A Elwira la sorprendió el crujido de la escarcha bajo los pies apenas pisó la galería lateral de la vieja mansión. Le habría gustado pensar que aún quedaban recuerdos cálidos en sus habitaciones, tal vez una hornacina encendida o el azulejo templado bajo la alfombra raída, pero la verdad era más austera y menos compasiva. Allí, solo existía el frío. Un frío que penetraba huesos y memorias.
El patio se abría ante sus ojos en una alfombra pálida, casi translúcida, como si algún gigante invisible lo hubiera cubierto de cristales de azúcar. Todos decían en las aldeas —historias robadas de las noches junto al fuego— que en las mansiones abandonadas al norte del río Drina habitaban los magos de hielo. Era sólo un cuento para asustar a los niños, al menos hasta la semana pasada, cuando su hermano menor no tocó a la puerta en la madrugada, cubierto de escarcha incluso dentro de la camisa, y murmuró entre dientes que el habla le dolía, que la lengua se le astillaba. No supo Elwira qué pensar. La madre rezó, el padre se marchó, los hermanos menores lloraron hasta quedarse dormidos sobre la mesa. Y Elwira, la más cuerda y la más terca, decidió buscar respuestas donde nadie más se atrevería: volviendo a esa casa donde vivieron los abuelos.
Entró deslizándose, la lámpara de aceite colgando de su mano trémula, la manta en torno a los hombros, respirando despacio para no espantar a los recuerdos que rezumaban de las paredes. Había un piano en el salón, cubierto de polvo y de manchones de hielo tan pequeño y delicado que parecía estar hecho de lágrimas.
En la esquina opuesta, junto a la chimenea caída, estaban sentados dos hombres. La escarcha los cubría de pies a cabeza, pero el fuego de la lámpara reveló sus rostros de inmediato: no eran ancianos, ni monstruos, ni fantasmas. Al contrario, uno de ellos debía tener la edad de su tío mayor, con las mejillas hermosas y curtidas y los ojos tan azules que parecían seguir el ritmo del cielo despejado. El otro era más joven, la barba apenas una sombra, las pestañas tan blancas que parecían rastros de la ventisca. Ninguno la miró con repulsa ni sorpresa.
—Puedes entrar, Elwira —dijo el de los ojos de cielo—. Hace frío aquí, pero tú ya traes bastante frío dentro.
No preguntó quién era. Conocía ese tono, lo había oído en las voces que relatan historias verdaderas. Se sentó en el piso, la manta bien apretada, la lámpara cerca.
—Elvira, tu hermano tiene la marca.
El hermano. El niño que volvió con la lengua congelada, con el habla partida y los dedos tan rígidos que crujían sobre la taza. Elwira tragó saliva.
—Vine a buscar la cura —dijo—. Si se puede negociar, lo haré.
El más joven soltó una risita, y un hilo de escarcha cayó de su barba al suelo.
—¿Negociar, dices? Aquí solo se negocia con la memoria. Todo lo demás se olvida.
El mayor, en cambio, lanzó una mirada rápida a la lámpara, como si la temiera.
—Venimos de un lugar donde el frío no es un castigo, Elwira. Sino una forma de recordar. Aquí, quienes olvidan arden. ¿Sabes por qué las casas se llenan de escarcha cuando el dolor es muy grande?
Elwira negó.
—Es el hielo de los recuerdos prohibidos. Nadie quiere acordarse de ciertas cosas, así que las sellan. Pero quien las sella paga el precio. Tu hermano cometió ese error.
—¿Entonces no fue un accidente?
El mayor sonrió con tristeza.
—Ninguna helada lo es. Mira bien: ¿te acuerdas de la vez que tu madre lloró junto a la escalinata, cuando murió tu abuela? La escarcha cubrió los escalones durante un mes. Había cosas que no debían decirse en voz alta, ni siquiera recordarse.
Elwira sintió que el aire se volvía más denso, como si cada palabra condensara humedad en el pecho.
—Entonces..., ¿puedo deshacer lo que él hizo? ¿Revertirlo?
El joven habló con voz de trueno apagado:
—A quien elige olvidar nunca se le devuelve lo perdido. Pero sí puedes tomarlo tú. Distribuirlo. Nosotros somos los custodios, los que guardan lo olvidado de todos los que pasan por aquí. Si decides compartir su carga, podrás devolverle lo que olvidó, pero también portarás un hielo perpetuo en ti.
Había un espejo resquebrajado sobre la vieja cómoda. Elwira se observó: su reflejo temblaba, su pelo oscuro salpicado de canas prematuras que, juraría, no estaban ahí la noche anterior.
—Muéstrame cómo.
El mayor se levantó despacio, deslizándose como un fantasma regio. Se acercó y le tendió la palma. Cuando la tocó, la carne era dura y helada, pero no quemaba, más bien enfriaba las zonas de la piel que ardían por temor o ira.
—Piensa en aquello que más temes recordar —susurró, y la voz era una caricia, un arañazo sobre el cuero de su ánimo—. Y déjalo ir.
Elwira cerró los ojos. Vio la imagen de su infancia, la noche terrible de la guerra, el disparo en la ventana, el aullido de su madre, el cuerpo de su padre frío mientras los soldados revolvían la casa. Había intentado olvidar todo aquello, tantas veces, que a veces dudaba si fue realidad o una fábula amarga. Sintió cómo una oleada de hielo le subía por la espalda, anidando en la nuca, solidificándose en capa tras capa.
Cuando abrió los ojos, el mayor apartó la mano.
—Ya está —dijo el joven—. Ahora tienes la llave.
Elwira sintió dolor en la garganta, una presión sorda en el estómago; pero el aire parecía más ligero. La escarcha de la habitación también era diferente, casi plateada, y se extendía desde la palma hacia las paredes.
—¿Y ahora?
—Regresa. Tu hermano recordará, y tú también. Pero cuando vuelvas, tendrás que decidir si deseas abrir las demás puertas de esta mansión. Hay demasiados hielos que no son solo de tu familia. Y nosotros no podemos custodiarlos todos.
Elwira se levantó, tambaleándose, la lámpara apenas una luciérnaga. Caminó de vuelta a través del pasillo y, al abrir la puerta, la escarcha pareció receder bajo sus pasos, fundiéndose en las losas grises.
La aldea dormía bajo la nevada. En la casa, su hermano la esperaba junto al fuego. No la miró de inmediato, sino cuando la vio acercarse con el rostro empapado en lágrimas que no sabía que tenía.
—Recuerdo —murmuró el niño—. Todo. El dolor y lo demás.
Elwira le acarició el pelo, y en el ritmo del sol que subía despacio, reparó en que la cuerda que la sujetaba al mundo cotidiano era más delgada, más susceptible.
Aquella noche soñó con el piano. En el sueño, una melodía pálida flotaba en la sala: manos de hielo tocando teclas de aire, voces blancas hablando palabras cortadas como copos de nieve.
Los días continuaron. Elwira notó que las cosas pequeñas comenzaban a helarse alrededor: la taza del té, el marco de la puerta, los caminos que recorría para buscar agua. Nadie más veía el hielo; no de la misma manera. A veces una vecina se quejaba del frío “que deja la muerte”, otra vez una partera hablaba del aliento helado de los que ya no están. Pero sólo Elwira notaba los destellos de memoria congelada, los fragmentos atrapados esperando a ser liberados.
El hermano mejoró, pero nunca recuperó la inocencia del todo. Caminaba a veces en sueños al borde del bosque, y una mañana le confesó a Elwira, sin miedo, que podía oír las voces del hielo llamándolo, contándole secretos.
Elwira comprendió la verdad: los magos de hielo no eran solo custodios. Eran la herencia de los que habían sufrido más de lo que un corazón podía soportar, eran la manifestación de la memoria retenida a la fuerza, disuelta y cristalizada hasta hacerse parte del paisaje. Cuando uno de ellos moría, otro tomaba el relevo. Y ella ahora lo entendía.
En el límite de la mansión, los dos hombres seguían esperándola noche tras noche. Uno tocaba el piano, el otro tejía palabras sobre la escarcha. Y Elwira, cada vez que el recuerdo helado la trituraba por dentro, devolvía al hielo una parte de sí, como un óbolo, un tributo: soñando, llorando, amando en silencio, y regresando después para cargar con otro trozo de ese manto gélido.
La aldea evolucionó; la mansión jamás dejó de estar. Los viajeros decían que, de tanto en tanto, si escuchabas bien en mitad de la ventisca, una melodía helada llegaba hasta el río, tan triste y hermosa que hacía temblar las ramas de los pinos más viejos. Y Elwira, que conocía su fuente, aprendió al fin a vivir entre hielos y fuegos, entre recuerdos y olvidos, sabiendo que, mientras existieran magos de hielo, nadie estaría verdaderamente solo en su dolor, ni corroído por la memoria, ni inmortalmente olvidado.
Porque había un pacto no dicho: en cada frío invernal, cuando el corazón quisiera negar el dolor y sellar la herida, bastaba entrar en la mansión y atreverse a tocar el piano, atreverse a mirar al espejo roto. Y, sobre todo, desplegar las alas por un breve instante y custodiar, en silencio, los helados recuerdos de los demás.
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