Había algo diferente en el modo en que el viento silbaba sobre las almenas del castillo Aralith esa noche. No era el murmullo benigno que besaba las piedras en las noches de festival, ni el lamento helado que traía consigo la proximidad del invierno. Era casi un canto de desaliento, un aviso a quien quisiera escucharlo de que el mundo, tal como lo conocían, pronto sería irreconocible.
Por dentro, el salón principal burbujeaba en su propio microclima, pleno de antorchas temblorosas y respiraciones pesadas. Los caballeros del linaje Onyx, enfundados en armaduras cuyas placas parecía absorber, más que reflejar la luz, estaban reunidos en un círculo cuya tensión podía palparse como un tejido. Sus yelmos reposaban sobre la mesa central, permitiendo ver sus rostros marcados, algunos con cicatrices físicas, otros con heridas mucho más profundas.
Al centro, Lord Garric mantenía el porte erguido, su melena gris tan bien cuidada como la hoja a su cintura. Sobre el tapiz de la mesa brillaba incómodamente un único anillo de ónice: el símbolo de quien había caído. Todos sabían lo que significaba: otro caballero había desaparecido, y se sospechaba que esta vez no había caído en honorable combate.
Una figura delgada y envuelta en una capa azul medianoche, se deslizó entre la asamblea como una nube inquieta entre estrellas. Sin anunciarse, posó la mano sobre el hombro de Garric. Era Elelya, principal consejera y archimaga de Aralith, cuyas habilidades en la evocación se veían rivalizadas sólo por la opacidad de sus motivaciones.
—Hay rumores —inició Elelya, su voz tan suave como el terciopelo gastado—. Los caminos son inseguros. Las aldeas al sur claman haber visto llamaradas verdes sobre el horizonte.
Un murmullo recorrió la sala. Llamaradas verdes: magia desatada, descontrolada, casi siempre corrupta. Garric miró a sus caballeros con gravedad.
—Uno de los nuestros ha caído. Corromper nuestra línea sería el primer paso para cualquier traición que se precie. Elelya, ¿alguien de tu orden ha abandonado tu vigilancia?
Hubo un brillo frío en los ojos de la maga antes de contestar.
—Lo ignoro. A los magos no se nos da bien la vigilancia mutua. Pero hay señales. No puedo negarlo. Somos menos... estables de lo que solíamos ser.
Uno de los caballeros, joven aún pero con mirada ya endurecida, carraspeó. Se llamaba Virian, el más ardiente defensor de la vieja orden.
—No es el momento de buscar excusas entre nosotros. Hay fuerzas en juego que desbordan estas paredes. Dejadme seguir la pista de los fuegos verdes. Si hay traición en la Orden, quiero ser el primero en hallar su fuente.
Los veteranos midieron la propuesta con incomodidad, pero Garric asintió. Sabía que la investigación interna podía costar más vidas si demoraban. Elelya no intervino, aunque sus dedos se crisparon levemente, detalle que Virian no pasó por alto.
Esa misma noche, Virian partió. Montaba a Nox, su caballo de guerra ebrio de sombra, y al cruzar las puertas se despidió sólo de la estatua de la fundadora de Aralith. En su alforja ocultaba más acero que vituallas. Sabía que la traición no tenía rostro favorito, y que en la oscuridad uno podía encontrar a un enemigo inesperado en cualquier esquina.
Las primeras aldeas le ofrecieron poco: relatos de niños asustados, campesinos sin dientes que hablaban de hombres de ojos azules que caminaban pasando la medianoche y de ovejas encontradas petrificadas al amanecer. Lo que sí encontró fue el horroroso hedor a magia corrompida: un campo donde antes crecían cebollas ahora rebosaba de criaturas deformes, mezcla incomprensible de conejo y salamandra.
Virian recopiló pruebas, pequeñas, pero consistentes, y se adentró más al sur. Allí, en los páramos sin dueño, lo esperaba un mago vestido con los colores inversos de la Orden: túnica negra, brazaletes de hueso gris. No intentó ocultarse.
—Llegas tarde, caballero —le recibió—. La marea ya ha girado.
Virian desenvainó. El mago alzó una mano, y el prado tembló bajo ellos. Algo se arrastraba bajo la tierra.
—¿Por qué? —preguntó Virian, manteniendo su voz firme—. Traicionar a tu orden... a nosotros... ¿cuánto te ofrecieron?
La sonrisa del mago era triste.
—No es una cuestión de oro. Es visión. La Orden se pudre. Los caballeros se han vuelto ciegos a la necesidad de cambio. Alguien debe sacudir los cimientos.
—Y por eso revientas la tierra, corrompes la vida, abres portales a quién sabe qué plano infernal.
El mago completó el círculo que estaba dibujando con la punta de su báculo. Virian decidió atacar antes de que pudiera terminar. Cargó, espada en alto, y acero chocó contra magia pura. Fuego y electricidad inundaron el claro. Durante minutos, sólo pudo verse una tormenta de energía cegadora que desmenuzó la hierba y retorció las rocas en formas imposibles.
Al final, Virian y el mago estaban de rodillas, frente a frente, ambos sangrando. El caballero aprovechó la menor vacilación, atravesando el costado del mago. Antes de morir, el traidor susurró:
—No soy el único. Ella susurra a través de nosotros. Elelya... la Dama Azul... ella...
El último aliento se desvaneció y la carne del mago se descompuso en venas negras que el suelo absorbió con avidez.
Virian allí comprendió la magnitud de la amenaza. El enemigo no era un simple traidor o un puñado de magos hambrientos de poder. Era algo más antiguo, una sombra que se alimentaba de la insatisfacción, la duda y la nostalgia por un poder absoluto que la Orden había prometido abolir siglos atrás.
No perdió tiempo. Sabía, ahora, hacia dónde se dirigía la corrupción. Durante el camino de regreso a Aralith, los signos eran más claros: la noche era más espesa, las fogatas de los campamentos resistían a encender, y en los riachuelos flotaban restos de lo que una vez fue vida.
Al llegar, no fue recibido como un héroe. Los portones estaban cerrados, y sobre la almena reconoció, iluminada a la luna, la figura de Elelya. Llevaba ahora la túnica ceremonial completa, bordada con hilos de mercurio líquido. Sus ojos brillaban con una intensidad inhumana.
—Así que has vuelto, Virian. Era cuestión de tiempo.
Detrás de ella, tres caballeros de Onyx, ahora sin escudos ni emblemas, pero armados y dispuestos, le flanquearon. Sus miradas eran de piedra, pero en el fondo titilaba algo de dolor.
—¿Por qué? —espetó Virian, bajando apenas la espada—. ¿Qué te ha cambiado tanto, Elelya?
—El tiempo —respondió la maga—. El tiempo y el olvido. La Orden cree que puede contener el océano de la magia en sus manos. Yo sólo he soltado las compuertas. La magia no es buena ni mala, Virian. Sólo es... fuerza. Negarse a usarla, amordazarla, nos ha vuelto débiles.
—Nos ha salvado de la aniquilación, Elelya. O eso creímos.
Ella sonrió con tristeza.
—La historia juzgará. Entrega tu espada, únete a nosotros. No todos los caminos de la noche llevan a la perdición.
Virian miró las manos de Elaeya. De sus uñas brotaban venillas de luz azul que pulsaban, sincronizadas con el temblor del suelo. Sabía lo que debía hacer, aunque el corazón le pesara.
Giró su espada, el fulgor de su acero reflejándose en el rostro atormentado de sus antiguos compañeros.
—Prefiero perderme en la sombra por defender un poco de luz, que abrazar la noche sólo porque es la más vasta.
Entonces la batalla fue inevitable. No fue gloriosa; fue sucia, corta, y brutal. Los caballeros caídos lo arrastraron al fango, y durante un instante, dudó. Pero el recuerdo de los campos corruptos y la mirada del caballero cuyo anillo había reposado en la sala impulsó su brazo.
Al final, sólo Elelya y él quedaron en pie. La orden temblaba, y con un gesto desesperado, la maga convocó el poder remanente del linaje de Aralith. Un haz de energía azul se disparó hacia el pecho de Virian.
Fue su juramento, la promesa no a una Orden, sino a la gente, al mundo más allá de la muralla, lo que invocó una última chispa de resistencia. El acero absorbió la magia, la hizo arder, y devolvió el golpe.
La Dama Azul cayó, pero mientras la vida la abandonaba, lanzó una advertencia: "La noche persiste. No puede matársele. Sólo ganamos tiempo".
Virian, exhausto, cubierto de ceniza y sangre, contempló el amanecer frágil sobre Aralith. Sabía que lo ocurrido sería sólo una nota en una larga sinfonía de traiciones y redenciones, y que cada nuevo día traería consigo el peso de viejas promesas.
Sin celebraciones, tomó el anillo de ónice y lo depositó sobre el tapiz, en silencio. Sabía que la oscuridad encontraría otro camino, como la marea implacable. Pero mientras quedaran caballeros dispuestos a perderse por defender la luz, la noche tendría un adversario. Y eso sería suficiente... al menos por ahora.
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