Quien busca la línea del horizonte en las mañanas quietas de las Autárquicas, no sospecha que bajo la luz inmisericorde del sol, algo más que arena se desplaza. En la llanura abrasadora, no hay árbol ni vegetación a la vista, sólo una continuidad de colinas pálidas extendiéndose hasta el límite donde la visión se disuelve en un vapor dorado. Nadie se atrevería a atravesar ese mar seco por voluntad propia, pero algunos han sido enviados allí, y otros, menos aún, han encontrado un propósito en perderse.
El pueblo más cercano era Mirra, una acumulación de chozas de adobe en la falda de un promontorio, donde los días nacen inmóviles y terminan igual de confundidos. En Mirra vivía Anuar el Viejo, conocido por sus historias tan imposibles como necesarias. Cualquiera diría que sólo los niños lo escuchaban por miedo a una noche sin sueños, pero era más cierto lo contrario: ningún adulto podía mirar a Anuar a los ojos y fingir indiferencia.
Cierta tarde de silenciosa calma, cuando las cigarras parecían acurrucarse en sus propias canciones, Anuar salió de su casa. Llevaba en la mano una pequeña vasija de cobre, opaca por el uso y la arena. Se detuvo en la plaza y, con la voz que usaba para conjurar secretos en vez de comunicar noticias, dijo:
"Esta noche, la Tor—''
El viento, traicionado por una ráfaga repentina, barrió la frase, dejándola rota, aunque las miradas ya estaban pegadas a su perfil encorvado.
—Esta noche que viene —prosiguió—, se acercará una de las ciudades que no dejan huella. Dormidos estarán los que no creen, y sólo verán sus muros los ojos cansados de buscar algo que no se nombra ni se pide.
Los murmullos se entrelazaron, cortos y terrenales. Nadie creía, y sin embargo todos sabían que era cierto. ¿No habían aparecido en ocasiones pasos que partían de ninguna parte y terminaban en un vacío sin explicación? ¿No había niños que despertaban con la boca llena de sal muerta y sueños de arenisca?
Aquella noche, Anuar no durmió. Se sentó junto a la puerta, la vasija entre las piernas, y esperó. A medianoche se alzaron las primeras notas: una vibración profunda, como de piedra rodando bajo la tierra. El Viejo supo que no era ilusión. Tembló la arena frente a él, y la oscuridad se deshilachó en luces pálidas. Sin que ningún humano pudiera recordarlo jamás, una Torre emergió: alta, ciclópea, tejida de granos anaranjados que no correspondían al desierto. Levantándose sobre una base que no dejaba sombra, la torre avanzó, desplazándose de un modo innecesariamente lento, como si danzara entre sueños.
De la base de la torre estalló un zarcillo de arena, del que descendió una figura encapuchada. Anuar reconoció la silueta y apretó la vasija en señal de respeto. El forastero se detuvo a un paso de la luz de la luna, bajó la capucha y dejó descubrir su rostro de anciano incandescente. Los ojos, sin embargo, no tenían fondo.
—¿Has guardado la voz? —preguntó, y el acento no pertenecía a ningún valle conocido.
Anuar alzó la vasija, y de ella escapó un susurro, largo y claro, pero sin palabras.
—Sabía que regresarías.
La figura asintió, y sus dedos, largos y delicados, tocaron la tapa.
—Busco tu linaje, Anuar. La torpe compañía de los que aún creen que pueden hablar con la arena. Demasiados se han marchado; la última torre ha decidido buscarles.
—Los Magos de arena ya no existen aquí —replicó Anuar con sequedad—. Tal vez sobrevivan en alguna grieta oculta de las colinas, pero ya nadie los conoce.
—No es así —corrigió el caminante—. Seguirán existiendo mientras alguien escuche.
La conversación se disolvió, como agua en una copa agrietada. La torre siguió su andar, avanzando sin pausa, y cada piedra parecía comentar en bajo acerca de amores y desapariciones. Aquella noche, sin embargo, una joven oyó desde la ventana de su choza el eco de estas voces. Naila, nieta de Anuar, poseía una dulzura en la voz y una inquietud en la mirada que hacían predecir peligros celosamente velados. Cuando el Viejo le contó de la visión y la visita, ella sólo preguntó:
—¿Por qué se mueven las torres, abuelo?
Él no supo responder directamente.
—Siempre buscaron algo que nosotros olvidamos. Quizá la promesa de un lugar donde descansar, o el rostro de uno de nosotros digno de recordarles su verdadero nombre.
Con los días, Mirra se despertó golpeada por susurros: la arena traía huellas de pasos inhumanos, y los comerciantes que llegaban del este juraban haber visto entre las dunas torres que se alzaban brevemente para luego desvanecerse como espejismos particularmente sólidos. Un rumor se propagó: quien siguiera las torres, podía hallar su destino, pero también perderlo.
Naila, movida por la inquietud, comenzó a esperar las noches, a escuchar los rumores del viento y, cuando pudo, siguió rastros de polvo rojizo más allá del promontorio. Una tarde, encontró sentada en el límite del oasis a una figura inesperada: Aymen, herborista y fabricante de aceites, hombre de cabello oscuro y porte distraído.
—¿Tú también las has visto? —le preguntó Naila.
Aymen sonrió, pero su gesto era tenso.
—Las he soñado, y dicen que no hay diferencia.
Hablaron hasta que la luz se hizo gris, compartiendo relatos de Magos que modelaban tormentas con las manos abiertas y poblaban los silencios de historias no narradas. Según Aymen, existían conjuradores que podían leer el pasado en la arena, y otros, rarísimos, que tejían con ella senderos para guiar a los príncipes desheredados hacia reinos futuros.
—¿Por qué vagan las torres? —se atrevió a repetir Naila, con una ternura involuntaria.
Aymen guardó silencio, y entonces, usando la voz más baja de todas, narró una historia:
—Dicen los viejos que una vez cada mil años, las torres detienen su andar, sólo para albergar durante un segundo los recuerdos de todos los que fueron amados y olvidados en este mundo. Si alguien logra entrar y ofrece su memoria más atesorada, la Torre le entrega un poder: puede convertir en realidad un deseo, pero debe pagar el precio de no regresar jamás al lugar donde nació ese deseo.
Pasaron los días, y la obsesión de Naila creció. Al anochecer, se tumbaba sobre el promontorio y miraba, buscando señales de esas ciudades efímeras. Una frialdad extraña, mezcla de temor y promesa, la poseía. Anuar la observaba con creciente perplejidad, temiendo la decisión inevitable.
—No temas, abuelo —susurró una de esas noches—. No me perderé; sólo quiero encontrar lo que la Torre vino a buscar.
Esa misma noche, Naila vio la silueta oscura sobre el horizonte inconstante. La Torre, mucho más cerca, parecía esperar. Sin despedirse siquiera, avanzó. El desierto no era más que una lengua de ceniza bajo sus pies.
Se acercó sin sentir frío ni sed. La Torre se abrió a su llegada, escaleras suspendidas pendían de ningún sitio. Al entrar, un vacío de luz marrón la absorbió. Adentro no había ni techos ni columnas fijas; todo fluctuaba según el parpadeo de un sol invisible. En el fondo, halló un círculo de Magos agrupados en torno a un espejo de obsidiana. Uno a uno la miraron; sus rostros mutaban de edad y género con la facilidad de una hoja desprendida.
—¿Por qué nos sigues? —preguntó la figura mayor, su voz multiplicada en ecos.
Naila tragó saliva.
—Quiero saber lo que olvidamos.
Los Magos asintieron en coro, y uno extendió la palma llena de arena.
—Si deseas una memoria sólida, tendrás que dar una. Elige.
Sin duda ni arrepentimiento, Naila extrajo del corazón la mañana en que su madre le dijo adiós con un pañuelo colorado. Sintiéndose vacía y renovada al mismo tiempo, dejó que la memoria cayera sobre la palma extendida. La arena cobró el color del recuerdo: rojo fuego, y entonces la Torre entera tembló. En ese instante supo que el precio estaba pagado.
—Puedes formular un deseo —le informaron.
Naila no dudó.
—Quiero recordar la voz de aquellos que nunca hablaron: los errantes, los desconocidos, los olvidados.
La Torre la envolvió en una brisa punzante, impregnada de palabras jamás pronunciadas. Se despertó sola en la llanura, sin posibilidad de volver atrás, pero con la certeza de poder escuchar, en cada grano de arena, el murmullo de quienes, como ella, habían entregado una memoria.
Naila no volvió a Mirra, pero su nombre fue susurrado entre dunas y caravanas: la mujer que podía escuchar los pensamientos no dichos y devolver una voz al que la había perdido. La Torre, satisfecha, continuó su errancia, y cada vez que reaparecía cerca de un asentamiento, algún buscador abandonaba todo y se perdía en el horizonte, dejando detrás sólo una pregunta y un rastro de arena enrojecida.
Anuar, por su parte, miró el desierto cada amanecer, como si esperara una promesa. La vasija de cobre quedó vacía, pero él ya no necesitaba guardar voces: ahora sabía que, mientras la Torre y sus Magos siguieran caminando, el olvido nunca sería completo.
Y así, las ciudades nómadas atravesaron siglos, custodiando memorias ajenas, portando consigo la certeza de que nadie desaparece por entero mientras un solo oído se incline para oír la verdad contenida en una sola mota de polvo.
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