Portada del relato La luz de las profundidades
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Fragmento:


Una vez cada siete lunas, los Señores de Abajo emergían de las zonas más profundas, justo cuando la temperatura descendía hasta helar las estalactitas y las salamandras de piedra asomaban su hocico bajo los charcos ácidos. La ceremonia no era cruenta, pero sí implacable. Lira había crecido mirando cómo se preparaba el homenaje: cestas y cuencos llenos de raíces azules, la sangre de los animales más viejos, y a veces —aunque menos ahora que el hambre apretaba— una ofrenda de carne fresca tomada de los propios vivos. Un dedo, una oreja, la lengua de algún difunto; nada era desaprovechado.

Duración: 08:41

La luz de las profundidades
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Texto de ajuste de pausa.

***

A lo largo de toda la vida de Lira, su pueblo no había conocido más que penumbra. Un crepúsculo eterno se filtraba a través de la roca, donde sólo la escasa bioluminiscencia de hongos y líquenes marcaba la diferencia entre el día y la noche. El asentamiento —ciento cincuenta almas si se contaban los gemidos de los niños envolviéndose en mantos de seda gastada— se apiñaba a lo largo de una vasta caverna arqueada, labrada a través de generaciones en la profunda raíz de la montaña.

El viento, cuando lo había, llegaba tembloroso y frío, arrastrando consigo ecos de mundos tan lejanos que bien podrían ser mitos. Lira recordaba las historias susurradas al calor de los braseros mugrientos: de cómo los primeros huyeron de la furia de la superficie, del sol inclemente y las aguas venenosas, buscando refugio en la entraña de la tierra. Nadie entre los vivos recordaba ya cómo era el mundo allá arriba, pero algunos decían tener sueños de un cielo inmenso y de un sol tan vasto que podría quebrar el alma si se le miraba demasiado.

No era el miedo lo que condicionaba la vida de Lira y los suyos, sino el pacto. Un acuerdo sellado mucho tiempo atrás, cuando todavía existía la esperanza de volver a ver los días luminosos, aunque sólo hubiera sido en la memoria de los abuelos de los abuelos.

Una vez cada siete lunas, los Señores de Abajo emergían de las zonas más profundas, justo cuando la temperatura descendía hasta helar las estalactitas y las salamandras de piedra asomaban su hocico bajo los charcos ácidos. La ceremonia no era cruenta, pero sí implacable. Lira había crecido mirando cómo se preparaba el homenaje: cestas y cuencos llenos de raíces azules, la sangre de los animales más viejos, y a veces —aunque menos ahora que el hambre apretaba— una ofrenda de carne fresca tomada de los propios vivos. Un dedo, una oreja, la lengua de algún difunto; nada era desaprovechado.

Por eso, cuando le llegó el turno a la familia de Lira, no hubo protestas. Su hermano menor, Thio, fue llamado para acompañarla: un honor, según su madre, cuyo rostro ocultaba el pánico tras la máscara de deber aprendido.

La noche previa a la ceremonia, Lira y Thio se acurrucaron bajo una manta áspera, escuchando cómo el rumor del agua se colaba por entre la roca. Thio, con sólo nueve años, aguantaba la respiración cada vez que escuchaba crujir el suelo bajo los pies de una criatura más grande. Lira, con diecisiete, había aprendido a disimular el miedo; lo guardaba en un rincón al que nadie tenía acceso.

—¿Qué pasa si me escogen, Lira? —musitó su hermano.

—No pasa nada. Dicen que los elegidos no sufren. Los llevan más abajo, al Gran Vacío, y allí descansan, protegidos de todo.

Sabía que Thio no creía la mentira. Tampoco ella lo hacía ya.

Pero cuando caminaban hacia el Risco del Eco, escoltados por dos ancianos cubiertos con prendas tejidas de algas y polvo, Lira apenas podía pensar en nada más allá del pulso en su garganta. El Risco, la zona ceremonial, era donde la roca se abría en un tramo de abismo tan negro que hasta el sonido parecía perderse tras lamentos lejanos.

Allí esperaban los Señores de Abajo. Sus cuerpos se difuminaban con la oscuridad, casi invisibles salvo por las líneas de neón bioluminiscente que recorrían sus extremidades y rostros, como ríos de lava en la noche. Lira los había visto una o dos veces, cuando apenas podía caminar, y su recuerdo era sólo un destello de horror y fascinación entrelazados. No eran bestias, sino algo distinto; demasiado elegantes, demasiado conscientes.

El más alto, equipado con brazos rígidos que se abrían en abanicos de punzantes dedos, se adelantó. Giró el rostro —ovalado y sin boca, pero con dos pares de ojos de obsidiana líquida— hacia Lira primero, y luego hacia Thio.

—Hijos de la sequía —resonó una voz sólo audible en la cabeza de Lira, como una grieta abriéndose en piedra—. ¿Quién portará el vínculo?

Quienes no estaban acostumbrados a la voz de los Señores a menudo caían desplomados, aturdidos de dolor o terror. Lira se mantuvo firme.

—Yo —dijo. Quiso volverse hacia su hermano, pero el temor la mantuvo rígida.

El Señor la miró largo rato. Tal vez la juzgaba, tal vez sólo recordaba; su especie era, según decían los viejos, tan antigua como las propias cavernas, tal vez más. No respondieron con rabia ni con piedad. Una mano resbaló, casi líquida, por el aire y tocó la frente de Lira. Sintió un frío inhumano calar sus huesos, y luego… nada.

Despertó en la oscuridad. A diferencia de la cerrazón familiar de la aldea, esta tiniebla era total, abrumadora. No podía mover las extremidades, no porque estuviera atada, sino porque algo en la atmósfera de aquel lugar —el Gran Vacío, comprendió en seguida— anulaba su deseo de moverse. No sentía miedo; más bien, una especie de resignación que rayaba en letargo.

—Despierta —susurró una voz, distinta de la que había escuchado en la ceremonia.

Era aguda, pulsante. Lira sintió una presión detrás de los ojos, seguida de una súbita ráfaga de imágenes: cavernas más profundas aún, corredores brillando como dientes, enjambres de criaturas sin nombre deslizándose entre paredes cubiertas de savia.

Frente a ella, surgió una figura más pequeña, menos imponente que los Señores: parecía un animal escurridizo, pero tenía una mirada tan hábilmente humana que Lira sintió un estremecimiento de soledad.

—Eres la heralda de arriba —anunció.

—No soy nada —replicó. La voz le sonó extrañamente apagada—. Nadie quería esto.

El ser giró sobre sí mismo, mostrándole una especie de túnel que serpenteaba lejos, como el conducto de una arteria. A cada lado, surcos brillaban débilmente con el paso del extraño.

—¿Por qué el pacto? —preguntó Lira.

El ser pareció pensarlo antes de responder.

—Porque arriba olvidásteis el equilibrio. La roca necesita sangre. Los ciclos deben cerrarse. Si no, todo arriba y abajo termina en hambre.

—¿Y qué soy entonces, tu sacrificio?

No, sacrificio era morir. Aquello era peor, o tal vez más cruelmente necesario. El ser ladeó la cabeza.

—Eres el puente. Cuando los Señores de Abajo sienten hambre, la vibración llega hasta la superficie. A través de ti, sostienen la piedra. Si mueres, los túneles colapsan. Si vives, serás la voz entre ambos mundos. Un eco entre el arriba y el abajo.

Lira entendió, entonces, por qué nadie regresaba. No era cuestión de violencia ni de muerte, sino de transformación. Los elegidos servían como anclas, comunicadores, atrapados en el gris espacio entre especie y especie, sin pertenecer nunca más a ninguna.

La criatura se acercó, sus ojos anegados de compasión. Tocó la frente de Lira, y sintió cómo su mente se expandía, conectándose con otras presencias. Vio recuerdos dispersos: aldeanos bajo el sol ardiente de la superficie, niños jugando en ríos de leche, criaturas de las profundidades levantando ciudades hechas de hueso y luz.

Y vio, también, la última emergencia del colapso: cuando hacía siglos, los túneles amenazaron con tragarse todo lo que quedaba de humanidad bajo toneladas de granito y obsesión. El pacto salvó a unos pocos… al precio de esclavizar a otros.

Por días —o semanas, o quizás años: era imposible medir el tiempo allí— Lira habitó el limbo de los intermediarios. Escuchó los pensamientos de los Señores de Abajo: su deseo de equilibrio, su añoranza por la superficie de la que también huían. Los humanos, tras generaciones de pactos, nunca lo supieron. Habían temido a los seres, mientras los seres temían romper el frágil lazo que evitaba la extinción de ambos.

Cuando al fin Lira volvió en sí, sentada en la caverna ya familiar, la ceremonia había terminado. Thio y los suyos la miraban como si jamás se hubiera ido, pero Lira sentía el eco de aquel abismo latiendo en su pecho: el rumor de miles de voces y recuerdos confundidos.

A partir de aquel día, se convirtió en la intérprete de los límites. Hablaba con los seres de abajo, mediaba en los dilemas de su gente, enseñando que el temor es sólo una forma de amor distorsionado. Sus días transcurrieron a caballo entre la penumbra y la bioluminiscencia, entre el frío mineral y los susurros de infancia.

Nunca volvió a ver el sol. Pero tampoco volvió a temer lo que acechaba bajo la piedra. Porque supo que el verdadero abismo, el más temible e inabarcable, era el que existía entre la ignorancia y la comprensión. Y en ese eco de la espina —en esa delgada línea que separa monstruos de mártires— Lira halló, al fin, una paz imposible en cualquier otro lugar.

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