Portada del relato El canto de los relojes invisibles
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Fragmento:


La ciudad parecía hecha para este tipo de olvidos. Cronópolis no tenía relojes, no celebraba aniversarios, y las ventanas de los apartamentos eran tan reflectantes que a veces uno se preguntaba si alguna vez había existido el día tras el cristal. Los únicos que recordaban en Cronópolis eran los encargados de la Sincronía, una casta de vigilantes nocturnos con ojos de cuarzo y las uñas, decían, manchadas de la tinta que usaban para borrar horas del calendario colectivo.

Duración: 07:32

El canto de los relojes invisibles
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Texto de ajuste de pausa.

Alina siempre despertaba sobresaltada, con el alfiler frío de los recuerdos deslizándose por su nuca. Pero nunca recordaba qué los provocaba; era una sola imagen, un destello morado bajo sus párpados, y el eco de una voz —la suya, quizás— susurrándole: “todavía no es tiempo”.

La ciudad parecía hecha para este tipo de olvidos. Cronópolis no tenía relojes, no celebraba aniversarios, y las ventanas de los apartamentos eran tan reflectantes que a veces uno se preguntaba si alguna vez había existido el día tras el cristal. Los únicos que recordaban en Cronópolis eran los encargados de la Sincronía, una casta de vigilantes nocturnos con ojos de cuarzo y las uñas, decían, manchadas de la tinta que usaban para borrar horas del calendario colectivo.

Pero Alina no formaba parte de los Sincrónicos, ni aspiraba a serlo. Su oficio era más humilde: restauradora de cuentos. Entre pilas de volúmenes donde la imprecisión del tiempo se convertía en leyenda, ella rescataba palabras casi extinguidas y las cosía tal como se remiende la seda raída de una cortina vieja. Por su taller desfilaban historias irrepetibles: La mujer que olvidó morir, El gato que cazaba minutos, El barrio que solo podía soñarse en domingo… y, una vez, un libro tan gastado que la portada era casi invisible: El canto de los relojes invisibles, leyó, susurrando la caligrafía apenas visible.

Aquel día, cuando abrió el libro, un peculiar aroma la envolvió, parecido al azogue y al jazmín marchito. Y la voz —esa voz dormida en su memoria— le susurró, distinta esta vez: “Recuerda, o Cronópolis te devorará”.

La restauración resultó extrañamente difícil. Algunas palabras desaparecían tan pronto como intentaba recomponerlas. Otras aparecían con matices ajenos, distorsionadas, como si fuesen palabras de otra lengua superpuestas sobre la suya. El tiempo —se percató Alina— no solo se olvidaba en la ciudad: se reescribía. Y ella misma empezaba a perder la noción de los días, sintiendo cómo la noche se derramaba imparable dentro de su cerebro.

La noche del quinto intento —había dejado de contar pero sus fuerzas lo sabían— alguien llamó a su puerta. Un Sincrónico, vestido de negro satinado, la miró con ojos compasivos y un destello de advertencia.

—Has abierto un umbral, restauradora. El canto de los relojes no era para ti.

El Sincrónico le mostró un espejito pequeño. En él, Alina vio por un instante las torres plateadas de Cronópolis y miles de relojes flotando en el aire, estallando y recomponiéndose infinitamente.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, temblorosa.

De la boca del Sincrónico emergió solo una palabra: “Decide”.

Fue entonces cuando Alina sintió cómo se desgarraba públicamente su memoria y vistas se le deslizaban entre los dedos. Vagó por sus recuerdos como quien camina por un teatro derrumbado. Retazos de su infancia, de su madre, de su primer amor, de los cuentos contados junto al fuego. Todo borroso, imposibilitado de recuperarse.

Decidir: ¿deseaba recordar o prefería sumergirse en la corriente dulce del olvido que Cronópolis ofrecía?

En la penumbra del taller, rodeada de libros que aún susurraban cuentos olvidados, comprendió que solo quien recuerda puede crear. Y Cronópolis cada vez se hacía más gris, más ausente, más hostil a la creación —porque crear es subversivo para quienes comercian con el tiempo.

Buscó una salida, sabiendo que los caminos de Cronópolis no son tales, sino espejismos de trayectorias grabadas en una memoria colectiva quebrada. Afuera, la ciudad murmuraba un gélido viento entre las antenas. Imaginó que la molécula de neón que flotaba en el aire era una palabra extraviada, esperando ser encontrada. “No recuerdo la primera vez que me olvidé”, pensó. “Eso, justamente, es lo que me diferencia de ellos”.

Así comenzó su deambular por lugares vedados: el bajo mundo de la Memoria Negra, donde personas intercambiaban recuerdos prohibidos por instantes de placer; el invernadero de los Ecos Sintéticos, una cúpula de cristal repleta de flores transgénicas, cada una manufacturada con el eco de una historia eliminada por los Sincrónicos; el palacio de la Cronoenfermería, donde los que olvidan demasiado rápido terminan convirtiéndose en sombras estáticas, condenados a revivir el mismo segundo eternamente.

En uno de los invernaderos, se le acercó una anciana con la cabeza tocada por una diadema de cables-luz.

—Deja ese libro —le aconsejó—. Es una trampa. Todo lo que restaure este lugar acaba reescribiéndote a ti. La ciudad se alimenta de quienes intentan recordar.

Alina se aferró más fuerte a El canto de los relojes invisibles, sintiendo cómo cada página era una lija sobre sus pensamientos. En un arranque de rebeldía, comenzó a escribir de nuevo, intentando revivir los párrafos borrados por el tiempo. A cada palabra que sumaba, sentía también que perdía un nombre, un color, la forma de una nube pasada.

Finalmente, comprendió la paradoja: restauraba al costo de su propia memoria. Cuanto más escribía, más olvidaba.

Desesperada, se encontró una madrugada ante la plaza central. Ahí, todos los jueves (ella lo supo sin saber cómo) los Sincrónicos organizaban una ceremonia en la que el reloj central —oculto a simple vista, pero presente en el pulso de todos los habitantes— emitía una vibración inaudible. Era el momento en el que la ciudad “olvidaba” otra semana, condensando todos los errores cometidos y los amores no vividos en un olvido ceremonial.

El libro rugió en sus manos. Alina supo, entonces, que todavía podía recordar algo esencial. Corrió, empujando a los asistentes, mientras el Sincrónico de antes le cortaba el paso.

—Te advirtieron —dijo implacable—. Cronópolis no permite la memoria individual.

Alina levantó el libro. Gritó, con una voz que se sentía prestada: “Yo sí recuerdo mi verdadero nombre”.

Un destello la sacudió. La plaza se deshizo en fractales, los rostros del público estallaron en miles de cristales, y de entre la penumbra emergió una segunda Alina, más joven, más pálida. La original comprendió: la ciudad duplicaba a los que insistían en recordar, para dejarles ahí, congelados, como advertencia viviente de su herejía.

La Sincrónica joven, sobreviviente al otro lado del espejo, comprendió que tenía que elegir entre olvidar y repetirse eternamente.

En su noche más larga, cruzando por los márgenes de la ciudad sin nombre, Alina llevó consigo todo lo que pudo: una palabra, una imagen, un olor, y la promesa de que algún día la memoria volvería a florecer. Rumores circularon luego en la ciudad de una insurgente, una restauradora loca, que sembraba semillas en las aceras: semillas de palabras perdidas, semillas que, al enraizar, decomponían el olvido.

En los subsuelos de la memoria —allá donde el tiempo era solo una marioneta chillona— hubo quien jura haber visto la sombra de Alina danzando entre cuentos restaurados, desarmando uno a uno los engranajes del olvido.

La ciudad resistió, encogiéndose sobre sí misma, pero en cada grieta nueva florecía una palabra, un color, un eco no autorizado. ¿Era suficiente para salvar a Cronópolis? Eso nadie lo supo, porque incluso quienes recordaban el viejo nombre de la ciudad se olvidaron de qué preguntarse.

Solo quedó, resonando entre muros de neón y cristal empañado, el canto de los relojes invisibles: un himno exiliado en la garganta de quienes se atrevieron, aunque fuera solo una vez, a no olvidar.

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