La ventisca arrastraba risas y gritos hasta la verja, igual que lo hacía con las hojas muertas y la nieve reciente. Avalanchas de eco helado rebotaban por la verja de hierro negro, silenciando los copos en el musgo desgarrado. Allí, bajo las ramas más antiguas del Bosque Norilán, la Reina Redentora se sentaba cada noche con los ojos entrecerrados. Nadie en el reino osaba acercársele, porque todos sabían que su corazón cargaba un castigo antiguo y peligroso, y porque jamás, ni bajo pena de muerte, debía pronunciarse su nombre verdadero.
Ella caminaba entre espinas y setas luminosas, con el cabello sujeto por lazos de plata y los labios manchados de zumo de grosella; la acompañaba una risa, baja y amarga como el vino avinagrado. Los árboles murmuraban entre sí, no por miedo sino por costumbre, como haciendo un favor a esa mujer sentada sobre el tronco desgarrado que antaño fue su trono. Tampoco los pájaros levantaban la voz cerca de ella, y cuando lo hacían —golondrinas distraídas o cornejas atolondradas— caían mudas al suelo, convertidas en piedras de ópalo.
Así pasaban las semanas. Luego los meses. Una eternidad hecha de días girando sobre sí mismos. Hasta que llegó él.
El forastero era alto y llevaba botas de alce raído. Sus ojos recordaban a la tierra mojada tras la tormenta y en su zurrón tintineaban frascos de vidrio antiguo. Nunca fue un muchacho guapo, ni valiente, tampoco era un tonto temerario. Pero tenía una cualidad que muy pocos hombres poseían: nunca preguntaba nada, y jamás apartaba la mirada ante un monstruo o una belleza.
Cuando la Reina Redentora vio la figura del forastero a través de la cortina de copos, frunció el ceño. Había prohibido la entrada al bosque desde hacía tantos años que ni recordaba el día exacto. Su sombra, hasta entonces, era la única compañía digna de su soledad.
El forastero se detuvo al pie del árbol desgarrado y observó a la Reina, como quien contempla un grabado en una antología prohibida.
—No he venido a darte mi nombre —anunció ella, antes de que él abriera la boca—. Así que ahórratelo. Los nombres aquí no significan nada. Quítate la nieve antes de que te arranquen los pies.
—No vine a pedirte el tuyo, —dijo el forastero sentándose sobre la raíz opuesta—. Sabía que la Reina Redentora custodia su secreto como los ríos sueltan la escarcha.
A pesar de sí misma, la Reina sonrió. Fue el principio y el fin del hechizo.
Esa noche, se quedaron bajo las ramas antiguas, cada uno girando su mugriento sorbo de vino en la garganta, mientras los monstruos del bosque acechaban en la periferia del claro. El forastero no se marchó al amanecer. Apareció durante siete noches, llevando siempre a cuestas su silencio y un puñado de historias que no terminaban: una madre sin hijos, un hermano que fue pez, una bruja que tejía puertas en vez de mantas.
La Reina no le pidió explicación. La curiosidad era la prohibición más férrea de su propio corazón. Pero escuchaba. Permitía, incluso, que entre frase y frase sus dedos rozaran los del forastero sobre el tronco viejo.
Una tarde, cuando la luz tenía el color del azafrán y en el viento ululaban las voces de las niñas ahogadas por las mareas, el forastero trajo un objeto: una campana de latón, del tamaño de un huevo de avestruz. La depositó en la palma de la Reina, como si le ofreciera la luna.
—¿Qué quieres? —le preguntó ella, apretando el mango frío entre los dedos.
El forastero, ahora, acariciaba la corteza con la uña. Sus ojos ardían con la resiliencia de quien no mendiga, ni exige.
—Un día —respondió finalmente— me contarás la historia del castigo que aún saborea tu sombra. No quiero tu amor, ni tu perdón. Solo quiero escuchar la verdad.
La Reina giró la campana entre sus manos. El eco reverberó en los huesos de los árboles. Durante horas, no hubo más conversación.
Pasaron días así. El forastero traía a veces una estatuilla tallada, otras veces, una receta de ungüento, o el dibujo de algún pájaro que ella jamás volvería a encontrar porque ya lo había convertido, sin querer, en piedra.
Le fascinaba su manera de estar, su presencia. La dulzura amarga de alguien que no se sentencia por haberse resignado.
Fue en la novena noche cuando la Reina, insomne, se acercó al forastero. Él se encontraba tallando una rama.
—Hay alguien en el bosque —murmuró—. Hoy el silencio es distinto.
Y ella supo que lo que se avecinaba era peor que cualquier monstruo.
En la radiante claridad de la luna, una figura se deslizaba entre los arbustos. Trabajaba con la precisión del hambre y la crueldad: un cazador. Llevaba una corona de hueso, envuelta en algas ensangrentadas, y los ojos del color de la gracia torcida. No era humano. Era peor. Por su culpa su corazón nunca podría perdonarse; por su culpa, el bosque callaba.
El cazador se detuvo ante la Reina y el forastero. Su voz era como la resina endurecida:
—He venido a por mi deuda. Ha pasado demasiado tiempo, vieja amiga.
El forastero se alzó, sin miedo, y contempló al cazador.
La Reina apretó la campana.
—¿Qué deseas, Heraldo de las Tormentas?
El cazador sonrió, mostrando encías negras.
—Deseo el nombre de aquel que permanece junto a ti sin miedo. Deseo su historia, como tú deseaste la mía. Entrega su vida y el bosque será libre, o romperé cada rama hasta que incluso tú olvides quién eres.
La Reina miró al forastero. Él no sonreía, pero asintió.
—No puedes negociar —susurró él—. Yo elegí cruzar tu bosque.
La Reina cerró los ojos, presionando la campana contra su pecho. Recordó la primera vez que cruzó una línea trazada por el miedo. Recordó la primera vez que deseó el dolor ajeno para evitar el propio.
Cuando abrió los ojos, la campana vibraba. Murmuró palabras en una lengua que había jurado no volver a pronunciar, y el cazador se encorvó, gimiendo de furia.
—No tendrás su historia —anunció la Reina, sintiendo la sangre hervir en sus venas—. Ni mi nombre. Pero te daré algo más.
El forastero retrocedió; la campana sonó trémula. El bosque temblaba, y los monstruos se encogían en sus guaridas.
La Reina avanzó, levantando la campana.
—Te ofrezco mi castigo —gritó—. Mi soledad. Si lo aceptas, él será libre. Si no, todo morirá contigo.
El cazador, aún encorvado, intentó alzar la mano. Pero la campana repicó y, con el sonido, una bruma negra se enroscó a su alrededor, bebiendo su sombra, robándole la memoria. Cuando la niebla se disipó, solo quedaba una corona de hueso y un puñado de ceniza.
El forastero se acercó a la Reina.
—¿Era eso? —preguntó, la voz quebrada—. ¿Eso era tu castigo?
La Reina lo observó, ahora con lágrimas deslizándose sobre su mejilla.
—No. Era el suyo. El mío es recordar, siempre, todas las voces que se apagan bajo mi silencio.
El forastero la abrazó, sin decir palabra. En el abrazo, la Reina sintió, por primera vez en siglos, calor.
El bosque, testigo de la redención, susurró nuevas canciones. Los monstruos asomaron las narices, bailaron bajo la luna. El hielo se resquebrajó; las piedras cantaron; las golondrinas volvieron a sus trinos.
En el claro, entre la niebla, la Reina Redentora y el forastero se sentaron juntos, compartiendo la vigilia. Y si alguna vez les preguntaron por el fin del castigo, ambos contestaban lo mismo: "El castigo termina cuando encuentras a alguien dispuesto a verle el rostro".
Y en el Bosque Norilán, desde entonces, ya nada volvió a dormirse.
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