Portada del relato Las estaciones de la Torre Esquiva
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Fragmento:


El primero en ser recordado —el primero de los caídos, dicen algunos— fue Silmarin Ilantri, un hombre cuya voz era un suspiro de seda y cuya capa nunca tocaba el polvo del suelo. A su alrededor, algo invisible repiqueteaba, como si arrastrara un fardo perpetuo de campanas. Había sido mentor de muchos, pero, aún más, cómplice de pocos. Era mago de acordes menores, capaz de hacer florecer un tulipán en la boca de una tinaja quebrada, aunque sus verdaderos dones se hallaban en la repostería: nadie podía igualar su pan dorado, horneado con fragmentos del primer crepúsculo.

Duración: 09:07

Las estaciones de la Torre Esquiva
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Texto de ajuste de pausa.

La ciudad de Viloria, asentada en el meandro polvoriento de un río ya cansado, tenía un barrio antiguo, de calles torcidas y nombres intencionadamente olvidados. Allí, entre los muros de cal y los balcones donde los jazmines sobrevivían incluso al desprecio del tiempo, se alzaba, casi por descuido, la Torre Esquiva. No era la más alta ni la más antigua, pero en toda Viloria, era la única en la que las campanas doblaban hacia dentro y los relojes marcaban horas que no existían.

Los habitantes del barrio sabían que la Torre no era sólo un edificio, ni siquiera una rareza arquitectónica: era un lugar donde una vez, según decían las abuelas, las manos podían perder su sombra. Y aunque la magia era cosa antigua, enterrada bajo decretos y desconfianza, susurros quedaban incrustados en la piedra como líquenes luminosos. Los magos de la Torre, así decían, eran guardianes de la ciudad, pero también —en las copas al final de la noche, cuando el aire parecía inclinarse para escuchar— se contaban historias de traiciones y olvidos, de pactos sellados con monedas irreales.

Las gentes sencillas no comprendían la magia, pero comprendían la traición, y eso era suficiente para apartar la mirada cuando alguno de los habitantes de la Torre cruzaba la plaza, furtivo, tangible como un presagio.

El primero en ser recordado —el primero de los caídos, dicen algunos— fue Silmarin Ilantri, un hombre cuya voz era un suspiro de seda y cuya capa nunca tocaba el polvo del suelo. A su alrededor, algo invisible repiqueteaba, como si arrastrara un fardo perpetuo de campanas. Había sido mentor de muchos, pero, aún más, cómplice de pocos. Era mago de acordes menores, capaz de hacer florecer un tulipán en la boca de una tinaja quebrada, aunque sus verdaderos dones se hallaban en la repostería: nadie podía igualar su pan dorado, horneado con fragmentos del primer crepúsculo.

Silmarin, cuentan, traicionó porque aún amaba. O porque amaba demasiado el poder de amar. Viloria siempre ha sido un lugar donde las palabras se desmenuzan antes de llegar a los labios y el amor puede ser un cuchillo envuelto en trinos. Durante la larga sequía que tocó a Viloria apenas una generación atrás, Silmarin hizo florecer el manantial de los jardines del palacio, pero a cambio entregó el recuerdo de su madre —pluma a pluma, risa a risa— a un cuervo que se posaba cada tarde en la ventana de la Torre Esquiva. La ciudad bebió, y vivió, y la madre de Silmarin fue desdibujándose en las neblinas suaves del norte, hasta ser un nombre que ni siquiera el viento rozaba.

Decían los rumores —porque los rumores son la sangre de Viloria— que Silmarin habló con el Primer Cónsul la noche en que el oro desapareció de la Tesorería y apareció, pulido y esbelto, en los colmillos de los peces del río. ¿Fue él el traidor, o la ciudad había traicionado a Silmarin? En Viloria, a menudo, era la pregunta la que mordía la mano que lanzaba la moneda al aire.

En aquella misma época, la Torre albergaba a Maurea Vetinara, conocida como la Trenzadora de Horas. Conservaba el aire resuelto de quien ha tejido su propio porvenir desde los hilos más débiles del azar. Se decía que sus dedos podían recordar la textura de los sueños de los niños y que su risa era capaz de curvar la luz alrededor de los muebles antiguos. Pero Maurea guardaba un secreto: en el sótano de la Torre, donde el frío tenía raíces y la humedad olía a tinta vieja, elaboraba tapices con cabellos tomados durante la noche, tejiendo en ellos no sólo imágenes sino caminos posibles. Por eso, y solo por eso, era tan temida.

La traición de Maurea fue un eco lento, una acumulación de pequeñas desviaciones: un minuto retrasado aquí, una mirada desviada allá. Curó al hijo del carnicero de un letargo abrasador, pero tomó, en pago, parte de su infancia, una risa que jamás sería recobrada. Trenzó, por encargo de un noble exiliado, una alfombra de tiempo evacuado para que su amante enfermo pudiera soñar diez años en una noche. La Torre prosperó en secretos a cambio de la ingenuidad exangüe de los velos de la ciudad.

El rumor —ah, otra vez el rumor— decía que Maurea tejió, en una Noche de Santos, las huellas del Alcalde en todos los umbrales del barrio antiguo, para que nunca más supiera a cuál puerta pertenecía. Desde entonces, mientras gobernó, fue conocido como el Hombre de los Caminos Dobles. Cuando partió, la ciudad suspiró, agotada.

Pero no fue la traición de Maurea ni la de Silmarin la que cambió el pulso de la Torre Esquiva. Fue la llegada de Otnaril, cuyo verdadero nombre sólo fue pronunciado una vez, durante el Despertar del Sol Espejado, y olvidado por culpa de una estrofa desafinada. Otnaril venía del Este, de la ciudad tras las colinas sumergidas, y traía consigo un equipaje pequeño: una carta, un anillo de cobre, y un frasco donde parecía respirar una mariposa azul.

Otnaril no traicionaba por amor ni por vanidad. Su traición era la del estudioso voraz, el amante de secretos por sí mismos, no por su utilidad sino por la belleza impúdica del peligro. A los pocos días de instalarse en la Torre, todos en Viloria supieron que las campanas ya no doblaban sólo hacia dentro. Las puertas se abrían hacia otras habitaciones que no existían el día anterior. Un panecillo dejado sobre la mesa del consejo, por la noche, podía amanecer convertido en una pequeña jaula de humo.

Otnaril comenzó a vender copias falsas de los recuerdos de los ciudadanos. Por un precio, se podía adquirir la memoria de un día de lluvia que nunca ocurrió, o la risa perdida de un amigo muerto antes de nacer. Pronto, las plazas se llenaron de gente que dudaba de sus propios gestos, de madres que no recordaban el color de los ojos de sus hijos, de amantes que se olvidaban del nombre de su amor en cada beso.

La traición de Otnaril era la más profunda porque, al fin, Viloria dejó de confiar en sí misma. No había frontera segura cuando los recuerdos eran mercadería y la identidad podía ser empaquetada y vendida. El río, decían, comenzó a fluir en dirección contraria algunas tardes. Los jazmines ya no florecieron en los balcones, y los relojes de la Torre comenzaron a marcar hacia atrás, como si el tiempo mismo se negara a participar en el pacto olvidado.

La Torre Esquiva, viviendo en el filo de la sospecha y el asombro, se convirtió en escenario de una guerra silenciosa, tejida no con lanzas ni con conjuros de trueno, sino con pequeñas renuncias: un cumpleaños omitido, una promesa nunca dicha. Así, los magos de la Torre, algunos traidores por elección y otros por inadvertida costumbre, tejieron alrededor de Viloria un velo tan delgado como para dejar pasar el aire pero tan intricado como para despojarla de su reflejo.

La ciudad resistía, como un árbol sin hojas, alimentándose de raíces enfermas y de un pasado que se deshilachaba en las copas del amanecer. Para muchos, el mayor dolor no era la traición, sino el lento descubrimiento de que, tal vez, la magia nunca fue una bendición, sino una suerte de espejo que solo mostraba el lado que uno esperaba no encontrar.

Un día, la primavera se negó a regresar. Durante semanas, el perfume azul de los azahares quedó suspendido en la frontera incierta del aire, como si el mundo hubiera olvidado cómo florecer. Los bancos de la plaza, cubiertos de rocío tardío, comenzaron a astillarse. De noche, la luna resbalaba entre los tejados, buscando sin hallar lo perdido.

Fue entonces que apareció la joven Rebera, hija de un relojero sordo, ajena a la magia excepto en los sueños. Decía que podía oír el murmullo de las flores dentro de los relojes viejos y entender la lengua de los espejos agrietados. Entró a la Torre Esquiva sin miedo, llevando una cesta de manzanas sin brillo y un cuaderno de tapas gastadas. Rebera no preguntó por los traidores, ni pidió milagros. Miró a Otnaril a los ojos —ojos como estanques de leche— y le regaló, serena, todas las palabras que nunca había dicho a su madre. A cambio, pidió solo una frase: la frase que usaban los relojes para pedir perdón a las horas robadas.

Otnaril rió, una risa de huesos viejos. Dibujó con el dedo en la humedad de la ventana: “Lo que se olvida no está perdido, solo duerme en la memoria de otro.” Nadie supo si aquello era una bendición, un conjuro, o una última burla.

Rebera salió de la Torre y, como por rutina, el viento pareció inclinarse a hacerle una reverencia. Los habitantes de Viloria comenzaron a recordar fragmentos de cosas que no habían vivido y a olvidar las que les dolían demasiado. La ciudad entera, arrullada por un sosiego extraño, quizás embrujado, se encontró al fin capaz de mirarse en el espejo sin deseos de golpear su reflejo.

Pero la Torre Esquiva sigue ahí. Algunos dicen que, en las noches sin luna, una campana suena hacia dentro y otra hacia fuera. Que tal vez la traición, al fin, no es aceptar el olvido, sino cultivar el perdón de las cosas imposibles.

Y Viloria persiste, imperfecta, encallada en el filo mismo de la duda, bajo la mirada atenta de los traidores y los fieles, en una ciudad donde, con suerte, una primavera —verdadera o falsa— siempre está por llegar.

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