Fragmento:
Mientras avanzaba, el aire se espesaba. Arren acariciaba la empuñadura de la daga guardada bajo la túnica, aunque sabía que poco bien le haría si el bosque realmente despertaba. A cada paso, las ramas se entrelazaban, susurrando entre sí palabras imposibles de distinguir. Los árboles parecían inclinarse, hombros abultados y cabezas torcidas, vigilando el sutil camino de hiedras. Hacía frío, pero en el aire flotaba el aroma a podredumbre dulce y almizclada.
Duración: 08:08
A nadie se le ocurre cruzar la arboleda de Pannareth después del ocaso. El sendero es tan antiguo como la villa y está flanqueado por robles que parecen haber presenciado la caída de dioses y hombres, retorcidos y henchidos por la humedad y la desesperanza. Dicen que, al pasar entre sus troncos, uno puede sentir la carne propia endureciéndose, los huesos entumeciéndose bajo la piel como si quisieran ser raíces. Cosa de niños y de ancianas locas, murmuran los jóvenes en la taberna antes de hacerse cruces y mirar nerviosos la línea negra en el horizonte donde los árboles susurran.
Pero la noche en la que Arren decidió adentrarse en Pannareth, hacía una luna desfigurada y la tierra bajo sus botas crujía como dientes molidos. La corona del reino, simbolizada desde hacía siglos por una diadema de hierro oscuro, acababa de ser encontrada tras décadas de desaparición. El regente, Lord Bann, la había reclamada la mañana anterior y la noticia corrió por la aldea como un veneno dulce. Pero Arren sabía, como pocos, lo que esa corona implicaba; su familia había custodiado la otra verdad durante generaciones en susurros y plegarias apenas pronunciadas: una maldición tan vieja como el bosque, entretejida con raíces y sangre.
Arren llevaba la marca que todos los de su linaje llevaban: una cicatriz blanca en la base del cráneo, allí donde las viejas nanas decían que la sombra de Pannareth besa a los elegidos. Sabía que si Bann de verdad se ceñía la corona, las raíces de su condena traspasarían la corte, abrirían musgo en los mosaicos del salón y la corte entera moriría lenta y dulcemente bajo su influjo. A él le correspondía impedirlo, porque sólo la sangre de su casa podía caminar hasta el corazón del bosque y arrancar la maldición de donde nació.
Mientras avanzaba, el aire se espesaba. Arren acariciaba la empuñadura de la daga guardada bajo la túnica, aunque sabía que poco bien le haría si el bosque realmente despertaba. A cada paso, las ramas se entrelazaban, susurrando entre sí palabras imposibles de distinguir. Los árboles parecían inclinarse, hombros abultados y cabezas torcidas, vigilando el sutil camino de hiedras. Hacía frío, pero en el aire flotaba el aroma a podredumbre dulce y almizclada.
Bajo sus pies, la senda se desvanecía poco a poco, devorada por maleza y líquenes antiguos. Pronto, el silencio fue tan absoluto que el latir de su corazón sonaba como campanadas en la niebla. Al avanzar, notó la humedad en los pulmones: era como respirar el aliento de un animal moribundo. Se detuvo un instante. “Aquí”, recordó: la piedra hendida, el claro. Historia que su madre le había contado mientras el viento rugía afuera, historia que él, entonces niño, jamás quiso recordar.
La encontró: una losa cubierta de runas ilegibles, musgo goteando como veneno desde las rajas de piedra. Arren se arrodilló y apoyó ambas manos sobre la superficie fría. El bosque, entonces, susurró su nombre.
“Arren... hijo de la marca...”
La voz venía de todas partes y de ninguna. La sentía a ras del oído y rozando el corazón.
“¿Por qué has regresado?”
“Por la corona. Ha sido hallada”, exhaló con esa sinceridad desarmada que sólo da el pavor. “Vendrá otra vez la plaga, vendrá la hambruna. El linaje de Bann no puede gobernarla.”
Procedió a la vieja súplica con voz temblorosa:
“Que la raíz se pliegue, que el hierro olvide. Que la corona no adquiera vida.”
La piedra vibró bajo él, helando sus huesos. Frente a sus ojos abiertos de terror, las runas parecieron encenderse con luz débil, como rescoldos bajo la ceniza. Arren apretó los dientes mientras la tierra a su alrededor pulsaba, elevándose levemente, abriéndose con lentitud dolorosa como si el bosque intentara parir algo espantoso.
Una figura emergió de entre la corteza: nada más que una forma atrapada y vegetativa, con la piel como de raíces y los ojos como mitades de nueces podridas. Llevaba en lo alto de su frente una parodia de corona trenzada en zarzas, de cuya base goteaban perlas negras, savia espesa como la sangre recogida de la misma tierra.
“Todo lo nacido aquí reclama su precio”, sentenció el espíritu. “La corona arranca del dolor la esperanza, la soberanía del sacrificio. No se puede tener una sin la otra. Tu linaje ha sido custodio, pero también carroñero. Si tomas la carga, vivirás como raíz en la sombra. Si fallas, el reino sangrará hasta pudrirse. ¿Qué arriesgas tú, mortal de aliento breve?”
Arren tragó saliva. “Lo necesario.”
La entidad estiró un brazo-ramaje y tocó su frente. El dolor fue inmediato y punzante, como si una garra de hielo le desgarrara la memoria. Arren gritó y, al hacerlo, su grito fue engullido por el bosque, volviéndose un eco ajeno.
Lo vio todo. El origen maldito de la corona: forjada en la guerra, a partir del mineral extraído del corazón del bosque, templada sobre el sacrificio de seres inocentes, los primeros reyes se la ceñían no sólo para gobernar, sino para someter la voluntad misma del bosque a la de la corte. Pero la tierra nunca olvida; con cada generación, el precio fue mayor, las cosechas más magras, los herederos más crueles o más locos. Sólo quienes llevaban la marca —los hijos bastardos de la primera reina y el espíritu del bosque— podían interceder. Y sólo uno de ellos, sacrificado a Pannareth, bastaría para aplacar el hambre de la corona... por un siglo quizá, nunca por siempre.
Mientras caía de rodillas entre el barro, Arren supo lo que debía hacer. En su palma, la daga temblaba, convertida en una astilla negruzca e inhumana. A la entidad ni siquiera le fue necesario hablar; sus ojos como semillas podridas decían todo.
El bosque, mientras, parecía retorcerse aún más. Ramas se curvaban, raíces subían como manos a la superficie, animales sin vida —liebres de ojos ciegos, venados de carne florecida de hongos— se arrastraban en torno al claro, formando un círculo sordo.
Arren alzó la dagger y, su voz hecha humo, comenzó la última plegaria de su clan.
“Por la podredumbre de la raíz, por el hierro de la corona, que la sangre del custodio selle el pacto.”
Guiado por un dolor ancestral, profundizó el tajo bajo su mandíbula, dejando que la sangre manara y humedeciera la piedra. El espíritu extendió una segunda vez su brazo, tomando la sangre y hundiéndola bajo la tierra, que lo absorbió como si siempre hubiese esperado el segundo en que el sacrificio cayera.
Entonces llegó la visión: el regente Bann, en la corte, a punto de ceñirse la corona rescatada, y cómo su gesto era detenido por la súbita grieta que apareció en ella, izando una vena negra sobre el hierro. Bann, lívido, tiró la corona al suelo, y una ráfaga de viento barrió el salón. Las caras alzaron ojos espantados hacia las ventanas, pues en ese instante, el bosque mismo gritó.
Arren supo que no regresaría, que la siguiente primavera no lo encontraría hecho más que raíz y bruma. Pero el reino, por un tiempo más, viviría. El bosque rodearía Pannareth con su silencio ominoso, guardando en su seno la promesa de una tregua temporal.
Al clarear el alba, una niebla densa se cernía sobre la aldea. La abuela Mevre, la única que aún recordaba el idioma de los robles, supo al ver la forma oscura entre los árboles —ni del todo animal, ni del todo espíritu, pero coronada en sombra— que Arren había cumplido su deber. Susurró una oración y cerró la puerta.
Algunos afirman que, desde aquel día, si uno es lo suficientemente valiente o insensato para adentrarse en Pannareth en la vigilia del solsticio, aún puede ver la sombra de Arren, ceñida por un resplandor oscuro, custodiando la frontera entre reino y raíz: el último guardián de la maldición, a la espera de que otro reclame la corona y la tierra retome, una vez más, lo que nunca debió ser arrebatado.
El viento entre las ramas recuerda los nombres y los pactos, y la corona —oculta bajo la piedra hendida, entre raíces que huelen a sangre y eternidad— aguarda, paciente, a su siguiente portador. Porque en Pannareth, todo reina a su precio, y la soberanía tiene las fauces tan voraces como la noche más antigua.
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