Portada del relato El Ocaso de los Doce Portales
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Fragmento:


La ceremonia comenzó justo cuando la luna, engordada de secretos y códigos, trepaba su punto más alto. Un círculo de notables —magos cubiertos de implantes de titanio, sabias con venas de cuarzo pulido, incluso el espectro informe del Viejo Theros— recitaba las letanías del Rupturario, el libro prohibido que sólo se abría cuando la desesperación pesaba más que la tradición. En el centro, una jaula de luz conteniendo la reliquia: el último fragmento de la Esquirla Astral, la chispa tras la que todos anhelaban.

Duración: 08:22

El Ocaso de los Doce Portales
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Texto de ajuste de pausa.

Caía la noche sobre Varloth, y la ciudad, en sus elevados puentes y galerías de cristal, exudaba la luz última de una época moribunda. En su centro, donde los cuatro ríos de plasma cruzaban la Plaza del Vidente, se alzaba el Obelisco de Tersil: un dedo negro levantado hacia los cielos inamovibles, herido por los ciclos de una luna que nunca menguaba. Era ésta una Varloth vieja y cansada, sumida en la melancolía de quienes recordaban tiempos en que los Doce Portales vibraban, y el paso entre mundos era asunto común.

Cuando la brisa crepuscular acarició las altas grúas, Silmara emergió de las sombras como un animal demasiado acostumbrado a la penumbra. Su piel oscura reflejaba las vetas de la luz neón, y la capa, tejida con hilos robados a la noche misma, la confundía con las paredes. Portaba consigo una daga de fulcrio, hoja de otra era, y una culpa que pesaba más que cualquier arma.

Esa noche, el rumor había crecido: se cercaba la Reunión, y los gremios de la ciudad —Saltadores, Albarderos y Hacedores de Ebrios— harían caer su furia sobre los elegidos. Silmara no era parte de ningún gremio. Caminaba entre ellos, a veces como amiga, a veces como sombra, pero siempre con la convicción de que su destino estaba sellado bajo la rúbrica de los antiguos oráculos. No en vano llevaba, grabadas en los hombros, las marcas de la llama y el engranaje.

En la plaza, al pie del Obelisco, ya se agrupaban los emisarios. El aire olía a ozono y sándalo; los brillos de los trajes rituales destellaban bajo la inestable luz azul. Entre los faroles, una silueta delgada se aproximó a Silmara: Garth, del gremio de los Desterrados, aquel con más cicatrices que rostro. Le tendió una mano áspera, adornada por anillos de carne cuarteada.

—Hoy, el vigía de los cielos habla —susurró Garth, mientras el gentío crecía en torno a ellos, como si la ciudad les estuviese observando—. Esta vez, puede que no sobrevivamos a la caída del Horizonte.

Ella le miró a los ojos, sin temor; sólo tristeza, esa vieja compañera.

—¿Por qué seguir guardando la ilusión del regreso? Lo nuestro es polvo y ruina, Garth.

Él soltó una carcajada ronca.

—Y, sin embargo, aquí estamos. Hay quien dice que en la Travesía de los Doce, el último en pie será Rey o Ceniza.

Pero Silmara conocía el precio. En su niñez, cuando su hermano desapareció cruzando el Séptimo Portal, aún creyó en la posibilidad de redención. Ahora, la sola mención de los Portales resonaba en su pecho como un eco hueco.

La ceremonia comenzó justo cuando la luna, engordada de secretos y códigos, trepaba su punto más alto. Un círculo de notables —magos cubiertos de implantes de titanio, sabias con venas de cuarzo pulido, incluso el espectro informe del Viejo Theros— recitaba las letanías del Rupturario, el libro prohibido que sólo se abría cuando la desesperación pesaba más que la tradición. En el centro, una jaula de luz conteniendo la reliquia: el último fragmento de la Esquirla Astral, la chispa tras la que todos anhelaban.

La voz del Portamares, un anciano cuyos ojos eran charcos de mercurio, se alzó:

—En nombre de la Liga y del Sombrío, sellamos la esperanza con sacrificio —entonó—. Quien reclame la Esquirla, portará el Futuro, pero también el Olvido.

Un susurro recorrió el gentío. Una forma imprecisa se agitó al borde del círculo. Silmara, con el bisturí del instinto, percibió el peligro: alguien iba a intentar tomar la Esquirla por la fuerza.

Moviéndose entre los cuerpos sudorosos, divisó a Kael, su viejo amante y rival, ahora pertrechado de armadura espectral. Sus ojos relampagueaban con la promesa de una ambición insaciable. Era su signo favorito: el de la negación y el deseo.

—No lo hagas, Kael. No puedes robarle el destino a la ciudad —susurró, apenas rozando el borde de la realidad con su voz.

Él la miró, y por un instante su resolución titubeó. Pero entonces la algarabía creció, y una estampida invisible los arrastró a ambos hacia la plataforma central.

Las magias cruzaban el aire como relámpagos vivientes. Los Hechiceros de la Estancia Invicta trenzaban líneas de contención, los Albarderos girañaban en torbellinos de gloria y metal, y Kael avanzaba, lanzando hechizos de dislocación. Silmara apenas podía seguirle el ritmo, comprendiendo que, llegados a ese punto, nadie elegía; sólo sobrevivía.

Ella logró abrirse paso hasta la jaula de luz, justo a tiempo para ver a Kael alzar la palma. El fulgor de la Esquirla se reflejaba en sus pupilas.

—¡Detente! —gritó Silmara, apuñalando el suelo entre ambos con su daga de fulcrio. El mundo tembló. Una grieta roja se abrió, y por ella brotaron, no llamas, sino recuerdos: una infancia robada, los ecos de canciones olvidadas, la sonrisa de un hermano que ya no era.

Kael vaciló. Las sombras titilaron como un árbol bajo el viento.

—Hemos intentado todo, Silmara… Todo menos aceptar el final —dijo él, casi como una súplica.

—¿Y quién eres tú para decidir el fin? —ella replicó, la voz firme en su fragilidad.

El círculo de notables se crispó. El Portamares hizo un gesto: la jaula se disolvió y la Esquirla quedó suspendida, flotando entre ellos. La tensión, palpable, era un hilo de acero al borde de quebrarse.

Fue entonces cuando la luna, inhóspita y voraz, retumbó en el cielo. Un segundo sol, azul y frío, apareció tras la primera, haciéndose cada vez más real hasta devorarla. En ese cataclismo silente, los Portales —largos y dormidos— comenzaron a crujir y abrirse, uno a uno, escupiendo vientos ácidos, gemidos extraños y destellos líquidos de imposibles colores. La multitud perdió su compostura; algunos cayeron, otros huyeron destrozando quienes se interponían.

Silmara sabía, en lo más hondo, que aquel era el destino tanto temido: el regreso de lo Innominado, de las fuerzas que los Doce Portales, durante siglos, habían contenido. Ahora era la hora del juicio y la sangría.

La Esquirla ardía entre sus dedos. Supo, con certeza antigua, que podía usarla para sellar los portales de forma definitiva. Sabía también que hacerlo la consumiría, arrancando no sólo su vida, sino toda memoria de ella. Ni Kael, ni la ciudad, ni los dioses —si es que alguno seguía vigilando los hilos— recordarían a Silmara. Pero si no lo hacía, la ruina sería total.

Kael, arrodillado y vencido, la miró una última vez.

—No mereces este sacrificio —susurró, con la voz quebrada—. Yo no merezco tu perdón.

—El perdón es tan volátil como el destino —replicó ella—. Sólo queda el acto.

Afirmó la Esquirla en la palma y, a través de la daga, hundió su propia voluntad en la grieta del mundo. Clamó palabras ancestrales, robadas de la lengua del Primer Horizonte, y la luz devoró sus formas, consumiendo el tiempo y las imágenes. Los Doce Portales sollozaron al cerrarse, uno tras otro, con un estrépito que nadie escucharía más.

***

La mañana llegó, fría y limpia. El Obelisco de Tersil seguía erguido en la plaza, y la luna —ahora única y pequeña— descansaba sobre la ciudad. Nadie recordaba la noche anterior, ni a la mujer de capa oscura que anduvo entre sueños y motines. Kael, vagando bajo los puentes de cristal, sentía en el pecho un hueco inexplicable, como si hubiese amado a alguien cuya cara ya no podía recordar.

La ciudad continuó, como hacen las ciudades; reconstruyendo y adaptando, olvidando y maldiciendo, celebrando celebraciones cuyo origen ya no comprenden. Sin embargo, si uno aguzaba bien el oído, en los rincones de Varloth, se alcanzaba a escuchar un eco ajeno, un susurro de heroísmo en la penumbra.

Donde desaparecen los nombres, a veces florecen las leyendas. Y de Silmara, la olvidada, quedó sólo un vestigio: el súbito temblor en la luna, la promesa de que el sacrificio, incluso el anónimo, es la semilla última del renacer.

Y los Doce Portales, eternamente cerrados, vigilaron la ciudad bajo la sangre azul de la luz distante, recordando a nadie y amando a nada, pero cumpliendo, a su manera silente, la última voluntad de una sombra que fue llama.

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