Portada del relato La rosa en la penumbra
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Fragmento:


No obstante, ésa no es la única presencia regia en este lugar. Un segundo rey, el Rey Eterno, deambula entre los ecos. Su figura es luminosa; no puede morir porque su gloria tampoco puede. Solía tener un rostro –humano, repleto de triunfo– pero el paso ya exhausto de las centurias lo ha tornado apenas una impresión en el aire. Él recuerda lo que nadie debería, lo que es doloroso, hermoso, gigantesco y pesado; por eso mismo, no es capaz de olvidar ni de liberarse de sí mismo. La eternidad, descubre, es una cárcel: una que sólo se distingue cuando se comparan las cadenas de la memoria con las del olvido.

Duración: 08:46

La rosa en la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

El palacio de Olvido no tenía puertas. Ni ventanas, ni torres, ni murallas. Lo rodeaba una niebla espesa –no blanca, ni gris, como cabría esperarse, sino antigua, como si en cada filamento flotara polvo arrancado de los recuerdos de quienes soñaron alguna vez con el olvido. El palacio se extendía más allá de la percepción humana, y no había viajero en el mundo conocido que pudiera trazar con certeza los límites de sus estancias.

Dicen los habitantes de la aldea de Muertaorilla que sólo se puede hallar el palacio si no se le busca, y que una vez dentro, solo vuelves si algo te olvida afuera. Un niño, decadente y bello como una tarde de otoño, me relató que las flores crecen hacia adentro en los pasillos, y que en el corazón del laberinto no hay trono, pero sí una sala vacía, bellísima, donde las estatuas lloran y los tapices tejen y destejen escenas sin sentido.

En el centro de esa sala vacía, una sombra se mueve, o cree moverse. Un rumor de pasos. Nadie lo ha visto nunca, pero todos lo reconocen incluso en la más borrosa de las pesadillas. Es el Rey sin rostro. No hay palabras para su nombre, aunque cada lengua en la tierra lo llame de una forma distinta. Puede ser la Sombra, el Eco, el Susurro. Este rey encarna todas las cosas perdidas y todas las preguntas cerradas en la garganta.

Se dice que cada noche, cuando el manto tenebroso cae sobre el interior del palacio, los sirvientes sueñan con él: siempre con los ojos vendados, incapaces de mirar ese vacío absoluto donde un rostro debería resplandecer o arruinarse. Pero si uno forzara los párpados y se atreviera... cuentan que en ese instante, olvidaría hasta para qué sirven los ojos.

No obstante, ésa no es la única presencia regia en este lugar. Un segundo rey, el Rey Eterno, deambula entre los ecos. Su figura es luminosa; no puede morir porque su gloria tampoco puede. Solía tener un rostro –humano, repleto de triunfo– pero el paso ya exhausto de las centurias lo ha tornado apenas una impresión en el aire. Él recuerda lo que nadie debería, lo que es doloroso, hermoso, gigantesco y pesado; por eso mismo, no es capaz de olvidar ni de liberarse de sí mismo. La eternidad, descubre, es una cárcel: una que sólo se distingue cuando se comparan las cadenas de la memoria con las del olvido.

Ocurrió, entonces, que cierta primavera –una primavera fría, de jade y hueso– llegó al palacio una mujer. No era noble, ni tenía más título que su propio nombre, Lena. Había caminado tres días y tres noches desde el extremo del bosque, guiándose por el rebote de la luz en los troncos y una voz sin tono que insistía, cada tanto, que debía seguir adelante.

Lena sabía de reyes, de los cuentos que las abuelas narran al margen del invierno. Hombres encoronados por su desgracia, mujeres desplazadas por el fulgor de la historia. A menudo pensaba en la promesa de los monarcas de la fábula: nadie es rey sólo por vivir más o por ser invisible, sino porque todos los destinos sangran a su paso.

Cruzó el primer umbral invisible del palacio exactamente a la misma hora en que, muchos años después, un poeta olvidaría cómo se escribe la palabra ‘primavera’. Bastó ese titubeo del universo para que Lena respirara la niebla y, por un instante, su pecho retumbara con una esperanza: aquí lo imposible, lo oculto, aguardaba sin nombre.

Avanzó descalza sobre mármoles que exhalaban un frío dulce. La bruma ondulaba por el suelo como agua viva. Donde miraba, las paredes se estiraban hasta el horizonte, como si el palacio nunca terminara y, a la vez, se enroscara en círculos concéntricos, más y más cerrados, como en los sueños en los que nunca despertamos.

Se detuvo el tiempo necesario para palpar los tapices: sutilmente, figuras sin manos danzaban allí, desplegándose bajo luces ahumadas. Sintió un escalofrío –no de miedo, sino de reconocimiento. Era ese el lenguaje de quienes no pueden decirse a sí mismos; el idioma de las cosas y los seres que son nombrados sólo en las ausencias de las canciones.

La sala vacía, enorme y plateada, la encontró cuando el último suspiro del día temblaba en los umbrales. Allí estaban las estatuas llorando, y los tapices se destejían en imágenes de ciudades que nunca existieron. En el centro, sólo había dos tronos: uno cubierto de espinas y seda vieja, el otro limpio, triangular, flotando sobre una sombra que no correspondía a ningún cuerpo.

El Rey sin rostro se aproximó, invisible pero absoluto. Lena sintió primero el vacío, luego el frío de un recuerdo arañándola desde adentro. No vio rostro alguno, sino una opacidad más densa que la noche, una máscara natural que exprimía la verdad de las cosas.

–¿Qué buscas? –preguntó, la voz brotando de todos los rincones y ninguna boca.

Lena, temblorosa, respondió lo que no había planeado jamás:

–Vengo a saber para quién está reservado el trono del olvido.

Las estatuas sollozaron con más fuerza. El Rey sin rostro giró en su eje invisible.

–El trono no es para mí ni para ningún ser –susurró–. Es para aquel que renuncia a todo, incluso a su propio olvido.

Desde una esquina de la sala, el Rey Eterno se presentó. Era espléndido, su luz provocaba lágrimas sin motivo. En su rostro apenas quedaban relieves, una mueca vestigio de antiguos triunfos.

–¿Y si no renuncio? –preguntó Lena, viendo cómo ese rey de gloria y memoria se acercaba.

–Te quedas atrapada –dijeron a dos voces, una reluciente, la otra árida como la ceniza–. No hay salida si eres incapaz de soltar.

Lena sintió el peso de la historia en sus hombros. Comprendió, mientras los reyes la miraban sin ojos pero con toda la fuerza de mil inviernos, que el mundo se dividía entre recordadores y olvidadores, entre quienes llevan todas las campanas del pasado en sus manos y quienes permiten que esas campanas se oxiden en jardines imposibles.

Se volvió hacia el Rey Eterno.

–¿Qué has recordado tú que aún no puedas soltar?

El Rey Eterno la contempló largamente. Surgió en su boca una palabra muy pequeña, tan diminuta que sólo los ecos la repetían: “Amor”.

–¿Y eso duele?

–Siempre. Pero no puedo dejarlo ir.

Entonces, el Rey sin rostro interrumpió, su sombra erizándose como piel sensible:

–Si un amor no es olvidado, es cadena. Si lo es, se transforma en raíz dormida.

Lena lo supo: ambos reyes no eran enemigos. Eran, como las dos caras de una moneda infinitamente arrojada, custodios complementarios de la misma prisión. La eternidad era no dejar ir lo que duele. El olvido era perder incluso la forma de ese dolor. Ninguna opción parecía humana.

Y, sin embargo, Lena no era ni eterna, ni etérea. Lanzó una mirada de decisión. Caminó hacia el trono cubierto de espinas, se sentó despacio, sintiendo cómo la seda y los pinchos se fundían debajo de su piel. La herida fue diminuta pero cierta: una gota de sangre, roja como las amapolas que crecen donde nadie las siembra, descendió a sus pies.

En ese instante, el palacio tembló apenas. Las estatuas dejaron de llorar. El aire olía ahora a tierra recién abierta.

–Yo acepto el olvido –declaró Lena, y en su voz temblaban los huérfanos, los exiliados, todos los que alguna vez caminaron sin ser vistos ni contados.

El Rey Eterno retrocedió: su luz palideció, y en sus ojos, por primera vez en siglos, se dibujó el miedo. El Rey sin rostro, en cambio, se inclinó.

–Quien acepta el olvido, elige sembrar lo nuevo –dijo, y Lena sintió como si todas las historias inconclusas la rozaran, acariciando su cabello, sus manos, su pecho.

El palacio cambió en ese momento. Ya no era una prisión ni un refugio; ahora era jardín voraz, donde se tejían coronas con las flores renacidas de mil olvidos. Los reyes, ambos, contemplaron la transformación. Entendieron con el repentino temblor de los dioses: el reino de la memoria necesita olvidar para nacer. El reino del olvido germina en la falta, sí, pero también en la semilla invisible que aguarda.

Lena se incorporó, sintiéndose más liviana, como si llevara dentro un bosque recién lavado por la lluvia. Al salir de la sala, la bruma se apartó reverente.

Dicen que desde entonces nadie encuentra el palacio de Olvido si lo busca. Ahora sólo aparece cuando hay alguien listo para dejar crecer otra historia. Los Reyes, el Eterno y el sin rostro, aún caminan las galerías infinitas, a veces en silencio, a veces repitiendo un nombre que ni ellos recuerdan ya, pero que alguna vez, fue todo el universo.

Sólo Lena, y aquellos que han renunciado a las cadenas perfectas de la memoria y del vacío, entienden el secreto último: las coronas sólo pesan mientras las llevamos puestas. El resto es jardín y promesa, y una cicatriz apenas negra en el sitio exacto donde florece, una vez más, la primavera.

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