Fragmento:
—¿Recuerda usted, doña Vela, la noche en que el Gasómetro se apagó? —preguntó Juliana, sirviendo la leche caliente con ese temblor de cuchara que parecía música. Los cuchicheos del pueblo flotaban en el vapor, voces apenas cuajadas en la luz granulada de la cocina.
Duración: 08:33
—¿Recuerda usted, doña Vela, la noche en que el Gasómetro se apagó? —preguntó Juliana, sirviendo la leche caliente con ese temblor de cuchara que parecía música. Los cuchicheos del pueblo flotaban en el vapor, voces apenas cuajadas en la luz granulada de la cocina.
Doña Vela, acurrucada en el sillón que antes fue de su padre, apenas giró sus ojos, que siempre vieron más que los de los demás. Levantó las cejas, y la arruga de la frente se estiró hasta casi desaparecer. Juliana sabía que la pregunta era imprudente; en el pueblo de las Piedras Lentas, algunas noches se guardaban como faldas de domingo. Y sin embargo, esa noche, las sombras se encaramaban en las paredes con la ternura perezosa de los gatos viejos. La curiosidad podía sentarse a la mesa y no hacer daño.
—El Gasómetro… —dijo doña Vela, galopando por el tiempo con una sonrisa triste—, fue lo único que realmente se detuvo aquella noche. El resto… siguió avanzando, pero con los pies mojados.
Afura, la lluvia parecía salpicar las palabras, haciéndolas más blandas. Juliana recogió la miga del pan y la apretó como si eso deslizara el recuerdo de doña Vela hacia la superficie.
Hace más de treinta años que la electricidad era un huésped misterioso en Piedras Lentas, llegando solo hasta los ricos y a los imprudentes. Pero aquella noche, la de la muerte del doctor Teixeira, el pueblo había amanecido sin luz, ni gas, ni siquiera el titubeo fiel de las lámparas de aceite.
Dicen que cuando el reloj de la plaza detuvo sus manecillas a la una y veinte, el pueblo entero contuvo la respiración como esperando una respuesta que nunca llegó. Pero el verdadero silencio no fue el de la maquinaria ni de los faroles: fue el de las palabras. Porque fue entonces, en esa hora, cuando una palabra —o quizás varias— desapareció del mundo.
Doña Vela lo supo antes que los otros, porque a ella le lloró una palabra entre las manos. Era como tener un sueño a medias y despertar justo antes del desenlace; el hueco donde debería estar la palabra picaba, como una picadura vieja en la memoria.
Era una palabra sencilla, gris, de todos los días, tan ligera que podía pasar por inadvertida si no se estaba atento. Pero su ausencia se convirtió en la nota discordante del pueblo.
La gente empezó a tropezar en las frases, a quedarse con la boca entreabierta, mirando algún punto vacante en el aire. En la tienda de Don Marcial, a la mañana siguiente, tres clientes señalaron frenéticos el producto, pero nadie supo cómo llamarlo. La risa solidaria se instauró, porque todos sentían la misma picazón en la lengua y en el pecho. Pronto, la palabra comenzaba a pesar más por su vacío que por su significado.
Doña Vela, que desde niña había sido coleccionista de silencios inoportunos, reconoció el rito invisible del extravío. Se lo comentó a la lavandera, que primero pensó que era una señal del cambio de clima. Se lo susurró al maestro Aguiar, que la escuchó a medias, ocupado en realizar sumas imposibles con los pocos alumnos que se presentaron aquel día. Era como si el pueblo todo, sin mirarse a los ojos, supiera el secreto.
Así comenzó el tiempo de la palabra escondida. Nadie, ni los valientes, ni los incrédulos, ni siquiera el alcalde, se atrevió a modular el latido de ese fantasma sino hasta que pasó una semana.
La señora Vela, que tenía el poder de no llamar la atención hasta que realmente lo deseaba, acostaba la mirada sobre quienes sufrían en el vértigo de la omisión. Era como ver a los vecinos nadar en aguas donde la corriente los jalaba hacia abajo por momentos. El cartero Nicolás intentaba decirle a las personas qué correspondencia les llevaba, pero, en medio de la frase, su voz sería absorbida por un disimulo trágico. La panadera, que llamaba con cánticos a los niños, improvisaba canciones en las que la palabra ausente era tapada por un redoble de tambor simulado.
Doña Vela empezó a recibir noche tras noche el eco de la palabra perdida. En sueños, era como un silbido lejano, un tren que partía sin volver jamás, o la brisa de una hoja al caer en otoño. Se instaló en su salón la nostalgia de lo que apenas se adivina: los zapatos, la puerta, el marco de la ventana parecían murmullos de lo que estaba y no estaba.
Fue en ese duermevela donde la señora recordó un don antiguo: el del trueque de silencios.
En su infancia, su abuela le contó que las palabras nacen como pájaros, y a veces, si no se las cuida, se quedan sin nido, olvidadas por quienes las usaron primero. Algunas vuelan hasta países imaginarios; otras quedan atrapadas en los objetos, como el olor de la madera o el sonido de una mecedora rechinando.
Una tarde, tras un aguacero interminable que dejó el aire cargado y a la gente más quieta que nunca, la señora Vela abrió la alacena donde dormían las tazas de porcelana antigua y susurró el conjuro aprendido en la infancia, con las sílabas dulces del azúcar en los labios:
“Lo que no está, a mí venid; lo que se fue, a mí volved; en las copas, en los granos, en las pieles y los años, regresad sin miedo.”
Y entonces, la palabra perdida —o, mejor dicho, su promesa— vibró leve entre los objetos: en la grieta de una taza, en la veta de la tabla de pan, en el pliegue del mantel. Doña Vela intuyó que la palabra regresaría, pero distinta; los regresos nunca son idénticos, siempre traen el barro del camino pegado a las suelas y a las sílabas.
Así transcurrió una quincena inquieta; el pueblo entero era un bodegón donde faltaba un color preciso. Algunos intentaron llenar el hueco con gestos. Otros, con bromas. Para entonces, los poetas —los pocos, clandestinos— sentían un vértigo dulce: la posibilidad de inventar una palabra nueva.
Los niños, sin embargo, fueron quienes mejor supieron aprovechar el hueco. Se dedicaron a ponerle nombres distintos cada día, a llamar a lo innombrable “cazquillo”, “miranda”, “zafillo” si era divertido, “lilón” si era de tarde. Rieron entre dientes, sabiendo que al juego solo podían invitar a los adultos si estos aceptaban despojarse, por un segundo, de su costumbre de saber cómo se dicen las cosas.
Al cumplirse el mes, doña Vela sintió que la palabra se condensaba en el aire como una gota antes de caer. Decidió darle la bienvenida de forma ceremonial, convocando a los habitantes a su sala, bajo la luz amarilla del quinqué, justo donde la sombra era más generosa.
Llegaron todos: el boticario y la modista, la maestra y el ebanista. Se miraron unos a otros, humildes, como si todos fueran culpables de algo leve. Doña Vela sirvió vainillas y café, y pidió a cada uno que intentara, una última vez, recordar la palabra ausente.
Nadie pudo hacerlo.
—Quizás —dijo la señora, mirando de reojo la ventana donde la lluvia marcaba acordes distraídos— no falta la palabra, sino nuestra costumbre de nombrarla. Quizás esta vez, debemos dejarle descansar.
Pareció que un aire tibio aliviaba las mejillas del pueblo. Nadie discutió la propuesta, y se quedó entre ellos una ternura alegre, una comunidad nacida de una ausencia compartida.
Sin embargo, días después, cuando el reloj de la plaza volvió a funcionar misteriosamente y el Gasómetro zumbó su música monocorde, alguien pronunció al pasar la palabra perdida. Nadie se percató del momento exacto, como si siempre hubiera estado allí. Pero a partir de entonces, el pueblo la usó con una gratitud sigilosa, como quien recobra el paso natural tras una cojera larga.
La palabra, por supuesto, ha desaparecido de nuevo, esta vez para siempre. Nadie la recuerda, y sin embargo, los días de Piedras Lentas transcurren con una atención especial, como si cada frase fuera una artesanía delicada, tejida con esmero y temor a perder otra vez algún hilo invisible.
Doña Vela dice que desde entonces, a veces se sienta en silencio y escucha, no ya lo que se dice, sino lo que acecha entre las sílabas. Dice que en cada nueva ausencia, el pueblo recuerda —sin palabras— que lo esencial nunca es el nombre, sino el hueco que deja su eco en nuestro corazón.
La señora, ya muy vieja ahora, se inclina al atardecer frente a la ventana donde florecen plátanos invisibles. Algunos juran haberla visto tararear palabras que nadie sabe. Nadie osaría preguntarle cómo se dicen, porque todos entienden, de alguna manera dulce y profunda, que las palabras —como las ausencias, como la lluvia, como los relojes averiados— nunca se pierden, solo esperan ser encontradas otra vez, en el hueco limpio de una taza, en la piel nueva de una tarde sin sombra.
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