Fragmento:
El calor apretaba el bosque, y Vara sentía cómo la realidad misma se volvían flexible alrededor de ella. Como si aquello que era seguro —las raíces, la piedra, la palabra— se fragmentara. Oyó entonces la voz del dragón detrás de sus ojos.
Duración: 07:50
Vara caminaba descalza sobre la tierra negra del Claro, un espacio elíptico bajo el dosel de los árboles más viejos del País-Gris. Lo que la había despertado esa mañana no era el rumor habitual de los mimbres ni el graznido de los nuals en celo, sino una ausencia palpable: el aire estaba quieto, denso como seda mojada, y ninguna hoja—ni siquiera la temida afra, con sus filos de sombra—se movía. Vara sospechó, antes de abrir los ojos, que aquel silencio era algún mensaje.
La villa dormitaba detrás, pequeña y borrosa. Los humanos del País-Gris raras veces veían más allá de las rutinas, una fortaleza vulgar hecha a golpes de resignación. Pero Vara, que era hija de Ethren y nieta de la bruja de Cálida, tenía una debilidad obstinada por lo invisible. Oía la fuerza de las raíces, hablaba con el humo y, desde los ocho años, soñaba con dragones. No los dragones de las baladas —bestias aladas, codiciosas y escupefuego—sino seres que viven entre las capas del tiempo, tan cercanos que producen un eco en los huesos.
A media tarde, Vara sintió que era necesario ir al Claro. Era el lugar donde las cosas cambiaban de forma imperceptible: las estaciones, las voces interiores, la red fracturada de la memoria. Sentóse bajo la rama caída de un roble antiguo y, con un fragmento de obsidiana, comenzó a trazar círculos en una corteza. La noche anterior, su abuela le había susurrado en sueños: “La brújula del río está rota, y si no la reparas, el País-Gris perderá su memoria.”
“¿Qué memoria?” preguntó ella, pero la abuela sólo rió, arrastrando consigo una hilacha de viento.
Vara sabía que la brújula del río no era una brújula convencional. Era un mito, una promesa. Durante generaciones, las mujeres de su linaje la habían nombrado cuando una época moría y otra apenas nacía. Era el punto donde, según decían, todas las direcciones eran posibles: hacia la luz, hacia la sombra, incluso hacia el olvido. Si la brújula estaba rota, los senderos podrían torcerse hasta quedar irreconocibles, y hasta los dragones, dormidos en el margen del mundo, podrían extraviarse.
El calor apretaba el bosque, y Vara sentía cómo la realidad misma se volvían flexible alrededor de ella. Como si aquello que era seguro —las raíces, la piedra, la palabra— se fragmentara. Oyó entonces la voz del dragón detrás de sus ojos.
“Ven”, murmuraron las escamas. “Ven a buscarme donde la memoria se cruza consigo misma.”
La bruja de Cálida le había contado de Eltan, el dragón más viejo y único, que vivía en el Recodo del Río, donde el tiempo se pliega y guarda cicatrices. Para llegar, debía seguir un sendero trazado sólo en el pensamiento. No en la tierra, sino en el recuerdo. Así, Vara cerró los ojos, escuchó su propio pulso como si fuera el tam-tam de un tambor tribal, y dejó que su cuerpo se hiciera liviano como el deseo. Cayó, o voló, o simplemente anduvo, hasta que perdió el nombre de sí misma.
El Recodo del Río no era un lugar, sino un pliegue de conciencia. Vara estaba allí al recordar su niñez, la tristeza de la madre que nunca hablaba, el júbilo de la abuela con su infusión de risas y hierbas amargas, el abrazo del río sobre su tobillo cuando el verano hervía. Allí, aguardaba Eltan.
“Has venido,” dijo el dragón, su voz como la caída de una tarde lluviosa sobre un toldo de paja.
Vara no veía brillos ni escamas ni garras, sino una silueta vasta y movediza, como el vapor en la corteza de los árboles.
“He venido porque la brújula está rota,” respondió Vara, con la dignidad de quien habla con una verdad desnuda.
“¿Por qué crees que puedes repararla?” preguntó Eltan, no con arrogancia, sino con la curiosidad del que cuestiona la sinfonía de la creación.
Vara quiso decir: “Porque soy de tu linaje. Porque pertenezco a la memoria.” Pero lo supo inútil. Las palabras eran pellejo, no hueso.
En cambio, Vara desenrolló una cinta azul que llevaba atada al tobillo. No recordaba haberla colocado ahí, ni por qué. Era apenas un trozo gastado, bordado con una espiral apenas visible. La abuela solía decir que las espirales eran mapas hacia sí mismas. Sostuvo la cinta ante el dragón y, por un momento, creyó ver en el reflejo lo que había sido alguna vez: la niña huérfana y testaruda, a la que los otros niños llamaban “blanda” porque lloraba ante el olor de las flores aplastadas.
Eltan exhaló un vaho cálido, y el aire mismo pareció girar. Vara vio entonces la raíz de la brújula, oculta como un dolor antiguo. Era un corazón partido, una promesa de regreso. La memoria del País-Gris no era una historia, sino una marea. Los humanos olvidaban que olvidar es la forma de recordar, y que los dragones son custodios de ese doblete inasible.
“Para reparar la brújula,” susurró Eltan, “has de dar un nombre a la pérdida. Sólo así hallarás el centro entre tantas vueltas.”
Vara se inclinó. Había muchos nombres posibles: Madre que se fue. Abuela que se convirtió en viento. Infancia rozada por demasiados silencios. Sin embargo, algo en la traza de la espiral la impulsó a decir: “Extraviada. Así te llamaré, Pérdida. Y al nombrarte, te haré visible.”
Al pronunciar la palabra, el caudal del río tembló, los sauces inclinaron sus ramas sobre el agua, y un destello azul surcó la orilla como una promesa. Vara sintió el pulso del País-Gris, entre la tristeza y la esperanza. El dragón sonrió, mostrando la hondonada de una boca que era todas las bocas y ninguna.
“Ahora puedes partir. Llévate la espiral. Y cuando regreses al mundo, no temas el olvido. Es parte de lo que eres.”
Despertó de golpe, cubierta de escarcha y fragmentos de corteza. El sol pendía bajo y amarillo. Con la cinta azul en la mano, Vara regresó a la villa—un lugar más pequeño y más grande de lo que recordaba. Allí, los ancianos murmuraban sobre un temblor sentido en el bosque, los niños jugaban a nombrarse unos a otros con palabras inventadas, y los árboles susurraban una melodía sin nombre.
Por las noches, Vara se sentaba junto al fuego y relataba la historia de un dragón que vive en la memoria. No todos creían; algunos se burlaban, otros callaban y removían el caldo. Pero un resplandor nuevo ardía a sus pies. Poco a poco, aquellos que la escuchaban notaban sus propias pérdidas: caminos cerrados, amores que nunca prosperaron, deseos barridos por la costumbre. A través de la historia, sus pérdidas se volvían visibles, y al nombrarlas, pasaban a formar parte del mapa común. Era la “geografía de lo extraviado”, lo llamó una anciana, tomando vino y llorando sin tristeza.
Una noche, mientras Vara recogía leña bajo la luna, escuchó de nuevo el rumor de las escamas.
“¿Estás sola?” preguntó la voz, tan lejana y cercana como el movimiento de las estrellas.
“No,” respondió Vara. “Aquí están mis pérdidas, y las de muchos más. Aquí me encuentro.”
Un brillo azul danzó entre los cerezos, y Vara, por primera vez, no sintió el peso de la herencia, sino su posibilidad. La brújula estaba reparada —no porque todo estuviera resuelto, sino porque el sendereo hacia lo incierto podía ser transitado. El País-Gris dormiría, soñaría y, como todos los mundos vivos, recordaría a través del olvido.
A veces, dicen, a medianoche, un dragón azul cruza el claro, invisible y presente, guardián de las pérdidas nombradas y de las que aún no han sucedido. Y quienes escuchan, quienes miran la espiral en la corteza de un árbol o en la cinta gastada de un tobillo, caminan con algo menos de peso en los hombros. El País-Gris aprendió a moverse entre la luz y la sombra, entendiendo que toda memoria es una bestia fabulosa, y que los dragones no escupen fuego, sino tiempo.
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