Fragmento:
Así pasaron los años hasta el año de las dobles escarchas, que llegó como una mueca del tiempo. El frío calaba desde el subsuelo, y la garganta del pueblo tembló con cada noche rallada de escarcha. A nadie sorprendió cuando empezaron a mencionar mi nombre en voz baja; todos querían comprobar si la profecía era verdad o si el miedo era solo una niebla que no se disipaba nunca.
Duración: 09:04
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Sabía desde niño que mi destino era morir. Lo dijo mi madre y lo repitió mi abuela, cada una a su manera, como si recitaran fragmentos de una canción cuya melodía olvidaba a ratos pero recuperaba en sueños. Mi familia vivía en el confín del pueblo, rodeados por trigales y por la superstición del resto. Por eso, cuando la lluvia caía torcida y la niebla se enroscaba en la piedra de la cantera, mi nombre era el primero en abandonarse en labios ajenos. Nemesio, decían, marcado por la profecía. Había nacido con cuatro lunas menguantes en la frente —una mancha, un capricho de la piel— y bajo la sombra de las manecillas del viejo reloj del torreón.
No hay ningún registro de cuánto invierte un niño en temer a su propia profecía. Pero sí recuerdo la manera en que los árboles del huerto susurraban cuando la tochura de la tarde presagiaba tormenta. En esas horas, era fácil creer en un sino sellado: el aire tenía filo, y el mundo, colores hidrantes. La profecía —tan anclada a mi piel como la mancha en mi frente— decía que, en el año de la escarcha doble, al primer cuervo blanco, caería sobre mí la noche más larga.
Para cualquier otro, habría sido solo una farsa o la advertencia de un viejo borracho. Pero a nadie le costaba recordar que el último portador de la marca, mi bisabuelo, desapareció la noche en que el río subió sin lluvia y las campanas repicaron solas en la iglesia. Era esa memoria colectiva la que acorralaba mi infancia, la que me sentaba a la mesa con una sombra más al lugar.
Con los años, desarrollé el morbo silencioso de observarlo todo, como si pudiera robar a la realidad un indicio, un matiz, que me salvara o me preparara. Es así que la conocí: Vela.
Vela recogía carbones a la salida del horno común. Era menuda, con ojos huidizos y un don para descubrir lo oculto, para ver lo invisible. Nadie le prestaba atención, como si su pequeñez fuera amparo y refugio. Yo la observaba desde atrás del sauce seco, intentando descifrar si el peso de una profecía podía compartirse solo con mirarse. Ella, acostumbrada a no ser vista, me saludó sin miedo: “¿Esperas algo o a alguien, Nemesio?”.
Su voz era un cascabel en la espesura. Respondí con una sonrisa torpe que debió parecer una mueca de dolor.
“La marca en la frente pesa menos cuando hablas”, me dijo, casi en secreto. “¿Cómo sabes que pesa?”, repuse. Ella encogió los hombros como quien guarda estrellas en los bolsillos. “Todos cargamos algo. Lo que importa es si lo dejas gobernarte”.
Después de ese día, Vela y yo compartimos silencio tanto como palabras. Aprendimos a dejar señales en las cortezas, a leer el correr de los gatos entre los adoquines, a entender mensajes inscritos en la sombra. Construimos nuestro propio idioma, donde las profecías eran solo un disfraz para el miedo. Nos inventamos historias en las que los cuervos eran solo pájaros —a veces malos poetas, a veces descarados— pero nunca heraldos del fin.
Así pasaron los años hasta el año de las dobles escarchas, que llegó como una mueca del tiempo. El frío calaba desde el subsuelo, y la garganta del pueblo tembló con cada noche rallada de escarcha. A nadie sorprendió cuando empezaron a mencionar mi nombre en voz baja; todos querían comprobar si la profecía era verdad o si el miedo era solo una niebla que no se disipaba nunca.
La primera señal fue tan risueña que casi la ignoré: en la plaza, un cuervo de alas deslucidas picoteaba migajas. No era blanco, ni siquiera gris; solo un pájaro, pardo y expectante. Sin embargo, un niño —el mismo que años atrás se asombraba con los dragones tallados de la catedral— lo señaló y gritó: “¡El pájaro de la profecía!”.
No podía evitar preguntarme, con más decepción que miedo, si los presagios realmente tenían sentido fuera de los cuentos. Pero esa noche, la segunda señal llegó. En mi ventana apareció un cuervo que no era blanco, sino pálido, como una pieza de marfil sucia. Me miró con los ojos redondos y, en vez de graznar, dijo mi nombre: “Nemesio”. Era imposible, pero su voz tenía un eco similar al de mi abuela cuando narraba la historia de la marca en mi frente.
Sabía que debía correr, quizá buscar la ayuda de la única persona cuyo idioma se cruzaba con el mío. Huí de la casa esa misma noche. El pueblo estaba desierto, como si el miedo hubiera barrido a todos con su escoba invisible. Solo Vela apareció, envuelta en una capa troquelada con retales, como si cada uno encapsulara un sueño diferente.
“¿Vienes a despedirte de tu destino o a reescribirlo?”, me preguntó.
Nunca he sabido mentir a los ojos de Vela, así que le mostré la mancha de mi frente, que ardía como un faro, y le hablé del cuervo blanco y de la voz de mi abuela en el pico del ave.
Ella se rió. No una risa burlona, sino como quien descubre que el truco de magia era solo ilusionismo. “Si te encuentras con el final de tu historia —dijo—, ¿por qué no retrocedes y eliges un camino lateral?”.
Era fácil para ella convertir el miedo en anécdota, igual que transformar el carbón en ceniza útil. Subimos juntos a la colina donde las campanas de la iglesia colgaban como dientes rotos en la oscuridad. Allí, la luna estaba quieta y grande, tan cercana que casi la alcanzábamos tendiendo la mano. Al pie del torreón, Vela sacó un hilo rojo y me lo ató al tobillo.
“La verdadera profecía —me dijo— es la que te repites hasta convencerte de que no puedes cambiar el final”.
Allí, entre el aullido del viento y el crujido de la escarcha, apareció el cuervo pálido. Voló en círculos sobre mi cabeza, proyectando una sombra tan densa que por un momento pensé que la noche me engulliría, tal como dictaba el augurio.
Y, sin embargo, apenas la sombra tocó mi frente, sentí que no había nada especial en mi piel, ni en el cuervo, ni en la profecía. Miré a Vela, que me devolvió la mirada con la calma de quien ha visto demasiadas despedidas como para temer otra.
“¿Qué sucede si dejo que el cuervo me lleve?”, pregunté.
Vela desenrolló el hilo rojo y lo tendió en mi dirección. “Quizá te lleve adonde no existe el miedo. O quizá solo te acompañe mientras decides si el destino es tan rígido como te han enseñado”.
En ese instante, la campana mayor, oculta bajo una gruesa capa de polvo y óxido, empezó a repicar por sí sola. No era un sonido fúnebre, como en los funerales, sino uno hueco y vibrante, como si en cada bronce latiera mi propia historia.
A su sonar, los habitantes del pueblo asomaron a las ventanas, esperando presenciar el cumplimiento inevitable de la profecía. Yo sentí el pulso del hilo atado al tobillo, el ancla diminuta de la amistad, y di un paso hacia el cuervo. El ave se posó en mi hombro, ligera, casi irreal; sus garras no lastimaban, y su presencia tenía un olor entre la madera y la resina.
“Dime, cuervo —le susurré—, ¿debo temer?”.
Me miró. No habló más; simplemente, bajo la piel, sentí que la respuesta era un vacío repentino, no un abismo, sino una campiña iluminada por la luna. Y supe que no habría profecía esa noche. Ni la siguiente. Ni jamás.
Bajé de la colina acompañado por Vela y el cuervo pálido. El pueblo, descompuesto, me observó regresar. Encendieron velas, rezaron oraciones apuradas y, poco a poco, diluyeron la expectativa en la cotidianidad.
Los días siguientes se deslizaron en un murmullo sordo. El pueblo se habituó a mi presencia, a mi aliento de cada mañana, a mi carne no desaparecida. Poco a poco, empecé a notar cambios; las supersticiones, antes recias, se volvían blandas y se disolvían en el café compartido en la plaza. La profecía, sin cumplirse, perdió filo; era una cuerda tan gastada que ya no sujetaba el miedo de nadie.
Con el tiempo, olvidaron la marca de mi frente. Yo mismo, ante el espejo, la veía como una nube inofensiva, mero capricho de la piel. Vela y yo seguimos inventando nuestro idioma y nuestras propias profecías, que siempre terminaban en risas o en flores nuevas en el huerto.
El cuervo pálido acostumbró a venir algunas tardes a la rama más baja del durazno. Nunca más volvió a hablar, pero a veces, si el sol se filtraba perfectamente, sus plumas parecían al fin completamente blancas.
“Quizá —me decía Vela—, cada vez que alguien decide no cumplir profecías, el mundo se ensancha otra pulgada para que otros caminen más libres”.
Así terminaba el eco de la predicción, en voces bajas y complicidades. Nadie vino a preguntar si yo era aún el portador de la profecía rota. Nadie vino a ver si el cuervo pálido seguía acompañándome. Algunos juraban que lo soñaban, otros que lo habían visto transformar en beso de viento o en semilla caída.
Solo Vela y yo sabíamos que, al final, la más vieja de las profecías es la de creer que no se pueden romper.
Y allí, en aquel pueblo de trigales, campanas dormidas y lunas olvidadas, dejamos reposar la profecía como se deja descansar la levadura: con paciencia, hasta que crezca solo lo suficiente como para que nadie tema más lo que ya no volverá.
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