El viento acurrucado en los aleros contaba secretos a las goteras aquel amanecer, y entre los tejados de la calle Espina, justo donde el tiempo a veces se distrae y tropieza, los gatos dormían de costado por costumbre y pura resignación. Vera Rivas bajó por cuarta vez a preparar el café, aunque juraría que ya lo había hecho—y, de hecho, en el fregadero descansaba una tanda de tazas recién enjuagadas—pero cuando el reloj de péndulo de la sala repicó, ella estaba convencida de que aún no era la hora de nada.
El reloj debió de mentir, porque Vera lo miró de reojo y después, con resignación, le devolvió una ceja alzándola en forma de advertencia. En la calle Espina, los relojes son cosas sospechosas, a menudo dadas a complots y, por las noches, a largas conspiraciones sobre restarle tiempo a los vecinos y dárselo a las margaritas del jardín de la señora Mortis, que permanecían en un inexplicable estado de floración todo el año. Nadie las regaba, ni siquiera los gatos, y el caso es que allí estaban, blancas y siderales, como pequeñas luces entre tanta sombra.
A la señora Mortis nunca se le veía regar. Decía que el agua era un accidente del cielo, como la muerte, y que ambas llegaban igual de imprevisibles. Nadie discutía esa clase de sentencias.
Esa mañana llegó a la tienda un cliente. No cualquiera, sino un caballero de traje gris que traía el cabello tan perfectamente ondulado que parecía entschieden a resumir las olas del Atlántico en su cabeza. Vera lo recibió con la educación justa y el aburrimiento técnico de quien ha atendido cientos de tiempos, perdón, clientes, a lo largo de su vida.
—¿Busca algo en particular? —preguntó, mientras el reloj de péndulo intentaba hacerse oír en la sala contigua.
El caballero sonrió apenas.
—Me han dicho que aquí venden relojes que olvidan el tiempo.
Era cierto, al menos en parte. La tienda de Vera tenía un escaparate humilde, con ecos de madera y vitrinas polvorientas. Allí, sobre cojines de terciopelo que alguna vez habrían sido púrpura, descansaban todo tipo de relojes: algunos seguían la hora, otros, los latidos del corazón, y otros, los pasos perdidos por el jardín.
—Depende de para qué quiera olvidar —respondió Vera, midiendo las palabras con el mismo rigor con el que servía el café.
El hombre paseó la mirada por el local, donde los relojes colgaban de hilos invisibles o reposaban en bolsillos de estante como si esperaran un tren atrasado. Extrajo del bolsillo del chaleco un papel doblado, se lo entregó a Vera. Ella lo abrió y leyó: “Quisiera perder media hora de ayer, entre las 15:00 y las 15:30. Es por cuestión de higiene personal”.
—La higiene, ya veo —dijo Vera, y ocultó una sonrisa que se le escapaba por la comisura.
—Verá —aclaró el hombre, encogiéndose de hombros como si llevara una tormenta en el forro de la chaqueta—, a esa hora discutí con alguien amado. Dicen que aquí pueden reordenar esas cosas…
Vera suspiró. A veces llegaban con bolsillos llenos de horas para gastar, o con pedazos de domingos que querían reencuadernar en otro lunes menos gris. Pero perder media hora era algo así como arrancarle un pétalo a una margarita y esperar que nadie lo notara.
—El costo es alto —advirtió, limpiando la madera con un gesto distraído—. Y no me refiero al dinero.
El hombre se sentó, hundiéndose en una de las viejas butacas tapizadas con retazos de sueños. Mientras Vera consultaba el inventario íntimo de los relojes desmemoriados, una verdadera sinfonía de tictacs flotaba en el aire, intersectando los rayos de luz como si fueran candelabros danzando en una fiesta sin invitados.
—¿Y si no pago el costo? —preguntó el caballero.
—Podría recordar lo que ya ha olvidado. O, peor aún, podría olvidar lo que aún no ha ocurrido. A veces el olvido hace esas cosas; no distingue el futuro del pasado.
Se instaló un silencio largo y hondo, de esos que se cuelan por debajo de la puerta y se quedan a vivir bajo el felpudo. El hombre asintió con un leve temblor en los labios.
—Acepto —declaró al fin, y un gato que dormitaba detrás de la estufa abrió un ojo, como si hubiera escuchado una promesa peligrosa.
Los rituales de Vera eran modestos: una llave de plata, un puntero de plomo y una pizca de canela (parche ineludible para los relojes que olían demasiado a olvido). Tomó un reloj de bolsillo, de esos que no dan la hora sino la sensación de estar llegando tarde, y lo abrió frente al cliente.
—Concéntrese en la media hora que quiere perder —susurró, y extendió el reloj bajo su nariz.
El hombre cerró los ojos. El tictac se aceleró, se retorció, se volvió ronco como la respiración de las madrugadas sin sueño. De pronto el local pareció inclinarse, y durante instantes que no podrían medirse con instrumentos comunes, la Calle Espina fue una curva en el tiempo donde las horas resbalan cuesta abajo y las campanas suenan en orden inverso.
Vera sintió el pulso del hombre en el dorso de la muñeca, su ansiedad fluyendo como vapor entre las baldosas. Hubo una ráfaga. Un gruñido del reloj cuando atrapó la media hora reclamaba su precio.
—Ya está —anunció ella, cerrando el reloj con un chasquido que evocó el cierre de todos los diarios del mundo al anochecer.
—No siento nada —dijo el hombre, tocándose la sien.
—Exactamente —respondió Vera—. Es el signo de que ya no hay nada que sentir. La higiene está hecha.
Se despidieron cortésmente, y él desapareció tras los reflejos fibrosos de la mañana.
En la Calle Espina, sin embargo, los efectos secundarios del olvido son como las lluvias de la señora Mortis: nadie sabe cuándo empiezan, pero todos se mojan.
Un par de días después, el cabello perfecto del caballero comenzó a encresparse de maneras inverosímiles. Empezó por no encontrar la navaja de afeitar, luego el peine, y más tarde olvidó qué significaba ponerse la corbata con un nudo Windsor. Las vecinas cruzaban miradas en la panadería, cuchicheando entre arroces y credos: “Dicen que vende alfileres que pinchan pesadillas”, “No, son relojes para las siestas de los insomnes”.
En la tienda de Vera, los relojes que olvidan el tiempo cerraban los ojos de plata y suspiraban quedamente. Nadie, sino ella, notó que durante media hora algunas plantas del vecindario se marchitaban repentinamente, y que los gatos preferían la sombra fresca de los portales olvidados.
Vinieron otros clientes: una mujer que quería perder un jueves sin noticias, un joven que deseaba olvidar la cifra precisa de una pérdida, una anciana que sólo quería que los domingos no existieran más. Vera les ofrecía las mismas advertencias, la misma llave, el mismo rito. A cambio, la Calle Espina comenzó a doblarse sobre sí misma en esquinas que ya nadie recordaba haber transitado.
Un año después, la señora Mortis—que había permanecido inmutable, como una estatua secreta—llegó a la tienda. Vestía de luto, aunque nadie supiera por quién, y dejó en el mostrador un pequeño calcetín ajedrezado.
—He venido a reclamar lo que es mío —declaró sin preámbulos—. Los recuerdos que han perdido otros suelen venir a buscarme.
Vera titubeó. Los objetos de la tienda crujieron en sus vitrinas y el reloj de péndulo intentó esconderse tras la cortina.
—¿Quiere que le devuelva el tiempo olvidado?
—No. Quiero repartirlo —dijo Mortis. Su voz era como el susurro de las hojas secas que se arrastran por las veredas en octubre.
Abrió el calcetín y, con sorprendente destreza, esparció su contenido sobre el mostrador: pequeñas semillas del color de la nostalgia recién regada.
—Plántelas en los relojes rotos —instruyó—. Deje que germinen en los engranajes. Las flores del recuerdo nacerán a su debido tiempo.
Vera, que nunca había tenido jardín, aceptó el encargo con la seriedad de un notario y la incredulidad de un poeta. Durante semanas, regó con recuerdos los huecos de las horas rotas, y de cada esfera estalló un brote inesperado: margaritas en los cuartos de minutos, décimas de segundo convertidas en helechos, párrafos de memoria disipados en racimos de violeta.
La Calle Espina, donde nunca pasaba nada y el tiempo a menudo se distraía, se llenó de extrañas flores. Allí donde un olvido había arrancado la media hora de una discusión, creció una dalia que olía a reconciliación. En la puerta de la panadería, una ortiga recordaba a los transeúntes las lecciones de lo perdido. Vera, entre tanto, servía café a los insomnes y les ofrecía una porción de tarta de frambuesa, recomendando acompañarla con una pizca de memoria rebanada muy, muy fina.
El caballero de cabello rebelde regresó, con la mirada algo desorientada pero el alma en paz, y se llevó consigo un ramo de recuerdos nuevos. La señora Mortis sonrió, apenas, detrás de su cortina de encaje.
El tiempo, allí, aprendió a olvidarse sólo lo necesario; a dejar un poco de pasado para que las flores supieran de dónde venían. Los gatos siguieron durmiendo de costado y, cuando el reloj de péndulo repicó la medianoche, todos los relojes del barrio olvidaron marcar la hora, aunque un par de margaritas florecieron agradecidas cada vez que alguien se sentaba a esperar que la vida avanzara en la Calle Espina.
Y nadie, en su sano juicio, volvió a pedir perder una hora sin antes haberse asegurado de tener suficiente jardín donde plantar lo que crece en los huecos del tiempo.
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