Portada del relato El Vals de los Susurros Olvidados
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Fragmento:


A medida que se adentró, los pasadizos se volvían menos arquitectónicos, más vivos, como si la fortaleza intentara digerirlo. Murmurios brotaban de los muros —señales confusas, rezongos, lágrimas secas—, y la oscuridad se apretaba en torno a él con dedos demasiado humanos, demasiado ansiosos.

Duración: 08:05

El Vals de los Susurros Olvidados
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Texto de ajuste de pausa.

En la frontera septentrional del reino de Harrow, donde los vientos silban entre riscos calcinados y la luna tiene el color de la sangre seca, se alzaba la fortaleza de Carmegg. Allí, en su época de gloria, las antorchas y el vino fluían por doquier, ahogando el rugido del mundo exterior tras una muralla de ostentación y hierro. Ahora, entre alas de niebla y talares de musgo renegrido, Carmegg era apenas una silueta, una promesa vacía, habitada sólo por aquellos que la desdicha o la codicia retenían.

La lluvia caía con la inconstancia de una risa nerviosa cuando Dyrion atravesó su puente en ruinas, el cráneo aún magullado por la última refriega en el mercado de Grotto. Portaba sólo una bolsa de cuero reseco, una espada envainada —demasiadas veces usada, demasiado poco afilada— y la certeza, tan áspera como el licor barato, de que no podía regresar. Su perdición tenía nombre, Osenya, la Reina Espectral de Carmegg, y la oferta que le había hecho era sencilla: encontrar el Bastón del Alba Prohibida entre las criptas olvidadas, y ganarse así la libertad o el olvido eterno.

En la sala principal, antaño gobernada por tapices dorados y risa de trovadores, la reina aguardaba. No era una belleza de fábulas: tenía el rostro tallado por el luto y la piel traspasada por vasos de sombras. Sus ojos color turmalina centelleaban con impaciencia felina mientras Dyrion se inclinaba, murmurando un saludo. Las palabras, en aquel lugar, eran actos de fe: si te escuchaban los muros, quizás respondieran las piedras.

“Eres mi última apuesta, forastero”, zanjó Osenya, agitando la copa de vino negro como sangre. “Otros han bajado y sólo han regresado en sueños que no deseo recordar. ¿Sabes lo que buscas?”.

“Lo imagino”, contestó él, dejando que el chaleco empapado se aferrara a sus costillas. “No el Bastón, sino lo que está a sus pies: algo capaz de arañar el alma.”

La sonrisa de la Reina fue tan afilada como un bisturí. “Conoces bien la fama de mi casa. Bajarás solo, por supuesto. Y si en tres noches no emergieras, me servirás tanto en la muerte como en la vida.” Hizo un gesto, y el aire mismo pareció plegarse a su voluntad.

Eso fue el trato. Y Dyrion, arrastrando los pies en losas desgastadas por siglos de sangre y traición, descendió por la escalera de la cripta. El aire era abrumadoramente pesado, colmado de alquitrán, excremento y miedo. A sus espaldas el chirrido de la puerta era la última memoria del mundo verdadero.

A medida que se adentró, los pasadizos se volvían menos arquitectónicos, más vivos, como si la fortaleza intentara digerirlo. Murmurios brotaban de los muros —señales confusas, rezongos, lágrimas secas—, y la oscuridad se apretaba en torno a él con dedos demasiado humanos, demasiado ansiosos.

Dyrion no temía a la muerte, sino al olvido. Durante años, el saqueo, la violencia y el sexo ilícito le habían proveído de riquezas efímeras y fugaces retazos de gloria. Pero la renuncia era irreversible: su rostro ya no tenía eco en tabernas ni plazas, y su nombre era uno más entre la turba informe de maleantes desaparecidos. Aquí, bajo las piedras de Osenya, la tentación era peor que el peligro. Si lograba sobrevivir, ¿sería acaso el mismo?

Avanzó en soledad hasta que, súbitamente, la penumbra se desgarró en rojo y dorado. Había llegado al vestíbulo de los Estandartes Caídos, un círculo de columnas descarnadas de escudos quemados y estandartes hilvanados con pelo humano. Allí lo esperaban figuras que no envejecían ni exigían, sino que acechaban: tres centinelas de armadura atravesada por líquenes y runas. No le atacaron, sino que le hablaron en coro: “¿A quién buscas, peregrino de la carne y la memoria?”

Dyrion reunió el valor de los huérfanos y respondió: “Al Bastón del Alba Prohibida. A mí mismo, si la suerte me sonríe.”

El centinela de la izquierda —con voz quebrada, amante del hielo— agregó: “Para avanzar, debes dar algo de lo que no puedas prescindir.”

Sus pechos, antes reventados de arrogancia, se desinflaron. Tras titubear, desabrochó la cadena de su cuello, un anillo tosco de cobre roído: la insignia de su padre, tal vez falso, tal vez verdadero, que siempre lo protegió. La arrojó al suelo, y vio cómo una hiedra blanca la devoraba en segundos.

El centinela del centro retrocedió, y un nuevo sendero de huesos emergió, zigzagueando por un lago de aceite reflectante. Dyrion cruzó, la mirada fija en el reflejo negro de un rostro que ya no era el suyo, mientras demonios larvarios se deslizaban bajo la superficie.

Al otro lado aguardaba la Dama Tatuada, piel vestida de garras, ojos delineados de cenizas. Fue célebre entre asesinos, y su linaje era tal que nunca un mismo hombre sobrevivió a su abrazo. Sonrió, y el frío le caló los huesos.

“Organizo banquetes para los monstruos”, susurró. “¿Has traído algo para cenar?”

Dyrion se humedeció los labios. Comprendió al instante: si deseaba avanzar, debía darle un recuerdo preciado, pero oscuro.

“Te doy mi primer asesinato”, dijo, y susurró al oído de la Dama Tatuada los detalles del fuego, la sangre y los gritos apagados en el establo de Charr. Al terminar, la mujer cerró los ojos, masticó el relato, y besó su frente con lengua de sierpe. “Suficiente”, juzgó, apartándose y desvaneciéndose en un suspiro.

El aire olía a esperma rancio y a tierra removida cuando Dyrion penetró la cámara final. Aquí, las paredes temblaban. Había algo colosal encadenado en el centro, una criatura de alas de cuero repujado y torso plagado de ojos. Al verlo, un terror antiguo le mordió la columna, recordándole aquello que su madre murmuraba en las noches más violentas: “Hay cosas que no deben nombrarse, hijo, y otras que nunca deben hallarse”.

El Bastón del Alba Prohibida reposaba sobre un altar de cráneos. No era impresionante en talla, pero sí en presencia; temblaba suavemente, como si la madera roja ocultara bronca, hambre o deseo.

La voz de la criatura le alcanzó sin hacer uso de boca ni aliento. “Tomarás el bastón y te arrodillarás, o retornarás vacío, tu vida sin sentido.” Los ojos —tantos y tan variopintos como recuerdos olvidados— pestañearon al unísono.

Dyrion se detuvo. ¿De qué servía el bastón si lo convertía en otro siervo, otra sombra bajo la voluntad de Carmegg? Pero tampoco quería regresar a la vida de escoria sin rostro, ni resignarse a la condena de Osenya.

Entonces, como tantas veces en su vida, hizo lo impensable. Desenvainó la espada. “No necesito tu magia, ni tu poder. Sólo busco que me recuerden, aunque sea en las historias de advertencia.”

La criatura rió sin dientes. De las cadenas brotaron llamas inquisidoras, el calor de mil soles antiguos. Pero Dyrion se abrió paso, cortando lo que no podía ver, y luchando más con sus miedos que con la criatura real. Entre los aullidos y las maldiciones, la madera del bastón se partió, y su luz —opaca pero vibrante— llenó la altura de la cámara.

El mundo se resquebrajó, y Dyrion cayó, perdido en un vórtice de gritos y espejos rotos, hasta despertar bajo el crepúsculo de Carmegg. No quedaba rastro del bastón, pero un surco nuevo brillaba en su frente —la marca de quien ha domado la oscuridad y rechazado el poder.

Osenya le aguardaba, envuelta en el velo de humo y silencio.

“Fracasaste... o triunfaste como nadie”, musitó la Reina, comprendiendo lo que había hecho. “Ahora vives fuera de la sombra de Carmegg. Sé libre, Dyrion Sin Nombre, y que tu historia no sea nunca contada en susurros cobardes, sino en gritos de hombres y mujeres con hambre de verdad.”

Dyrion dio media vuelta, y descendió la colina, dejando tras de sí la fortaleza y a la reina, trocados ambos en polvo y ceniza, pero también en semilla y renacimiento, porque así era como terminaban las historias en la frontera de Harrow: sin dueño, sin moral, sólo con la certeza salvaje de una vida que había valido la pena desafiar.

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