Portada del relato La quinta ventana
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Fragmento:


Lía se incorporó y fue hacia la ventana. Los frascos estaban allí, alineados y perfectamente limpios, aunque no recordaba haberlos lavado. Uno de ellos —el más pequeño, con una tapa de rosca dorada— vibraba lentamente, como si guiara una melodía diminuta deteniéndose justo antes de empezar la primera nota. Sin saber bien por qué, Lía lo tomó.

Duración: 09:20

La quinta ventana
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Texto de ajuste de pausa.

La noche se arrastraba por el barrio como una mujer despeinada que no quería llegar a su casa. Más allá de la atmósfera tibia del restaurante donde Lía Rochi trabajaba como mesera, la ciudad de Lima era apenas una huella húmeda sobre los cristales empañados. El reloj de la barra marcaba las diez menos cuarto, y Lía debía estar en camino de regreso a su departamento, pero la mesa seis no quería dejar de beber. Miraba sus manos sobre la bandeja vacía, preguntándose si habría silencio en la avenida, al menos una breve ráfaga, mientras cruzaba la intersección adormilada y lejana del jirón Arica.

Todo aquello podría resultar, para quien vive poco o lee mucho, absolutamente ordinario. El absurdo empieza cuando uno se detiene a mirar lo que ocurre entre las cosas: entre el vaso que alguien deja en la mesa, y el pequeño círculo de humedad que dibuja sobre el plástico, o entre la mano y la idea del frío. Esa noche, Lía sintió eso —la diferencia, la grieta— al girar la llave de la puerta de su departamento. El sonido fue idéntico al habitual, aunque su eco pareció quedarse flotando en el recibidor. “Debe ser el cansancio”, pensó ella.

Su departamento era una pieza alquilada, mínima, con ventanas que no daban a ninguna calle reconocible, sino a otras ventanas, tras las cuales vivían otros inquilinos en el mismo estado de existencia flotante. Había una cama, un ropero con una pata coja, una mesa donde se amontonaban recibos y libros, y una hilera de frascos vacíos sobre el alféizar de la ventana más grande.

Esa noche no encendió la luz. Se recostó sobre la cama y dejó caer los zapatos al suelo, sin molestarse en recogerlos. Apenas cerró los ojos, escuchó lo mismo: el eco del giro de la llave, atrapado aún en algún rincón invisible de la habitación. Al principio pensó que sería algún grillo, o el crujido de la madera gastada, pero entonces algo más le llamó la atención —un aroma que no existía en su vida desde hacía más de quince años, desde una tarde de agosto en casa de su abuela: a pan tibio y pasto mojado.

Lía se incorporó y fue hacia la ventana. Los frascos estaban allí, alineados y perfectamente limpios, aunque no recordaba haberlos lavado. Uno de ellos —el más pequeño, con una tapa de rosca dorada— vibraba lentamente, como si guiara una melodía diminuta deteniéndose justo antes de empezar la primera nota. Sin saber bien por qué, Lía lo tomó.

En el instante en que sus dedos rodearon el vidrio frío, una imagen surgió ante sus ojos; pero no era exactamente una imagen. Era una resonancia, una vibración; ella no estaba segura si la sentía dentro del pecho o en la yema de los dedos: las campanas de la iglesia del pueblo donde había crecido, batiendo a lo lejos en una tarde de lluvia. Ella, con ocho años, corría detrás de su hermana mayor hacia el arroyo. Esfumada en el aire, volvía el rumor de las voces, la risa lejana de su madre… Un escalofrío la recorrió y soltó el frasco, que rodó hasta el borde del alféizar y estuvo a punto de caer.

Tomó el frasco entre las dos manos, con más presencia de ánimo, y giró la tapa.

El sonido del eco cesó. En la penumbra, el departamento parecía encogerse, como si la distancia entre Lía y la puerta fuera sólo el espesor de una sombra. No vio nada salir del frasco, pero se sintió menos sola; una oleada de aroma y recuerdos la envolvió y, por unos segundos, la angustia en su pecho amainó. Recordó el olor del pastel de naranja recién horneado y el tejido áspero de la alfombra de la abuela bajo sus pies descalzos.

Después, solo un suspiro liviano, casi una risa.

En el transcurso de los días, Lía no supo si creerse lo ocurrido. El frasco volvió a su lugar, y ella a su rutina: largos turnos, poca comida, voces ajenas que no lograban traspasar la invisible burbuja de su soledad. A veces, tras la jornada, se detenía frente a la hilera de frascos, preguntándose si el primero habría sido sólo un sueño mezclado con la nostalgia.

Pero una noche especialmente silenciosa, cuando la humedad persistía y el aire estaba espeso en la habitación, oyó un golpe seco tras el muro. Era el segundo frasco, más grande, que rodaba sin motivo aparente. Esta vez, Lía giró la tapa sin vacilación, como si se hallara repitiendo una costumbre de la infancia.

Casi al instante, el cuarto se impregnó con el perfume de las orquídeas que su madre cultivaba en la terraza. Y entonces, los recuerdos no vinieron en imágenes, sino en voces: su padre silbando bajito en la madrugada, su hermana tarareando una canción de cuna, los ladridos remotos del perro viejo que una vez la había hecho llorar. Lía se sorprendió llorando en silencio, como quien se entera de que alguien la está llamando desde otro cuarto, uno al que no puede responder porque no sabe dónde está.

Ahora, el misterio de los frascos se impuso en su vida. Empezó a notarse más atenta a las grietas entre las cosas: el modo en que el vapor del agua dibujaba formas sobre el espejo del baño; cómo la madera del parqué se arqueaba bajo el peso de sus pasos o cómo las horas parecían dilatarse precisamente antes de dormir. La vida seguía, pero ella sentía que algo, en la penumbra, se ordenaba a su alrededor según una partitura oculta.

Una tarde encontró un pequeño sobre amarillo entre las cuentas vencidas. La dirección estaba escrita en una caligrafía que reconoció con un pequeño estremecimiento: era la de su hermana, Lucía, que vivía hacía años en Arequipa y nunca respondía llamadas. La carta era breve, casi un poema, y hablaba de una promesa hecha en la infancia, cuando ambas jugaban a esconder botellas bajo la cama y se juraban contarse los sueños cada vez que se vieran.

“No importa que no recordemos los sueños. Basta con esconderlos bien, como esos frascos que llenábamos de aire o tierra húmeda. El truco siempre fue abrirlos solo cuando necesitáramos compañía”, decía el párrafo final.

Lía, entonces, comprendió que la memoria puede ser también materia; que había una razón para la “sucesión” lenta de los frascos y que, quizás, todas las casas viejas —y todas las vidas cansadas— estaban llenas de frascos secretos que nadie sabía cómo abrir.

El invierno avanzó. Una noche, la lluvia caía oblicua sobre los techos del barrio. Lía sintió la presencia de otro frasco: el cuarto, opaco, rechoncho, cubierto de un polvo que parecía no querer despegarse jamás. Lo tomó y, con la familiaridad de una obrera cumplidora, desenroscó la tapa.

Pero de este frasco no salió ningún aroma dulce, ni una ráfaga de recuerdos dichosos. Una ráfaga de frío se deslizó en la habitación, y en ese instante, Lía recordó la conversación que tuvo el día en que su madre fue internada. La sucesión de visitas tersas y funestas, los médicos, los papeles firmados sin entender; la sensación de que la vida, por fina que parezca, puede quebrarse apenas uno advierte el filamento invisible que la sostiene. Recordó que había llorado y que no había nadie a quien pedirle consuelo. El frío se extendió en la habitación y, sin embargo, no era desagradable: era simple, honesto, como si le permitiera mirar de frente la tristeza y, con ella, todo lo que venía detrás.

Entonces supo que los frascos actuaban con vida propia: no eran mensajes guardados a propósito; eran guardianes. Guardaban tanto el perfume como el vacío, la fiesta como la ausencia, y uno debía elegir abrirlos cuando se sentía fuerte o dolorido, pero nunca durante la indiferencia.

En el restaurante, Lía comenzó a reconocer en los rostros de los clientes el mismo destello que veía dentro de los frascos: la sombra de lo que han guardado para sí mismos de forma tan secreta que ni siquiera saben que aún lo conservan. Aprendió a observar más allá de las palabras (cómo sostenían el vaso, qué hacían con las servilletas), y a ofrecer café a quienes lo necesitaban no porque tuvieran sueño, sino porque sus ojos estaban llenos de tormentas detenidas.

Un mes después, tras una siesta soñada entre la mugre y los viejos libros, Lía fue despertada por un golpe delicado. La hilera de frascos en la ventana estaba completa, excepto por uno nuevo, delgado y alargado, sin tapa. Dentro, apenas visible, había una pequeña rama de orquídea, tan fresca como si la hubiesen cortado esa misma mañana. Al tocar el frasco, Lía no sintió aroma, ni recuerdos: sólo una calma profunda, una certeza mínima, como si el tiempo mismo se redujera a esa sensación de querer quedarse un rato más, sólo un rato, en el lugar justo de la vida.

Esa noche, Lucía la llamó. En la llamada, ninguna mencionó la carta. Solo hablaron de tonterías, de recetas nuevas, de la lluvia. Pero al colgar, Lía fue a la ventana. El último frasco tembló bajo su mano, y en el fondo pareció ver reflejada la lámpara del departamento, la luz de la calle, y, por un parpadeo, la silueta de su abuela sentada al borde de la cama, cantando bajito.

Nunca supo qué hacía que los frascos giraran por sí solos ni por qué aparecían sólo las noches necesarias. Fueron, quizá, invenciones del deseo y la tristeza, o tal vez, diminutas trampas que la realidad tejía para recordarnos —a través de la memoria, los aromas, y la misteriosa materia del pasado— que no existe soledad irremediable mientras haya algo que abrir y compartir, aunque sea un simple frasco vacío, en la inconstante ventana de los días.

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