Fragmento:
En los primeros niveles vagaban ángeles caídos y otras apariciones, apenas sombras de lo que fueron. Aullaban nombres olvidados. No había esperanza en esas criaturas; sólo eco de derrotas y promesas desenfocadas. Como Eriel, algunos seguían avanzando, buscando el rumor apenas susurrado de las Diosas.
Duración: 08:29
La brisa nocturna era fría y cortante en la planicie de Yashavell. Bajo un cielo de retazos rotos donde nunca terminaba de amanecer, Eriel recordaba los corrillos de su infancia con la inocencia de quien ha olvidado mucho. Caminaba sola desde hacía meses, con el polvo formando parte de su piel y el peso invisible de los sueños quebrados apretando sus huesos. Habría resultado fácil ceder al cansancio, dejarse sepultar por la melancolía y fundirse así en el olvido que aguardaba en las piedras grises, pero algo la empujaba más allá de la fatiga: el rumor persistente que corría entre los desterrados, la promesa de redención escondida en lo más alto del Bastión de Cuarzo.
Eriel, antaño guerrera de las huestes celestiales, portaba aún las cicatrices de su caída. No era ni la más fuerte ni la más valiente de los caídos, pero su nombre, una vez pronunciado en festines y cánticos, se hallaba ahora manchado de barro y sangre. Caminaba, pues, buscando respuestas o —al menos— sentido a su exilio. Un exilio cuyas razones zumbaban y retumbaban en las paredes de su mente, porque no podía olvidar la causa por la que fue arrojada de las alturas: una mirada compartida, unos labios apenas rozándose, un acto de humanidad allí donde sólo debía haber obediencia y poder.
Al Bastión llegaban como ella otros exiliados. Habían oído la misma historia repetida entre susurros: en lo alto de la fortaleza cristalina residían las Diosas de cristal, deidades antiguas y frágiles, guardianas de un secreto capaz de restaurar los fragmentos del alma desgarrada. Eriel, como muchos otros, temía que no fuera más que mito, pero necesitaba creer.
La primera visión del Bastión fue casi dolorosa. Clavado en el horizonte desmenuzado del crepúsculo eterno, emergía monumental y etéreo. Cada muro, hecho de un cristal pálido y entreverado de luz, reflejaba sin pudor las penas y culpas de quien se acercaba. Eriel se sorprendió escrutando las paredes, y por un instante creyó verse de niña, luego guerrera y por último abatida entre humillaciones. Aquello le dolió más que cualquier herida.
En los primeros niveles vagaban ángeles caídos y otras apariciones, apenas sombras de lo que fueron. Aullaban nombres olvidados. No había esperanza en esas criaturas; sólo eco de derrotas y promesas desenfocadas. Como Eriel, algunos seguían avanzando, buscando el rumor apenas susurrado de las Diosas.
Los pasillos se estrechaban, las escaleras ascendían en espirales imposibles. De cuando en cuando, una figura se arrodillaba, temblorosa, incapaz de avanzar. Aquellos que caían en la desesperanza quedaban petrificados en el cristal de las paredes, una suerte de condena perpetua: desfilar entre formas desvanecidas que sólo existían al borde mismo de la realidad. Era un aviso. El Bastión premiaba la determinación y castigaba la duda.
Eriel, exhausta, alcanzó la antesala del salón superior cuando la oscuridad empezó a espesarse. Allí, la esperaban otros tres caídos. Estaba Arkhos, cuya caída había desgarrado siete ciudades en los Altos Jardines, ahora apenas una sombra corpulenta mascullando plegarias. Estaba Mael, la danzarina de alas carmesí, conocida por su belleza más que por su piedad. Y estaba Nyr, de quien decían que aún recordaba el sabor de la sangre divina. No se saludaron, pues ninguno necesitaba palabras para comprender por qué estaban allí.
La última puerta era una losa translúcida. Tenía talladas innumerables lágrimas, y por un momento Eriel dudó si eran de gozo o pesar. Cuando la empujó, un dolor helado le recorrió los nervios. Sintió los recuerdos más antiguos —sus alas extendiéndose bajo cielos no contaminados, la caricia de la voz de su creadora— y la muerte de todo aquello retumbando muerta entre sus dedos.
Dentro había una sala inmensa, iluminada tan sólo por el resplandor sedoso de seis figuras inmóviles. Las Diosas de cristal. Parecían talladas en hielo y perla, y la luz les cruzaba por dentro como corrientes de un río estelar. Su belleza era triste e inhumana; el rostro de cada una tenía múltiples ángulos, reflejando docenas de expresiones a la vez—compasión, severidad, rencor, anhelo. Sin hablar, invitaban a los recién llegados a acercarse.
Arkhos intentó hablar, pero su garganta sólo emitió gruñidos; la Diosa más cercana, esbelta y de cabellos largos de vidrio azulado, alzó una mano y la sala entera vibró con una voz interna.
—¿A qué aspiráis? ¿Redención, olvido, venganza? ¿Por qué creéis que el don del regreso os pertenece?
Mael fue la primera en contestar. Cuando habló, su voz temblaba pero era firme: —No quiero volver a las alturas. Sólo busco cerrar la herida. La memoria me mata más que el exilio.
La Diosa la escrutó. Sus ojos se multiplicaron, se clavaron en Mael hasta desnudarla por dentro. Eriel sintió la respiración entrecortada de la danzarina, el modo en que sus rodillas se vencían.
—Tu dolor es verdad, pero no reconoce tu culpa —sentenció la Diosa, y un haz de luz recorrió el cuerpo de Mael, fundiéndola en una estatua translúcida, expresión de angustia perpetua.
Arkhos clavó entonces sus ojos en las Diosas y murmuró: —Yo ardo por venganza. Fui traicionado por quienes más amaba. O dadme mi rabia o dadme el olvido.
La segunda Diosa, de rotundos cabellos que parecían cascadas minerales, deslizó un dedo a lo largo del pecho de Arkhos. Donde tocaba, la piel se volvía transparente. —Eres tu propia traición. Ni olvido ni venganza. Eres ausencia.
Arkhos se deshizo como lágrimas gruesas, absorbidas por el suelo.
Nyr, con una tristeza que parecía más antigua que la sala misma, habló: —No pido nada. Vine a recordar que alguna vez fui digno de elevar mi voz, siquiera un instante.
Las Diosas guardaron silencio más largo. Finalmente, la menor de ellas, destellando tonos jade y amatista, articuló: —Quien no pide merece ver más allá. Pero el ver es carga.
Clavó la mirada en Nyr, y Eriel observó cómo una corriente de luz ascendía, fusionando la conciencia de Nyr con las paredes del Bastión, de modo sutil y hermoso. Nyr ya no era presencia; era comprensión disuelta, conciencia en el flujo.
Sólo Eriel quedó ante las seis. La sala era un mausoleo. No hablaba, ni temblaba. Alternó su mirada entre cada Diosa, todos los ángulos de sus propios símbolos.
Finalmente, la Diosa central —la que irradiaba luz luna— bajó del pedestal y, andando casi humana, tomó la mano de Eriel. —¿Comprendes tu propio motivo?
Eriel bajó los párpados. Había dejado de considerar la redención. Se le escaparon lágrimas sin detenerse. Recordó todo: el gozo, la traición, la soledad, la compasión por aquellos que caían, el deseo de ser, simplemente, ella. La voz le brotó al fin:
—No busco perdón. Ni castigo. No hay regreso. Sólo quiero entender si el amor, aún prohibido, puede merecer el frío del abismo. Si lo hermoso alguna vez es suficiente para que exista el dolor.
La Diosa la miró, y Eriel creyó ver en ese instante —en los ojos construidos de mil ángulos de cristal— el reflejo de su propia soledad, de mil otros exiliados, de todos los mundos deseando su propio sentido.
—Lo hermoso —susurró la Diosa, y su mano tembló—, es siempre suficiente, pero nunca garantiza redención ni castigo. Lo hermoso existe, y eso duele a quienes ansían razones. Somos condenadas a sostener este Bastión, presas de la belleza y el deber. Vosotras, quienes caísteis, os rebelasteis ante ese equilibrio. Quizá eso sea el único significado que alguna vez exista.
Eriel, agotada, sintió por primera vez en siglos que su alma era libre de anhelos. No había juicio, sólo aceptación. No ascendió, ni fue borrada. Se quedó, y con el paso de las eras se convirtió en leyenda: la errante en el Bastión, la que camina junto a las Diosas de cristal, escuchando los motivos de cada nuevo caído, susurrando en la noche el consuelo que sólo reconoce quien ha perdido todo y, aun así, se atreve a amar.
En Yashavell, el horizonte sigue resquebrajado y la noche, interminable; pero los caídos saben ya que, en lo alto de la fortaleza, alguien escuchará sus razones sin convertirlas en sentencia, y a veces, sólo a veces, una débil luz azul se asoma tras los cristales, como señal de que la esperanza puede subsistir, incluso allí donde creímos imposible la belleza.
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