Portada del relato La noche en que danzan las sombras
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Fragmento:


La imagen de su abuela —tozuda y tierna, siempre con un pañuelo en la cabeza— acudió a su memoria. Ella, sentada al borde de la cama, pronunciaba nombres nuevos cada noche, historias que pronto desaparecerían, como huellas arrastradas por la marea.

Duración: 08:38

La noche en que danzan las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Una neblina glacial cernía sobre la ciudad, tan pura y gélida que al respirarla uno sentía que nunca había probado el verdadero frío. Desde su ventana que daba al norte, Leonor veía cómo los copos dibujaban remolinos irregulares sobre las baldosas de la plaza y escuchaba el tintinear de los faroles de gas, cuya luz azulada parecía parpadear más deprisa, como si temiera quedarse atrapada en el hielo a la primera oportunidad. A Leonor siempre le había fascinado esa quietud engañosa del invierno: bajo su apariencia de quietud, la realidad podía fragmentarse en hebras de brillo y penumbra.

Pero en ese distrito, la magia nunca dormía del todo.

De pequeña, creía que las historias de magos de hielo eran puras patrañas de su abuela para entretenerla en las noches largas, en que debía permanecer en casa porque cualquier paseo resultaba imprudente. Pero ya adulta, Leonor había aprendido a reconocer las señales, y últimamente habían vuelto a aparecer. El temblor oculto tras los cristales. Los finísimos dibujos de estrellas en su taza de café ya frío. Sueños que daba por olvidados, que regresaban con la fuerza de una ola helada, trayendo nombres y rostros sepultados bajo el tiempo como si nunca se hubieran ido.

Aquella noche, sin embargo, algo la advirtió de que debía estar alerta. Quizá fue el silencio implacable, solo roto de vez en cuando por el crujido del hielo cediendo en los canalones. Quizá fue la inusual pesadez de su cuerpo, como si los párpados no quisieran cerrarse pese al cansancio que la consumía.

Leonor buscaba el sueño, pero el sueño parecía escurrirse de sus manos. Decidió, finalmente, rendirse a la vigilia y bajar al salón a prepararse una infusión. Le costó encontrar la lata de té; sus manos, torpes de sueño y frío, dejaron caer la cuchara y la vieron rodar bajo la mesa. Cuando se agachó para recogerla, escuchó un ligero susurro. Un susurro que no era eco de la calle, ni viento en las rendijas, sino el roce de una presencia: gélida, siseante, muy antigua.

—Basta ya —le dijo una voz, en tono suave pero perentorio—. No sirve de nada rehuir. Han venido por tus sueños.

Leonor se irguió de golpe, la cuchara aún entre los dedos. Frente a ella, en la penumbra, surgió la silueta nítida de una figura alta, envuelta en ropas azules con reflejos de escarcha. Su piel era casi transparente y sus ojos, del color del hielo polar, parecían mirar a través de todo cuanto existía.

—¿Quién eres? —musitó Leonor, notando cómo su aliento convertía el aire en diminutas perlas blancas.

—Uno de los que velan —respondió el hombre—. Somos llamados de muchas maneras. Magos de hielo, guardianes de límites, sembradores de olvido. Has soñado demasiado tiempo con ellos.

Leonor apretó la cuchara, como si pudiera usarla de escudo.

—¿Con quiénes?

—Los otros. Los que hacen castillos de arena en las mentes dormidas. Los tejederos de sueños efímeros.

La imagen de su abuela —tozuda y tierna, siempre con un pañuelo en la cabeza— acudió a su memoria. Ella, sentada al borde de la cama, pronunciaba nombres nuevos cada noche, historias que pronto desaparecerían, como huellas arrastradas por la marea.

—¿Por qué vienen ahora? Hace años que no… —pero no terminó la frase. Sabía, en el fondo, por qué: porque había comenzado a olvidar. Porque ahora, al cerrar los ojos, ya no podía invocarlos con la misma exactitud. Porque el peso del tiempo estaba barriendo los cimientos de aquella infancia imposible, hecha de promesas, miedos y cuentos.

—Ellos sienten el vacío —prosiguió el mago de hielo—. Allí donde olvidas, ellos llegan.

Leonor sabía que el frío de la figura no era solo físico. Era un frío más profundo, que podía colarse hasta lo más hondo, solidificar los recuerdos y volverlos tan duros y brillantes como el cristal. Era ese mismo frío el que se esconde bajo las palabras no pronunciadas, en los años que pasan sin visitarse.

—¿Y tú? ¿Qué vienes a buscar aquí?

El mago de hielo ladeó la cabeza.

—Equilibrio. Ningún sueño debería poseer la arena entera, ni ningún recuerdo, la escarcha total. Todo exceso es una amenaza.

De repente, un zumbido leve le hizo girar la cabeza hacia la ventana. La cortina se agitó suavemente y, en la acera, una segunda figura apareció bajo la luz moribunda de un farol. Era una mujer de piel dorada y cabellos como trigo, que avanzaba sin dejar huella alguna en la nieve. Entre sus dedos danzaba un puñado de arena, y a cada paso, la soltaba; los granos flotaban en el aire y chisporroteaban alrededor de ella como destellos diminutos de oro.

Leonor la reconoció aún antes de que la extraña llegara a la puerta y la entreabriera sin ruido.

—No temas —dijo la mujer—. Solo vengo a recordarte que lo perdido puede aún visitarse. Hay sueños tan antiguos que ni el hielo puede quebrarlos, aunque los haya olvidado todos cuantos viven.

Su voz era un murmullo fluctuante, como el rumor de las olas en una playa lejana, e iba acompañada del aroma a sal y sol. De repente, la estancia se llenó de calor, los cristales lloraron gotitas de agua, y la cucharilla resbaló de entre los dedos de Leonor.

—Quieren dividirme —dijo Leonor, más para sí misma que para ninguno de los dos.

—No —corrigió la mujer de arena—. Quieren mostrarte el precio del olvido. Y el de la memoria. Solo tú puedes elegir.

El mago de hielo levantó una mano de dedos larguísimos. El vaho que exhaló dibujó formas abstractas en el aire. Por un instante, Leonor vio escenas congeladas: su madre tejiendo bajo la luz de un farol, un perro que ya no vivía, la sombra inclinada de su padre leyendo a media voz un cuento imposible.

La mujer señaló el mismo espacio y los recuerdos se derritieron. En su lugar, vio sueños que nunca sucedieron: la playa inmensa de la que había oído hablar pero jamás pisado, un picnic junto a una laguna impossible bajo cielos desconocidos, una ciudad que solo había visitado en la fiebre. Eran imágenes granulosas, siempre a punto de escapársele, pero llenas de una felicidad tentadora.

—¿Qué pasa si escojo uno u otro? —preguntó Leonor.

El mago de hielo respondió primero:

—Escógenos, y tus recuerdos serán tuyos para siempre. No sentirás el vacío, pero tampoco podrás soñar con lo que nunca fue.

La mujer de arena se inclinó hacia ella, sonriendo.

—Escógeme, y conocerás infinitas posibilidades, aunque ninguna te pertenezca del todo. Soñarás con todo, pero olvidarás también.

Leonor comprendió, entonces, que ambas ofertas eran igualmente bellas y crueles. Que las dos implicaban perder algo, que ninguna la haría completa.

—No puedo elegir —musitó, con las manos abiertas y el corazón encogido—. No quiero perder ni las cosas que viví, ni los sueños que apenas imaginé.

El silencio que siguió duró un instante interminable. Por fin, la mujer de arena habló, con dulzura.

—Entonces debes caminar entre ambos mundos, Leonor. Ni aferrarte al hielo ni disiparte en la arena. Habita esa frontera y mantén a raya a los dos extremos.

El mago de hielo asintió, y por primera vez sus ojos dejaron entrever algo más que la eternidad gélida: un cansancio dulce, como de quien ha permanecido demasiado tiempo en la misma vigilia.

—No es fácil —advirtió él—. Es la senda de los que aman sin rendirse, y de los que sueñan aunque duela. Es la senda de los obstinados.

La mujer de arena se acercó y, con extraordinaria delicadeza, depositó unos granos cálidos en la palma de Leonor.

—Guárdalos. Cuando se te enfríe el corazón, suéltalos al viento. Y si alguna vez te hielas de recuerdos, bébelos en tu té.

El mago, por su parte, besó la frente de Leonor: un roce gélido, pero cargado de ternura. Un eco le llegó: “No huyas de la memoria, ni la conviertas en un yugo.” Y luego, ambos salieron a la nieve y la brisa salina, desvaneciéndose antes de alcanzar el borde de la plaza.

Leonor permaneció allí mucho rato, el calor y el frío envolviéndola. Le pareció oír, en el silencio claro de la madrugada, la voz de su abuela despidiéndose otra vez, pero sin pena. Notó entre los dedos la arena tibia y, en el rostro, una brizna de escarcha.

Cuando amaneció, volvió al sueño, con la certeza de haber ganado y perdido algo irremediable. Pero aquella noche aprendió a no temer el frío ni la arena. Sabía que, siempre, volverían, como vuelven las olas y las nevadas: para recordarla de qué está hecho vivir.

Y en el limbo tibio entre el hielo de la memoria y la arena de los sueños —allí donde nadie sabe del todo quién es— Leonor aprendió a danzar con ambos, siguiéndoles el ritmo, sin pertenecer jamás del todo a ninguno.

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