Portada del relato La ciudad y sus milagros
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Fragmento:


—No le hables —murmuró Mario—. Si alguien te pregunta, hazle creer que era la luna equivocada o un reflejo. Aquí los milagros son como las ratas. Si les das pan, nunca se van.

Duración: 08:59

La ciudad y sus milagros
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Texto de ajuste de pausa.

No había ciudad en el mundo más aversa al milagro que Argalia. No porque la negaran a latigazos ni porque la asesinara la fe fría, sino porque los milagros en Argalia, simplemente, no llamaban la atención. La ciudad flotaba apenas sobre la planicie nudosa, con su colección de tejados grises y relieves a medio borrar; sus habitantes tenían esa fe impertinente en lo monótono, y los niños aprendían desde temprano a no experimentar asombro, como si el asombro fuera una enfermedad de la infancia que era mejor evitar.

No obstante, la realidad cambiaba de humor algunas noches. Como esa en que el tintorero Gustavo vio levantarse por entre los aleros de la callejuela a una mujer de piel refulgente como barniz nuevo, con el pelo lavado de reflejos azules y la mirada sostenida por un cansancio indecible.

Gustavo, desde su taller, olió madera húmeda y azafrán. Miró de reojo a su esposa, que hervía dulces en la cocina contigua, y luego a las sábanas recién teñidas de un púrpura indecoroso. La mujer de la calle flotaba sobre sus pies, o tal vez pisaba, pero lo hacía con un arte tan delicado que los charcos la reflejaban intacta.

—Yo también la he visto —le susurró una voz. Era Mario, el niño que vendía ramas de laurel los domingos y que hoy, en martes, madrugaba para robar retazos de tela y conversar con los diablos menores que moraban junto al horno.

Gustavo disimuló nervios. El niño reía con la boca, pero los ojos los tenía gastados: aquellos que ven milagros suelen saber el precio del asombro.

—No le hables —murmuró Mario—. Si alguien te pregunta, hazle creer que era la luna equivocada o un reflejo. Aquí los milagros son como las ratas. Si les das pan, nunca se van.

Por esas cosas que ni la realidad ni la imaginación saben explicar, la mujer siguió apareciendo. No siempre en la calle de Gustavo, a veces de madrugada en las azoteas, otras en patios oxidados donde la hierba crecía a puñados. Los gatos la perseguían maullando; los niños, los adultos y los ya-muertos dormían con sus nombres guardados bajo la lengua.

Un día de septiembre, la mujer entró en el taller de Gustavo. No se anunciaba, tampoco pedía permiso; la brisa la arrastró dentro, y los colores del lugar comenzaron a mezclarse en movimientos perezosos.

—¿Ha pensado en teñir sueños, Gustavo? —le preguntó ella, con voz de campana rota.

El hombre, que tenía los nudillos resquebrajados por el añil y las uñas onduladas de tanto sumergir las manos en licores de pigmentos, sintió cómo sus palabras huían de su garganta como pájaros espantados.

—No me dedico a esas cosas, señora. Yo tiño lo que se deja, lo que paga y lo que no se oxida con la lluvia.

Ella sonrió de modo tan vago como un reflejo en la plata vieja.

—Todos teñimos sueños, Gustavo. Algunos los desteñimos, pero eso es hechicería barata.

No era hermosa ni fea. Era, y eso bastaba para que el espacio se apartara a su paso. Se probó un retazo de terciopelo en la muñeca; allí la tela cambió de color, pasando por naranjas, verdes y rojos difíciles de nombrar, hasta quedarse en un gris que no aparecía en ningún catastro de colores.

—¿Cuál es su nombre, señora?

Ella le regaló una sonrisa que dolía como una astilla en la encía.

—Puedes llamarme como quieras. Aquí nadie lleva su nombre natal encima. Eso los vuelve vulnerables.

Gustavo nunca antes había hablado así con una aparición, pero la vida en Argalia enseña que uno debe negociar con el prodigio como con los mendigos: ni ceder demasiado, ni dársela de generoso.

—Le puedo ofrecer un té, pero no tengo tiempo para sueños.

La mujer se inclinó, o tal vez flotó un poco más cerca.

—Yo traigo regalos. —De sus manos surgieron tres esferas diminutas, cada una presa del resplandor de una tormenta embotellada—. Elige una.

Gustavo, que sentía ese miedo que llamaban herejía cotidiana, tocó apenas la esfera azul.

—¿Qué ocurre si elijo?

—Todo lo que deseas. Nada de lo que quieres.

Y entonces la tocó. Lo siguiente fue el silencio; el silencio de las agujas cuando pierden su hilo, el de las mariposas estampadas en tiendas que sólo existen en sueños.

Cuando abrió los ojos, Gustavo estaba en un lugar igual a su taller, idéntico salvo por una única diferencia: alguien lloraba en el otro lado del muro. Lloraba bajo, en el idioma de las heridas.

Cruzó la puerta. Su esposa lo miró abiertamente, sin la distancia habitual, los nudillos de ella eran también grises, carcomidos, apuntando a una vejez no merecida.

—¿Quién llora? —preguntó Gustavo.

Ella no apartó los ojos.

—Tú.

El hombre miró por la ventana: la ciudad era la misma, pero cada tejado ocultaba una herida abierta. Los perros callejeros sangraban luz oral por las encías; los colegios, en vez de gritos de niños, desgranaban ecos de preguntas no respondidas. Incluso Mario pasaba corriendo, descalzo, dejando manchones de sombra donde ponía el pie.

La mujer resplandeciente apareció otra vez, sin aviso, sin pedir perdón.

—¿Me has traído aquí? —le preguntó Gustavo—. ¿O has traído esto a mí?

—Lo que elijas da igual. Lo que importa es lo que haces con los milagros cuando te encuentras con ellos.

El hombre, asustado y algo furioso, volvió a su taller. Allí las telas, en vez de colores, recogían olores: el jazmín del arrepentimiento, la ruda de los juramentos rotos, el café agrio de la infancia vivida de prisa.

—¿Qué quieres de mí? —gritó en voz baja, mientras la mujer giraba en torno a un eje invisible.

—Quiero que veas. Argalia ha sobrevivido tanto tiempo porque sus habitantes no ven. Aquí los milagros florecen y maúllan en los sótanos, pero nadie los nombra. Ése es el conjuro más potente: la negación.

Gustavo sintió en esos instantes que vivía varias vidas, todas entretejidas por una urdimbre de errores y asombros que resaltaban por encima del ruido de la rutina.

Esa noche, el hombre no pudo dormir. Afuera, la ciudad se torcía y estiraba como una muñeca de trapo. Supo, de pronto, que podía buscar a Mario; que el niño, tan pegajoso y tan vivo, era el único que andaba entre sueños con los pies de la realidad. Caminó hasta la plaza mayor, donde todos los martes dormían los inadaptados que soñaban con hacer de Argalia otra cosa.

Mario aparecía y desaparecía entre bancos; sus dedos, manchados de tinta, giraban pedazos de papel en figuras que parecían caballos, pero podían también ser ángeles o demonios.

—¿Qué hago con este milagro, Mario?

El niño lo miró como sólo miran los que esperan ver el final del mundo: con la esperanza de que sea hermoso, o al menos breve.

—Convierte el milagro en historia, Gustavo. Si lo escribes, lo dominas. Si lo dominas, puedes dejarlo ir.

El tintorero volvió a casa. La ciudad olía a tormenta sellada. Tomó su cuaderno de trabajo, ese en el que anotaba pagos y titubeos, y comenzó a escribir lo que sucedía. Cada palabra que escribía era una grieta menos en las paredes de su taller. Cada oración era un poco de luz devolviéndose a la carne de la ciudad.

Mientras escribía, sentía la presencia de la mujer. Ella sonreía, satisfecha, como quien ha visto parir a un dios nuevo.

—¿Ahora qué? —preguntó él, con la voz cansada de tanto inventar.

—Repite el milagro —susurró ella—. No como lo viste, sino transformado. Por eso Argalia sigue en pie: cada noche, alguien toma un milagro y lo convierte en historia. Los demás, cuando leen, creen que fue un sueño o una broma cruel. Pero tú y yo sabemos que es otra cosa, Gustavo.

La mujer se despidió, diluyéndose en un retazo de niebla a la que ahora Gustavo no temía.

Pasaron desde entonces los años como quien cambia de página en un libro húmedo. Argalia siguió, tan inmune a los milagros como a la muerte. Gustavo envejeció, aprendiendo a mover las manos en la sombra y a teñir las telas con olores nuevos: el de los suspiros de su mujer, el del miedo reseco de los vecinos, el del eco de una infancia recuperada con astucia.

Una vez por mes, en la feria de la plaza, alguien contaba la historia del tintorero que aprendió a escribir con milagros. Unos se reían; otros, con la sospecha zumbando en la nuca, miraban a los niños que jugaban entre los charcos, preguntándose si alguna vez también ellos verían a una mujer de piel barnizada, oír la promesa de tres esferas flotantes y aprender a teñir, por fin, el silencio mismo con colores que sólo existen en el pliegue inexplorado entre el sueño y la realidad.

Eso, en Argalia, era todo lo que el milagro podía esperar: un lugar discreto en los labios de quien no quiere creer, pero lo sabe.

Porque toda ciudad donde los milagros pasan inadvertidos, es una ciudad donde lo real se disuelve, cada noche, en las manos calladas de quien sabe mirar.

Y quien sabe mirar, en esta ciudad anodina, lleva siempre en secreto la alegría urgente de saber que en algún retazo de tela, en algún niño polvoriento, en algún suspiro despistado de mujer, permanece intacto el prodigio, esperando su tinta, su voz, y su regreso.

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