Fragmento:
La abuela tenía ese don —o maldición— de mezclar el tiempo: a veces, mientras cortaba hierbas, mencionaba el nombre de un bisabuelo que había visto nacer a la vez que el nuestro, o decía que la guerra terminaría cuando los perros dejaran de aullar en marzo, como la última vez. Si uno la seguía preguntando, respondía en susurros, como si la realidad la escuchara y pudiera enojarse.
Duración: 08:50
La abuela Cata tenía las manos morenas, rugosas y siempre tibias, como si hubiera escondido en ellas por años el fuego de todos los otoños de San Alberti. La gente decía que podía leer los sueños en los posos del café y que, cuando era joven, las gallinas ponían huevos dobles sólo de oír su risa. Lo decían media en broma, media en serio, clavando miradas rápidas en sus sandalias viejas cuando la veían a la llegada del correo, sacudiéndose el polvo y el tiempo antes de cruzar la calle.
Aquella tarde, la abuela Cata pelaba chayotes en la cocina repleta de luces, mientras la radio susurraba noticias del mundo y la brisa de mango dejaba un dulzor invisible en el aire. Yo llegué con la camisa empapada y los zapatos enlodados, arrastrando el eco de una pelea con los mellizos Rivero, que me habían tirado a la acequia por decirles que su padre era más sordo que una piedra seca.
—Otra vez, hijo —dijo la abuela sin mirarme—. ¿Qué te contaron los sapos esta vez?
Me senté cruzando las piernas, sin sacar los chayotes del costal. Mirarla era siempre como mirar la luna: te llenabas de cosas que no sabías nombrar. Llevaba un vestido de flores viejas, el cabello trenzado y unas pequeñas plumas de color fuego atadas entre los mechones. A su lado, en una cazuela silente, hervía un caldo de pollo que nadie más que ella se atrevía a probar después del anochecer.
—Me peleé con los Rivero —admití finalmente—. Dicen que tú mataste al sacristán con un rezo al revés.
Ella levantó una ceja. Era su ceja-arrullo, se la vi hacer muchas veces a gatos y perros: una mezcla de paciencia y amenaza.
—El sacristán murió de viejo —corrigió—. Y de miedo, tal vez, pero nunca de mis rezos.
Ella, en ese momento, miró al techo bajo con la misma expresión que ponía cuando hablaba a los muertos. Entonces lo sentí: un soplo de aire helado cruzando la salita desde la ventana. Nadie le había abierto. El plato de sal sobre la mesa derramó un poco en el mantel y la radio siseó levemente.
—El mundo, si lo sabes mirar, siempre acaba corrigiendo las mentiras —dijo—. Anda, tráeme romero del patio y te preparo el remedio para que no se te hinche el orgullo.
La abuela tenía ese don —o maldición— de mezclar el tiempo: a veces, mientras cortaba hierbas, mencionaba el nombre de un bisabuelo que había visto nacer a la vez que el nuestro, o decía que la guerra terminaría cuando los perros dejaran de aullar en marzo, como la última vez. Si uno la seguía preguntando, respondía en susurros, como si la realidad la escuchara y pudiera enojarse.
Cuando regresé con el romero, soltó un suspiro de humo y empezó a frotarlo entre sus manos. Y entre los pliegues de su falda, una gallina se asomó como si hubiera estado escondida siempre bajo sus piernas —eso, en cualquier otra casa, habría dado motivo de gritos y risas, pero aquí sólo era una confirmación más de que en la casa de la abuela Cata las cosas normales sucedían de las formas menos esperadas.
—¿Por qué el petate debajo de la cama está húmedo, abuela?
Ella sonrió, con los labios partidos en dos líneas rectas, y supe que la respuesta sería a medias.
—Porque anoche soñaste con el río. Y los sueños, si no se secan al sol, mojan el petate más que el rocío.
A veces pensaba que nuestra casa era como una cámara de ecos: lo que uno decía, aún en broma, tenía un eco secreto que se volvía real. Como cuando el abuelo Mauro, hace años, se quejó de que las lagartijas del patio sabían demasiado a menta —y desde entonces todas huían de la hierba buena, dejando el jardín con un olor a hojas frescas y pasos diminutos.
Esa tarde, mientras la abuela untaba el romero con sal en mi rodilla, entró a la cocina el tío Efraín, trayendo consigo el rumor nervioso de la plaza. Venía con la cara dividida entre la risa y la preocupación: siempre parecía estar a punto de contar una buena noticia, pero cuando abría la boca, sólo salían historias.
—El Zafiro está temblando otra vez, Cata. Dicen que los cimientos se mueven como gelatina y que alguien oyó un canto adentro, pero no hay nadie.
El Zafiro era la vieja cantina del pueblo, clausurada hacía años, donde los hombres aseguraban que bailaban las sombras y que los tragos sabían a miel hasta la tercera copa. La abuela se secó las manos, miró el estropicio que había dejado en la mesa y apretó los ojos, como si consultara una respuesta en la negrura interior.
—En el Zafiro —dijo apenas—, canta siempre alguien que no nació aquí.
Me miró.
—Hoy es día de muertos y sueños largo, muchacho. Anda a dejar unas monedas en la puerta. Si dejas algo vivo en la entrada, la tristeza no pasa la noche.
La orden era absurda en boca de cualquier otra persona, pero de la abuela era ley antigua. Salí al corredor, con dos monedas y una ramita de ajo en el bolsillo. La caída del sol llenaba el barrio de un resplandor delicado, y me pareció que cada sombra tenía su propio nombre, colgando de las paredes como pañuelos olvidados. Cuando llegué a la puerta de la cantina, sentí que algo dentro se acomodaba esperando mis pasos. Una sensación muy parecida a la de los lunes por la mañana, fría y terca, pero con la voz de mi madre llamando a desayunar en el fondo de la memoria.
Dejé las monedas temblando sobre el umbral y creí oír, entre el rumor de las hojas, una melodía antigua que solo la abuela tarareaba cuando pelaba papas.
No lo conté al regresar, porque en casa de la abuela las cosas importantes se mastican primero en silencio. Pero esa noche, mientras todos cenaban su sopa humeante y el viento traía olor a cempasúchil y tierra mojada, la abuela anunció que el mundo había cambiado de sitio.
—Esta casa ya no es la misma —sentenció—. Algún día, todos tendremos que buscar otro lado para soñar.
Lo dijo como quien da la hora. Nadie replicó, porque sabían bien que, donde la abuela ponía el ojo, la realidad muchas veces terminaba flaqueando.
Las semanas siguientes pasaron como un murmullo de los que sólo entienden los que viven pegados al campo y al polvo. Había días en que el pan sabía a limón aunque el horno estuviera limpio, y otros en que las ventanas aparecían empañadas por dentro pese al sol radiante afuera. Los pájaros, que antes cantaban a media tarde, empezaron a merodear las sombras de la casa como si buscaran un recuerdo extraviado entre las macetas.
Una madrugada, a punto de salir el sol, la abuela me despertó ratoneando entre las sábanas.
—Vamos al río —susurró—. Sólo las aguas recuerdan lo que las casas olvidan.
El aire era azul y denso en la carretera de piedras. Caminamos en silencio, salvo por los cascos de los sueños tropezando a nuestro lado: sentía la respiración caliente de los perros dormidos, el susto de los grillos, y algo más, algo invisible, que parecía medir mi paso como quien cuida una herida.
Al llegar al río, la abuela se quitó los zapatos y se adentró despacio en el agua, como si visitara una tumba. Yo la seguí hasta los tobillos, sintiendo el frío cortante extendiéndose por las venas.
—Aquí —dijo, recogiendo un puñado de lodo—. Aquí se entierran los olvidos. Si lanzas algo al río en viernes de luna, se quedará en el fondo hasta el próximo siglo.
Le miré y supe, en ese momento, que no me hablaba sólo a mí. Que ese secreto lo decía para todos los que alguna vez duermen con la pena bajo la almohada.
La abuela metió la mano en su vestido y sacó una cinta vieja, deshilachada. Me la puso en la palma, muy seria.
—Pon aquí tus recuerdos del miedo. No serán tuyos más allá del amanecer.
Yo apreté la tela hasta sentir que era parte de mi piel. Pensé en la cantina, en la melodía de la puerta, en los Rivero y sus palabras mal puestas, y también en el temblor de las noches donde la tristeza parecía un animal sentado junto a la cama, lamiendo estrellas caídas.
Lancé la cinta al río. El agua la arrastró blanda, como si ya no pesara nada.
—¿Y ahora? —susurré.
La abuela sonrió, con una ternura antigua, casi un carbón prendido.
—Ahora los sueños llegarán limpios a la casa. Y si alguna vez notas que el pan vuelve a oler a limón, será para recordarte que la vida, igual que este río, se cura a sí misma mientras nadie la esté mirando.
Al volver, la casa parecía más clara, menos apretada de recuerdos. Mi herida había desaparecido del todo. Aquel día, al servir el desayuno, juraría que oí el canto invisible que guardé en la puerta del Zafiro entre las burbujas humeantes del café.
La abuela murió cinco veranos después. Pero la gente aún dice, en media voz, que a veces, de madrugada, cuando la tristeza quiere entrar de nuevo en San Alberti, encuentra la puerta cerrada y una ramita de romero atada con hilo de sueños en el umbral. Y entonces, sin hacer ruido, se va.
Yo sigo dejando mis monedas en la entrada de los lugares vacíos. Y cuando paso por el río, busco en el fondo las historias que la abuela me enseñó a olvidar, sabiendo que en cada corriente, bajo cada piedra, la realidad y la magia siguen negociando a quién le pertenece el siguiente amanecer.
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