Portada del relato La piel de los relojes
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Fragmento:


—Yo solo los escuché primero.

Duración: 09:26

La piel de los relojes
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Texto de ajuste de pausa.

La extraña noche en que los relojes del mundo comenzaron a latir, nadie creyó que fuera posible. En el Barrio de los Cristales, donde las casas se construyen con paredes de espejos y techos de esmeralda, nadie temía a las rarezas. Pero hasta allí la noticia llegó trayendo más frío que la escarcha de otoño.

Annalisa supo del prodigio porque el primer reloj se despertó en su local. Fue preciso: a las dos y trece de la madrugada, su reloj de bolsillo —herencia de una bisabuela húngara que juraba saber detener la lluvia— comenzó a pulsar. No fue un simple tictac. Era el temblor vivo, como el pulso de una criatura recién nacida, latiendo con ritmo feroz, pequeño terremoto aferrado a su palma.

Por unos segundos lo observó detenidamente, sostenido en sus manos siempre cubiertas por guantes de encaje. Desde el cristal, la esfera blanca se estremecía casi con pudor. Annalisa supo, de inmediato, que algo estaba rompiendo el tejido subterráneo del mundo.

Porque Annalisa reparaba relojes, pero también susurraba a las grietas diminutas de la realidad. Algunos la llamaban bruja, otros solo “la de los relojes”. Pero nadie podía negar que después de una noche con su caja de herramientas (taladros minúsculos, aceites de luna, agujas que no sabían pinchar), el tiempo siempre parecía sonreír un poco más amplio en el barrio. Los calendarios bailaban en las paredes, y las estaciones —tan caprichosas— retrasaban sus mudanzas un día solo para complacerla.

El reloj de bolsillo latía y Annalisa temblaba. Intentó calmarlo, le habló en húngaro, en el idioma de su bisabuela muerta y de las lluvias detenidas. Pero la cosa, dentro de la esfera, seguía su ritmo independiente. Y no era el único: la radio, los relojes digitales, el gran reloj público de la Plaza de los Pájaros también habían cobrado ese pulso particular, una vibración creciente en el aire, como si todo el tiempo hubiera cobrado vida propia.

La noticia corrió de boca en boca. Al amanecer, una turba se agolpaba en su taller, sosteniendo relojes de pared, alarmas chillantes, celulares que golpeaban la mesa con su tos convulsa de segundos urgentes. Nadie quería quedarse sin saber si su tiempo era de verdad o si solo era un eco tardío de lo que alguna vez significó vivir.

Entre la multitud apareció Silvio, el hombre de los guantes de cuero. Nadie sabía de dónde había llegado, ni qué hacía en el barrio de los Cristales. Era delgado como un papel de arroz, con la sonrisa fina de los que han visto demasiados finales y no temen a ninguno. Sostenía un reloj de arena entre las manos, pero la arena flotaba, desobedeciendo la gravedad. El reloj latía a la altura de su corazón —cerca, muy cerca— y Silvio lo miraba con el respeto que se tiene a un animal salvaje.

—¿Qué les hiciste? —preguntó en voz baja, aunque el rumor de los demás fuera ensordecedor.

Annalisa pensó una respuesta. Se rió, seca. Nada. Todo.

—Yo solo los escuché primero.

Y se hizo el silencio.

Eso fue el inicio de la ciudad suspendida: un lugar donde el tiempo dejó de ser línea y se volvió piel. En los días siguientes, los relojes manifestaron síntomas cada vez más humanos: temblores súbitos de miedo al alba, pulsos acelerados un segundo antes del beso de una pareja que se refugiaba del viento, longitudes irregulares, como si compartieran el insomnio de sus dueños.

Una vez, descubrieron a un anciano sentado bajo el tilo centenario, abrazando un despertador que sollozaba. Lo sostenía con una especie de ternura, murmurando palabras antiguas en un idioma que solo los relojes (y quizás Annalisa) podían recordar. De pronto, el aparato se aquietó y una perla líquida, diminuta como un suspiro, brotó de la esfera. La lágrima rodó por la mejilla arrugada del hombre y cayó a la tierra, donde brotó hierba fresca, verde como niñez recién estrenada.

Los relojes de la ciudad aprendieron nuevas formas de sufrir y de gozar. Algunos marcaron solo los momentos de alegría, negándose a medir el dolor. Otros, atravesados por pérdidas humanas demasiado irreparables, se detuvieron para siempre en la hora de la desaparición, como lápidas diminutas colgadas del muro de la memoria.

Y Annalisa, reina inevitable del extraño reinado de los relojes, se convirtió en la intérprete oficial de sus sueños. Los clientes llegaban con historias asombrosas: relojes que se enredaban al pensamiento de un ser querido ausente, cronómetros que solo contaban el tiempo mientras una canción se mantenía viva en el aire. Inclusive apareció un hombre joven, recién llegado, que aseguraba que su reloj solo funcionaba cuando recitaba en voz alta poemas de Alejandra Pizarnik.

—¿Por qué pasa esto? —preguntaban todos, con el temor y la esperanza flotando entre los dientes.

Annalisa no respondía. Abría los relojes, miraba dentro, escuchaba.

—Cada uno carga un corazón, igual que nosotros —susurraba a veces—. Solo los olvidamos demasiado tiempo.

Annalisa comenzó a percibir los latidos fuera del taller. Caminaba y el piso vibraba, leve, bajo la suela de sus botas. Las campanas de la iglesia mal afinada se mecían con lamentos distintos cada hora. Todo sonaba más real y, a la vez, más imposible. Los niños comenzaron a recolectar relojes desechados y armarles nidos en las ramas bajas de los árboles, buscando protegerlos de la indiferencia de los adultos.

Pero cuanto más fuerte era el pulso de los relojes, más se desdibujaba la frontera entre su tiempo y el de los otros. A medianoche, en una de esas madrugadas húmedas donde la realidad se ablanda, Annalisa se encontró en su taller, sola con Silvio. Frente a ellos, la colección de relojes latía en una sinfonía irregular. Parecían corazones múltiples, partes de un cuerpo más grande e incomprensible.

—Antes de que esto pase —dijo él, sin mirar— yo vivía solo en mi lado de la línea. El tiempo era una sala de espera infinita; todo lo que no ocurría pesaba. Ahora...—hizo una pausa y sostuvo el reloj de arena—, ahora parece que el tiempo me mira, y no al revés.

Annalisa bajó la mirada. Tampoco ella era de aquí; su madre llegó buscando refugio de un país que ya no existe, su padre desapareció cruzando la frontera del tiempo, allá donde las agujas no saben regresar.

—¿Crees que esto lo haya causado yo?

Silvio sonrió, y en su boca cabían todos los relojes del barrio.

—Quizás solo has recordado algo que siempre ha estado ahí. Es peligroso recordar demasiado.

En el radio de la ciudad, los relojes no se callaban ni de noche. El pulso era un hilo invisible que unía las respiraciones. Los vecinos soñaban distinto: sueños insólitos donde los minutos se adelgazaban y los recuerdos se pegaban a la piel como tatuajes de humo. Algunos despertaron llorando, sin saber si era propio o prestado.

Al cabo de un mes, Annalisa notó el primer síntoma de desgaste: algunos relojes comenzaron a perder su latido. No era una muerte sencilla, sino una partida lenta, agradecida. Poco a poco, se apagaban. Los relojes de los difuntos eran los primeros. De pronto, la ciudad perdió la costumbre de contabilizar el tiempo muerto. El aire se volvió más ligero, los pasos menos urgentes. Los segundos, antes apretados y pálidos, se estiraban en lentas cuentas regresivas que nadie sabía hacia dónde iban.

La gente comenzó a desprenderse de los relojes voluntariamente. Dejaban los objetos en el umbral del taller y se iban sin mirar atrás. Otros —más osados— los arrojaban al río Hambriento, donde los peces aprendieron a medir mareas con las manecillas oxidadas.

Una mañana, cuando la niebla abrazaba el barrio y los tejados olían a jazmín, Annalisa salió y vio que solo quedaban tres relojes vivos en toda la ciudad: el suyo, el de Silvio, y el antiguo reloj público de la Plaza de los Pájaros. Sintió una punzada de melancolía, como si toda la ternura y el dolor se hubieran fundido para arrastrarle un suspiro muy hondo.

Silvio se le acercó.

—¿Y ahora, Annalisa?

La mujer miró su reloj de bolsillo y vio que ya no latía con fuerza; solo un eco suave, como el temblor de alguien que está de pie en la frontera. Cruzó la plaza en silencio y, frente al reloj público, lo escuchó: un último latido, fuerte y decidido, como un corazón viejo harto de esperar.

Abrió la tapa de su reloj, lo depositó con cuidado a los pies del coloso municipal. Silvio hizo lo mismo con su frágil reloj de arena, que ahora parecía dormido, la arena suspendida a medio camino entre dos eternidades.

Los dos se miraron y supieron —sin palabras— que el tiempo necesitaba su propio silencio. Que el pulso de los relojes había sido una súplica y una promesa.

En la medianoche exacta, bajo la luna de cuarzo y nubes de papel, los tres relojes expiraron juntos. La ciudad entera relució un instante —breve, como el destello de una luciérnaga— y el tiempo volvió a caminar en secreto, sin corazón visible, como antes. Solo que ahora, quienes habían sentido el pulso bajo la piel, no volvieron a olvidar que el tiempo, también, sabe amar y despedirse.

En los años siguientes, Annalisa cerró el taller y se dedicó a cuidar el jardín donde el anciano lloró su última lágrima. Silvio viajó hacia el este, buscando otros relojes dormidos, murmurando poemas a la arena suspendida. La ciudad aprendió a vivir sin medirlo todo, sabiendo que, a veces, el verdadero milagro es escuchar el latido y, luego, dejarlo ir.

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