumbido en la base del cráneo: la inquietud, la llamada de algo más antiguo que los experimentos.
Rovanar no era un planeta muerto. Era un sueño vivo, aguardando.
***
Por la noche, tras una cena insípida y una copa de licor destilado en la propia estación —el demonio sería menos nocivo—, Karel recibió una notificación urgente. Otro equipo perdido en el Pozo. Ocho nombres. Gente con la que había compartido partidas de ajedrez, alguna carcajada. Insuficiente para crear lazos, pero suficiente para saber que la muerte, en Rovanar, no era nunca banal.
Casi sin pensar, se puso su traje aislante y salió hacia el umbral de descenso del Pozo. Junto a él iba Elena, ingeniera de navegación, pómulos afilados y una melancolía que se pegaba como el polvo de arena.
—¿Por qué vienes? —le preguntó mientras comprobaban los sistemas.
—Porque prefiero enfrentar los monstruos de dentro que los de fuera —contestó Elena—. Y alguien tiene que ajustar tus manifolds, mago de pacotilla.
Karel no respondió. Bajaron juntos.
El descenso era un desposorio con la abyección. La oscuridad se enroscaba alrededor y la cuerda de brújula vibraba, señalando a veces puntos imposibles, como si el espacio interior tuviera sus propias leyes, su propia geometría blasfema. Durante el descenso, las paredes vibraban levemente y la arena chisporroteaba. No era simple fricción. Era resonancia: una melodía sorda que adormecía a los insomnes y llenaba de fiebres los sueños de los intrépidos.
—¿La notas? —preguntó Elena, sudando bajo la capucha—. Como un canto.
Karel asintió. Él había intentado registrar aquella frecuencia muchas veces. Siempre fracasaba. El canto existía solo para los oídos humanos; la máquina escuchaba silencio.
El abismo no se contentaba con devorar exploradores. Quería también sus pensamientos. A cierta profundidad, la realidad se convertía en un delirio. Vieron manchas móviles y tentáculos de luz azulada arrastrándose por los ángulos. Entre los granos de arena pululaban criaturas que no eran realmente bestias: fragmentos de memoria, sueños desaprendidos y pecados nunca expiados. Fantasmas de carne.
Una figura les cerró el paso. Era Briut, o lo que quedaba de él. El rostro, infestado de líneas brillantes, ojos negros como el vidrioso fondo del Pozo.
—He visto el Corazón —susurró, voz que no era la suya—. Está despierto. Quiere salir.
Intentaron retroceder, pero el Pozo no lo permitió. Los muros se estiraron, torcieron, y fueron arrastrados por una corriente invisible.
***
Despertaron en una caverna pétrea, el aire espeso, atosigante. El Pozo vibraba como el pecho de una bestia dormida, exhalando vapor rojizo. Briut yacía a unos metros, descompuesto, murmurando palabras en una lengua olvidada. De su boca fluía arena luminosa.
Elena gimió al ver que la esfera de arena —la “bomba”— estaba aún activa junto a él.
—No podemos dejarla ahí. Si explota aquí adentro… —jadeó.
Karel fue a recuperarla, palpando el temblor invisible que la rodeaba. Advirtió entonces lo que era La Voluntad: no fuerza, no inteligencia, sino algo anterior a ambos. Un hambre, una sed loca de existencia.
Y supo, de pronto, que el Pozo era una herida en el mundo, y que el artefacto que él creó era como sal sobre esa carne viva.
Briut levantó su cabeza, alargó un brazo de arena flotante, y lo asió por la muñeca.
—Déjala. Alguien debe quedarse —balbuceó—. Este mundo no es nuestro.
Pero Karel se zafó. Rápido, improvisó un encapsulamiento, armando un sello con su sangre y el metal de su equipo, trabajando como alquimista medieval enfrentando demonios de una fe sin dioses. La esfera, neutralizada, dejó de brillar.
—Vámonos —le dijo a Elena—. Si este planeta reclama voces, no serán las nuestras.
Subieron, guiados por un instinto atávico más que por los sensores, mientras la caverna vibraba y una lluvia de arena roja caía del techo, como si el Pozo sollozara al perder su víctima.
Arribaron a la superficie exhaustos. El sol, enorme y monstruoso, comenzaba a despuntar, tiñendo Rovanar de sangre y oro.
***
Karel depositó el artefacto, ahora inerte, en la bóveda de laboratorio. Elena trataba de encender un cigarrillo con manos trémulas. Ella rompió el silencio primero.
—¿Qué viste ahí? Dímelo.
Karel la miró largo rato.
—Vi lo que somos. Animales curiosos y temibles. Hechiceros de la materia. Y vi que fuimos llamados, y que quizás… no sobreviviremos a nuestra curiosidad.
La estación seguía vibrando, el mundo rogaba olvido o salvación, y la arena apagaba cada huella. Rovanar seguiría devorando sueños y dejando en la superficie apenas rastros: grietas, ecos, murmullos de quienes se atrevieron a mirar a los ojos de lo desconocido. Karel y Elena sabían que el Pozo quedaría siempre en la frontera entre lo vivo y lo muerto, entre la ciencia y esa clase de magia contra la que incluso los demonios rezan. Siguieron adelante, sabiendo que el próximo descenso sería más profundo. Y que, algún día, el Pozo —o aquello que sueña en su fondo— les respondería.
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