Portada del relato Los silencios de la lluvia
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Fragmento:


“No la recuerdo,” se oyó decirse —y supo, sin saber por qué, que no preguntaba por ella, sino por una promesa olvidada—.

Duración: 08:35

Los silencios de la lluvia
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que Jon visitó el pueblo de Raal, la lluvia llevaba tres meses sin descanso, martillando puertas, tejados, espaldas y sueños. Incluso los gatos parecían nacidos de agua, siempre pegados a las rendijas y con el pelaje pegajoso y ralo. Dicen que cuando llegas a un lugar así sin pertenecerle, la tierra misma te observa con el rabillo del ojo, buscando una señal, un error, algo que le dé motivo para tragarte o dejarte ir. Jon, con el abrigo prestado, la maleta mojada y la carta arrugada en el bolsillo, no era más que un forastero más, pero traía en los huesos una sombra que sólo el pueblo, tal vez, sabría leer.

Se hospedó en la posada Los Abedules, donde la dueña —una mujer recia llamada Fila, de rostro ancho y sonrisa que nunca llegaba a los ojos— le entregó una llave y dos advertencias: “No te fíes de las brumas de la madrugada. Y nunca mires a los manzanos cuando el sol se esconde.” Jon, educado en ciudades donde los árboles solo crecen alineados y podados, rió la advertencia en silencio, pero agradeció con una inclinación de cabeza. Un pueblo pequeño, de esos perdidos en el pliegue de un mapa y la memoria de las generaciones, siempre encuentra maneras nuevas de mantener los viejos miedos vivos.

En Raal, la lluvia poseía una cualidad distinta. No era simple agua que caía. Era una entidad, como si el mismo río hubiera aprendido a andar en puntillas sobre las calles, susurrando historias que los aldeanos preferían no comprender. En ocasiones, Jon notaba cómo, en el reflejo de los charcos, no era su rostro lo que miraba de vuelta, sino otra silueta —hecha de neblina y polvo de manzana— que desaparecía cuando insistía en mirarla.

Trató de cumplir con su propósito. Visitó la vieja casa heredada de su tía Rebekka —la razón real de su presencia en aquel pueblo olvidado—, una construcción baja y ladeada, sostenida más por el hábito de existir que por la solidez de la piedra. Los manzanos del jardín, altos y cargados de frutos aun a destiempo, formaban un círculo perfecto en el patio trasero. Bajo sus ramas, el césped crecía más oscuro, denso como el pelo de los gatos. Por costumbre, aunque sin convicción, Jon evitó mirarlos al atardecer.

Pero la curiosidad —ese animal indomable— no muere fácilmente. Tres días después de su llegada, al caer la tarde, la lluvia menguó y Jon, de pie junto a la ventana empapada, apartó la cortina solo un momento. Vio la fila de manzanos y, bajo ellos, a una mujer sentada en un tronco caído, con el pelo de oro viejo y un vestido azul de otro siglo. Parecía coser, aunque sus manos estaban vacías. Cuando se volvió hacia él, Jon sintió en la boca el sabor agrio del metal, ese cosquilleo que deja la fiebre antes de llegar.

Salió al jardín, cruzando el barro y la maleza. La extraña mujer seguía allí, esperándolo, con el rostro tan familiar que era imposible colocarle un nombre. Ella levantó la mano, no en saludo, sino en invitación: un gesto lento y pesado, como si desde el fondo del tiempo tirase de su brazo. Jon se sentó en el tronco, sin palabra. Ella miró hacia los manzanos, y sonrió. “Siempre has sido curioso, Jon. Hasta cuando apenas sabías balbucear, preguntabas lo que nadie quería responder.” Su voz era tan vieja como las piedras pulidas del umbral.

“No la recuerdo,” se oyó decirse —y supo, sin saber por qué, que no preguntaba por ella, sino por una promesa olvidada—.

La mujer miró hacia el cielo, donde la última luz jugaba entre la neblina, y habló: “Raal no olvida. Y los manzanos, menos que nadie. Aquí, los pactos se entierran bajo raíces y los deseos corren por la savia. Cuando un niño pide un deseo bajo estas ramas, el pueblo escucha. Aunque crezcas y huyas y trates de enterrar la memoria bajo la vergüenza y el ruido de la ciudad.” Y Jon recordó, como quien escucha una canción a medias, la imagen de sí mismo —niño enclenque, labios apretados, solo ante el círculo de los manzanos— susurrando un deseo tan sencillo como devastador: nunca volver a estar solo.

El silencio se hizo pesado, adormecedor. “¿Quién eres?” preguntó.

La mujer sonrió otra vez, esta vez con dulzura, y la humedad en sus ojos brilló gris. “Soy la que custodia. La que recuerda. Quizá, la que ama. Los manzanos no olvidan, Jon; sólo esperan.”

Por la noche, el viento se levantó, y como si obedeciera una señal, los frutos maduros comenzaron a golpear la tierra, uno tras otro, en una sucesión de latidos que impedía dormir. Jon se tapó los oídos con la almohada, pero el sonido le alcanzaba; recordó de pronto que en la carta de su tía —esa carta apretada de letras y promesas— habían varias veces la palabra “cuidado”, siempre seguida de una frase inconclusa: “No dejes que los recuerdos te encuentren… no permitas que la puerta se abra sola…”. Esa noche soñó con montones de manzanas podridas y la risa hueca de alguien que no podía ver.

Al día siguiente, al querer salir, notó en el pomo de la puerta pequeños hilos rojos, finos y brillantes como sangre seca. Los limpió, incómodo, y fue al pueblo buscando a la posadera. Fila escuchó su relato en silencio, limpiando el mismo vaso una y otra vez. “Los manzanos siempre piden pago,” dijo al fin. “Por eso nadie planta nuevos desde hace generaciones. Pero a veces, cuando la sequía es muy larga, o el invierno demasiado frío, murmuramos entre dientes antiguas promesas y dejamos a los niños… pedir.” Y después, bajando la voz: “Nadie escapa a lo que pide de verdad.”

Con el paso de los días, Jon empezó a notar la presencia de la mujer de azul en más lugares: su reflejo en el vidrio empañado, una risa fugaz en el mercado, la sombra alargada junto a los manzanos. No hablaban, pero él sentía que, a través de ella, el pueblo —y quizás, la vida entera— le exigía algo no nombrado. El peso de la soledad que tanto temía parecía ahora una cadena que lo mantenía atado al lugar.

El realismo, en Raal, era solo una más de las posibilidades. Él mismo, cada vez más, dudaba de los límites entre los gestos mecánicos y las respuestas profundas, entre lo que “es” y lo que solo se cuenta en las noches largas. Hasta los objetos parecían animados por un feroz deseo de permanencia: la mesa de la cocina crujía con nostalgia, el reloj giraba las horas hacia atrás durante la lluvia, y las piedras del muro susurraban nombres en sueños.

Al fin, un crepúsculo más áspero que otros, Jon reunió valor y volvió a sentarse bajo los manzanos. Había traído una fruta consigo, cortada en dos, y la depositó en la tierra, como había visto hacer a los aldeanos más viejos cuando moría alguien querido. La mujer apareció, surgida de la niebla. “¿Buscas romper la promesa, o sellarla?” preguntó, muy quieta.

“No quiero estar solo. Pero tampoco quiero pertenecer aquí.” Jon había comprendido, al fin, la naturaleza exacta de su deseo: temía la soledad, sí, pero la pertenencia, con sus consecuencias y sacrificios, aterrorizaba aún más.

La mujer miró la manzana cortada, inclinó la cabeza y habló, ahora sin sonrisa: “Lo que se da a los manzanos, los manzanos lo guardan. Lo que se pide a la lluvia, la lluvia lo concede. Puedes olvidar, si tienes valor. Pero para olvidar, primero debes perder.”

Jon titubeó. El silencio tétrico del atardecer le pesaba en el pecho, pero supo, más allá de las palabras, que para marcharse de Raal debía renunciar a más que a la casa, o el jardín, o el frío de la lluvia. Debía devolver su deseo a la tierra de donde lo arrancó. Así, cerró los ojos, pensó en la soledad, en la niñez, en la noche en que todo comenzó —y lo dejó ir, como se suelta una hoja al río.

Cuando abrió los ojos, la mujer de azul había desaparecido, y en su lugar, bajo los manzanos, sólo quedaba una manzana abierta, brillante y madura como un corazón recién nacido.

Regresó a la posada, la maleta más ligera, la memoria medio apagada y el eco de una voz —quizá la suya de niño— susurrando agradecimientos bajo la lluvia. Esa noche, por primera vez, el sueño llegó sin miedo ni recuerdos huecos. En la mañana, la lluvia había cesado. Raal seguía allí, antiguo y nuevo a la vez. Jon, al partir, se sintió ni solo ni acompañado: simplemente real.

Y en el patio, bajo los manzanos, la promesa volvió a enraizarse, esperando, como las estaciones, su siguiente oportunidad.

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