Fragmento:
Pero Sara nunca vio rostros, al menos no humanos. Su juego favorito era buscar animales: ciervos, gatos, incluso algún dragón diminuto cuyo perfil parecía danzar de una torre a otra entre los despuntes del sol y las lluvias. Y así creció, primero niña y luego muchacha, tallando su vida a la sombra de esas estructuras silenciosas.
Duración: 08:32
Hay un lugar donde los amaneceres suelen retrasarse unos minutos, como si el sol anduviera distraído hilvanando algún pensamiento inasible antes de asomarse al horizonte. En este sitio inusual, ciudad y sueño, se erigen las torres de cristal de Amaridia, largas y líquidas, tan transparentes en la distancia como si hubiesen sido tejidas de neblina y promesas. Nadie recuerda el primer día en que las torres aparecieron: existen memorias borrosas de sí mismas, cuentas cruzadas en las narraciones de los abuelos, pero ningún acto de fundación, ningún ingeniero reclamando la gloria.
Sara, nacida y criada en los laberintos bajos que bordean las torres, solía inclinar la cabeza hacia atrás hasta sentir que el mundo giraba, observando cómo los reflejos del alba escalaban los muros de cristal como culebras de luz. Era costumbre de los niños del vecindario buscar figuras en esos reflejos —una práctica parecida a leer el futuro en hojas de té, solo que más peligrosa, pues algunos decían que quienes veían un rostro conocido en el cristal caían en melancolía perpetua.
Pero Sara nunca vio rostros, al menos no humanos. Su juego favorito era buscar animales: ciervos, gatos, incluso algún dragón diminuto cuyo perfil parecía danzar de una torre a otra entre los despuntes del sol y las lluvias. Y así creció, primero niña y luego muchacha, tallando su vida a la sombra de esas estructuras silenciosas.
Las torres, sin embargo, no estaban completamente mudas, ni mucho menos vacías. Quienes vivían cerca decían que respiraban; en las noches, con el viento del océano, emitían un susurro semejante al oleaje multiplicado que recorría la ciudad. Esas noches de brisas húmedas, Sara se sentaba en el tejado del hogar familiar, oyendo a las torres compartir sus secretos. Al principio, creía que era la imaginación de una niña sensible, pero con los años aprendió a distinguir palabras entre los susurros, frases enteras pronunciadas en un idioma a medias inventado.
Una madrugada interminable en la que la niebla caía como cortinas de terciopelo, Sara escuchó su nombre pronunciado nítidamente. El cristal, temblando en la penumbra, parecía invitarla. Satisfecha por un impulso que no pudo más que aceptar, descendió hacia la plaza central justo antes del alba.
Allí, la encontró el vigía más antiguo de Amaridia, el viejo Simón, que llevaba décadas cuidando la soledad de las torres mientras fumaba su pipa interminable.
—Las torres te han llamado, chica —dijo el anciano, que veía máscaras en lugares donde otros apenas veían sombras—. Ya casi nadie es llamado. En mi tiempo, tenía que apartar a los curiosos a patadas.
Sara se sentó a su lado en el banco de piedra fría.
—¿Por qué llaman las torres solo a algunos? —preguntó.
—No lo sé, pequeña. Dicen que escogen corazones sin miedo, u ojos que puedan ver detrás de los reflejos. Son viejas, más antiguas que nuestra memoria… aunque parecen nuevas cada día.
Ella guardó silencio. La plaza, desnuda de gente a esas horas, parecía un teatro dispuesto a estrenar su primera función el día siguiente. Las torres, tan etéreas, reflejaban una luna partida en fragmentos azules.
—¿Has entrado alguna vez, Simón? —preguntó ella.
El viejo negó con la cabeza.
—Nadie entra ni sale. O eso se creía. Pero ahora… me temo que tendrás que descubrirlo.
Esa madrugada, impulsada más por curiosidad que por valentía, Sara se acercó a la torre mayor, la que llamaban La Reina. No hubo puerta: el cristal se curvó apenas, volviéndose blando, cediendo como agua empujada por una ola tranquila. Al otro lado, el mundo era otro; o, mejor dicho, era el mismo pero bajo otra luz, como visto a través de un agua profunda y perfectamente clara.
Lo primero que sintió fue el frío. No era desagradable; era el frío honesto de las madrugadas en las que uno sabe que algo va a cambiar. Luego, percibió los sonidos: no eran ecos, eran recuerdos. Latidos, risas, pasos, el zumbido de los insectos volando entre los matorrales de la infancia. Cada sonido se transformaba en color —en ráfagas de azul profundo, dorado brillante, verde tembloroso— y Sara avanzó siguiendo ese hilo multicolor.
Había pasillos interminables, muros que contenían el rumor de todas las lluvias que habían caído en Amaridia, tapices de momentos olvidados, figuras que apenas eran aire y movimiento. Algunas de esas figuras se acercaban: una mujer sin rostro, que llevaba en brazos a un bebé envuelto en vapor; un anciano de manos traslúcidas que intentaba atrapar un pez que flotaba sobre el suelo. Al pasar junto a ellos, Sara sentía una punzada de nostalgia, como si una parte de esos desconocidos habitara en ella.
Llegó, por último, a una sala amplia donde las paredes eran praderas de reflejos. Allí, el tiempo parecía doblarse; Sara vio, sobre la piel del cristal, su propio nacimiento, su niñez corriendo tras un perro invisible, su adolescencia esbozada entre luchas contra la soledad. En ese instante entendió: las torres de Amaridia guardaban no solo el reflejo de la ciudad, sino el de cada ser que alguna vez la habitó. Eran, en cierto modo, memoria viva, la suma de todas las ausencias y los anhelos.
Una figura la esperaba en el centro de la sala. Era alta, vestida con una túnica que parecía compuesta de lluvia detenida. No tenía rostro, ni voz propiamente dicha; pero al hablar, la torre entera vibró:
—Sara, hija de Amaridia. Las torres son vigías de los deseos no cumplidos, de los caminos no tomados, de los amores callados. Cuando alguien nos llama, es porque el tejido de la ciudad empieza a desgarrarse; y solo alguien capaz de comprender las cicatrices invisibles puede remendarlo.
Sara no supo qué decir. Miró sus manos, temblorosas pero vivas.
—¿Y qué debo hacer yo?
La figura extendió un brazo, y en su pliegue apareció un trozo de cristal, pequeño como una lágrima.
—Debes llevarlo allí donde la soledad pesa más, donde las voces se ahogan. Deposítalo y deja que beba los anhelos de quienes aún esperan.
Sara aceptó el fragmento. Salió de la torre sin recordar el trayecto, como si hubiese soñado todo el lapso transcurrido; pero su vestido llevaba polvos de luz y su pelo olía a lluvia limpia. Al regresar, la ciudad ya empezaba a desperezarse, con el primer bullicio de los mercados lejanos y el rumor de los niños que la cruzaban rumbo a la escuela.
Con el cristal apretado en el puño, pensó en los lugares de máxima soledad: la casa de Merlina, la anciana que peinaba muñecas rotas y esperaba que su hijo regresara desde la guerra; el banco de la plaza donde Simón se acurrucaba al atardecer, conversando con recuerdos; la esquina en que el joven Tomasito derramaba lágrimas por un amor marchito.
Fue por la tarde, cuando el viento se levantó igual que en la madrugada, que Sara visitó la banca de Simón. Con una sonrisa tímida, le ofreció el cristal. El viejo lo recibió sin hablar, pero después, cada tarde, a su alrededor bailaban pequeñas luces que solo él parecía notar, y, dicen, empezó a reír de nuevo, a contar historias que no eran de pérdidas sino de esperanzas.
El misterio del fragmento se extendió: quienes lo tocaban recuperaban por unos días el empuje para buscar los sueños olvidados, o la valentía para pedir perdón, o el deseo profundo de comprender en vez de juzgar. Nadie sabía de dónde provenía aquel pequeño milagro, solo que en sus días más oscuros, la ciudad empezaba a transformar sus reflejos: donde antes había soledad, ahora titilaba la promesa de un reencuentro.
Sara, por su parte, sabía que las torres de Amaridia seguían hablando. Algunas noches, sentía su llamado sutil y respondía caminando entre dormidos. Se preguntaba cuántos más serían elegidos, cuántos más aprenderían a sanar las cicatrices de la ciudad.
Las torres, al fin y al cabo, no eran solo vidrio y luz: eran ventanas al anhelo común, recordatorio de que somos, si queremos, custodios de la memoria, guardianes de la esperanza, tejedoras de sueños.
Un día, mucho después, Amaridia será solo un nombre en los mapas viejos, y las torres, desgastadas por la paciencia de los siglos, serán polvo brillante arrastrado por el viento. Pero mientras dure su tiempo, siempre habrá alguien dispuesto a escuchar el susurro del cristal y convertirlo en consuelo. Porque eso, dicha Sara, es magia: la voluntad inacabable de ver belleza donde otros solo ven un reflejo. Y Amaridia, mientras existan sus torres y quien escuche su susurro, nunca caerá en el olvido.
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