Fragmento:
En la madrugada, cuando la corte aún titubeaba entre la esperanza de un nuevo amanecer y el pavor de la niebla inminente, Lira se encontró a sí misma al pie de los escalones del presbiterio. Vestía de blanco y llevaba en la mano una filigrana de plata: la llave de la cámara del anillo, ese misterioso receso oculto bajo el trono desde los días de la fundadora Ethrienne.
Duración: 08:41
La noche en que la niebla invadió las colinas de Aierstow, las gárgolas del palacio temblaron. Nadie en la ciudad baja dormía ya. Las campanas sonaron distantes, doblando el umbral entre el sueño y las pesadillas, ecos de metales que se arrastraban por calles oscuras. Solo la reina Lira contemplaba el trono vacío, coronado de laureles de madera marchita, preguntándose si era esta noche —por fin— que el ciclo se rompería.
Lira conocía bien la sala del trono, sus mosaicos de marfil y azabache, los candelabros hechos de hueso de dragón. Había entrado de niña, la mano de su madre temblando en la suya, en la procesión donde el pueblo arrojaba pétalos a sus pies. Entonces, el trono era solo un asiento demasiado grande, cubierto por tapices y oculto en penumbra. Pero las historias murmuradas daban miedo, porque cada monarca, tarde o temprano, sucumbía. Moría o, peor aún, cambiaba.
La llamada “Bendición de la Silla” traía poder, sí, pero también insomnio, alucinaciones y, cuentan, un apetito venenoso por los secretos más oscuros del reino. Al principio, siempre negaban el rumor. Cada rey y reina se sentaba creyéndose fuerte, diferente, y el trono sonreía, cuerdo en apariencia, paciente en su condena.
En la madrugada, cuando la corte aún titubeaba entre la esperanza de un nuevo amanecer y el pavor de la niebla inminente, Lira se encontró a sí misma al pie de los escalones del presbiterio. Vestía de blanco y llevaba en la mano una filigrana de plata: la llave de la cámara del anillo, ese misterioso receso oculto bajo el trono desde los días de la fundadora Ethrienne.
Los guardias no preguntaron —sabían que la reina no atendería razones. Ella bajó la escalera de caracol sola, sintiendo bajo sus pies el pulso frío del mármol. Allí, en una cámara tan vieja como los cimientos, encontró el círculo de tronos menores: dieciséis sillas talladas, cada una con un símbolo desconocido, dispuestas en torno a una fuente sin agua. En el centro, una efigie coronada de cuervos, con los ojos llenos de piedras ambarinas. Lira contempló su reflejo en las superficies pulidas y dirigió la llave hacia el pedestal central.
—Mi abuela me habló de ti —murmuró al aire, como si la oscuridad la escuchase—. Dijo que el trono tiene sed.
No hubo respuesta, pero las antorchas vacilaron. El eco de un susurro reptó por las paredes, palabras que no eran de este mundo:
—Solo el que pregunta sin miedo conocerá el precio.
Lira dejó caer la llave. El sonido retumbó como un grito ahogado. El suelo se hendió y la fuente sin agua comenzó a rebosar un líquido viscoso, dorado y rojo al mismo tiempo. De la efigie brotó la sombra de un hombre, alto y fracturado, cuyos hombros asomaban alas de hollín.
—¿Conoces mi nombre? —preguntó aquella figura.
—No —dijo ella, y aun así, no retrocedió—. Pero conozco el dolor de los que has tocado.
—Son míos los reyes y reinas de esta tierra. Les ofrezco visión. A cambio, se desangran poco a poco en la tela del tiempo. Tan solo un verano de poder y luego el otoño. Y después, cenizas.
La sombra se inclinó, como un amante cansado.
—Puedes marcharte. Puedes quedarte. Si rompes el círculo, te enfrentarás al otro lado.
Mas la reina Lira, que había visto morir a su madre, lugar en la silla grande, no retrocedió. Cerró los ojos fugazmente, y preguntó:
—Dime, ¿puede romperse la herencia?
El trono vibró encima de ella, invisible pero presente. Las sillas menores giraron sobre sí mismas, el eco del pasado larga y sombría hilera de sombras mutiladas. El espectro sonrió.
—Solo si se olvida el nombre del primer rey.
¿Y cómo olvidar lo que cada corazón lleva tatuado en sueños y canciones?
*
Arriba, la niebla se colaba entre las torres, desdibujando a los centinelas. Alguien —un niño de las cocinas, quizás— vio una silueta blanca deambular por los jardines y lloró, creyendo que era la reina convertida en espectro.
Mientras tanto, el chambelán del reino, Orard, recorría el corredor hacia la gran sala. Susurraba letanías de protección, atando tiras de cuero alrededor de los dedos. Había servido bajo tres monarcas. Sabía que la maldición nunca se saciaba; solo escalaba peldaños, buscando nuevas formas de dolor.
Orard halló la sala vacía, salvo por una sombra detrás del respaldo del gran trono. No era la reina, ni uno de los consejeros, sino un viejo conocido: Halven, el bufón, aquel cuyas bromas podían atraer una sonrisa incluso al grifo de la entrada. Halven sostenía una copa de vino, y la miraba girar entre los dedos con una expresión amarga.
—Dicen que esta noche cambiará todo —dijo el bufón sin mirar a Orard—. ¿Crees que el trono puede cansarse de su propio veneno?
Orard pasó los dedos por el respaldo tallado, recordando las veces que había tenido que limpiar manchas de sangre, tierra o lágrimas de aquel mismo lugar.
—No. Pero puede encontrar un alma que lo sature. Un espíritu a quien no pueda devorar.
Halven sonrió, mostrándole los dientes, que de pronto parecían afilados.
—Quizás deberíamos pedirle a la reina que se marche. O quemar el trono y sembrar cenizas en su lugar.
Pero, aunque bromista, Halven conocía el miedo. Y el miedo no podía destruirse con palabras. Solo había una forma de apagar la sed de la madera maldita.
*
Bajo la cámara, el espectro invitó a Lira a sentarse en una de las sillas menores.
—Tienes que elegir. ¿Te conviertes en historia, o en leyenda? Puedes quedarte y reinar, sabiendo que tu alma será desgarrada. O puedes disolver el anillo —y con él, el reino mismo.
Lira se preguntó qué precio era peor. El de su vida, o el de todos los que le sobrevivirían.
Entonces se preguntó, acaso por primera vez, por qué tantos reyes aceptaron sentarse. ¿Era realmente por poder? ¿O porque el anillo les ofrecía el delirio de propósito, la ilusión de ser elegidos?
En la memoria de Lira surgieron los rostros de quienes le precedieron: su madre, con la piel cuajada de ampollas tras meses de fiebre demencial; su tía, que nunca más habló tras su primer invierno en el trono; la tía abuela, encontrada en el jardín, comiendo tierra, mientras reía entre lágrimas.
No eran solo pesadillas. Eran advertencias.
La figura fantasmal extendió una mano de humo.
—¿Cuál es tu elección, mi reina?
Lira, en vez de responder, tomó entre sus manos un puñado del líquido dorado y rojo. Lo arrojó al aire, dibujando en el suelo una línea entre ella y la efigie.
—Mi abuela decía, “quien conoce el umbral, puede dibujar una puerta”. Si el círculo necesita sangre, que tome mi rabia.
El aire se llenó de ruido. Las sillas menores ardieron una a una, lanzando llamas violetas. El espectro gritó, su voz ya no un susurro sino un clamor antiguo, mil veces repetido.
—Sin el círculo, no hay reino. Sin reino, no hay memoria. Sin memoria...
Pero Lira no cedió. Subió la escalera de nuevo, dejando el anillo de fuego a sus espaldas. Cuando llegó al salón del trono, Orard y Halven la miraban, ambos cubiertos de sudor y miedo.
—El círculo está roto —musitó la reina, la voz opaca por la quemadura del acto.
Y al instante, la niebla se despejó fuera. La madera del trono mayor crujió. Una telaraña de grietas lo recorrió, y de su asiento manó una espuma oscura, que se deshizo sobre las losas. Halven corrió y, por primera vez, sin hacer chiste alguno, arrojó la copa sobre la espuma, mientras Orard recitaba un salmo para los muertos.
Lira sintió una paz trémula, un vacío que vibraba en sus costillas. Sabía que habría consecuencias: un reino sin círculo era un reino sin protección, vulnerable a extrañas tormentas, a ambiciones de vecinos y fantasmas de su propia historia.
Pero también, al primer rayo del sol, pudo sentarse en la sala del trono sin sentir que algo le arrancaba la vida. Ya no era una reina condenada. Era una mujer con libre albedrío, y su voz, al pronunciar el nombre del primer rey, sonó diferente. Sincera. Sola.
Entre las brasas de las sillas menores, en la cámara secreta, una última sombra danzó y se disipó entre los muros. Nadie en palacio volvió a soñar con el trono ni sus susurros. Solo la historia, en voz baja, atrajo a poetas y cronistas, que luego escribieron: “Hubo un tiempo en que una monarca rompió la rueda. Lo hizo con valentía y furia. Y el eco de sus pasos sobre mármol aún recorre las noches en calma”.
A veces, un trono maldito solo necesita a alguien que deje de obedecerlo.
Y esos se convierten, para siempre, en leyenda.
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