Portada del relato La ciudad donde duermen los nombres
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Fragmento:


Desde ese día, cada vez que despertaba, sentía fragmentos de sí adheridos o evaporados, como si la niebla de Buenasuerte arrancara trocitos de su memoria. Algunos días recordaba la melodía de una ronda infantil, otros la textura de la lana mojada en el invierno de la capital. Pero cada vez que trataba de explicárselo a los demás, se le llenaba la lengua de papeles y su voz acuñaba palabras completamente nuevas, irreconocibles, que a nadie le importaban demasiado porque todos, en más o menos medida, sufrían el mismo padecimiento.

Duración: 09:47

La ciudad donde duermen los nombres
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Texto de ajuste de pausa.

En Buenasuerte nunca pasaban trenes. Era la clase de ciudad donde los rieles solo servían para que las gallinas los cruzaran en tropilla, bajo la mirada distraída de los jubilados sentados en la vereda. Los postes telegráficos se habían mantenido en pie por costumbre, cada uno torcido según el humor del viento o los caprichos de la lluvia. Así se lo contaron a Estela Baralta cuando su tía la mandó a vivir allí, después del polvo y la fiebre que se llevó a sus padres.

La primera mañana, apenas rozado el sueño con una siesta indecisa, Estela despertó sin nombre propio. No es que lo hubiera olvidado, pero la realidad le llegó como una carta sin remitente; había un vacío justo en la parte de su mente donde antes habitaba una palabra para sí. Se levantó, atravesó el corredor de piso de baldosas frío y fue a buscar a su tía Brígida, que enrollaba cigarrillos con la indiferencia de quien espera que el mundo se termine a la hora del almuerzo.

“¿Podrías decirme mi nombre?”, preguntó Estela. Su voz bailó, pesada, en la penumbra de la cocina.

Brígida no apartó la mirada del tabaco triturado, ni de sus dedos resecos llenando el papel. “Si no sabes tu nombre, quizás no es tan tuyo, criatura. Aquí nadie se lo guarda muy bien.” Y encendió el cigarrillo. El humo ascendió espeso y denso como el olvido.

Aquella tarde, la ciudad era pura siesta: polvo, las campanas doblando por alguien que entretanto renacía en otra parte, silbidos perdidos. Los nombres parecían no pesarle a nadie; tanto así que en la plaza del pueblo, cuando preguntó a otros niños el suyo, todos balbuceaban algo parecido a una excusa. “Me dicen Polilla”, decía una. “A mí, Carmela me llama Bicho”, soltó otro.

Estela, si es que aún era Estela, ayudó a su tía a regar los jazmines cuando el sol caía lo suficiente para no partirle la piel. En el agua que vertía, le pareció ver en reflejo su rostro de pequeña, fluctuante, como un dibujo en una copa de vino removida con violencia. “Aquí los nombres se escapan”, dijo Brígida, repitiendo lo que la gente del pueblo susurraba en las sobremesas. “Si querés guardar algo de vos, mejor lo enterrás en el jardín antes de dormir”.

Aquella noche, Estela probó el consejo: dobló una sábana vieja, la anudó como si fuese un atillo, y añadió dentro una perlita blanca, una horquilla oxidada, los trozos de una carta que alguna vez escribió y nunca envió a Buenos Aires. Excavó bajo el limonero, junto a las raíces nudosas, y cuidó que nadie la mirara. No supo qué nombre susurrar, así que calló, y el agujero aceptó su secreto con el silencio de los pactos.

Desde ese día, cada vez que despertaba, sentía fragmentos de sí adheridos o evaporados, como si la niebla de Buenasuerte arrancara trocitos de su memoria. Algunos días recordaba la melodía de una ronda infantil, otros la textura de la lana mojada en el invierno de la capital. Pero cada vez que trataba de explicárselo a los demás, se le llenaba la lengua de papeles y su voz acuñaba palabras completamente nuevas, irreconocibles, que a nadie le importaban demasiado porque todos, en más o menos medida, sufrían el mismo padecimiento.

En la feria de los jueves, el puesto de Don Mario ofrecía mercadería improbable: dientes de leche, plumas de urraca, calendarios viejos donde los días sobrantes eran arrancados de las semanas, formando un montón polvoriento que ningún viento osaba llevarse. Don Mario, que tenía un bigote negro de viudo reciente, le sonrió con la complicidad de quien conoce los juegos menudos del destino.

“Acá la gente viene a comprar recuerdos”, le dijo, extendiendo una bolsita donde tintineaban capsulitas de perfume diminutas. “El olfato es lo único que no nos han robado los fantasmas. Siente, huele.” Le acercó una botella minúscula, y el aroma a cuero mojado la llevó directo al regazo de su madre, la promesa de un cuento imposible.

La ciudad giraba alrededor de sus pérdidas. Una mujer tejía abrigos con hilos desparejos, y ofrecía a cambio relatos de los nombres que había tenido en el pasado: fue Rosa en dos vidas, Margarita cuando amó a un forastero, y Luz solo una vez, en una noche de eclipse, cuando la luna fue tragada por un fajo de nubes y el silencio la abrazó. Nadie era del todo dueño de sí, el río parecía arrastrar identidades como ramas caídas, y el viento llamaba por apellidos que no tenían dueño.

En ese clima, el otoño resultaba especialmente cruel. Nadie recordaba exactamente cuánto duraba, pero todos reconocían la llegada por el modo monstruoso en que el aire adquiría gusto a cáscara de nuez y a hojas podridas. A veces, Estela despertaba de madrugada segura de que su cuerpo no le pertenecía, de que era otro el nombre que contenía su lenguaje.

El único lugar donde los nombres parecían anclarse, con una determinación obstinada, era el cementerio. Allí, entre cruces de álamo y lápidas de ladrillo, los nombres permanecían grabados con caligrafía infatigable, cada uno resistiendo el viento, cada uno recordando su propia terquedad. “Aquí”, le susurró Brígida una tarde mientras dejaban flores sobre la tumba de un antepasado lisiado, “la muerte es el único registro civil que tenemos”.

La frase la rozó como un anzuelo. Pensó: si el nombre se fija solo en la muerte, ¿acaso es posible morir varias veces, cada vez que se olvida a sí misma? Trató de probar la lógica dentro de su pecho, pero era como beber té frío con cuchara de madera; la verdad bailaba demasiado deprisa para que pudiera atraparla.

Pasaron semanas y Estela continuaba sin certeza de llamarse como la habían nombrado al llegar. Las cartas escritas a mano con la caligrafía de niña fueron encontradas por una vecina, desenterradas tras una lluvia obstinada. La tía vigilaba su sueño, inventaba palabras antes de dormir y le susurraba leyendas de antepasados que se fundieron en el agua.

“Si durmiéramos con las ventanas abiertas”, decía Brígida, “quizás los nombres regresarían con el rocío. Pero ninguno en Buenasuerte soporta aceptar qué trajo cada aurora, porque siempre hay un poco de ayer colgando de la próxima mañana.”

Hubo una vez en que un forastero pasó por el pueblo. Dicen que venía en un camión descompuesto, con cara de frío y botas de cuero sin brillo, y que al poco de bajar en el almacén se preguntó en voz alta cómo era posible que nadie respondiera por sí mismo, ni usara nombres enteros ni firmara ningún recibo. Nadie supo explicarle de dónde venía el olvido, ni si algún día había llegado el último tren, ni si el río aún llevaba los escritos de algún escritor que pensó su última novela y la perdió en la corriente.

Al forastero le vendían pan y queso, le invertían la fecha del recibo y lo despedían sin adiós. Una noche, la víspera de todos los santos, alguien lo vio hablando con el aire en la esquina de la plaza. Juró que, a la mañana siguiente, el forastero se convirtió en silencio, y que su rostro apareció entre las raíces de una ceiba junto al cementerio, en la forma breve de una palabra que nadie quiso pronunciar.

Estela aprendió entonces a no buscarse demasiado. “Si aquí todo se olvida”, se repetía, “lo poco que queda debe bastar para sobrevivir al invierno”. Comenzó a medir su tiempo en objetos: la medalla de cobre encontrada durante una lluvia torrencial, un trozo de espejo donde los niños se miraban en busca de rasgos familiares, una cuchara doblada por los años.

A veces, cuando el sueño era profundo y la noche suave, Estela lograba recordar fragmentos de un nombre, como si en la pausa entre dos respiros su ser se replegara sobre una sílaba perdida. Era entonces que la vecina, la del puesto de las lanas, le prestaba frases para narrar al día siguiente, y las dos se sentaban a inventar historias de quienes habían sido en otras vidas: la vez que fueron heroínas sin gloria, viajeros sin mapa, hermanas de un hombre que inventaba relojes de arena olvidados.

Una tarde de noviembre, cuando el viento traía olor a río crecido y los cencerros tintineaban a la hora de la siesta, Estela caminó a la plaza como cada día. Sentía un vacío menos feroz, como si un hilo se deshiciera muy despacio dentro de su pecho. Fue entonces que vio, a lo lejos, a una mujer anciana de paso corto, que vendía recuerdos líquidos en frascos pequeños.

“¿Cómo me llamo?”, preguntó con una voz que reconocía solo en los sueños.

La anciana, cuyos ojos parecían haberlo visto todo, rebuscó en su canasta hasta dar con una pequeña botella de vidrio azul. Miró a Estela largamente, como quien pesa una semilla antes de plantarla. “Tienes el nombre escondido entre los dedos”, dijo. “Pero en Buenasuerte, los nombres vuelven solo si no los buscas. Nos eligen ellos a nosotros, cuando estamos listos otra vez”.

Estela pensó en todo lo que había olvidado: los trenes que no llegaban, la infancia trastabillada por el polvo y la gripe, el rostro de su padre recitándole un poema inútil, la sombra de su madre memorizando la receta del pan, la voz sin nombre de su tía, los secretos del jardín, las tardes de feria.

Sonrió, y comprendió finalmente que en Buenasuerte ningún nombre era suyo ni de nadie. Que la única pertenencia verdadera era lo que se amaba al perderlo. Que, en ese pequeño margen donde la vida y el olvido se rozan, solo se sobrevivía a fuerza de inventarse cada día, de tejerse un nuevo nombre al calor de la primera risa de la mañana.

Tal vez, pensó Estela, el verdadero tren era el que uno aguardaba sin esperanza, el que pasa solo una vez, el que viaja anónimamente por el tiempo, recogiendo a quienes han dejado de llamarse. Y mientras el viento aullaba entre los jazmines, y el limonero guardaba sus secretos bajo tierra, Estela Baralta—si es que todavía le pertenecía ese nombre—se encontró, por un momento, siendo todos los nombres que había olvidado.

Y, con la inocente gracia de los que se saben dejados de lado por la memoria, siguió caminando por Buenasuerte. Sin nombre, pero viva. Más viva que nunca.

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