Un filo de viento bajó en espiral entre los picos de la cordillera Sombra cuando la última luz del día se extinguía. En las laderas desnudas, por encima de los valles donde los sauces inclinaban sus ramas para susurrar secretos a la corriente, la víspera era casi tangible: olía a lluvia sobre piedra y a madera seca en llamas, aunque en todo el país sólo tres fuegos estaban permitidos esa noche. Salina Merraut, abogada y guardiana de la biblioteca de Willowen, caminaba por el sendero pedregoso que conducía a la gran sala del consejo, con el corazón acelerado y la mente desbordada de ideas prohibidas.
El año estaba a punto de acabar y con él la tregua que los clanes habían sostenido durante siete largas estaciones. La última, sin embargo, había sido especialmente frágil. Ya no se reunían bajo los robles centenarios, sino en habitaciones de piedra bajo tierra, temerosos de los espectros nublados que aprendían a abrir puertas. Pero aún no temían a los unos ni a los otros tanto como temían al Scarholt, el portador de la Máscara Gris.
Salina recordaba la historia desde niña: Scarholt, el primero en arrancar la corteza de los sauces jóvenes y moldearla sobre el rostro mientras la luna sangraba. Nadie le vio la piel nunca después de eso. Su voz, decían, era suave y lejana, como si viniera a través del agua, y con cada juramento roto, un brote de hueso crecía en alguna parte del bosque.
Cuando Salina empujó la puerta del consejo, doce pares de ojos se giraron hacia ella, expectantes o recelosos. En la cabecera, Edrin Layth, el decano, tamborileaba con los dedos sobre la mesa. La sombra de la lámpara oscilaba contra la piedra detrás de él. Ella se sentó en silencio, depositando ante sí el pesado volumen encuadernado en cuero: “Los Antecedentes de las Máscaras”.
—¿Has encontrado algo? —preguntó Edrin, sin rodeos.
Salina asintió, aunque sentía el peso de la sala sobre ella, como si los ojos pudieran comerle la piel. —He encontrado un pasaje. Oculto detrás de una errata. Creí que era simplemente una mancha, pero la letra era distinta, más antigua. Habla del Ritual de Invocación.
Los murmullos crecieron hasta volverse gritos ahogados que rebotaban en las paredes. Nadie mencionaba el Ritual, ni siquiera en la biblioteca, donde las palabras eran más importantes que las vidas. El conocimiento estaba ahí, pero sellado, bajo amenazas de condena. Salina respiró hondo y siguió hablando:
—Hay una manera, dice aquí, de quebrar la Máscara. Pero sólo puede hacerse en la Noche Abandonada, y sólo aquellos que nunca hayan roto un juramento pueden intentarlo.
Un grave silencio siguió sus palabras; todos pensaron, Salina lo supo, en sus propias mentiras pequeñas y deslices, y se preguntaron si era posible que alguno cumpliera tan brutal requisito.
—¿Y quién será ese? —preguntó Taeril Voss, la mujer del clan del río, conocida por su astucia pero también su amargura.
Salina se permitió una sonrisa breve, casi melancólica. —Eso es lo que debemos observar. La Máscara, dice el libro, reconoce la verdad en los ojos de los que la han visto, pero nunca en los de los que la han portado. Si elegimos a alguien bregado en juramentos… morirá antes de tocarla.
Edrin se inclinó hacia delante, tan cerca que la llama de la lámpara dibujaba líneas de ceniza bajo sus pómulos. —¿Entonces sólo una criatura inocente podrá hacerlo? ¿Un niño?
—O alguien más —interrumpió la voz de Gylian, el ermitaño del sur, que no había hablado en años—. Hay personas que juran poco. Hay quienes sólo han amado y no han roto pacto alguno.
Eso los hizo meditar. La sala se sumió en el rumor de suposiciones y posibles candidatos. Salina cerró los ojos un instante: pensó en sí misma, en sus secretos, en las medias verdades que había dicho por el bien de otros. Supo al instante que no era ella.
—Debemos encontrar a ese alguien antes de la noche, antes de que Scarholt regrese —dijo finalmente Edrin—. Si no, todos nuestros juramentos se volverán inútiles.
**
Salina salió tras la reunión sintiéndose más sola que nunca. Siempre había creído que los libros guardaban más respuestas que preguntas. Aquella noche, sin embargo, las letras parecían moverse en las páginas, inquietas, como insectos en busca de luz. Camino a la biblioteca oyó un ligero crujido de pasos tras ella y se giró, esperando ver las largas sombras de los seguidores del Scarholt. Pero sólo era una joven: Eileen, la hija del pescador.
Pequeña, de cabello marrón despeinado, Eileen era silenciosa y precisa como el dibujo de una red bien lanzada. No tenía amigos de su edad; pasaba las tardes ayudando a los animales heridos o sentada en el embarcadero, mirando el reflejo de las nubes en el agua. Nadie sabía mucho de ella, salvo que nunca se la había oído mentir, ni siquiera para evitar castigos.
—Quiero ayudar —dijo la niña sin preámbulo, plantándose ante Salina con la tozudez de quienes han sobrevivido a madres rápidas de mano y días de hambre tenaz—. Quiero ser la que lleve el Ritual.
Salina sintió el impulso de reír por la osadía, pero el libro había sido claro. Sólo quienes estaban limpios de falsedades podían tocar la Máscara y no perecer de inmediato.
—¿Por qué tú, Eileen? —inquirió, más para protegerla que por verdadera duda.
—No tengo miedo —dijo la niña, y bajó la mirada—. Pero tampoco tengo secretos. He vivido sola, con el lago y los árboles por compañía. He prometido poco y he roto menos.
Salina, abierta la puerta del destino que tanto temía, aceptó con una resignación amarga: el futuro de Willowen reposaba en las manos de una niña pequeña, y todos los adultos debían aceptarlo en silencio.
**
La Noche Abandonada llegó opaca, más oscura que cualquiera había recordado. En el centro de la sala circular del santuario más antiguo, el consejo rodeó a Eileen, y más allá de ellos, agazapados en la penumbra, los demás habitantes del pueblo. Ni un bebé lloró. Ni un perro ladró. Incluso el viento parecía observar en respetuoso temor.
Sobre una mesa de piedra, la Máscara Gris aguardaba reluciendo, tallada en la misma corteza de sauce que Scarholt había arrancado hacía generaciones. Sus contornos parecían cambiar a la luz y sombra, y por un momento a Salina le pareció ver el rostro de su madre en los nudos de la madera, justo antes de que desapareciera.
Eileen se adelantó, vestida con una sencilla túnica de lino, el cabello sujeto a la nuca. Se detuvo ante la Máscara y recitó las palabras antiguas, enseñadas por Salina apenas unas horas antes. En su pequeña voz, las sílabas arcaicas sonaron como agua sobre guijarros.
—Para cada verdad jamás dicha, una raíz ahogada en sombra. Para cada mentira, una rama caída. Que la Máscara me mire.
Al terminar, levantó la Máscara. Todos contuvieron la respiración; las lámparas titubearon, y por un instante pareció que el tiempo mismo se invertía, que las paredes se ondulaban.
La corteza de sauce se pegó a la cara de Eileen con un crujido seco; la niña mantuvo la compostura, aunque sus dedos se crisparon. Un humillo gris surgió de los bordes de la Máscara. Salina sintió que la sala giraba, y en un vértigo reconoció la sensación de estar siendo observada por cientos de ojos invisibles.
Entonces, la voz llegó. No era la de una niña. Ni tampoco la de un espectro. Era la voz de Scarholt, susurrando desde un lugar donde la muerte había fracasado, donde los juramentos dormían sobre antiguas tumbas.
—¿Quién eres tú? —resonó en la sala.
Eileen contestó, su voz entremezclada con la de todos los que habían usado la Máscara antes: —La que no ha mentido nunca. Dame tu secreto.
Silencio. La piedra tembló bajo los pies de los reunidos. La Máscara pareció fundirse con el rostro de Eileen, y una ola de recuerdos ajenos fluyó por toda la sala: traiciones, asesinatos entre hermanos, palabras de amor que eran en realidad puñales, pactos susurrados bajo la influencia de la luna.
El cuerpo de Eileen se arqueó, pero no cayó.
—El secreto… está en el sauce —dijo la voz, ahora clara—. Quien arranca la piel del árbol, arranca su propio rostro. Mi castigo es ver, cada año, la suma de todas las mentiras.
Eileen arrancó la Máscara de su rostro y la arrojó al suelo. Ya no era madera: se había convertido en polvo plateado, que danzó en un viento repentino y desapareció.
El brillo de la lámpara retornó, y el consejo supo que estaban, por primera vez en siglos, libres.
**
Eileen cayó de rodillas, exhausta. Salina la abrazó sin saber si llorar o reír. Nadie se atrevió a hablar hasta que la propia Eileen, con voz ronca, murmuró:
—Nunca más máscaras.
Aquella noche hubo fiesta en Willowen, de las que se cantan durante generaciones. Se bailó hasta que los pies sangraron, se bebió hasta que las estrellas bailaron con los hombres y mujeres. Salina se apartó un momento, mirando a la niña dormida al pie de un sauce ahora reverdecido. Pensó en los juramentos, en las heridas que nunca cierran, en el poder de la verdad y el peso de la inocencia.
Y comprendió que los monstruos siempre encuentran un rostro, pero sólo los humanos pueden decidir arrancárselo.
Solo quedaba una promesa por cumplir: no olvidar nunca la noche en que una niña salvó a todos de sus propias mentiras, ni permitir que el miedo fabricara máscaras nuevas.
Y en los bosques de Willowen, desde entonces, los árboles duermen tranquilos.
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