Portada del relato El río entre los relojes
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Fragmento:


—Son tardes, hoy —le replicó ella, y ambos sonrieron, con esa complicidad de quienes han vivido toda la vida donde el tiempo no escucha.

Duración: 09:12

El río entre los relojes
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Texto de ajuste de pausa.

A veces, la magia ocurre cuando nadie la mira. Algunos se la imaginan como un relámpago, como la irrupción extraordinaria de algo inusual, pero en mi ciudad, Maravilla, la magia es tan común como los gatos sobre los tejados, o el olor persistente de pan recién horneado embistiendo las avenidas.

Lo extraño es que todos lo saben y ninguno parece darle importancia. Tal vez sea porque aquí el tiempo no siempre transcurre en línea recta. Un niño que aún saborea su desayuno puede jurarle a otro que ya es de noche y, al levantar la cabeza, descubrir que en la plaza desfilan sombras largas, y el aire se enfría. La gente, entonces, se arropa de paciencia —nadie protesta, ni siquiera los relojes: todos los relojes de Maravilla están acostumbrados a perder o ganar minutos, a veces horas, con total indiferencia.

En el centro del Mercado Viejo, donde los guijarros nunca están completamente secos aunque el sol abrase el resto de la ciudad, Don Esteban tiene su carnicería. Es un hombre grueso, de hombros como sacos de harina y cejas que parecen estar siempre en medio de una negociación ardua. Vende carne y secretos: uno puede comprar un corte fresco de lomo y llevarse, sin saberlo, parte de un recuerdo que no le pertenece. Nadie protestaría por algo así; todo el mundo olvida cosas en Maravilla, lo increíble es cuando alguna vez uno las recupera.

Aquella mañana —o fue tarde; nadie ha podido decirlo con certeza— entró en la carnicería Pilar, la dueña de la pequeña tienda de encuadernación al otro extremo del Mercado. Sostenía un libro apretado contra el pecho, y sus pasos tenían la furia tímida de quien viene discutiendo con los propios pensamientos.

—Buenos días, Pilar —la saludó don Esteban, limpiando el filo largo de su cuchillo en un trapo.

—Son tardes, hoy —le replicó ella, y ambos sonrieron, con esa complicidad de quienes han vivido toda la vida donde el tiempo no escucha.

Pilar le ofreció el libro, extendiéndolo como una piedra preciosa.

—Me ha sucedido otra vez —dijo—. Alguien ha anotado en las últimas páginas la receta de aquel pan que mi abuela nunca quiso darme. Estoy casi segura de que no es mi letra, aunque he pensado en esa receta todas las noches de la última semana.

—¿Es buena la receta? —preguntó el carnicero, sin dejar de verla con sus ojos minúsculos y sagaces.

—Perfecta. Lo extraño es que, al leerla, recuerdo el sabor y también cómo mi abuela la escondía, el sonido de sus llaves al crepitar en el cajón.

Don Esteban resopló, deteniéndose para mirar el techo, como si esperase allí una revelación.

—Nada de esto es peculiar, Pilar —le dijo finalmente—. En Maravilla, los libros terminan sabiendo más que sus dueños. A veces, copian los secretos de quienes los acarician, otras los inventan. Puede que tu abuela nunca escribiera esa receta, pero tú la creaste al desearla tanto.

Luego, como si una mosca invisible hubiera aterrizado sobre su sopa, se puso de pie.

—Hoy traje algo especial —murmuró, y entró en el cuartito oscuro donde guardaba los trozos más delicados. Regresó con un paquete envuelto en papel de estraza—. Prueba esto, Pilar. Lo llamaré “recuerdo de infancia”. Lo dejé curar desde la última vez que el sol giró dos veces un mismo día.

Pilar aceptó la ofrenda sin una pregunta. Abrió el paquete en la mesa, sobre la encuadernación que narraba su vida y la de su abuela, y cortó una lasca. La puso en la lengua y, por un instante, la carnicería desapareció: se vio de repente pequeña, acurrucada bajo la mesa de la cocina familiar, mientras su abuela freía ajos y reía de algo que Pilar no podía entender. Olió de nuevo la abundancia de la tarde, vio el cabello trenzado de su madre, y sintió el terror oscuro de perder aquel instante para siempre.

La memoria escurridiza retornó y Pilar parpadeó. Don Esteban asintió, satisfecho.

—No es magia, sólo la carne cortada el día apropiado, y al modo preciso.

Pilar, temblando, se despidió y salió a la luz anaranjada del mercado, el libro vaivén entre sus dedos, el eco de la infancia temblando aún en la lengua. Caminó observando a los vendedores de esencias, a la mujer de los tarros de música (que vendía melodías en pequeños frascos, y juraba que algunas canciones podían curar la ausencia de un amante, o la sed del próximo siglo). Saludó al hombre invisible —que solo era invisible cuando nadie hablaba con él— y cruzó la parte de la plaza donde el sol había decidido quedarse a vivir para siempre. Allí, las rosas no morían, y los niños jugaban a esconder el tiempo en cajitas de cartón.

Frente al taller de Matías, el relojero, Pilar se detuvo. Matías era famoso entre los habitantes de Maravilla: ajustaba los relojes para “sacarles el miedo”, según decía, y bien se sabía que a veces los engranajes le murmuraban secretos dignos de un siglo. En la ventana de su taller pendía una cuerda en cuyas pinzas colgaban, como ropa recién lavada, las sonrisas que la gente olvidaba en los bolsillos. Matías las recogía donde las encontraba, cuidaba de ellas, las pulía y, un par de veces por semana, devolvía a sus dueños la expresión exacta que el olvido les había arrancado.

Pilar le observó allí, sentado entre espirales de bronce y tazas de té, arreglando el péndulo de un reloj que caminaba hacia atrás.

—¿Vienes a buscar tu sonrisa o el tiempo perdido? —le preguntó Matías, apenas alzando el rostro.

—Ninguna de las dos cosas. Traía recuerdos, pero don Esteban me los devolvió en forma de carne. Por un momento, fui niña otra vez.

—No es tan fácil volver —meditó Matías—. La ciudad a veces juega con nosotros, pero nunca nos devuelve lo que tomamos prestado del ayer. Sin embargo, puedo darte algo.

Hurgó en la mesa y extrajo un reloj diminuto, de forma ovalada, que llevaba en su interior un girasol reseco.

—Este va al ritmo de los pensamientos. Si tienes ideas rápidas, el día durará menos. Si te aburres, la jornada será eterna. Pero ten cuidado: a veces, marca la hora a la que volverás a ver a quien perdiste.

Pilar aceptó el reloj sabiendo que no debía confiar demasiado en sus promesas. Todo en Maravilla operaba bajo reglas estrictas, tan mágicas como arriesgadas: lo que se da, se pierde; lo que se recupera, se transforma.

Esa noche, bajo la luz lechosa de la luna, Pilar se quedó en su taller, encuadernando libros que aún no tenían historia. Afuera, el rumor dulce de la ciudad se deslizaba por las rendijas de la puerta: el silbido de la mujer de los faroles, el gorjeo intermitente de la fuente rugosa, el paso suave de los gatos y las conversaciones enredadas de vecinos que juraban haber despertado dentro de un sueño que no les pertenecía. De vez en cuando, Pilar consultaba el reloj de girasol: la aguja mayor temblaba cada vez que ella pensaba en su abuela, y el tic-tac se aceleraba si evocaba las risas de la infancia idos y aún presentes.

No era infrecuente que en Maravilla las noches cambiaran de opinión. Si amanecía del lado incorrecto de la plaza, la gente se limitaba a mover el letrero de “cerrado” al reverso, y esperaban. Sin embargo, esa noche, Pilar decidió ir hasta el borde norte de la ciudad, donde el río Lento marcaba el final de los mapas.

El río tenía fama de detenerse por capricho. Había mañanas en que apenas murmuraba, y otras en que discurría hacia atrás, contagiando su rebeldía a los sauces, a los amigos que se encontraban a mediodía para perder la tarde, y al propio cielo, que parecía tan incierto como el resto de la ciudad.

A Pilar le gustaba sentarse en el embarcadero cuando el río se volvía blanco. En esa blancura, Maravilla parecía un reflejo de sí misma, una copia pálida y borrosa, soñada por algún dios menor que acababa de desvelarse. Aquí, la gente afirmaba haber visto a los ausentes, a quienes se fueron y no regresaron, flotando río arriba en pequeñas barcas transparentes. La costumbre era encender una vela, ponerla sobre una hoja de higuera, y dejarla escapar. No era un homenaje, ni una petición; era una cortesía: para que los ausentes no olvidasen tampoco quiénes los piensan, quienes los invocan sin pretenderlo.

Pilar lo hizo aquella noche, mientras el reloj marcaba ambiguamente la hora de los deseos imposibles. Salió de su bolsa el pequeño reloj, lo colocó en la hierba, y encendió la vela, el corazón embarullado de memorias y futuros indecisos.

No pidió nada, pero el río —o algo en el río— le respondió. Al regresar, cruzando la plaza, Pilar se dio cuenta de que el Mercado Viejo olía a infancia y pan recién horneado. La receta que su abuela nunca escribió estaba ahora en su memoria, y el sabor del recuerdo ya no pesaba como una ausencia, sino como un don sencillo, afilado y cierto. El reloj de girasol se detuvo por un instante, y las dos agujas bailaron en sentido contrario, como niños persiguiéndose en un patio de otra época.

¿Fue magia? Nadie en Maravilla sabría decirlo. Pero mientras la ciudad aprendía a vivir con lo inexplicable, Pilar supo que —por una noche, o tal vez para siempre— había recuperado a su abuela, no en el mundo, sino en sí misma. Y eso, en Maravilla, valía tanto como el misterio de los relojes o el aroma desconcertante del tiempo.

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