Portada del relato El árbol donde susurran las lluvias
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Fragmento:


Los personajes más interesantes de su ciudad no eran aquellos que desfilaban por las portadas del diario, sino los que sólo existían de noche: el vendedor de paraguas cuya sombra era más nítida que su cuerpo, la niña de ojos violeta que tocaba la flauta bajo los laureles en primavera, y, por supuesto, Ana María.

Duración: 08:54

El árbol donde susurran las lluvias
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Texto de ajuste de pausa.

Las lluvias caían con una tenacidad blanda sobre la ciudad. Cada gota, pulida y luminosa, parecía deslizarse con una coreografía precisa sobre los tejados oxidados y en los tallos ansiosos del jardín de la calle Olmo. El hombre que respondía al nombre de Jacobo tenía la costumbre de observar la caída de la lluvia desde la galería de su casa de infancia, con una taza de café entre los dedos y el rumor reconfortante de la madera bajo sus pies descalzos. Sus vecinos, acostumbrados ya a sus excentricidades, apenas notaban cómo Jacobo permanecía inmóvil durante horas, escuchando lo que solo él parecía distinguir en el murmullo de cada lluvia: aquella voz fragante y distante de Ana María, la mujer que, según los más jóvenes, jamás existió.

Pero en la casa de los Guzmán —la de los árboles centenarios y las glicinas desmedidas—, donde Jacobo vivía desde que el corazón de su madre había dejado de latir, los rumores flotaban como los jazmines a deshora. Decían las mujeres ancianas del barrio que, en las primeras lluvias de noviembre, podían verse diminutas luces pululando alrededor de la galería, y que, si uno observaba con la suficiente paciencia, vislumbraría la silueta de una mujer sentada a pocos pasos de Jacobo. Las familias que regresaban temprano de la iglesia, los domingos, advertían a sus hijos que no hicieran ruido al pasar frente a esa casa: no fuera que despertaran a algo que no debía despertarse.

Jacobo lo sabía todo. Sabía de las historias que se tramaban sobre él, sobre su casa, y sobre Ana María, cuya presencia era tan densa para él como lo había sido el perfume de los nardos en su piel. No era supersticioso, pero tampoco se atrevía a negar la evidencia de las noches en que, al despabilarse por algún trueno lejano, encontraba en la galería una jarra de agua fresca y un libro abierto. Nadie en la casa podía haber dejado aquello. La criada, sorda y cansada, no subía nunca de noche. Jacobo, entonces, sin decirlo a nadie, sabía lo que era posible y lo que no.

A pesar del realismo feroz de los días de ciudad —las cuentas, el chirrido del portón, el olor a sopa de hueso los miércoles—, en la casa de los Guzmán transcurría una pausa delicada donde lo imposible estiraba despacio sus brazos. A Jacobo le gustaba pensar que su vida transcurría dentro de una novela que alguien abandonó a medio escribir, porque la coherencia extrema de la biografía le resultaba fastidiosa.

Los personajes más interesantes de su ciudad no eran aquellos que desfilaban por las portadas del diario, sino los que sólo existían de noche: el vendedor de paraguas cuya sombra era más nítida que su cuerpo, la niña de ojos violeta que tocaba la flauta bajo los laureles en primavera, y, por supuesto, Ana María.

Se conocieron durante una tarde de calor húmedo, bajo la sombra de un ciprés que todavía hoy resiste junto a la vieja tapia. Jacobo tenía apenas diecisiete años y Ana María leía sentada sobre un banco de piedra, descalza, el cabello suelto, ajena a las miradas y a los zumbidos de las abejas. Si Jacobo hubiera sido capaz de enunciar por qué se arrodilló frente a ella, quizás se habría salvado de lo que vino después. Pero fue la fatalidad del realismo mágico: no preguntó nada, solo la saludó como si la conociera desde siempre.

El primer síntoma de que Ana María no era completamente de aquí ni de un lugar concreto fue su silencio. Había algo exiguo y dulce en la forma en que escuchaba, como si se concentrara más en las pausas entre las palabras. Jacobo hablaba y ella permanecía callada, sonriendo con los labios apenas curvados y la cabeza inclinada. Sin embargo, los días que siguieron supo de su afición por la lluvia. Y así, mientras para otros el clima era charla de zaguán y resignación, para Ana María cada chaparrón era música que la reconectaba con algo esencial, remoto y secreto. Salía a recibir la lluvia con la franqueza de una niña y la gravedad de una emperatriz desamparada.

El otoño que Ana María llegó al barrio fue el más lluvioso del siglo, y la ciudad, como asustada ante ese milagro, aprendió a vivir bajo el paraguas de su presencia. Jacobo y ella recorrían las calles después de cada tormenta, recogiendo ramas, piedras con vetas azules, caracoles varados en la vereda. Ana María guardaba cada objeto en cajas de cartón, y cuando Jacobo le preguntaba si coleccionaba basura, ella reía en ese tono que parecía abrir puertas sigilosas entre las cosas: “Es todo lo que hemos tenido juntos”, decía. La frase era una promesa y, al mismo tiempo, un presagio.

En la casa de los Guzmán, las lluvias traían consigo pequeños eventos inexplicables. Una vez, encontraron un sapo en la alacena, mirando fijamente una vela encendida que nadie recordaba haber colocado allí. En otra ocasión, los nenúfares del pequeño estanque del jardín florecieron en diciembre, desobedeciendo toda biología, y fue Ana María quien cortó uno para ponerlo sobre la almohada de Jacobo la noche en que él, enfermo de fiebre, deliraba con palabras en un idioma que ella decía comprender.

En esa época, Jacobo no dudaba de la dulzura absurda del mundo. Su relación con Ana María era una serie de rituales secretos, como la vez en que le enseñó a escuchar las voces de la lluvia: si uno prestaba atención, podía distinguir entre los sonidos la historia de quienes vivieron y murieron sin ser recordados.

Los vecinos, desconcertados por la frecuencia con que se encendían luces a deshora y la música que salía de la casa, terminaron por aceptar que los Guzmán habían traído al barrio una forma inédita de locura. La madre de Jacobo, sin embargo, encontraba cierto alivio en la presencia de Ana María. Decía que las plantas crecían más deprisa y los manteles nunca acumulaban polvo. “Esa niña es o un ángel o una bruja”, repetía, y después se reía hasta que el café se le enfriaba.

El día en que Ana María desapareció, la lluvia se suspendió por semanas. La ciudad parecía respirar en una espera angustiosa, y Jacobo empezó a circular sin rumbo, recogiendo las piedras y ramitas que encontraba, como si recogiéndolas pudiera reconstruir la trama exacta de su amor.

Fue entonces que comenzó a recibir cartas. Al principio creyó que era una broma. La letra era una caligrafía desbordada, temblorosa, como escrita en papel mojado. La carta no estaba firmada, pero sus palabras eran inconfundibles; Ana María, pensó, solo podía ser ella quien escribía así: “Las lluvias, Jacobo, traen siempre lo que hace falta, aunque a veces gotas caen antes de tiempo y otras tardan siglos. Todo sigue aquí, aunque las cosas olviden sus nombres, aunque tú y yo seamos solo una pausa en el agua”.

Las cartas llegaron durante meses, a intervalos impredecibles: una vez junto a la caja del correo, otra bajo una piedra azul en el jardín, y una más dentro del libro preferido de Ana María, que apareció abierto una mañana en la galería. Jacobo respondió a mano temblorosa, escondiendo palabras bajo las losas del patio, debajo del colchón, entre las raíces de los tulipanes. Nunca supo si Ana María leía sus respuestas, pero la certeza de que las cartas persistían lo mantenía vivo.

Pasaron los años, y mientras la ciudad cambiaba de nombre, de alcaldes, de reglamentos y de emisoras de radio, la vieja casa de los Guzmán resistía como una isla. Jacobo envejeció de a poco, con la dignidad apacible de los árboles que han sobrevivido muchos inviernos. La lluvia, parámetro fiel, continuó trayendo consigo la rareza de los objetos perdidos: pequeños relojes que marca la hora correcta durante unos segundos, pájaros erráticos que anidan y migran siempre en círculos, llaves que no abren ninguna puerta.

Una mañana, cuando Jacobo se despierta con el presentimiento de algo urgente, descubre que la galería está llena de agua. El piso reluce bajo un centímetro de líquido transparente que refleja las bugambilias del techo. Camina despacio, sus pies se mojan, y el agua tiene una tibieza casi humana. En el centro de la galería reposa una lámpara encendida. Al levantarla, la lámpara contiene dentro de sí lo imposible: una carta, escrita esta vez con tinta escarlata, que dice: “Ya aprendiste el idioma de la lluvia, Jacobo. Ya sabes cómo regresar”.

Esa noche, en la ciudad, volvió a llover después de muchos meses. Nadie vio salir a Jacobo de la casa ni entrar a nadie. Pero desde entonces, cuando la lluvia cae con fuerza sobre la galería de los Guzmán, pueden escucharse voces que ríen bajito y a veces una melodía remota, como de flauta bajo los laureles.

La galería permanece a oscuras casi siempre. Algunos dicen que, al pasar, si uno presta verdadera atención, puede oler a nardos en el aire. Otros aseguran que un hombre y una mujer caminan juntos bajo las luces pequeñas de las primeras lluvias, recogiendo, con infinita paciencia, lo que la ciudad ha olvidado en su prisa. Nadie parece muy seguro de si era posible o no. Pero todos coinciden en que, desde entonces, la lluvia nunca más fue igual.

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